Armar un libro con distintos materiales, para indagar sobre la aparente vida, lleva a Leonardo Pereira Meléndez a hilvanar un canto descarnado: primero como ofrenda y después como lamento. ¿A qué hora la muerte duerme?. Ateneo de Carora “Guillermo Morón”. Barquisimeto. 2009. Canto hímnico que busca perpetuarse en la memoria documental de un universo trunco en viajes homéricos.
La oportunidad que se le presenta al poeta, para ensalzar una vida efímera mediante la explosión de los sentidos a través de la imagen, pescada en sueños y clímax eróticos en ese pozo insondable que es nuestro descenso al fin último.
Este libro -viene a ser- una ruptura con su vieja poética, marcada por la cotidianidad y el hastío, sus cantos anteriores buscaban ganar terreno en un tiempo caracterizado por el aluvión de información, que da cuenta de una fenomenología estéril e intrascendente.
Lenguaje archipiélago construido de manera deliberada para abarcar el mayor número de mundos, que componen el abigarrado imaginario del mago de la palabra, que encanta objetos inútiles al solo conjuro del verbo-mundo.
Los libros anteriores se agotaban en el ligero marco de su forma, construidos con claves -algunas convencionales- para lograr efectismo en el lector poco avisado.
En ¿A que hora la muerte duerme? el autor va a transitar el accidentado camino de la brevedad y la cortedad lingüística. De estructura compleja, echa mano de los enunciados aristotélicos y de los viejos cantos salmáticos, hasta el poema de clara estirpe de Nicanor Parra y sus Antipoemas.
Lo polifónico y el collage ayudan al creador a completar su trabajo, lo coránico y teatral posibilitan la introducción de segundas manos: cartas intercaladas, tomas de posiciones de Pereira Meléndez, transgrediendo con ello las leyes de la métrica.
Como un libro que comienza festivo, termina en una caoticidad que predispone al lector; quien no suspende la lectura, para ver como finaliza esta navegación, construida con el cuadrante de un mundo cerrado, paidea griega que le dicta al neo-dios nuevas emboscadas y fin de los días para los señalados por el oráculo de Delfos.
El libros fragmentado en variados anillos a la usanza de la Divina Comedia, se empantana en un círculo tanático, donde un miembro de la etnia, atraviesa el Estigia con Caronte al timonel, es la parca que apareció un día en las ardientes arenas de la Etiopía del Cantar de los Cantares.
Es el Libro de los Reyes, texto paradigmático de sus siete Biblias, ¿A qué hora la muerte duerme? es una propuesta valedera en un momento y una época, en que se ha devaluado el lenguaje místico que sondea la muerte y los avatares de esa quimera que damos en llamar vida. Los cantos de Pereira Meléndez, no son una Elegía, ni un Salmo, ni un Epigrama, son todos los géneros en una estructura de Palimpsesto. No hay arreglo con la realidad, ni retaliaciones odiosas sedientas de sangre, solo es lenguaje. Cuando hay una segunda intención a través del verso, dejamos de existir, y por lo tanto no parece la muerte como tabla niveladora de estas suertes de existencia.
Con Leonardo Pereira Meléndez, el lenguaje es una excusa para vaciar lo complejo de nuestra mediación entre el cerrado universo de la mecánica celeste de Pascal y nuestra neurosis; ganando espacio nuestras especulaciones sobre la realidad, cosa que nos reconforta a plenitud ante un decorado derrotista y perdidoso, que solo ve la entropía como fórmula de desenlace.
Abril de 2009.
Autor: JUANDEMARO QUERALES

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1 Comentario en “EL VIAJE INVERSO DE LEONARDO PEREIRA MELÉNDEZ”
Leonardo Pereira Meléndez es uno de los poetas más interesantes de nuestro tiempo. Con vigencia y eficacia siempre nos sorprende con su pluma. Leonardo tiene la facilidad de contarnos con su volátil verbo, como diría el desaparecido Jorge Alonso Almarza, de contar anécdotas, curiosidades y novedades sobre la vida, sobre la existencia, sobre lo cotidiano, gracias esto, a su magistral y hábil integración de vanguardismo y poesía docta.
Si consideramos la tradición y el orden como tesis, y la ruptura o aventura como antítesis, la poesía de mi amigo Leonardo resulta ser en efecto la síntesis, porque fusiona estas dos nociones opuestas y en cierto modo las neutraliza. Por una parte, el poeta escribe sonetos rigurosos acentuando en ellos un nuevo registro, una nueva mezcla de lenguaje culto, erótico y coloquial, pero por otra, con igual maestría, practica el verso libre cuya temática se dispersa entre las aguas del amor, la muerte, el esplendor, la fantasía y la dificultad de la palabra poética. Todo depende de su estado de ánimo, todo depende del pie que apoye al abandonar la cama. He ahí el valor de lo que escribe. Hay como un trasfondo pictórico en estos textos, donde incluso, el color cumple un rol integrador.
Un día de lluvia decembrina
¡Qué problema con estas lluvias!
Esta mañana, mientras me daba un baño, oí un estruendoso ruido en mi cuarto.
Pensé que se había caído el estante de mi biblioteca.
Pero, no; nada se había caído.
Cuando abrí la puerta de mi cuarto –del susto– por poco dejo caer mi toalla: Un enorme ciervo se hallaba –malherido dentro de mi habitación.
“Leíto, José Leonardo, vengan acá…”.
“Ya voy Papá”, “Ahí voy”.
Asombrados, entre mis hijos y yo lo curamos; le dimos de comer; y, en
silencio, como pudimos lo metidos al ascensor, sin hacer nada de ruido
(una de mis vecinas, la del piso de arriba, le molesta toda clase de
sonido).
Ya en la planta alta (azotea, como decimos los caroreños) del
edificio, lo sacamos y liberamos.
Tomó impulsó y voló muy alto, tan alto que rápidamente se perdió de
nuestras vistas. Mis hijos y yo, hemos pasado toda la mañana en
sosiego y en un mutismo casi tenebroso.
No nos atrevemos a comentar nada.
¡Válgame, Dios! A estas alturas de mi vida, cómo les explico a mis
amigos –tan agnósticos como yo– que un reno chocó contra la ventana de
mi cuarto; y, aún malherido, logró meterse en mi habitación y que
de verdad-verdad, San Nicolás existe.