La Bodega
Solo recordar lo que miré esa noche, hace que mi cuerpo se llene de frío. Esa sensación que recorre tu cuerpo desde los dedos del pie hasta llegar lentamente a la nuca, erizando lentamente todos y cada uno de los vellos de tus brazos y de todo el cuerpo.
Terminaba de caer una lluvia lenta pero que había durado casi cuatro horas y terminaba con el anochecer. Me dirigía hacia el trabajo, el interminable y aburrido quehacer de todas las noches, la inevitable rutina que me tiene atrapado hasta este instante. Las nubes se disipaban y la luna apenas asomaba. Los compañeros de esa comandancia eran personas sombrías sin ningún rasgo de felicidad en la cara, de verdad parecía que una sombra cubría su rostro esa noche, como un hombre condenado a la horca, resignado a fallecer, porque en su vida jamás tuvo un amigo, como aquel que no posee ninguna esperanza en la vida, estaban solos. Parecía como si estuvieran resignados a fallecer esa misma noche.
Pasé la lista de los que deberían laborar esa noche y faltaba una persona. Era extraño, al preguntar por el, nadie lograba decirme con exactitud quien era:
-No, lo conocí pero no lo recuerdo-.
-Creo que vive a seis cuadras de aquí, en le muelle-.
Y así nadie podía recordar, o, ¿tal vez era que no querían recordar?. Durante 15 minutos que decidí esperarlo, lo normal en todas las pláticas que había dado hasta el momento, estuve especulando en varias teorías de el porque se había retrasado, y aun mas me intrigaba el porque nadie parecía recordarlo, si según el expediente, no había contrataciones recientes, no menos de tres años. Después de casi 20 minutos de espera, todos traían ya puesto su uniforme, y había conseguido la dirección de la persona que faltaba. Solicité dos voluntarios para ir en su búsqueda, y nos dirigimos a la dirección que me habían proporcionado. En efecto estaba cerca del muelle, en las bodegas, casi perdidas en la neblina que se levantaba del agua salada del muelle, con un aroma a pescado, al bajar del auto penetraba por los poros de la nariz, y casi provocaba un arqueo.
Luisa, una de los dos voluntarios que me acompañaron, estuvo a punto de devolver la comida solo con aspirar aquel aroma que se mezclaba con el olor a combustible industrial, y al de las aguas negras que desembocaban en le muelle, en verdad era asqueroso, casi irrespirable. Le noté un tono de nerviosismo a aquella policía un poco novata para aquella comandancia, donde nadie quería ser trasladado. Decían de esta comandancia, que era como caer en espanto, pierdes el alma y no haces nada solo trabajar y después de un tiempo, mueres sin que nadie te recuerde, solo.
Alex, el otro voluntario, trató de ayudarla mientras se curvaba la espalda con el arqueo de su garganta, al respirar aquel aroma insípido, pero repugnante, y Luisa casi le asesta un golpe. Noté una discusión entre ellos en voz baja, mientras yo entraba en la enorme bodega que tenia el numero 656 de la calle Everest, en la orilla del viejo muelle, donde quedaban pocas lámparas que iluminaban solamente una parte de la calle. Tratando de encender una luz, sin encontrar ningún apagador. Cuando conseguí, aquella dirección, tuve que pedirla a la oficina central, y me enviaron un fax con una foto, pero no se distinguía bien el rostro, estaba borrosa, así que no podía saber si estaría en ese lugar a menos que me hablara o estuviera esperándonos. Con una lámpara de mano me apresuré a subir las escaleras. Buscábamos a Carlos. Cuando llegamos a la puerta de entrada, estaba abierta, Luisa estaba más nerviosa, y la luz que despedía su lámpara se movía demasiado, y no enfocaba nada por completo. Alex entró primero y tropezó con un buró, había vidrios en el suelo, y la luz de la luna que apenas entraba por un ventanal solo mostraba una parte de la bodega que Carlos había utilizado como casa. Era enorme, con casi cinco metros de altura y más de veinte metros de largo. Luisa comenzó a sollozar, y luego rompió en llanto, Alex solo tenía una sonrisa en su cara, era como de satisfacción, tal como un niño al recibir un premio, o cuando una maestra te felicita por haber obtenido el primer lugar de tu clase. Se veía contento.
Los observe durante un minuto, y después de eso Luisa corrió por la enorme bodega hasta llegar al otro extremo. Sollozando aún se detuvo y dirigió una mirada fría a una esquina de aquel enorme cuarto, donde estaba una cortina blanca, a la cual iluminaba la luz de la luna que avanzaba rápidamente aquella noche, tenía miedo la luna, quería esconderse y que terminara esa noche, pensé.
Luisa no tuvo opción mas que caer de rodillas frente aquel cuadro que parecía pintado para colocar Ángeles, la enorme cortina casi llegaba al final de la pared en la altura, y caía como una cascada de agua, pura y que hace espuma en el final de su caída, solo que sin movimiento esta vez. Ya sin llorar, sin emitir sonido alguno, mejor dicho, porque de sus ojos rodaban varias lágrimas cargadas con dolor, que recorrían su rostro arrugado por la expresión de tristeza que se desprendía de ella, solo habló para decir y repetir:
-¿Porqué? ¿Porqué Alex?-
Alex caminó hacia la cortina y jalándola con fuerza, esta cayó hasta el piso, moviendo el poco aire que se sentía es ese lugar, un aire frío y lento. Recorrió todo mi cuerpo. La cortina se derrumbó como un edificio solo hacia abajo, y luisa dejó de llorar, esta vez por completo.
-¿Porqué?- repitió, y Alex mantenía su hipócrita sonrisa, burlona, pero sin gritar, sin soltar la carcajada que de seguro se quería desprender de el.
No sé como describir exactamente lo que presencié esa noche. Aquel hombre, Carlos, el que se suponía que nadie conocía, estaba completamente desnudo en una posición fetal, pero recargado en la pared, en la esquina, la cabeza agachada, y alrededor de él, apretándolo por todo el cuerpo, un alambre que no le cortaba pero le apretaba con gran fuerza. No cortó su piel, aún así se hundía hasta esconderse en algunas partes del cuerpo, donde había más carne, pero el cuello estaba completamente roto, en varias partes, por eso su cabeza colgaba como la de un muñeco de felpa, sin vida, en la oscuridad, solo

