La canción del clarinete:
Espero que os guste, aunque si no… ¿me lo diréis?
EL SUAVE BLUES DE LA EDAD
Hermosa voz la del clarinete ¿verdad? No, tu no lo entiendes ahora, pero lo entenderás. Te digo eso y tu asientes, conformista, piensas para ti: Abuela, estas loca, el clarinete no tiene voz ¡Ah! ¡Pero es porque no la escuchas! (O no la quieres escuchar, da igual)
No, no protestes; yo lo sé. ¿O me escuchas acaso cuando ensayo para alguno de mis conciertos? ¿O cuando te pongo discos de Jimmy Giuffre? No, pones cara de interesada pero por dentro piensas en ese chico de ojos azules o negros o castaños, da lo mismo.
¿Sabes? Te voy a decir una cosa, yo creo que me he enamorado tres veces; y mi primer amor fue una mujer, no me pongas cara de horrorizada, no soy lesbiana como decís vosotros ahora. No, me refiero a la música.
Extraña mujer, la música (también podría ser hombre, pero no se porqué yo siempre me la imagino como una mujer) Sin cuerpo, sin alma y sin corazón: como no tiene cuerpo puedes llevártela siempre contigo; como no tiene alma no le importa que cuatro guapitos de cara se pongan a hacer el monguis y luego decir que sienten la música; y como no tiene corazón….. como no tiene corazón no escucha a tus sentimientos y puede hacerte la más feliz o la más infeliz, que a ella le dará igual.
Pero sobre todo, la música es fiel, y da igual que seas bueno o malo, feo o guapo, simpático o antipático, o que no la entiendas; ella siempre estará contigo y nunca, nunca te abandonará.
LA MÚSICA ES EL PEOR DE LOS RUIDOS (Napoleón)
La primera vez que oí un clarinete fue cuando tenía 13 años; yo estaba en la casa de los balcones, (se llamaba así porque tenía toda la fachada llena de balcones, y desentonaba un poco…) y había llevado un traje que le habían encargado a mi madre.
Yo tenía mucha hambre y como creía que nadie me estaba mirando cogí una naranja de una fuente con fruta que había encima de la mesa. Entonces, justo detrás de mi se oyó una voz que me gritaba: ¡Ladrona! ¡Deja eso donde estaba!
En ese momento mi mente se bloqueó. Yo nunca había robado nada hasta entonces y ahora, por mi culpa no le iban a pagar a mi madre por el traje. ¡Nosotros necesitábamos urgentemente el dinero!
Lo más sensato hubiera sido dejar la fruta y disculparse pero en vez de eso subí corriendo por la escalera y entré como un torbellino en la habitación de Joan; nuestras miradas se cruzaron durante una fracción de segundo, rápidamente di un repaso a la habitación y me escondí en su armario, (aunque por aquel entonces yo no sabía todavía que era un armario)
¡Eh tu! ¿Qué haces?- me gritó él, pero en ese momento entraba su madre gritando que ya no se podía fiar de nadie y que cuando tuviera a bien salir del armario (no se como sabia que estaba escondida ahí) que me diera el dinero por el traje y que me despachara con una buena patada en el culo. Dicho esto salió y todavía refunfuñando a media voz bajó al piso de abajo.
Joan volvió a coger el clarinete y siguió tocando. Fue entonces cuando me fijé de verdad en la música, no te voy a decir que me gustara pues era demasiado distinto a todo lo que había escuchado hasta entonces, y no dejaba de ser para mi un ruido; agradable, si; curioso, es cierto; pero ruido al fin y al cabo.
Cuando salí del armario me quedé quieta, escuchándole, mientras esperaba a que me dijera algo, o a que me diera el dinero, o… La verdad es que no sabía qué esperar. Por fin dejó el clarinete en una silla y me dijo sin mirarme: espera aquí, ahora mismo vuelvo y se perdió por el pasillo.
Yo sentí una especie de impulso, tal vez fueran ganas de meterme en más problemas, no lo sé. El caso es que me acerqué al clarinete e intenté cogerlo como le había visto cogerlo a él. ¿Qué diablos haces ahora?- escuché por detrás de mí. Na… nada, yo solo quería… - empecé a tartamudear- pero él me hizo un gesto para tranquilizarme.
En dos zancadas se situó junto a mí y me dijo: así no… ¿ves? Los dedos así, ahora relájalos y colócalos en los agujeros, así… relajados pero alerta, muy bien. El pulgar de la mano derecha tiene todo el peso del clarinete pero le ayuda la mano izquierda un poco… así. Relájate, flexiona un poco las rodillas, deja descansado el cuerpo… estira un poco el cuello… ya está. Ahora colócate el clarinete en la boca, pisando un poco el labio inferior…
Así, dulcemente, me fue colocando en la postura correcta, yo me sentía rara, muy poco natural, pero… a la vez no quería que él dejara de hablar ni dejar el contacto cálido de la madera del instrumento.
Cuando llegó el momento de soplar por el clarinete, me salió un horrible sonido parecido a la bocina desafinada de un buque. Yo estaba avergonzadísima pero Joan se rió y dijo que era normal, que a él también le había pasado eso.
En ese momento no le creí, pero ahora, después de pasarme 10 años dando clase, sé que es verdad, que el primer sonido que produce un clarinetista es siempre el mismo y ha llegado a gustarme esa primera nota desafinada… al fin y al cabo, fue el comienzo de toda esta historia…
Así es como Joan comenzó a enseñarme a tocar el clarinete y a entender la música… me enseño muchas cosas, entre ellas, a leer una partitura o a analizar una canción.
Pasaba con el una hora cada día ensayando y aprendiendo, y me acostaba por las noches soñando canciones…
LA MUSICA QUE SALE DE LA TROMPETA DE UN HOMBRE ES LO QUE EL HOMBRE ES: LOUIS ARMSTRONG
Llevábamos ya 1 año viéndonos, yo había superado las primeras notas difíciles y los cambios bruscos de posición; a las escalas, los arpegios y los ejercicios siguieron las primeras improvisaciones. Empecé a profundizar en la música jazz a la vez que me adentraba en el mundo de la música clásica.
Fue difícil empezar. Núnca había sido buena en nada, y ahora se me daba la oportunidad de fijarme metas, de ser buena en algo y de mejorar cada día un poco más. Ahora que lo veo todo desde una distancia considerable me doy cuenta de que se me daba bien la música y el instrumento, pero en esos tiempos me creía la más torpe de todo el mundo.
Un 14 de octubre me di cuenta de que algo anormal pasaba allí. Contra su costumbre, Joan no me esperaba en su habitación sino en la entrada y me llevó a una salita desconocida para mí. Allí me lo contó todo: A su padre le habían ofrecido un trabajo mejor en París, como arquitecto de una urbanización a las afueras de la ciudad y toda la familia se marchaba de Lyon dentro de una semana.
Después nos quedamos en silencio; yo por miedo a confesarle sentimientos que no harían sino complicar los cosas y él… él parecía hipnotizado y miraba fijamente una mancha que había en el cojín al lado mío.
Al cabo de un rato se levantó y de un armario sacó el estuche de su clarinete. Toma -me dijo- quédatelo, mi padre ha prometido comprarme otro en París así que…
Lo abrí con cuidado y lo monté cuando iba a colocar el barrilete algo cayó de él a mi falda: era un anillo de oro. Lo cogí y miré interrogante a Joan. El solo asintió y dijo: lee lo que pone dentro.
Solo había dos palabras: Te quiero.
Esa última semana está borrosa de felicidad. Nosotros éramos los dos seres más bellos, más hermosos y los más perfectos también.
Éramos el centro de nuestro universo, un universo de música, donde el blues y la sinfonía se trenzaban y nos unían. El bossa-nova y la sonata se mezclaban como los colores en la paleta de un pintor. Mozart y Ella Fitzguerald eran uña y carne y Beethoven y Louis Armstrong eran inseparables.
Nos besábamos, tocábamos el clarinete, nos volvíamos a besar… y me acostaba por las noches temiendo que a la mañana siguiente Joan ya se hubiera ido.
Y así… entre amor y música pasó la semana y Joan se fue. Pasaron 3 días en los que yo me quería morir. Después, al cuarto día llegó esta carta:
París lunes 22 de octubre
Querida Sophie:
¿Qué tal? Yo estoy aquí, aburrido mientras todo el mundo se mueve, se ríe y habla… ¿Adivinas? ¡Pues sí! Nos han hecho una fiesta de bienvenida y todo el mundo está muy contento; todo el mundo menos yo.
Te quiero y no dejo de repetírmelo, y eso en vez de alegrarme me entristece. ¿Te acuerdas del último día? Aquella noche estábamos en mi balcón, abrazados y tú viste pasar una estrella fugaz.
Me dijiste que pidiera un deseo pero como no se me ocurrió ninguno dijiste: ¡No importa! Siempre puedes pedírmelo a mí, que yo por amor haré cualquier cosa. Pues… ya sé lo que voy a pedirte: Espérame, espérame que yo te prometo que te iré a buscar y entonces no volveremos a separarnos.
Y vendremos aquí. A París, la ciudad del amor y te la enseñaré… si… algún día te enseñaré París.
Te quiero…
Joan
LA NIEBLA DE PARÍS.
Le esperé 9 años. Con 17 años me ofrecieron entrar en un grupo de jazz. Me saqué todos los títulos que necesitaba dando clases en el consevatorio y pagándolo con el sueldo que ganaba en la banda.
Saqué el título de grado medio y me hice profesora del conservatorio a la vez que hacía giras por todo el país durante las vacaciones. En septiembre grabé un disco que se vendió bastante bien. Tenía 22 años y empezaba a ser famosa.
Una vez toqué con mi grupo en el Teatro de la Ópera de París, a la salida, vi a un hombre de espaldas a mí. Llevaba un traje de chaqueta y calculé que tendría 25 años. Cuando se dio la vuelta casi me caigo de la sorpresa: era Joan.
¡Sophie! Exclamó tan sorprendido como yo. ¿Quién es cariño?
Le preguntó una mujer bonita y joven que estaba riendo con un grupo detrás de él. Na-nadie -contestó y sin dejar de mirarme añadió- una amiga de hace mucho tiempo…
Se dio la vuelta, pero antes de que diera un solo paso le abrí la mano y dejé allí el anillo que 9 años antes me había regalado. Dio cuatro pasos, se paró y se volvió. Adiós… -dijo mirándome con tristeza-. Y siguió caminando con la mujer del brazo.
¡Aun sigo esperando a que me enseñes París! Le grité. Entonces sí, se volvió y pude ver que estaba llorando. Adiós -repitió mientras la mujer le tiraba del brazo para que avanzara más deprisa-. Y así, siguió alejándose, perdiéndose por las calles. Y París se cubrió de niebla.
Al cabo de tres años conocí a tu abuelo, nos enamoramos, nos casamos, tuve a tu padre y luego llegaste tú. Le debo mucho a Joan… y ahora soy feliz, muy feliz. Pero siempre veo París bajo la niebla gris de mi primer desengaño amoroso.


22 de Noviembre, 2007 a las 11:21 am
que bonita historia
2 de Diciembre, 2007 a las 7:05 pm
lo unico que puedo rescatar de esto es que gracias a dios a napoleon no lo tiene en su reino ,porque se nota que el pobre no tenia alma donde la sublime musica pudiera llegar.
con razon chaikovski en la 1812 se deleitaba dandole de cañonasos al pobre