El viaje (de Rafael Hernández)

6 de Septiembre, 2007

“¿Conocés el cuento del mono y el león?”… Esta fue la frase que me disparó un mochilero de aspecto desalineado, que estaba sentado a mi lado en un viaje que hice en tren a Bariloche.
Les cuento que por ese entonces, el viaje en tren de Mar del Plata a Bariloche, duraba 36 horas. Había que bancarse tantas horas. Pero por otro lado, era toda una aventura. Luego de contarme el cuento, nos pusimos a platicar sobre lo que hacía cada uno de su existencia. Les diré que mi vida, vista a la distancia se puede considerar “interesante”, pero la de este hombre (tendría unos 45 ó 50 años) resultó ser espectacular. Había recorrido medio mundo y estaba en sus planes conocer el resto. Además tenía la virtud maravillosa de conjugar una memoria visual prodigiosa y una expresividad aún mejor. Si bien era de origen Belga, manejaba a la perfección el castellano. Me relató a lo largo de varias horas su experiencia y anécdotas de varios lugares que había visitado. Por supuesto que de haber dado la vuelta al mundo en tren, aun así no tendría tiempo para contarme todas sus vivencias.

A poco de llegar a nuestro destino, hice para mis adentros un análisis comparativo de nuestras vidas. La mía, basada en la estabilidad de estudiante universitario, arraigado a una ciudad, con una visión de futuro plasmada en principio, en la misma polis que me educaba, versus la vida inestable de esa persona que no pasaba dos noches en el mismo lugar, con su pesada mochila a cuestas como único patrimonio personal. Luego de una pausa en la conversación le expuse mis pensamientos sobre él. Si no sentía la necesidad de parar el carro y asentarse en algún lugar. De formar una familia y sentar cabeza. Si no se cansaba de tanto ir y venir. Si no había encontrado algún sitió donde establecerse de todos los visitados…Me explicó que los hombres buscan, en la mayoría de los casos, una estabilidad en la vida. A veces la encuentran, pero otras no y por diversos factores (laborales, políticos, guerras, etc.). Se convierten en emigrantes forzosos y a veces en nómadas perpetuos.

Él había tenido la suerte de no ser un emigrante o nómada y además bien posicionado económicamente por una herencia; pero consciente de que ello ocurría, escogió por voluntad propia, seguir los pasos de aquellos que no tienen la oportunidad de elegir. Me hizo entender que sus periplos por el mundo no eran con fines meramente turísticos sino de vivencia, de aprendizaje. De comprensión y tolerancia de los avatares de la vida. De entender al hombre desde la simple molestia de desplazarse por un trabajo, al dolor y sufrimiento que implica trasladarse a un campo de refugiados. Es por ello que me respondió que de todos los lugares para vivir él elegía el mundo y que su familia era la humanidad toda. Más tarde, mi situación personal me empujó un camino intermedio, entonces lo recordé y comprendí lo que había dicho.

A propósito, conocés el cuento del mono y el león…

de Rafael Hernández

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