Inconcluso
Angel Mompracem
El cuento, había pasado demasiado tiempo olvidado. La mesa sobre la que descansaba era de madera, muy desgastada por el tiempo y olvidada como él. Sabia que era un huésped temporal y disfrutaba de largas y amenas charlas con su compañera de olvido. La madera era vieja, desgastada y sabia. Sobre ella se habían escrito muchas cosas sublimes, poemas absurdos, cartas que no se enviaron jamás. Había sido testigo mudo y ciego de odios, pasiones, alegrías, tristezas, triunfos y fracasos.
Había aprendido mucho desde que descansaba sobre esta vieja amiga. Pero confiaba en que este olvido sería temporal. Era un cuento escrito en hojas de finísimo papel de hilo, un poco amarillento por el tiempo que estuvo abandonado. A su lado también estaba la pluma fuente del escritor, callada y reservada, muy cansada de tantas locuras, manchada de tinta seca pero elegante y hermosa, consciente de la importancia y del amor que se le profesaba. Ella era el instrumento musical que expresaba la turbulenta melodía que emanaba del alma de su dueño.
De todas las cosas que vivían en este cuarto era quizás la más querida. Ella lo sabía, estaba segura de la pasión que por ella el escritor sentía. Como mujer que era no tenía prisa, él volvería tarde o temprano, era cuestión de tiempo. Decía que los hombres siempre vuelven y éste era uno más.
Los días pasaban y el cuento ansiaba ser terminado. A veces se despertaba angustiado y sobresaltado porque el escritor llegaba a altas horas de la noche, y su corazón latía lleno de una esperanza que pronto se desvanecía perdida, como una nube en el cielo de un desierto. En ocasiones el escritor llegaba ebrio y él podía sentir sus pasos inseguros y vacilantes. Otras veces llegaba en compañía. Podía oír las voces y percibía la locura contagiosa de risas y besos, que nadaban en ríos caudalosos de una pasión pasajera que iría a ahogarse en el mar del olvido.
Él quería ser terminado, ser leído, provocar en los lectores emociones, sensaciones, apoderarse de ellos y de su alma aunque fuese un minuto, un instante, y convertirlos en personajes y hacerlos vivir su pasión, su alegría y su tragedia. Por un minuto abstraerlos del mundo en que vivían y hacerles vivir el suyo propio. Para eso había sido creado y para ello quería vivir. Un cuento que no se lee es como una mujer que no se ama.
Hoy se sentía más intranquilo que de costumbre. Ya habían pasado muchos días sin que apareciese el escritor. Al principio comenzó a escribirlo con una ansiedad y rapidez tan sorprendente que hasta la pluma quedaba totalmente fatigada. Pero al pasar los días fue perdiendo el interés y ya las pocas veces que entraba al cuarto era para arreglar cosas, buscar algún traste perdido o un libro ligero para ir al baño. Un día llegó intranquilo, turbado y recogió unas cartas que posiblemente eran viejas pero muy importantes. Las leyó varias veces con la intención de hacerlo por última vez y después tirarlas, pero no tuvo el valor de echarlas al cesto de la basura. Parecía que con ellas también tendría que echar su alma a la papelera. Se sentó a escribir pero no pudo terminar una frase.
El cuento se desesperó pensando que si ésta era una de sus crisis, pasaría mucho tiempo para terminarlo; movió sus hojas con suavidad manifestando su intranquilidad.
La mesa, que había visto muchos cuentos en esta situación, se dio cuenta del estado de su amigo y trató de darle animo. -Tranquilícese amigo, él llegara tarde o temprano, él no puede vivir sin escribir porque cuando su pasión se desborda y su angustia se aglomera formando nubes sin lluvia, no tiene otra forma de controlarlas. El pobre no conoce otra manera de drenar las tormentas de su alma. Sólo escribir apacigua la sed que padece en la soledad de su propio desierto. Además, amigo mío, -continuó la mesa- recuerda que estos hombres a los que llaman artistas no son normales, ellos están formados por una profunda sensibilidad y una vasta imaginación, por lo tanto, nunca alcanzan el equilibrio necesario para estar en paz con el mundo. Siempre viven abstraídos, inmersos en sus mundos inagotables que cambian día a día. Caminan en cielos oscuros buscando islas desiertas y sueñan con mares vivos y palpitantes de lunas y estrellas. El mundo para ellos es un producto errado e irreparable de su propia imaginación. La realidad válida es el interior de su propia alma.
-¿Y yo qué soy?- Preguntó el cuento.
-Su propia realidad.- Contestó la mesa y después de una pausa añadió: -Y yo no te envidio.
Intervino la pluma con su voz seductora de mujer amada. -Calma amigo. Él volverá, a pesar que posee la inconstancia de la luna. Hay que esperar la noche para verlo, aunque hay noches que viene y tú sabes que está allí pero no es posible mirarlo. Él volverá porque los hombres vuelven y él es básico y lineal como todos. Yo conozco a todos los hombres aunque haya amado sólo a uno.
-Volverá- continuó. -Me tomará entre sus manos, volveré a amar y seré una joven de nuevo, bailaremos juntos y apretados al ritmo de la música que emana de su alma, yo deshilvanaré toda la madeja que tiene en su mente. Sobre tus hojas dejaré el hilo de su pasión sin un solo nudo, y le daré la paz que todo amante necesita.
Hizo una pausa y con una voz más melancólica añadió: -Él volverá porque me ama y porque cree que yo soy la única mujer que lo ha amado y le ha sido fiel.
-Dime amiga mía, ¿qué pasará cuando se modernice y escriba en brazos de una nueva amante japonesa cibernética? -Preguntó el cuento.
Sonrió la pluma y con una voz más dulce respondió: -No amigo mío, este hombre no es de esta época, no pertenece a este tiempo, ni a este lugar. Él es un exiliado del tiempo. Nació y creció aquí pero su corazón es de vidas anteriores, yo soy parte de su pasado que lo ha acompañado hasta su presente. Nunca me dejará, morirá conmigo y yo con él y nos encontraremos en otras vidas, enamorándonos de nuevo y renovando este amor eternamente. Su corazón está lleno de heridas que llevan mi nombre. Además, me teme porque sabe que todo lo que construye con su amor yo, con mi instinto, lo destruyo en un instante.- Cerró sus dulces ojos y se quedó dormida.
El cuento angustiado se movió un poco dejando que sus hojas se desarreglaran. Él quería ser terminado, ahora, en este momento, en esta vida quería ser leído. Ya había pasado mucho tiempo y sabía que era el producto de un momento importante de la vida del escritor. Sabía también que la vida es un continuo cambio y lo que es importante hoy puede ser fatuo y vano la mañana siguiente. Cada día que pasara, el escritor podría perder el interés en su tema, incluso podría comenzar otro cuento y dejarlo a un lado. Para él, el olvido era una agonía eterna sin esperanza de muerte.
La mesa se dio cuenta de su angustia y trató de darle ánimo. -Cálmate, tú tienes mucha suerte, seguro que te terminará, quizás no con la misma idea con la que te comenzó, pero lo hará. Tú eres su comunicación con el mundo que lo rodea, te necesita para trasmitirle a alguien o a sí mismo la angustia, la pasión y la soledad en que vive.
-Tienes suerte.- Continuó la mesa. -Lo he oído muchas veces contando los cuentos que va escribir y nunca los comienza. He oído muchos de estos cuentos y siempre tengo la esperanza de que empiece alguno aquí sobre mi pecho. De ti escuché antes que fueras escrito, te contó mil veces antes de sentarse y tomar la determinación de escribirte. A veces pienso que es mejor contando cuentos que escribiéndolos. Recuerdo el día en que te comenzó. Llegó en la tarde, un poco bebido quizás, con su rostro melacolico. Cuando su sensibilidad está en su máxima expresión, que es cuando se abren las llaves de su mundo interior y drena algo que quiere decir o decirse a sí mismo. Pero cuando lo abruma la tristeza cierra la llave, se encierra en su mundo de fantasías y allí compensa lo que no tiene o ha perdido. Necesita siempre perder algo para sentarse a escribir.
-¿Sabes entonces cómo termino? -Preguntó con ansiedad el cuento.
-¡Claro! Yo sé como terminas. Lo he sabido desde hace mucho tiempo, sé cual fue tu principio y sé cual va a ser tu final. Lo he oído de sus propios labios y si de algo estoy segura, es que nunca cambia su final. También sé amigo mío, que si comenzó a escribirte te terminará. Bueno amigo, ya es tarde. Creo que lo mejor es que durmamos un poco. En cualquier momento llegará y todos tendremos trabajo hasta altas horas de la noche.
Muy tarde ese día salió la luna y con ella, como si anduvieran juntos, llegó el escritor dando traspiés, un poco ebrio, como si viniese de juergas o de abrirle su alma a alguno de sus inexistentes amigos. Todos en el cuarto se despertaron, aunque el cuento casi no había dormido. El escritor entró. Comenzó a buscar algo entre los libros que tenía sobre los estantes. Sacó unas cartas, las releyó una y cien veces. Hizo el intento de botarlas y no pudo. Se sentó, se tomó la cara entre las manos y se quedó así, entre su propia fantasía tan solo un minuto, para todos fue una hora.
Bajó los ojos y vio el cuento, lo tomó entre sus manos y comenzó a leerlo, hoja tras hoja, muy lentamente. Un aroma de alcohol llenaba la estancia.
El cuento se alegró. La pluma miró a su amante y se volvió a dormir, sabia que esa noche no escribiría. La mesa se dio cuenta que ya se aproximaba el esperado final del cuento.
-¿Cómo pude escribir algo tan ingenuo?- Pensó el escritor y se río de sí mismo.
El cuento sintió como lo subían por los aires y después se sintió caer en un abismo. Sintió como las manos del escritor rasgaban sus hojas produciéndole un dolor indescriptible. No era justo tanta espera en vano. Las mudas letras de sus venas se agitaron de dolor, perdieron su unidad y con ellas todas las frases se desvanecieron. Comprendió que no sería terminado, comprendió que estaba muriendo. Se sintió arrojado a la papelera. Se dio cuenta que había vivido en vano. Su esperanza se desvaneció en el último estertor de su agonía. Movió sus torcidas y rotas hojas, semejantes a las plumas de las alas de un ángel caído. Tan solo un instante de agonía y murió.
El escritor se sorprendió del extraño sonido que salía de la papelera. Pensó que sería algún grillo o un perdido ratón. No le dio importancia y se fue a dormir.
Al día siguiente se despertó temprano. Comenzó a pensar en lo acontecido la noche anterior, la farra, la discusión y el cuento.
El cuento no era malo ni ingenuo, hoy lo veía de otra manera. El alcohol se había disipado y todo estaba más claro. Se levantó, lo buscó en la papelera, pero solamente encontró hojas vacías de papel amarillento. Al fondo de la papelera estaban las letras esparcidas. Las tomó entre sus manos y éstas, como el agua, se escurrieron entre sus dedos.
Se sintió muy mal y creyó saber como se siente, una mujer que pierde a un hijo no deseado.
Quiso pedir perdón… y comenzó a escribir este cuento.
This post was submitted by MANUEL ANDRADE.

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