En mi diván rojo

Cruel ironía el hecho de tener que hablar sobre el verano cuando apenas puedo ordenar a mis dedos teclear por su falta de riego sanguíneo. Aquí en las antípodas las leyes de la naturaleza rigen de diferente manera. Lo sabe muy bien ella, no hace falta más que escucharla toser al amanecer cuando la escarcha cubre su rostro y paraliza su corazón. Lo sé muy bien yo, que intento a duras penas mantener templadas las manos frotándolas sin descanso al caer la noche para, con sumo tacto, acariciar su mejilla al despertar susurrándole las reconfortantes palabras de Machado. Sin su ayuda vagaría errante por el asfalto, ella lo sabe y decidida expira los últimos alientos de su vejez. Sin rechistar. Sin pedir nada a cambio. Abrigándome con el ardor de una madre al acunar a su retoño.

Al preguntarnos cuál ha sido el viaje de nuestra vida muchos son los recuerdos que se arremolinan en nuestra cabeza formando un caos al que ningún semáforo es capaz de poner orden. Rememoramos aquella puesta de sol que vimos morir con nuestro primer amor abrazados sobre la arena, sonreímos melancólicamente al viajar en el tiempo cuando el significado de la amistad cobraba mayor protagonismo en una escapada al sur, incluso somos incapaces de no soltar una carcajada cuando el gran Tamariz afinaba su violín al este de Europa. Sin embargo, si alguien me formulara la pregunta ahora mismo, todas esas vivencias quedarían relegadas a un segundo plano.

Puedo afirmar que ésta está siendo la experiencia de mi vida, no hará falta echar mano de fotografías en el futuro para desenterrarla del baúl de los recuerdos. El destino geográfico será lo de menos, ni tan siquiera le daré importancia al enigma que me planteé en su día sobre cómo ser un kiwi y no morir en el intento.

A la interrogante que me formulan los allegados sobre el hecho de viajar sólo, de si estoy triste por ello, puedo apostar por dos posturas: la cordial (“bienqueda” si me permitís la expresión) y la sincera, la que saldría de mis labios a través de una melodía más o menos armoniosa. La respuesta a la primera alternativa es tan obvia que carece de sentido robar vuestro preciado tiempo con ella. Describamos la realidad tal cual es, no como queramos que sea interpretada al otro lado de nuestra ventana.

Tras mi éxodo lo veo más claro que nunca. La única constante que podré mantener siempre en mi vida hasta el día en que me convierta en ceniza será mi “yo” (cruzando los dedos por no dejar escapar la de la familia), formado por diferentes variables que paradójicamente la convierten en una nueva y enigmática variable. Sin saber por qué a lo largo de los años somos más afines con unas personas que con otras, cambiando irremediablemente el significado de amig@s por el de conocid@s en nuestro diccionario. Mi marcha al otro extremo del planeta ha sido una concatenación de casualidades y causalidades impulsada por una necesidad: dado que no puedo alterar la velocidad del tiempo ni controlar mi salud, al menos debía luchar por mantener la constante de la amistad, la más antigua y sana de todas.

No quiero hacer una apología al amor hacia esa persona pues ya se dio el caso en su día. He salvado el segundo match ball, nada más (del primero se tuvo que encargar él). Mi divagación se centra en la pregunta cuya respuesta todavía se oculta entre las sombras: ¿Te sientes sólo?

No ha sido hasta este momento de mi vida, en el instante de cerrar los ojos dejando en soledad al cielo estrellado envuelto en mi saco de dormir cual gusano de seda, hasta que he cuestionado verdaderamente mi persona; sus bondades, defectos e inquietudes. Mucho hablamos y opinamos sobre terceras personas cuando ni siquiera partimos de la base del conocimiento real de uno mismo. Por fin puedo afirmar que estoy en ello, sin encomendarme a ningún dios ni viaje espiritual que intenten desvirtuarlo. Daos cuenta que las creencias pueden ser otra variable a merced del tiempo y nuestras vivencias. Mi viaje ni siquiera es visible en la estela blanca que dejo al respirar dentro de mi diván rojo y sólo puedo decir que no es más que el comienzo de la aventura más larga que me queda por recorrer. Aunque todo haya podido comenzar por azar, os prometo no acabar del mismo modo que Luke Rhinehart. No llevaré mi psicoanálisis a tales extremos.

Solo estaba antes de partir cuando todavía mantenía la esperanza en vosotr@s. Ahora y gracias a vuestra distancia, por suerte, sé que siempre podré confiar en mí.

Xabier Villanueva Amadoz.