La dama inmóvil
Puede ser que quien lea esta narración dude de su veracidad, pero os puedo asegurar que es tan cierto como que estoy negro sobre blanco escribiendo estas líneas.
Yo nací y me críe en el centro de Madrid muy cerca del Palacio del Duque de Rivas. Vivienda perteneciente a mi familia paterna. De altos techos, con balcones a la calle y a un patio interior, largos pasillos, gabinete con chimenea francesa y amplias habitaciones amuebladas con enseres de principios del siglo XX y decoradas con utensilios de finales del siglo XIX y principios del XX. Renacimiento español, art decó, un piano de pared con candelabros de bronce, auténticos mantones de Manila, mantillas, abanicos, tinteros de cristal labrado, capas, bastones, una espada de la guerra de Cuba, una cámara de fotos de fuelle con trípode, acuarelas enmarcadas, pastilleros de nácar, hueso o concha de carey, baúles, mesas bargueñeras, caracolas, joyeros, un sombrero de copa, estufas de carbón, palanganeros, bañera de hierro fundido con patas, braseros, espejos en marquetería o dorados en pan de oro, gramófonos,… fueron testigos de mi infancia e inundaron, emborracharon mi espíritu siempre aventurero de un verdadero amor por lo antiguo. De ahí mi pasión desde niño por las antigüedades; afición que aún conservo y que me hizo estudiar y sacar con éxito la diplomatura de anticuariado.
La noche que os voy a relatar a continuación tiene como escenario uno de los rincones más entrañables del Rastro madrileño; Galerías Piquer.
Estas galerías se inauguraron en el año 1950. Es un edificio de tejados de pizarra dominado por una torre, con un patio central que alberga 70 tiendas, todas ellas dedicadas a la compra-venta de antigüedades. Se encuentran descendiendo la Ribera de Curtidores desde la plaza de Cascorro, en el lado izquierdo de la calle. La promotora de dicha construcción fue la tonadillera Conchita Piquer y de ahí su nombre.
Desde niño he frecuentado ese lugar. Primero como curioso espectador y posteriormente como comprador e intermediario en pequeñas tasaciones y compra-venta de objetos.
Aquella calurosa noche de verano había estado tomando unos vinos por las inmediaciones de la Cava Baja con unos amigos. De Casa Paco fuimos a la Escondida y de allí a la Posada de la Villa y a la Taberna del Almendro. Debían de ser cerca de las dos de la mañana y consumíamos una última copa en El Viajero, momento en el que decidí que al menos para mí, la noche había terminado y opte por irme a dormir. Me despedí de mis acompañantes y tomé el camino de regreso a casa.
Bajaba por la Ribera de Curtidores pensando en mis cosas cuando de repente me salieron al paso dos tipos con muy malas pintas pidiéndome unas monedas. Les dije que no llevaba nada suelto y apreté el paso, momento en el que observé que se acercaban para abordarme. Me di la vuelta y dándoles la cara les volví a decir que no llevaba dinero. Me amenazaron reclamándome que les diera todo lo que llevaba encima.
Dinero llevaba poco pero sabiendo como las gastan este tipo de gentuza, no estaba dispuesto a darles ni la cadena de oro que llevo colgada al cuello desde hace años, ni los anillos; así que sin pensármelo dos veces le metí un puñetazo en la boca al que me cortaba el paso y puse pies en polvorosa calle abajo. Salieron corriendo detrás de mí pero una de dos, o no estaban muy bien físicamente o el temor de lo que me pudieran hacer me dio alas para sacarles una considerable ventaja.
A mis 40 años mi fondo físico no es el de antes y no podía mantener durante mucho más tiempo el fuerte ritmo que había impuesto a la huida. Al llegar a la altura de Galerías Piquer y sin estar seguro del todo de no ser visto, cogí la calle de Rodas y luego de saltar la verja de la valla de las mencionadas tiendas, bajé a la carrera las escaleras que acceden al patio central y me escondí tras un pino que hay plantado en una tinaja.
Les oí acordarse de mi madre y soltar improperios y amenazas en el caso de que me encontrasen pero afortunadamente para mí no me habían visto saltar la verja y no sabían donde estaba. Pasaron varios minutos y preferí seguir escondido no fuera que siguieran por los alrededores. No tenía ninguna prisa en llegar a casa y más valía asegurar el regreso.
Estaba sentado en el suelo con la espalda apoyada en la tinaja y de repente escuché una voz de mujer que me decía que estuviera tranquilo, que ya se habían ido. Miré a mí alrededor y no había nadie. Me levanté algo intrigado y con cuidado de no ser visto desde la calle, no fuera a ser que mis dos perseguidores no anduvieran lejos, recorrí todas las galerías del patio central volviendo al punto de partida y no vi a ninguna persona. Extrañado por la situación pensé en volver a saltar la verja hacía la calle y con mil ojos por si todavía los dos atracadores seguían por la zona, iniciar el recorrido de regreso a casa.
-¡Ya te vas! -oí tras de mí.
Me di la vuelta y seguía sin ver a nadie
-¡Estoy aquí, en el escaparate!-escuché con dulce voz.
A mi espalda había una tienda de antigüedades y a través del escaparate como es habitual objetos de decoración y mobiliario de finales del siglo XIX y de principios del XX y como siempre desde hace muchos años la bella escultura de mármol blanco de una dama romántica, etérea y becqueriana. Pieza labrada magistralmente y bien conservada a la que solo le falta un dedo de cada una de sus manos; el índice en la derecha y el meñique en la izquierda. Muchas veces me había parado ante el escaparate a mirar aquella hermosa y elegante figura imaginando quién la habría tallado y en qué casa señorial o palacio había morado hasta acabar cubierta de polvo y casi en el olvido en aquella vetusta tienda.
Me la quedé mirando fijamente y de repente como por arte de magia, se movió, adoptó forma humana y abrió la puerta de la tienda, invitándome a pasar.
Del blanco marmóreo, su cuerpo adquirió un rosa pálido, sus cabellos tomaron textura y tonalidad caoba, sus labios se volvieron carnosos y rosáceos, sus ojos se llenaron de vida y de brillo; y a través del fino vestido de encaje blanco que llevaba puesto, pude adivinar sus pequeños y redondos pechos de erectos pezones.
Era una tentación a la que no podía negarme. Tal vez sobrenatural, fantasiosa, pero no estaba dispuesto a perder la oportunidad de conversar, de pasar una velada con aquel ser fantasmagórico e irreal pero bello y sensual.
Entré en la tienda y tenía preparada una mesa dispuesta para la cena de dos comensales. Mantel blanco de encaje y servilletas a juego, dos candelabros de plata con velas rojas encendidas, cristalería de La Granja y cubertería de plata. Comimos espárragos con mayonesa y un exquisito confit de pato con mermelada de naranja, todo ello regado por un Barbadillo frío, finalizando la improvisada cena, bebiendo sorbete de limón y cava.
Estuvimos conversando y no solamente era yo quien la recordaba inmóvil, hermosa y cubierta de polvo en el escaparate; también ella evocaba el paso del tiempo en mis carnes.
-¡Eras muy delgado y sin canas!-me dijo entre sonrisas.
La primera vez que la vi, yo tenía 19 años. Lo recuerdo perfectamente porque con el primer sueldo que gané en mi inicial trabajo, acudí a una de las tiendas de antigüedades de Galerías Piquer y compré la primera pieza de mi colección de armas blancas. Una espada de ceñir de oficial sanitario español de la guerra de Cuba. Igual a la que desde niño vi en mi casa natal, en el número 28 de la calle de la Concepción Jerónima. Espada que mi padre había encontrado oculta tras una de las paredes del desván. Desde ese momento comencé a comprar antigüedades con mis ahorros e hice realidad mi ilusión desde la infancia de coleccionar objetos antiguos cargados de historia, vivencias, amores, desamores, vida y muerte…………
Amanecía y a la dama inmóvil se le acababa el tiempo de ser carnal dando por finalizada la velada. Me dijo que con los primeros rayos de luz debía de volver a la frialdad de su mármol. La abracé tiernamente, la besé y pude sentir su pulso, su aliento y el dulce sabor de sus labios en los míos. Me dijo que la única manera de estar más tiempo juntos y de llegar a poseerla era comprarla y llevármela a casa. Me besó tiernamente en los labios y desapareció.
Desperté sentado en el suelo con la espalda apoyada en la tinaja. La luz de un nuevo día dándome en los ojos y el aroma a pino me hizo volver a la realidad. Tal vez haciendo tiempo para no encontrarme con los dos atracadores, me había quedado dormido y todo había sido solamente un lindo sueño producto de mi imaginación.
Pasados unos días traté de comprar la escultura de mármol de aquella dama a pesar de ser consciente de que una pieza de esa calidad, tan bien trabajada, tan hermosa y con más de cien años de antigüedad era algo que yo no iba a poder permitirme. Lo curioso fue que el dueño de la tienda no puso precio. Me dijo que no estaba en venta.
Como os decía al principio de este relato todo esto es cierto lo creáis o no. Pensareis que aquel día al haber bebido en exceso me quedé dormido creyendo posteriormente que todo lo soñado había sido cierto.
Yo también tuve un mínimo de confusión al respecto, pensando que había perdido el juicio momentáneamente -tal vez por el exceso de alcohol- pero todas mis dudas quedaron aclaradas el día que intenté comprarla.
Tras la negativa del anticuario a vendérmela, salí a la calle y frente al escaparate la estuve mirando tiernamente durante unos minutos con la tristeza de no haber podido conseguir que fuera mía. Ella estaba como de costumbre inmóvil, inerte, marmórea y cubierta de polvo. Antes de irme movió sus labios.
Fue solo por un leve instante, pero os puedo asegurar que me brindó su dulce sonrisa para luego volver a su acostumbrado mutismo.
Madrid, agosto de 2008
Fernando José Baró
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2 Comentarios en “La dama inmóvil”
BELLO, DULCE Y DE LO MAS TIERNO. ADORO LAS ANTIGUEDADES, SUELO VOLAR TIEMPO ATRAS CUANDO ME ENFRENTO A LUGARES U OBJETOS QUE TIENEN HISTORIA…..SOY NIETA DE ESPAÑOLES Y SIEMPRE ME GUSTARON LOS RELATOS DE MIS ABUELOS …. DE LOS SITIOS DONDE VIVIAN, COSTUMBRES Y LEYENDAS DE AQUELLAS TIERRAS QUE DEBEN DE SER LAS MISMAS QUE DESCRIBE ESTE RELATO. YO ME SENTI IGUAL DE NIÑA LEYENDOLO. GRACIAS
Gracias a ti Grisel por compartir tu opinión! Y cuánta razón llevas al mencionar la belleza de los relatos sobre costumbres y leyendas…esas historias son las que nos terminan marcando en alguna etapa, esperemos no perderlo nunca!
Saludos,