La Biblioteca General

13 de Enero, 2008

LA BIBLIOTECA GENERAL

¡Que hermoso silencio! Me encanta. Deja una dulce sensación que apacigua mi alma. Como cuando siento que estás a mi lado; sé de la caricia de la ola que recorre la orilla antes de fundirse con la arena al unísono de callar su voz, del susurro del viento que agita la verde hierva en la inmensa y fértil pradera y queda entonces inmóvil gozosa y sé entonces también del placer de la tierra cuando el sol le habla en su lengua. Sí, escucho la cascada de palabras que caen derramadas de las nubes y fluyen luego por el aire danzando y nutren los árboles del jardín del Edén y hacer brotar así de ellos la esencia de lo que son.

¡Ay! Me gustaría amar la vida tanto como te amo a ti; así el corazón guía todas mis acciones y te siento en todas ellas, mis ojos ven tu grandeza allá donde miren, escucho tu voz al pronunciar palabra, comprendo tus principios y practico tu elegante y bella sabiduría. Esto, mi vida, es la felicidad de la que muchos hablan y pocos incomprendidos sienten.
Por eso, princesa prometida, muchas veces pensé y obré no volver a buscarte y que con el tiempo desaparecieras, como era siempre llamado a pasar, de mi recuerdo. Muchas veces te negué de formas ruines, negándome así también a mí mismo hasta que fue tarde. Lo sé y me avergüenzo porque ahora comprendo que nunca tuviste rostro ni nombre. Me dirijo así sólo en tu homenaje. Que nadie, ni tú misma, te vio como yo lo hacía. Andabas siempre triste. Una invención de mi pequeña y minúscula mente para intentar comprender algo consubstancial al mismo Universo, tan grande y bello que todos los Hombres, que son los de Bien, le rinden culto antes, ahora y después. Sí, un dulce y meloso sueño. Y es que no puedo coger entre mis brazos aquello a lo que yo mismo pertenezco. No, cielo, yo quiero darte más de lo que me has dado y no me es posible hacerlo solo. Porque me has dado tanto…
Así fue que soy coleccionista de rostros y nombres y los veo a todos como a mí mismo. Porque muchas veces, en algunos momentos, perdí tu presencia y vivía el misterio de tus ojos sólo ahora. Y hablaba de soledad y aburrimiento donde hay armonía y aventura. O me pareciste historia fugaz cuando eres La Eterna. Y son en esos negros momentos, uno de tus parpadeos, para otros vidas enteras, cuando intento comprenderte más y tampoco puedo porque es algo tan claro y cierto que no cabe duda en intento sino de vivirlo y mostrarlo. Al final mi faz siempre dibuja confidente sonrisa porque mi corazón, que es más sabio que yo, ya ha comprendido ¡Que hermoso es el silencio!

Dedicado a Conchi y Miguel

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