LA DAGA PÚRPURA

La daga púrpura

Era la primera vez que perdía completamente la noción del tiempo. Antes de arrojarme bruscamente del coche, los gitanos rumanos me quitaron la venda que tapaba mis ojos con no muchos cuidados, y tras unas palabras en “rumañol”, una mezcla de valenciano, rumano y castellano, me abandonaron a mi suerte en un terreno abrupto y pedregoso.
Hasta que dejé que vencieran mis pesados párpados, y mis ojos se hermetizaran, todo lo que podía ver estaba en blanco y negro, aunque podía sentir los rayos de sol rozándome la piel. A mi parecer había estado con los gitanos un par de días exactos, y según mis cálculos la noche debía obsequiarme en esos momentos con la oscuridad; pero, es entonces cuando comprobé mi ofuscación temporal, y que aquel penetrante calor, no era sino indicador de la premisa del mediodía.
Aunque, sin esperarlo, unas gotas de lluvia consiguieron espabilarme, y me incorporé violentamente como si me hubieran dado una descarga eléctrica. Corrí hacia aquel camino desde el que me habían lanzado hacia las piedras, y lo seguí como desesperada, gimiendo y maldiciendo todo lo fuerte que podía.
La tormenta que yo estaba vaticinando al observar como el firmamento se iba cerrando de nubes negras, resultó ser solamente un sirimiri, y a lo lejos se abrió un arco iris, que hizo que me llenara del poco optimismo del que en un lapso así podía surgir.

Mi velocidad fue decreciendo poco a poco, y no supe si esconderme, cuando a lo lejos reconocí un vehículo que al acercarse, levantaba una gran polvareda. Quizá fueran de nuevo los gitanos, para acabar el trabajo que habían empezado conmigo. Miré a mi alrededor, y no hallé ni árboles, ni maleza, ni hojarasca, nada donde poderme ocultar. El auto se me iba echando encima; y dichosa, fue cuando encontré unos tablones dejados en el arcén del camino… Me santigüé, y me oculté lo mejor que pude bajo ellos.
Fue demasiado tarde: el conductor me había visto, y yo temblaba bajo los tablones, sin embargo, aún mantenía la esperanza de que no me hubiera prestado atención. Iba escuchando el ruido del motor mientras se aproximaba.
Dejé de oírlo, y me tranquilicé al pensar que el del descapotable no había reparado en mí. Me acurruqué con las rodillas flexionadas, y me quedé en un estado de duermevela, agotada por mis ultimas horas con los mafiosos rumanos.

No habría pasado media hora, cuando percibí de improvisto, que alguien movía los tablones en los que yo me apostaba. Me quedé totalmente desprotegida al ser levantado el tablón que celaba mi cara y mi torso, por un chico rubio de pálida tez.
– ¡No salgáis del coche! -, gritaba otro muchacho muy corpulento, dirigiéndose a dos chicas dispuestas ya para salir del coche.
Quise huir corriendo, pero el pollo rollizo y voluminoso, me hizo un placaje propio de los del fútbol americano. Me llevaron hasta el descapotable azul aparcado en la tierruca, y reconocí que era el mismo chico que conducía antes y del cual me había escondido; era aquel rubiales tan blancucho. Me sentaron entre las dos jóvenes, en la parte trasera del coche.
– Me llamo Paula… Mi novio venía a reunirse con nosotros en Benicassim, y vio que te escondiste bajo aquellos tablones. Nos contó la historia, y nos pareció que lo mejor era venir a auxiliarte. Pareces asustada… -, mencionó la de las trenzas.
– ¡No hables con ella, Paula! La llevamos hasta la próxima gasolinera y vale; allí, que se las entienda -, manifestó el gigantón.
Se me hacía cada vez más desagradable, pero quizá tenía razón en decir a su amiga que no simpatizara conmigo. Podía representar un problema para ella, saber lo que yo le podía contar. No respondí a Paula; de esta forma, la estaba protegiendo.
Decidí callar que había quedado con un amigo mío enfrente de un museo de artesanía, y que él había llegado el primero; no teníamos ni idea de que justo en aquella bocacalle, había un club de alterne. Desde la esquina por donde yo llegaba, vi como una multitud de chicas poco vestidas, o por lo menos, cubiertas con ropas escuetas, abordaban a mi compañero sin ningún miramiento. Luego, un grupo de gruesos hombres, entre los que se contaban los mafiosos que más tarde me habían retenido a mí, le redujeron entre golpes y patadas, considerando posiblemente, que aquél infeliz era el que iba a defender a las prostitutas de algo penoso que habían cometido para la banda malosa. Creyeron que yo que lo había visto todo, y que iba a ir con el cuento a la policía; por eso, me cogieron también a mí sin esfuerzo apenas, para darme un escarmiento o al menos para convencerme de que no hablara del asunto.

Llegamos a una gasolinera, y mientras el coche repostaba, la niñata ojerosa del pelo rapado me echó del vehículo, sin abrir la boca en absoluto. Debía ser la novia del fornido, porque al ver que me trataba tan bruscamente, le dio un beso en los labios.
– Tal para cual… -, pensé.
Después del descortés gesto, la otra, Paula, salió por la puerta contraria rápidamente, me guardó en la chaqueta unas monedas, y me señaló una cabina de teléfonos. La esperaron, y enseguida escaparon hacia el sur.

Como Paula hubiera deseado, introduje una de las monedas en la ranura de uno de los teléfonos, y tecleé el número de la casa de mi amigo. Su padre fue el que contestó al otro lado, y yo pregunté titubeante por mi compinche.
– No sé dónde está… Lo más preocupante es que encontré en su habitación un cuchillo teñido de rojo, púrpura -.
En tal caso, me recorrió súbitamente un escalofrío que no presagiaba que a mi camarada le hubiera pasado nada bueno. Mientras la voz me preguntaba por mi situación, se me iba resbalando el auricular de entre las manos, y divisaba ya muy lejanamente el coche deportivo en el que viajaban Paula, su níveo enamorado, y la parejita insoportable y antipática.

PILAR ANA TOLOSANA ARTOLA

Autor: pILAR aNA