EL MENDIGO CUYO NOMBRE ACABABA EN “O”
Había una vez un mendigo cuyo nombre acababa en O. Lu-cia una camisa de algodón blanca y unos vaqueros rotos de manera calculada por sus rodillas. Caminaba orgulloso, afei-tado y aseado a pesar de sus escasos medios.
Nuestro mendigo llego a una gran ciudad del Norte. Pasó de largo los edificios solemnes, las casas con solera del cas-co antiguo, los rascacielos de la ciudad, dejó atrás una cate-dral de esplendoroso porte y cruzó un puente de piedra hacia el extrarradio.
En el mismo puente preguntó a una mujer.
—Buenos días señora. ¿Sabe usted dónde puedo encon-trar las casas pobres de la ciudad?
La mujer, un ama de casa cincuentona le examino con desconfianza. Luego le indicó como llegar continuando en dirección al sur.
—¿Por qué queréis llegar allí? —pregunto la mujer su-poniendo que nada podía atraer a un hombre de su aspecto a aquel lugar.
—Soy el mendigo cuyo nombre acaba en O y busco cari-dad a cambio de dones.
La mujer torció la boca y se alejó tomándole por loco.
El mendigo cuyo nombre acababa en O siguió su camino. Poco a poco las casas se volvieron más humildes hasta que se convirtieron en pequeñas edificaciones de una planta, con paredes blancas y ventanas enrejadas. No se veían números en los marcos de las puertas de madera.
El mendigo llamó a una de las puertas.
—¿Qué queréis? —preguntó una mujer con la puerta entreabierta.
El mendigo sonrió y dijo:
—Soy el mendigo cuyo nombre acaba en O. Busco cari-dad a cambio de dones, buena mujer.
La mujer lo miró boquiabierta y acertó a contestar:
—Vuelve al manicomio y deja de reírte de los pobres, ¡Desgraciado!
Pero el mendigo no quería burlarse de nadie. Al contrario: su oferta era de incalculable valor. Y siguió llamando a las puertas. La gran mayoría le despedía con algún improperio o simplemente ignoraban incrédulos sus palabras.
Otros examinaban su aspecto aseado, los zapatos brillan-tes y lustrados como para cerciorarse del engaño.
Un hombre salió enojado de su casa y le empujo calle abajo, hasta que llego a los límites donde la ciudad se con-vertía en tierra y cielo.
El mendigo cuyo nombre acababa en O cruzó campos de trigo recién segados y vio el Sol aparecer y desaparecer co-mo un reloj premonitorio. Pasaron varios días de sudor y hambre pero su aspecto seguía siendo impoluto. Se alimentó como los pájaros de los árboles y los ríos creados por Dios apagaron su sed.
Pasaron, muchos, muchos días de viaje itinerante. El oto-ño llegaba cuando avistó en la curva del horizonte el perfil de una nueva ciudad. Se dirigió presto y no bien alcanzó la misma detuvo a una mujer.
—Buenos días, mujer —se presentó con educación siem-pre exquisita—, soy el mendigo cuyo nombre acaba en O. Busco caridad a cambio de dones ¿Podría decirme dónde encontrar las casas más humildes de la ciudad?
La buena mujer le indicó como atravesar la ciudad y le tendió un mendrugo de pan recién comprado.
El mendigo lo aceptó gustoso.
—Buena mujer. Antes de que acabe el día serás bendeci-da con un nieto. Sé que ese es tu deseo.
La mujer lo vio alejarse y no apartó la vista hasta que desapareció entre los edificios de la ciudad.
El mendigo cruzó de nuevo la ciudad obviando los luga-res de prosperidad y ostentación. Paso de largo una nueva catedral, esta más hermosa que la anterior. El mendigo pensó con amargura, que una gran cantidad de fieles oraban y reza-ban en su interior por aquello que más deseaban o necesita-ban.
Alcanzó de nuevo pequeñas edificaciones, algunas de barro tan primitivas como ancestrales cuevas.
Hizo su presentación en las primeras casas y como siem-pre le despidieron indignados. El mendigo siguió intentándo-lo con ánimo inquebrantable.
Por fin llego a una modesta vivienda. Sobre el marco de la puerta rezaba la virgen del sagrado corazón y el mendigo supo que allí moraba una mujer piadosa.
Efectivamente; la puerta se abrió y apareció una enjuta anciana.
—¿Qué deseáis joven caballero? —preguntó.
—Soy el mendigo cuyo nombre acaba en O. Busco cari-dad a cambio de dones.
La mujer no tenía muy buen oído. Y contestó:
—¿Un mendigo? Pasad buen hombre. Algo me dice que sois justo.
El mendigo cuyo nombre acababa en O se percató de que además, la anciana era ciega por alguna enfermedad reciente
—Decidme buena mujer —preguntó—, ¿Cuál es la causa de vuestra ceguera?
—Unas cataratas que no pude operarme. Aunque ya me arreglo no se crea.
La mujer despareció en la cocina y media hora después volvió con una sencilla sopa de pan.
El mendigo recibió agradecido su cena. Mientras comía reparó en el pequeño altar que la mujer tenía junto a la entra-da. Una colección de cirios balanceaba su llama ante la ima-gen consagrada de un Cristo argénteo.
Pasó la noche allí y a la mañana siguiente se preparó para despedirse. La anciana le volvió a preguntar:
—Antes de marchar, ¿cuál es vuestro nombre, buen hombre? Así podré rezar por usted cuando se marche.
—Liberado. —Respondió sin titubear el mendigo.
En ese instante las tinieblas se convirtieron en luz, y la mujer, palpándose incrédula el rostro, comenzó a distinguir formas, realidades que habían permanecido ocultas en su memoria durante años.
—¡Santa Madre María! ¡Veo…puedo ver…Estoy cura-da….! —exclamaba.
Y según iba adaptando su vista a los objetos, pudo reco-nocer frente a ella a un apuesto joven, que con sonrisa satis-fecha esperaba en el umbral de la puerta.
—¿Quién es usted? —preguntó indignada— ¿Dónde está el mendigo?
—Soy yo buena mujer. Mi nombre es Liberado.
—Que Berado, ni Berado. Esta noche un santo mendigo ha parado en mi casa. ¡Ha sido un milagro! ¡Milagro, Dios mío! —Y la mujer alzó los brazos al cielo—. Ha aprovecha-do mi ceguera para ocultar su imagen divina.
Liberado la miró con expresión confusa.
—¿Y usted? ¡Qué hace ahí en medio de la puerta!
Le gritó y a continuación lo empujó a la calle. El mendi-go trastabilló y aterrizó sobre la calzada arenosa. Mientras la mujer seguía gritando en éxtasis:
¡Milagro! ¡Milagro!
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