Relato

Ingrese en un reformatorio en Valencia a los siete años de edad, año 1945

Por Josan, en 7 de septiembre de 2011

En el año 1944 con siete años de edad y, en plena posguerra española, fui ingresado en un reformatorio de Valencia (España) con tres de mis hermanas mayores que yo, en una edad comprendida entre diez y dieciséis años, nuestro ingreso se debió a la falta de recursos económicos por parte de mi madre, que desesperada por la situación, no dudo en firmar nuestro ingreso como “niños difíciles” para evitar que muriéramos de hambre, lo más doloroso para mí y para mis que hermanas, que estando tan solo separados por unos trescientos metros, no pudimos vernos por ser de diferente sexo, exceptuando domingos y días festivos, que si que las veía en la iglesia, pero a una distancia de unos cuarenta metros.
Llegó el primer domingo de mi ingreso en aquella cárcel para niños y, nos formaron en dos filas para llevarnos a la Iglesia a oír misa.
Durante el trayecto nos llevaron formados al estilo militar cantando canciones religiosas. Una de las canciones que más me acuerdo decía así:
-“Era niño del albergue, del albergue la misión, porque allí encontrarás tu entera salvación. Bendito, bendito, bendito sea Dios, los Ángeles cantan y alaban al Señor”.
Al llegar a la Iglesia nos situaron en un extremo de la misma todos de pie. Los pocos bancos que había estaban reservados para las monjas.
Mi alegría se desbordó, cuando vi que entraba en la iglesia un grupo de niñas dirigidas por dos monjas, y con ellas iban mis hermanas. Iban uniformadas, y se cubrían la cabeza con una boina roja, pues según normas del reformatorio, les rapaban el pelo para no darles facilidades a los molestos piojos.
Al verlas empecé a llorar, y salí de la fila con intención de llegar a ellas.


Pero no lo conseguí, el carcelero Ramón que se percató de que me salía de la fila, salió detrás de mí dándome alcance. Me cogió de un brazo y me sacó de la Iglesia haciéndome pagar mi rebeldía. Con la famosa porra que siempre llevaba, me propinó unos cuantos azotes en mi trasero y espalda.
Según el maltratador, me había portado mal en la Iglesia originando semejante escándalo, había cometido un pecado mortal en la ¡¡¡Casa del Señor!!!Que tendría que purificar con un castigo de privación de comida, y confesarlo al sacerdote cuando hiciera mi primera comunión.
Después de aquellos azotes, me exigió que le pidiera perdón, y la promesa de que en la iglesia siempre guardaría respeto y compostura.
Con el cuerpo bien caliente volvimos a entrar para terminar de oír la misa, pero la misa que oí, fue con lágrimas en los ojos, por estar viendo a mis hermanas a tan solo cuarenta metros y no poder darles ni un beso. Cuando salimos de la iglesia, y no estando autorizado, mis hermanas se acercaron a mí en un pequeño descuido que tuvo el celador, nos besamos llorando al mismo tiempo que trataban de consolarme. No creo que aquel encuentro durara más de dos minutos, pero fue suficiente, para que me dieran a escondidas de las monjas el chocolate de algarroba, que me habían guardado privándose ellas de comerlo. Me prometieron que todos los domingos me lo guardarían y lo cumplieron. Cada domingo después de oír misa y, cuando salíamos de la Iglesia, al menor descuido de nuestros carceleros me entregaban aquel chocolate, que aún sabiendo a tierra, me sabía a gloria.
Desde la actualidad, mi mente no para de procesar aquellos recuerdos lejanos en el tiempo y me pregunto: ¿Como unas niñas en su infancia, y con el hambre que se pasaba, podían hacer tanto sacrificio por su hermano? Mi verdad es, qué no entiendo cómo a su corta edad preferían quedarse sin comer con tal de que yo pudiera hacerlo.

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