Ella

Caminé largo rato siguiendo las luces intermitentes que iluminaban la triste calle, no recuerdo bien
lo que me impulsó a cambiar las tardes familiares (O tal vez me es difícil explicarlo) por las
caminatas hacía lo desconocido, cual hoja de papel al viento en un mundo cruel que amenaza
constantemente con hacerla desaparecer, de sumirla sin piedad en la inmensidad de lo desconocido,
de lo lejano, de lo distante.
Progresivamente fui dejando atrás la calidez del núcleo familiar, los planes a futuro y los paseos
dominicales, en la medida en que me veía inserto cada vez más en el mundo sombrío de los
desdichados, dependientes de los vicios y amigos de la soledad.

Bastó que viera mi reflejo en uno de los espejos exteriores del café, que con sus exóticas luces
iluminaba la calle, para que un sentimiento nostálgico recorriera mi cuerpo, me sentía mal,
conservaba aún la pueril figura de quien prematuramente se encontró con la vida adulta. Poco a
poco los vellos de mis brazos que al sol rubios brillaban aún, se iban oscureciendo al igual que mi
vida. Melancolía de que con cada paso perdiera los últimos signos de la niñez que no supe disfrutar
y con cada trago, con cada cigarrillo con cada mirada lujuriosa, desapareciera de mi semblante, la
sonrisa inocente y traviesa desaparecía también las manos sucias y los pantalones gastados.
Al llegar al punto exacto donde dos calles se encuentran acepté instantáneamente su invitación.
Comerciante de pasión, actriz de la noche, falsa ilusión. Caminamos sin mirarnos.
Levantó del suelo su roja cartera y esta vez si se despidió . Cuando las sábanas recibieron las
primeras cenizas un sentimiento de brutal arrepentimiento se apoderó de mi. ¿Cómo fui capaz de
ignorar la melodiosa y tímida voz de Ella y refugiarme en esos irreales e hipócritas gemidos?
Acepté sin vacilar los servicios de una total desconocida, mientras actuaba indiferente a
quien tímidamente me buscaba. Ahora de seguro, Ella ya me olvidó.

La mañana cálida y esperanzadora que despertaba a la gente no era más que la prolongación de la
noche mustia para mi. Seguí caminando hasta sentarme en uno de los bancos de la Plaza Central.
Cada escena me entristecía más. La anciana despreocupada lanzando migas de pan a las escasas
pero fieles palomas, como si de eso dependiera el ocaso de su vida, las dos escolares alejadas de las
aulas, que fundían su pasión por sobre las miradas prejuiciosas de los que pasaban a su lado,
castigándolas con la mirada fría de quienes olvidan lo que es el amor. Y aquel niño que jugando con
su padre se acercó risueño y despreocupado hasta mi y con voz aguda y encantadora me solicitó su
extraviada pelota que rodaba hasta mis pies, “Me pasa mi pelota, señor” me dijo. Sus palabras
resultaron ser cándidos puñales que desgarraban mi alma deseosa de volver a vivir esa época
superflua, que de forma fugaz me abandonó para nunca más regresar. Definitivamente añoraba esos
tiempos que hoy me parecen tan lejanos y efímeros.

Era Ella, me resultaba imposible no distinguir su figura y no caer víctima del nerviosismo por muy
lejos que estuviese de mi. Le entregué la pelota al niño con una sonrisa tan falsa como los orgasmos
de la noche anterior y corrí calculando cual sería el punto idóneo para hacer mi sorpresiva aparición
y saludarla. Una vez allí me sentí momentáneamente feliz, pues mis cálculos no habían fallado,
pudiendo tomar miles de direcciones, se encontraba caminando hasta mi, aunque con la mirada
atenta en sus pies, pensando seguramente en un mundo de ideas, sueños y fantasías, en el cual yo ya
no residía, del cual de un momento a otro, a causa de mi torpeza, timidez e inseguridad fui
expulsado, no teniendo otra opción que refugiarme en este otro mundo, el mundo oscuro y funesto
de los desdichados.
Cuando estuvo a pocos centímetros me acerqué para saludarla, el beso en la mejilla que para mi
significó el encuentro de los dos mundos, para ella no fue más que un acto reflejo de cordialidad.
“Hola” respondió con voz baja. Indiferente siguió caminando.
No pareció darse cuenta que aún seguía allí esperando una mirada de despedida mas esta nunca
llegó.

Las paredes inmaculadas despertaron mi visión y poco a poco el aroma estéril fue estimulando mis
sentidos aún confundidos, permanecí largo rato sumido en el curso del suero hasta mi brazo y en la
cruz de la pared de al frente, cuando una serie de pequeños pinchazos me hicieron trasladar la
atención hasta mis manos ocultas aún bajo la blanca sábana, Fue entonces cuando observé mis
muñecas cubiertas de gasa, recién hasta ese momento, traté de buscar una explicación a mi nuevo
destino, sin embargo, el intenso dolor de cabeza no me permitía prolongar más allá de unos
segundos los escondidos recuerdos.
Por un momento no pude dejar de mirar la ventana de la sala, el mando azulado del otro lado me
resultaba extrañamente atrayente.
Por el cielo sólo podía saber que no era de noche, más la noción de temporalidad había
desaparecido de mi mente dañada.

Al cabo de unos minutos de observar el cielo tratando de desviar mis pensamientos del anciano
moribundo de la cama de mi lado derecho y del púber aterrado por los intervalos de ausencia de su
madre, que a menudo, bajaba para ir al baño o comprar algo en la tienda de la calle de al frente.
Entró una enfermera bastante joven que con su baja estatura, su cabello negro y su piel
extremadamente blanca no dejaba de recordarme a Ella, y como gotas frías de lluvia en un invierno
gris, volvieron en masa y repentinos los oscuros recuerdos que me condujeron hasta este lugar.
Alcohol, fotografía, baño, lápiz, agua, papel, sangre, bañera, teléfono pastillas, toallas, ropa,
navajas, Ella, desvanecimiento, luz, gritos, camilla, hospital.
“Son las 3:30” me dijo, cuando yo creía que no eran más de las 10:00 am, “Es hora de una nueva
revisión y de que cambiemos el suero” No le tomaba atención. Con la lluvia de recuerdos volvía
también la evocación de Ella, de Ella y su desprecio, de Ella y su frío saludo casi inexistente a mi
frágil y consternada mente.

Seguía refugiado en el cielo, su armoniosa calma me hacía sentir momentáneamente menos
aproblemado, me engañaba con su ausencia de nubes grises.
Me hubiese gustado que así realmente fuese mi mundo, mi cielo, sin esas odiosas nubes que se
empeñan por intervenir mi calma.
La enfermera anotó algo en una hoja que dejó a los pies de la cama, seguramente para que el doctor
la leyese, dejó también la mesa con tubos y extraños artefactos médicos y salió de la sala.
Yo seguía absorto en el cuelo y su cálida belleza, en el movimiento lento de la tierra, que podía ver
si me concentraba lo suficiente y en esas tiras de algodón puro que en lo alto estaba lejos de ser tan
grises como aquellas que cubren el cielo de mi propio mundo.
El nerviosismo del niño que aferrado a una revista de historietas que probablemente, no leía por
pensar en su madre, se hizo notar con el chirrido estruendoso que causó el movimiento del aparato
que sostenía la bolsa transparente del suero, que con sus diminutas ruedas comenzó a moverse
hasta la ventana.

El viento sin piedad rozaba mi faz como cuchillas afiladas. La decisión estaba tomada, pero el
arrepentimiento de ver a Ella en las afueras del hospital ingresando con un presente en sus manos y
ese rostro demacrado de angustia y culpa, no desapareció hasta los últimos segundos. Cuando me
encontraba a tan solo unos centímetros del suelo.