Relato

Escritos de Ujueta

Por Redacción, en 19 de Abril de 2009

“En meses pasados se hundió la bóveda del Libertador y algunos miserables mandaron rellenarla de tierra y pisarla firme, como en efecto iniciaron el trabajo. De esto tuvo conocimiento don Manuel Ujueta y Bisais, quien corrió hacia la Catedral y como todavía no habían embaldosado el sitio, mandó suspender la obra, dio pasos reclamando la falta de respeto hacia los restos del Héroe de América y tuvo la fortuna de no hallar oposición. Allí le informaron que por que no había dinero para componer la bóveda la habían mandado serrar en firme”.
Crónica Semanal, 30 de marzo de 1.838, Bogotá

He decidido escribir lo que pasó durante aquellos días de la providencia en que tuve la honra de salvar de la vulgaridad los restos mortales del hombre grande de la América, tierra nueva y de todos. Era imperioso hacerlo desde ha mucho ya, pero careciendo de la debida oportunidad, he aquí que apenas ahora ofrezco a quien quisiere saberlo, lo ocurrido verdaderamente en esos tres días del pasado cuando hube de enfrentarme a la ignominia de estos nuevos pueblos olvidados de Dios, nuestro Señor.

Es mi nombre el de Manuel Ujueta y Bisais; soy hijo de padres vizcaínos, pero he visto la luz primera de la creación divina en este paraíso que tengo por patria segunda, esta tierra de retos y riquezas que los antiguos españoles, hombres bravos y valientes, han llamado Nueva Granada, y que después Bolívar llamó Colombia. Aunque antes de todos, hubo un tal Alonso de Ojeda, cuyo país no me sé, que fue adelantado en estas tierras que semejan ínsulas por su mar extenso y tal vez por eso les ha llamado Nueva Andalucía en un principio. Cierto es que la gente de aquí habla con la manera andaluza, aunque no pueden llamarse iguales. Por mi parte, trato de no ahondar mucho en estas cuestiones, pues que la fragilidad es tal, que a cualquier cosa que se dice de la España, muchos por las calles van en seguida gritando indecencias que no tengo ganas de repetir. He pensado que esto se debe al miedo de las gentes a que Su Majestad alguna vez tenga a seguro volver a adelantar tropas a esta, por voluntad divina, soberanía del Reino; pero se sabe que a esta época las cosas del poder en la tierra madre andan hasta peor que por estos lugares. Es sabido por los españoles que aquí estamos que tal día de retorno de las cosas a su punto original y verdadero está por llegar, pero mientras ese fin se da debidamente, rogamos al Señor cesen las aversiones entre españoles que si no hay tal, tarde que temprano, veremos a la patria única en llamas de desunión y nuestro sueño de reencuentro fraterno será nunca.

Por fin, que me desvío, y ahora que quien lee sabe quien soy, no se aterrará de saber por lo que he pasado. Dejaré a mi muerte, que ya es próxima, estos folios de letras en un rincón de la habitación, para ser leídos sin que se me pidan explicaciones de nada, pues que se entienda lo que quisiere entenderse, que esa ya no es preocupación de los muertos.

A mi regreso de Jamaica, en el año del señor de mil ochocientos y treinta y siete, después de haber tenido que irme con mujer y hijos a besar la mano a los ingleses en su isla por causa de la persecución habida en mi contra luego de muerto Bolívar, volví a pisar la arena mojada de la playa de esta vieja plaza de Santa Marta, ciudad que me vio nacer y a fe que me verá morir. Pues que ido el Libertador todos los que le socorrimos en sus últimos días de vida fuimos puestos, váyase a saber por quien, en un listado de indeseables. No temí por mi vida pues no es eso cosa de hombres y cristianos, pero me di por muerto con imaginar a mis hijos tan solos con su madre, mi buena mujer, en un mundo entonces nuevo para ellos, en donde el nuevo régimen los tratase como a eslavos nada más acabar con mi cuerpo esos cobardes. Eso no. Esperar oculto era lo debido hasta que el tiempo dijera algo. Por eso dejé el terruño, que luego vi de vuelta y para siempre jamás.

Corridos ya unos tantos meses desde mi vuelta, ocurrió que una noche de tormenta en que la mar se metía hasta los bordillos de esta mi casa, cayó arriba de la iglesia catedral un rayo destructor de vida que en este caso lo fue de la muerte, pues que vino a rematar el desbarate acaecido tres años antes, durante el terremoto de 1.834, y a dejar sin cubierta la osamenta del Libertador de Colombia. Ahí tenéis el principio y razón de esta mi escritura, pues ya habiendo vuelto de mi viaje tuve a bien el ocuparme, cuidando la cabeza, de la sepultura del hombre que poco en vida vi, y casi nada o nada traté; aquel despojo humano que no daba para andar desembarcó en esta ciudad de Santa Marta a morir. Se veía la muerte a su espalda. Dos semanas después de la llegada, en la hacienda de Joaquín de Mier, español renegado diríamos, el hombre se fue a los cielos. Fue enterrado en la nave derecha de la iglesia catedral, desatendiendo la disposición testamentaria del muerto, que era la de reposar en santa muerte bajo la tierra del panteón da Caracas. No había para más. El séquito venezolano lloró al padre ido, mientras los hijos colombianos se empezaban a dar cuenta de todo lo que había hecho el difunto en vida. Pues no era para menos. Santa Marta, reducto valiosísimo de la Corona en tiempos mejores, cuando la lucha por la soberanía era favorable y el infame corso no se había atrevido a enviar su sucia gendarmería a tierra española y no había españoles afrancesados, digo, era Santa Marta ciudad sana y obediente, lugar de avituallamiento de tropas, deleite de soldados, en fin, era todo cuanto se iba perdiendo en el resto del Virreinato. Ironía mayúscula el que viniera a buscar la muerte el Libertador en uno de los lugares en que menos podía amársele.

Yo jamás luché por la independencia de la colonia. Como español nacido en posesiones era mi deber defender con lo posible la majestad del reino de Castilla en tierra extraña. No siendo fácil abrirse a la lucha en teniendo mujer y hijos que alimentar, no pude menos que dejar que otros enardecieran a las multitudes, hicieran economías de guerra, escribieran razones políticas, todo a favor de la causa Real. Que era con la que yo acordaba y acuerdo, Dios, padre todopoderoso, lo sabe. La cuestión sin embargo era muy simple, puesto que no pudiendo ser destacado como parte activa de la revuelta contra los insurgentes, la persecución contra mí no podía ser tan grave y no lo fue. A la muerte de Bolívar, y cuando ya estuvieron convencidos de que su espíritu no erraba por allí tan poderoso como su persona, unos tales liberales de Santa Fe dieron base a acabar con la madre iglesia y a tomar retaliación contra los ayudantes de Bolívar. Joaquín de Mier, que nunca fue mi amigo, pero que era un hombre discreto y de buen discurso, trató de convencer a los perseguidores de que él siempre estuvo de parte de España y jamás de Bolívar, cuando todo el mundo sabía que era lo contrario. Yo, y por mí lo digo, nunca me excusé de mis actos, y cuando vi que podrían venir por mí, me fui de aquí con la idea de regresar en razonable término y así fue. No estoy seguro de si me iban a buscar, al fin y al cabo yo solo recibí al Libertador en la bahía, hice el viaje hasta Mamatoco, dormí en San Pedro Alejandrino, la hacienda de Joaquín, cierto es, pero no era yo un político. Nunca levanté la voz por causa alguna. No era mi caso el de Mier y otros españoles renombrados como oportunistas soportadores del nuevo régimen y traidores a la corona, mala fama que costó a ellos el destierro y la pena de tener que malvender sus propiedades.
Por eso cuando entré gritando a la iglesia catedral los presentes se quedaron asombrados de verme así tan descompuesto. Pues el rayo caído había terminado de romper la cúpula habiendo pasado por su través para descomponer la tumba. Y unos infames trabajadores del gobierno pretendiendo cumplir órdenes de un gobernador sin moral iban a sellar de cualquier forma y sin maña la sepultura, aprovechando los resquicios que por entre la estructura se formaban y que eran circo público en una villa en que la gente en vez de actuar halla solaz en parlar con y del prójimo todo el día. Así me hice con los huesos de Bolívar, en mi casa. Los velé en la sala de recibir visitas durante tres días con sus noches y al cuarto se le dio cristiana sepultura al hombre que, dicen malas lenguas, alguna vez retó a Dios, nuestro señor. Yo no lo creo, y lo digo, pues pienso que Bolívar, con el perdón de Su Majestad, es lo mejor parido en estas tierras en cuanto a hombres. No así todo mundo, es claro, y no seré yo quien desmienta tal fundamento, que aquí la vida es de holgazanes, de poca monta intelectual, de flojedad en el discurso, pereza, vulgaridad, cobardía, en fin, que todo es muy distinto de la España, donde la gallardía de la raza hace del nuestro el pueblo más digno de gloria. Decía que no creo nada de lo publicado de Bolívar en su contra, que son infundios; si éstos fuesen de veras, sería yo el primero en desmentirle, desnudando al falaz que ocultare alguna infamia, mas no. Está probado por los hechos que Simón Bolívar logró hacer lo que pensó, escribió y dijo. Lo cual es bastante a ojos de lo postrer.

Llevé sus restos livianos y poco olientes a mi casa de habitación con algo de enfado por las dos callejas que la separan de la iglesia catedral. Fue inevitable la imagen de procesión que di con los mozos que pagué para transportar con decoro aquellos huesos ennegrecidos de carne muerta y agusanada del Libertador por entre el mujerío rezandero de la tarde. Antes, había tenido que hacerme valer como hombre de respeto ante los malagradecidos que pisando su cuerpo deshecho devolvían a Bolívar la gracia de darles la libertad. Cobardes, dirigidos por otros más que a no ser por su aspecto y bocazas algún incauto extranjero habría tomado por mujercitas, tanta es su delicadeza de ánimo. Pero no es de ellos que quiero escribir, que tal no merecen. Bolívar, a fe que sí es merecedor de escritura, y así será en los años venideros, estoy seguro. Los huesos pasaron el resto de la tarde en un rincón mientras se hallaba algún mejor sitio de la casa; ido el sol, caí en razón de que algunas gentes querrían ver los restos de su Libertador y estaban en el derecho. Pues para la prima noche ya estuvo hecho el altar, sobre un cajón de madera que un carpintero mío construyó en un santiamén para el momento. Pasé toda la noche solo, pues temprano mandé a dormir a las niñas y la madre, y me quedé con los dos mozos de la tarde y mi hijo el mayor espantando a los incrédulos asomados al ventanal. Luego di orden a los tres de dormir. Sería media noche. Yo no pegué los ojos.

Al día siguiente, temprano, por poco no me corté la cara con el acero de la navaja de afeitar cuando sentí el estruendo de las botas de varios hombres en la parte anterior de la casa; y de la misma forma salí al encuentro de mi furia con el gobernador y su cuadrilla, quienes queriendo estaban saber lo que pasaba. Había gente extraña, de Santa Fe, pensé, pero que nunca había visto. Estudié la ocurrencia y musité alguna pregunta en voz baja, antes de obtener una respuesta lista que repetía el gobernador, que contando el deber que le asistía para hacer lo hecho jamás pensó que con el fierro todavía en la mano y con la cara ensangrentada por la cortadura leve que me había hecho, iría yo a soltarle un mandato tan claro con que emplazaba a toda esa turba de haraganes a salir de mis aposentos o a matarme allí mismo mientras yo lo hacía con ellos, después de cortar la cabeza al gobernador.

Estaban abiertas las hostilidades sin duda con toda esa la gente que con pretendido derecho ejercía los poderes de la República, hogaño la misma gente de antaño. El daño estaba hecho, y yo, por no haber pensado las consecuencias tuve que pensar las soluciones. Por manera que conseguí el permiso del Obispo, no sin antes acceder a cierto trueque de conciencias que no sé si contar. Pero en manera alguna era suficiente, pues jamás lo ha sido con la maledicencia y la envidia. Así, me enteré de los planes del gobernador de irrumpir con violencia en mi casa en plena noche, mandar detenerme por delitos contra la autoridad y hacerme prisionero en la fortaleza de El Morro, islote frente a la bahía de Santa Marta, cundido en sus aguas de bestias de mar, en donde es nula toda evasión por inútil. El plan para mis hijos y mujer era el destierro. Y todo se haría en la noche de ese segundo día de vela del Libertador. Tenía que hacer algo por mí, por los míos y por la memoria de Bolívar. Y vaya si lo hice. Al empezar la oscuridad, y empujados por los latidos rugientes de la playa y el mar, nos agazapamos en la sala de mi casa a esperar la comitiva oficial que vendría a detenerme. Habían venido a acompañarme de mala gana tres amigos, dos de ellos españoles perseguidos por Bolívar en vida, y que le odiaron, y un joven portugués que yo había conocido en Curazao y que yo había ayudado a hacerse en Santa Marta; éste, no cabe duda, bastante menor que todo el resto, pero enardecido y leal como pocos, aunque apenas después vine a entender que no su amor por la causa libertadora sino el que sentía por mi hija la mayor le retenía a mi lado con ánimos de hacer cualquier cosa. Él es Fernando, mi nuevo hijo desde hace unos años. Con los españoles que habían sufrido a Bolívar y ahora le custodiaban tuve el trabajo de convencerlos hasta que cedieron a causa de su lealtad no conmigo sino con mi sangre, la misma de ellos, en razón de la cual ellos podrían ser las próximas víctimas de un gobierno enemigo de peninsulares, les dije. Con Bolívar guarecido, el resto estaba hecho, solo restaba esperar.

A eso de la media noche ocurrieron a buscarme, la caballería lo hizo. Era un zarpazo. Y como temprano ese día, reté a los infames a muerte. Esta vez desenvainaron y estaban dispuestos a actuar si no entregábamos los restos del Libertador, los que no eran de mi propiedad, los que eran cosa de salud pública, que patatín que patatán; yo sostuve mi acero en alto pretendiendo domeñar la escena, pero no hubo nada que pudiera hacer frente a tantos vividores de la República dispuestos a matarme, pero nunca más que yo a ellos, y con dolor que mostré y la rabia contenida por mis fieles, se les entregó la urna de madera por mí mandada a hacer y la urna de metal con el corazón del héroe. Se fueron después villanos y leales y decidí dormir como desde hacía dos días no lo hacía. Al día siguiente, fui visitado por el gobernador ya en tónica distinta de la última vez, y hicimos un pato de caballeros, que el no es ni será nunca más que un vagamundo, pero cedí para vencer. Una vez mostrado su poder, el hombre quería hacer la paz, y con ello contaba, es claro, decía, con mi voluntad de ciudadano colombiano, que no español, para zanjar el diferendo con una fórmula legítima, cual era, según él, dejar que yo velara en mi casa por el resto de ese día y el completo siguiente los restos heroicos a cambio de que la guardia la hicieran sus soldados. No recibió de mí más que sonrisas el badulaque aquel y procedimos a ejecutar el arreglo.

Y trajeron de vuelta los restos del patriota, del pionero, del hombre que creara países y libertades a partir del trabajo de trescientos años de España, el perfeccionador del paso civilizador español en la América, pues que por más que se diga lo contrario no era Bolívar más que un vasco extraviado, orgulloso y de reciedumbre moral, ocultado en indio caribe y negro por razones de política, pero por sobre y más que todo, español.

No estuve seguro de si los restos eran los mismos que se habían llevado en primer lugar, pero aunque había visto la osamenta el primer día, por razón alguna no tuve templanza para volver a mirar y lo dejé así. Al cabo tenía más asuntos pendientes en qué pensar para resolver, y era, que precisamente, en ese día de la vuelta mortuoria fui avisado por discretos de la presencia escrutadora de enviados venezolanos, unos sus enemigos de Bolívar, que venían a hurtarle de mi casa y a desaparecerle en lo posible. Entendí con esto la jugarreta del gobernador, a buen seguro sabedor de esto y astuto cual rata, decidido a hacer caer en mí la responsabilidad de lo por suceder. Era el estilo de ese rufián, cómplice natural de todo delito. Vi, sin ver los restos, que entonces éstos debían de ser los mismos sustraídos de mi casa en la pasada noche puesto que, conociendo la maña de los extranjeros, el gobernador debía de garantizarles la veracidad de los restos para la felicidad del cometido común de esos infieles, hijos de la misma madre. Y no me preocupé más por saber si los huesos eran los mismos.

Me ocupé sí de la novedosa amenaza cernida sobre mi casa. El plan de los cobardes era apoderarse del botín, a sangre y fuego si era necesario, y arrojar en ceremonia diabólica y pública las partes del cuerpo del Libertador, unas a unas, en la fosa de la mar abierta de El Morro, todo con la aquiescencia tácita y taimada del gobernador de marras. Pretendían esos cobardes acabar con el mito de Bolívar en las tierras americanas, despojar al pueblo de su héroe, con fines de partidos, los de Caracas y los de Santa Fe. Con todo hay que decir que aquellos salvajes no me conocían y tendrían que hacerlo. Yo los estaba esperando. Como todos los charlatanes, habían hablado de sus planes a voz en cuello, aunque a puerta cerrada con algunos paisanos. Y lo que no sabían esas gentes venidas de fuera es que en este país de Santa Marta se acostumbra jugar a los dos bandos, fieles a la historia que aquí no señala nunca un claro triunfador, y así, muchos vinieron en consideración de que a ellos más convenía para algunas cosas el que la osamenta de Bolívar descansase aquí, que no allá en Caracas, y persuadidos de ese deber patriótico llegaron a mí con informaciones de utilidad para la defensa que yo debía hacer, esa sí solo, pues no hubo alguno de los conspirados que se ofreciera a ayudarme. No hacía falta de todos modos. No hubo tiempo de preparar nada pues se presentaron los facinerosos a mediodía, candente el sol y el ánimo, sin mediar aviso. Mas no se puede pedir nada a malandrines. Eran dos los cabecillas y había otros dos que hacían bulto, pero debía de haber más si la cosa se embolataba. Les invité a sentarse mas no quisieron. Pues hube de regodearme de mi edad y mis complejos para dilatar el momento mientras se me ocurría una salida, pero todo estaba muy confuso. Mandé a salir a los hombres de guardia del gobernador. Los venezolanos me dijeron, me ordenaron, o queriendo hacerlo hablaban, sobre la perentoriedad de la entrega del cuerpo por la necesidad del gobierno de Venezuela de acabar con el asunto del entierro de Bolívar, quien según disposición testamentaria debía descansar en Caracas, no en Santa Marta. Hablaron de otras cosas sin importancia y yo callaba, y mientras esto hacía llegó Fernando, a no dudar llamado por mi hija, y el mozo habló en su castellano aprendido de mí la mayor parte para decir a los extraños que se largaran de inmediato, que nada se les iba a dar. Usé el momento para prometer lo que no iba a cumplir y para la tarde les prometí una respuesta.

Volvieron a la tarde, temprano en la tarde, quemando el sol todavía, y encontraron la casa vacía. Furibundos gritaron a ver si alguno les respondía, pero ningún eco hubo. Habría pasado media hora de su desesperación cuando, sintiéndose burlados, y viendo al alcance de la mano las urnas del cuerpo y el alma de Bolívar cedieron a la tentación de romper las trancas de mi puerta y fierros de mis ventanas cual buenos malhechores. Y ahí fue cuando el gobernador y sus hombres se vieron en la obligación de actuar, pues habiéndolo ido a buscar para mostrarle la mentira de que los huesos habían sido traspuestos de la urna y que entonces yo estaba velando los que no eran ciertos, mentira valiosa, el gobernador se había puesto muy en su propia defensa y venía dispuesto a demostrar la autenticidad de la osamenta, creyendo que los fuereños así lo estaban reclamando o lo irían a hacer, caso de que no hubieran ido a buscarme aún, que esto pareció desconocerlo todo el tiempo el gobernador. Y puesto que el gobernador estaba interesado en hacer relaciones con aquellos descastados no gustaba para nada de lo que yo le contaba en su escritorio, y así, agarró su sombrero, convocó a su guardia y dimos marcha hasta mi casa, que en ese momento, vacía de mis queridos por pretérita orden mía, estaba siendo vejada con palos y armas por la corruptela aquella venida de lejos. Ansiosos como estaban aquellos sinvergüenzas ni cuenta se dieron de la llegada de la autoridad legítima, aunque en ese momento ya no lo era tanto pues la gente de los alrededores comenzaba a quejarse de que los malandros pudieran hacer lo que les viniera en gana y nadie hiciera nada por impedirlo, y el gobernador, dándose cuenta de ello, no tuvo más remedio que dar por terminado el sarao de los impostores y ordenar muy su pesar, que le era notorio, la salida inminente de los perturbadores de la provincia de Santa Marta, que si no se cumplía con esto tendría que mandarles apresar. Así vencí esta batalla.

El resto de la tarde y la noche de ese día fueron de calma, bien ganada por Bolívar en vida, y estaba bien para un muerto estar calmoso. Pero yo no descansaba, pues esperaba el nuevo ataque si no del gobernador de alguien más con el apoyo de éste. Los cobardes son peligrosos, lo digo yo. Pero yo pensaba en la lucha del hombre que tenía en casa a mi cuidado por no poder cuidarse él mismo, y no puedo comprender ni siquiera ahora, por qué era más caro a mí, que no soy de esta tierra más que por circunstancias, el recuerdo de Bolívar que a la gente de este pueblo nuevo, creado para ser joven y vivir mejor de lo que la Europa, sin recorrer su camino ensangrentado. Y todavía me lo pregunto, pues que no comprendo que se hable una lengua española algo distinta, pero española, y que las gentes de acá sean tan parecidas a las de allá a pesar de tantos meses de distancia marítima, y que recemos todos al mismo Dios cristiano, azote de infieles, y aún después de todo esto, se diga aquí por muchos que hay que odiar a España. Que yo, que nunca he pisado suelo español, y que sólo le conozco de oídas y lecturas, no puedo odiar la tierra de mis mayores, que construyó aquí un imperio donde antes no había nada, y para eso se requiere de sacrificios. Y Bolívar lo entendió, me lo parece, y quiso terminar la obra emprendida siglos hace, y lo mataron estas gentes nuevas que no comprenden el valor de la historia, que nos une hasta la muerte a unos con otros, los que aquí nacimos y morimos, con la España tan lejana y tan presente. Tan por eso soy español como colombiano, aunque mi sangre sea incorrupta y pura, y pueda hablar esta lengua con más firmeza que los que me rodean, con más propiedad de ella, no como si fuera algún prestado, que así se siente a los paisanos cuando hablan. Indios y negros, sus hijos y sus cruces, que no se sienten a gusto todavía con la española lengua, como si no pudieren decir con ella lo querido, como si su dicho fuera tan diverso del mío, que no soy su igual, lo sé, pero que comúnmente vivimos y sentimos. A esto le temo de veras, pues no se si algún día las gentes de aquí se igualen a los que como yo, no tenemos otra patria que ésta, y que de esa disolución nazcan más y infinitos pesares de los ya habidos. La vida de aquí para mis hijos y para otros, hijos de hijos de españoles, será insoportable a menos que se hagan con el poder de decidir para siempre lo que pasará a este país, pues siempre han de estar en peligro. Regresar los míos no pueden a España pues nunca han estado allá, y creo persuadirme de que serían tan vejados como aquí por no haber nacido en suelo legítimo; mi creencia es que en esta tierra, a lo menos, siempre serán respetados y podrán mandar y ser obedecidos si se comportan como les he enseñado, gallardamente, que no hay otra salida a esta encerrona de la vida. Ese ha sido mi consejo a ellos, y ellos lo saben. Yo ya estoy muerto, y desde hace años lo se.

Mis hijos y mujer lo supieron desde un principio, ni odio a Bolívar, ni traición a España, que de ambos vinimos. Supe siempre que perdíamos una batalla con los criollos, que forzados por los hechos, nos tocaría a los restantes españoles el hacer una patria nueva. Y para ello es tan menester saber de nuestro pasado y honrarlo cuanto elevar al presente. Por ello tanto Bolívar, como el León de Castilla, deben tomar parte en la forja de esta nacionalidad colombiana. Con esas ideas inicié el tercer y último día de vela, cuando salí a las calles a convocar a los ciudadanos a mi casa, libremente. Quise que, en vista de todo lo pasado, ellos mismos cuidaran de la maldad al dador de la independencia y que, de contera, sintieran lo que yo estaba sintiendo, a ver si eso rendía sus frutos en el futuro, y todavía espero que lo haga. Y pues las gentes de la provincia llegaron en mayoría hasta mi casa, y se estuvieron todo lo querido, rezándole al héroe, contando sus historias, riendo y gozando con sus excesivos placeres de hombre, en fin, que no solo le cuidaron de la enemistad sino que le dieron el adiós definitivo al hombre que casi nadie vio cuando vino a Santa Marta a morir, de eso hacía ocho años, unos por miedo a los españoles enemigos de Bolívar, otros por desprecio a su Libertador, otros menos por indiferencia, y hasta algunos por miedo a él, a su figura y a su leyenda y a todo lo que hizo.
Llegó la mañana siguiente y el ánimo jubiloso de la gente se mantenía. En ese cuarto día se enterraron los restos felices de Bolívar en la nave derecha de la iglesia catedral, para siempre, se pensó por todos los presentes, incluyendo al gobernador y a otros cínicos. Pero no fue así, y ya lo explicaré. En el año de mil ochocientos y treinta y nueve llegado a Santa Marta el general Joaquín Anastasio Márquez, éste dispuso, de su bolsillo tal y como yo, desplazar la tumba a la nave central que era el correspondido a la magnificencia del Libertador, y para ello quiso contar con mi apoyo, moral aunque fuese, así como el de muchos otros de la ciudad que se avinieron a participar. Yo le soporté, es claro. También se pensó esta vez que la definitiva remoción del héroe había llegado, pero no se pensó en verdad eso sino hasta el año pasado, cuando una comisión del gobierno venezolano, éste sí benigno con su memoria, vino a rescatar de tierra extranjera a su también Libertador, y para ello ni el gobierno de Santa Fe de Bogotá ni el de Santa Marta pudieron hacer nada, y yo creo que tampoco quisieron hacerlo. Y esa sería la historia de Bolívar, de sus restos mortales, si no existiera este documento que usted lector encontró enterrado en este rincón de la que fue mi habitación. He calculado que habrán de pasar por lo menos cincuenta años antes de que a alguno de los nuevos dueños de la casa le dé por levantar estos caros pisos italianos para poner otros que no desmerezcan. Así que usted, allá en el año de mil novecientos o más de la creación, tenga a bien divulgar esto que ha encontrado en el cofre de metal que he mandado hacer y que está encima de lo que verdaderamente vale la pena de todo esto, que es un urna grande de metal, y dentro una de madera, que ya no debe de existir, y otra, la pequeña, también de metal, que usted sabe lo que contienen. De modo que siga cavando, saque lo que le digo y diga la verdad al mundo. Que aquí ha estado Bolívar todo el tiempo y así lo decidió Manuel Ujueta y Bisais cuando sobre la osamenta se cernían todos los odios del mundo, durante aquel día de gracia que el gobernador me otorgó y que, yo ya le conté, lo había usado para prepararme. ¿Qué cree que estuve haciendo? Encontrando restos de animales, cavando huecos con el fiel Fernando, intrigando, fingiendo, mintiendo, pues que de todo hay que valerse cuando se trata con la inmoralidad. Al fin y al cabo, allende lo que usted ahora piense de mí, convendrá conmigo en que, a diferencia de lo que se razonaba en Venezuela para trasladar a Bolívar para allá, uno no puede ser un extranjero el en país que uno mismo se ha industriado para vivir y gobernar.

Manuel Ujueta y Bisais,
Santa Marta, 7 y 8 de agosto de 1.843.

tramosmancilla@hotmail.com

Autor: Tulio Ramos Mancilla

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2 Comentarios en “Escritos de Ujueta”

1

Excelente historia. Me quedé pegado a la pantalla desde que empecé a leerla, preguntándome: ¿esto es verdad?
Buena literatura. Enhorabuena Tulio, que esto sí es buena literatura.

Un saludo desde Madrid.

2

Pues qué buena historia. No sabía que laa cosa ahabian sido asi. Muchas graciass.

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