Soy más bien parecida a Laura Oliva, así que no me considero muy linda que digamos.
Pero siempre fui consciente, a partir de la adolescencia, una vez que mi cuerpo empezó a desarrollarse, que los chicos me miraban primero las tetas y el pubis antes que a los ojos; la mirada como una lamida que iba detrás de mí, y calibraba a la turgencia de mi culo. Mis deseos siempre fueron normales; perdí a la virginidad sin mayor pena ni gloria.
Y no puedo decir que haya vivido, como algunas amigas mías, aventuras dionisíacas de sexo con tipos hermosos.
Así, con ese bagaje, entré a los veintitantos a trabajar en la agencia de publicidad; desempeñándome para tener un salario.
Y vivir “normalmente”, como cualquiera. Pero con ganas de que una aventura me aborde una vez. Entonces me lo presentaron.
Alto, moreno, anguloso, con cara de nene. Estaba recién casado. No le di mayor importancia: hola; hasta luego. Típico.
Como cualquier relación sin mayor ahondamiento entre compañeros de trabajo. Hasta que un día, sentí pasos mientras trabajaba enfrascada en un tema, frente a la PC. Me percaté de que el silencio se había vuelto espeso: entonces lo miré y se puso todo colorado. Al acercarse, él había visto la hondura de mi escote, y no podía dejar de mirar allí, fascinado. Me sonreí.
Lo miraba directo a sus ojos, que me evadían, culpables. Balbuceó algo del trabajo, intentando recomponerse, mientras su mirada bailoteaba traicionándolo, yendo de mis pechos a mis ojos, y viceversa, sin poder controlar la fuerza de lo que lo hechizó.
Supe en ese instante que algo en mí lo había atrapado, como un insecto que cayó en la telaraña y no puede zafarse.
Sólo llamar la atención con sus movimientos, que lo señalan y detectan. Y mi sensación fue, directamente, de Poder.
Y voluptuosamente me entregué a ese poder al que lo sometía su deseo de mi cuerpo. Un deseo creciente, incontrolable.
Cada vez que le consultaba algo, me acercaba a él lentamente, en un contoneo, mirándolo a los ojos.
Hacía que la sonrisa de mi silencio ralentara el tiempo, e hiciera que la distancia entre los dos pesara toneladas.
Ya sea que fuera hasta él o que se acercara a mi escritorio, deliberadamente cruzaba las piernas con lentitud.
Ignoro lo que gasté en medias sugerentes; en ropa interior color rojo furioso. Gozándome de la adicción de sus ojos.
Cada vez más grande. Luego, perceptiblemente, reducía cada vez más mi distancia a él, dejando flotar en el aire la manera en cómo su cerebro animal, químicamente deducía el color de mi piel con mi perfume envolvente, el tono de mi voz, mis redondeces.
De a poco, aprovechaba como un cazador la ocasión para tirar el tiro en los ojos: incisivamente, si ¿te casaste hace mucho?
Si estás enamorado. Cuánto duró el noviazgo. ¿Sos cariñoso…ella lo es? Dejaba en el aire el espesor sensual de lo no dicho.
Y un día, hubo que quedarse hasta tarde: un largo trabajo para conseguir una cuenta. Quedé finalmente sola en la oficina.
El había estado hasta ocho, u ocho y media, negociando con el cliente. Yo manejaba archivos, papelería, etcétera.
Y se apareció en la oficina; una compañera, antes de irse, me contó del éxito del trabajo. Supuse que su orgullo, como una lealtad, a mí -o mi presencia, mi confianza-, lo habían hecho volver en vez de irse a celebrar a casa, o con sus jefes.
Nos reímos, felicitándonos; nos acercamos peligrosamente uno a otro, y mi mirada se le clavaba en los ojos como un predador.
Entonces me abalancé hasta su cuello. Besándolo con la boca abierta; chupándolo, mordisqueándoselo, jadeando con hambre animal, gimiendo imparablemente mientras sentía que el cuerpo se me salía de la ropa. Cuando sentí su erección, me aparté.
“Disculpame”, sollocé genuinamente; “no quise ofenderte, y…”. Y cuando sus ojos cayeron sobre los míos, vio mis lágrimas.
Para él fue devastador. Avanzó hacia mí, perdiendo la compostura tímida. Me besó como un tigre, mordiendo a una presa.
Usando sus manos como garras para clavarlas en mis nalgas, sopesando mis pechos, buscando sacarme la camisa blanca.
Explorando mi cuello como una serpiente anhelante, mientras yo gemía cada vez más, mojándome ante su fuerza.
Y me recompuse: lo empecé a empujar hacia el futón para reuniones informales, reuniones de equipo. Lo tiré sobre él.
Me monté sobre él a horcajadas, buscando desabrocharlo, desabrocharme, desabrocharnos, sacándonos, arrancándonos.
Quería tenerlo adentro de mi cuerpo. Ya, ahora. Fue salvaje, brutal; tuve un orgasmo que me hizo pegar un largo grito.
Y mientras con ternura me reclinaba hacia él para besarlo como una madre incestuosa, sintiendo cómo adentro mío se iban mezclando nuestros fluidos apasionados, sonreí para la Bestia que se erguía en el fondo de mi alma.
El iba a ser mío y en ese lugar de ahí en más, arrebatándolo de la comodidad rutinaria de su vida. Sin proyecto, sin futuro.
Desearlo y que me desee. Y que su cuerpo responda ante mí con un acostumbramiento instintivo, como un heroinómano.
De allí en más, visualicé las mil y una veces en que yo se la chuparía en el baño, y él me la chuparía a mí.
Las veces en que le diría al oído: no tengo nada debajo de este vestido; me muero por tenerte cuando quieras.
Las veces en que lo rozaría intencionalmente, haciendo que mi culo, todo a lo largo, acaricie su pija adicta a mí.
Pulsando por dentro de sus pantalones, en una pulsión tan ancestral como las ganas de comer y beber.
Con la adicción vital de satisfacer su deseo de penetrarme, cuando y donde quiera.
Y que lo lo haría por cualquier parte de mi carne, como una esclava antigua, disponible a su deseo de amo.
Pero esa madre cariñosa en que me convertí, que ahora lo recorría suavemente, pensó triunfal: al fin llegaste.
Y tu cuerpo de hombre, todo tu ser, serán esclavos de esto que vivimos y para siempre.
Esclavos míos.
This post was submitted by Mariana Bustamante.

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