Gacela
Gacela
Tú, gacela, que andas sobre esas patas tan esbeltas y fuertes. El verde césped que roza tus pies y las ganas de beber agua de nuevo. La verdad que es un bonito estanque, con las piedras sobre el lado derecho y el camino de tierra que se abre entre los yuyos y conduce la sedienta lengua al agua, dulce y reluciente.
Tú, gacela, que caminas libremente, sin miedo ni camuflajes, sin la hermosa paranoia de descubrir que el cazador anda a tu acecho, detrás de esos matorrales. Tu parsimonioso andar, reflejo de una falsa seguridad y del vacío que significa toda esta farsa. Repentinamente, con la rebeldía como imperiosa necesidad, comienzas a trotar. Con los ojos que desnudan toda tu tristeza, la desesperanza de que más allá no hay nada. Ya no existen las vastas sabanas ni los hambrientos leones. Corres, ahora, con inquietante velocidad, pero ves asomar ese reflejo plateado, los relucientes barrotes, a los que, al principio, soñabas con vencer. La impotencia. El saber, con la modesta irracionalidad de las gacelas, que la jaula condiciona tu vida, tu andar, que ya deja de ser parsimonioso y comienza a mostrar toda su oscuridad, disimulada por el reflejo del sol en el estanque. La mentirosa tranquilidad de la comida a las 9 y a las 3, además del cuidador, que parece tan gentil.
Tú, gacela, que ya no me resultas tan linda. Es más, todo esto comienza a darme arcadas, mi cabeza no deja de pensar y los gritos que viene de la jaula de los monos, que parece que están alzados.
-¿No es hermosa?- me dice Agustina.
Miro nuevamente a la gacela, y el cartel que explica que proviene de…, y que su hábitat natural es…, y que come… Giro la cabeza y veo a Agustina, sonriendo, que espera mi respuesta. Me encojo de hombros, apunto y le tomo, a la gacela, la última foto de mi rollo de 36.
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