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	<title>Comentarios en: EL VIAJE INVERSO DE LEONARDO PEREIRA MELÉNDEZ</title>
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	<description>Espacio dedicado a los autores noveles que desean publicar en Internet su obra y así ponerla a disposición de cientos de lectores. Anímate y envíanos tu obra!</description>
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		<title>Por: FRANKLIN PIÑA</title>
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		<dc:creator>FRANKLIN PIÑA</dc:creator>
		<pubDate>Thu, 16 Dec 2010 00:16:26 +0000</pubDate>
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		<description>Leonardo Pereira Meléndez es uno de los poetas más interesantes de nuestro tiempo. Con vigencia y eficacia siempre nos sorprende con su pluma. Leonardo tiene la facilidad de contarnos con su volátil verbo, como diría el desaparecido Jorge Alonso Almarza, de contar anécdotas, curiosidades y novedades sobre la vida, sobre la existencia, sobre lo cotidiano, gracias esto, a su magistral y hábil integración de vanguardismo y poesía docta.
Si consideramos la tradición y el orden como tesis, y la ruptura o aventura como antítesis, la poesía de mi amigo Leonardo resulta ser en efecto la síntesis, porque fusiona estas dos nociones opuestas y en cierto modo las neutraliza. Por una parte, el poeta escribe sonetos rigurosos acentuando en ellos un nuevo registro, una nueva mezcla de lenguaje culto, erótico y coloquial, pero por otra, con igual maestría, practica el verso libre cuya temática se dispersa entre las aguas del amor, la muerte, el esplendor, la fantasía y la dificultad de la palabra poética. Todo depende de su estado de ánimo, todo depende del pie que apoye al abandonar la cama. He ahí el valor de lo que escribe. Hay como un trasfondo pictórico en estos textos, donde incluso, el color cumple un rol integrador. 


Un día de lluvia decembrina

¡Qué problema con estas lluvias!
 Esta mañana, mientras me daba un baño, oí un estruendoso ruido en mi cuarto.
 Pensé que se había caído el estante de mi biblioteca.
Pero, no; nada se había caído.
Cuando abrí la puerta de mi cuarto –del susto– por poco dejo caer mi toalla: Un enorme ciervo se hallaba –malherido  dentro de mi habitación.

 “Leíto, José Leonardo, vengan acá…”.

“Ya voy Papá”, “Ahí voy”.

Asombrados, entre mis hijos y yo lo curamos; le dimos de comer; y, en
silencio, como pudimos lo metidos al ascensor, sin hacer nada de ruido
(una de mis vecinas, la del piso de arriba, le molesta toda clase de
sonido).
Ya en la planta alta (azotea, como decimos los caroreños) del
edificio, lo sacamos y liberamos.
Tomó impulsó y voló muy alto, tan alto que rápidamente se perdió de
nuestras vistas. Mis hijos y yo, hemos pasado toda la mañana en
sosiego y en un mutismo casi tenebroso.

No nos atrevemos a comentar nada.

¡Válgame, Dios! A estas alturas de mi vida, cómo les explico a mis
amigos –tan agnósticos como yo– que un reno chocó contra la ventana de
 mi cuarto; y, aún malherido,  logró  meterse en mi  habitación y que
de verdad-verdad, San Nicolás existe.</description>
		<content:encoded><![CDATA[<p>Leonardo Pereira Meléndez es uno de los poetas más interesantes de nuestro tiempo. Con vigencia y eficacia siempre nos sorprende con su pluma. Leonardo tiene la facilidad de contarnos con su volátil verbo, como diría el desaparecido Jorge Alonso Almarza, de contar anécdotas, curiosidades y novedades sobre la vida, sobre la existencia, sobre lo cotidiano, gracias esto, a su magistral y hábil integración de vanguardismo y poesía docta.<br />
Si consideramos la tradición y el orden como tesis, y la ruptura o aventura como antítesis, la poesía de mi amigo Leonardo resulta ser en efecto la síntesis, porque fusiona estas dos nociones opuestas y en cierto modo las neutraliza. Por una parte, el poeta escribe sonetos rigurosos acentuando en ellos un nuevo registro, una nueva mezcla de lenguaje culto, erótico y coloquial, pero por otra, con igual maestría, practica el verso libre cuya temática se dispersa entre las aguas del amor, la muerte, el esplendor, la fantasía y la dificultad de la palabra poética. Todo depende de su estado de ánimo, todo depende del pie que apoye al abandonar la cama. He ahí el valor de lo que escribe. Hay como un trasfondo pictórico en estos textos, donde incluso, el color cumple un rol integrador. </p>
<p>Un día de lluvia decembrina</p>
<p>¡Qué problema con estas lluvias!<br />
 Esta mañana, mientras me daba un baño, oí un estruendoso ruido en mi cuarto.<br />
 Pensé que se había caído el estante de mi biblioteca.<br />
Pero, no; nada se había caído.<br />
Cuando abrí la puerta de mi cuarto –del susto– por poco dejo caer mi toalla: Un enorme ciervo se hallaba –malherido  dentro de mi habitación.</p>
<p> “Leíto, José Leonardo, vengan acá…”.</p>
<p>“Ya voy Papá”, “Ahí voy”.</p>
<p>Asombrados, entre mis hijos y yo lo curamos; le dimos de comer; y, en<br />
silencio, como pudimos lo metidos al ascensor, sin hacer nada de ruido<br />
(una de mis vecinas, la del piso de arriba, le molesta toda clase de<br />
sonido).<br />
Ya en la planta alta (azotea, como decimos los caroreños) del<br />
edificio, lo sacamos y liberamos.<br />
Tomó impulsó y voló muy alto, tan alto que rápidamente se perdió de<br />
nuestras vistas. Mis hijos y yo, hemos pasado toda la mañana en<br />
sosiego y en un mutismo casi tenebroso.</p>
<p>No nos atrevemos a comentar nada.</p>
<p>¡Válgame, Dios! A estas alturas de mi vida, cómo les explico a mis<br />
amigos –tan agnósticos como yo– que un reno chocó contra la ventana de<br />
 mi cuarto; y, aún malherido,  logró  meterse en mi  habitación y que<br />
de verdad-verdad, San Nicolás existe.</p>
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