El Ultimo
Angel Mompracem
La oscuridad lo cubría todo. Nada escapaba al abrazo de este manto de negrura impenetrable que oprimía y ahogaba la reducida celda; una oscuridad que invadía sus ojos y se metía en su alma, produciéndole un miedo indescriptible que nublaba su comprensión a todo aquello que le rodeaba.
Se encontraba en un rincón de la estancia, inmóvil, cabizbajo, avergonzado de este miedo que nunca había sentido, desesperado ante una situación que no comprendía, impotente ante esta injusticia que se cometía con el.
Un olor a paja seca y excrementos llenaba la celda. Sabía que pronto llegaría su turno. Recordó a sus compañeros de encierro, primero libres, alardeando de su fuerza y su valor y después en la celda con los lomos encorvados, la mirada huida porque otros mas fieros y astutos rompieron el mito de su valor. El era el último de todos, uno a uno fueron saliendo conscientes que detrás de la puerta de la celda les esperaba un destino incierto, cruel, tal vez hacia la muerte. Una muerte sin honor.
Un ruido exterior como el rugido de mil fieras le heló la sangre y por primera vez en su vida comenzó a temblar.
-¿Por qué?- Se preguntó una y otra vez. -¿Por qué a mi? Dios mío.- Gritó su alma. Su único pecado había sido vivir libre y orgulloso de su valor y su fuerza. Siempre había amado la paz y en el diccionario de su idioma no existía la palabra guerra.
Tan sólo su porte había infundido miedo y respeto a sus enemigos, nunca tuvo la necesidad de luchar. Había amado la libertad de una forma natural y espontanea porque no sabia hacer otra cosa que ser libre.
Amaba la tierra que lo vio nacer y al cielo que lo miro crecer. Recordó con placer las frías noches que pasó bajo sus estrellas. Sí, sus estrellas, porque siempre consideró suyo lo que vieron sus ojos y nadie en el mundo le dijo que no lo eran. Si al menos hubiese una pequeña grieta en el techo y pudiera verlas de nuevo aunque fuera un segundo, al menos una de ellas, la mas pequeña tal vez. Pero no. Todo era impenetrable oscuro y vacío.
Recordó de nuevo el cielo y la llanura que eran su mundo. Lo verde de sus campos y la frescura de sus ríos, no necesitaba más para vivir y cuando pensaba que era más feliz llegaron ellos. Pisotearon su llanura y violaron su cielo. Los dominaron a todos porque su raza no conocía la guerra y esta era una lucha sin honor, donde solo imperaba la astucia y el engaño.
Trató de llorar pero no pudo. No sabia como hacerlo, y en su mundo nunca tuvo la necesidad de aprender.
Un rugido atronador se oyó afuera. Sí, pronto llegaría su turno. Pero ya no le importaba. Si iba a morir lo haría con orgullo. Hasta la muerte era mejor que esta esclavitud vergonzosa.
Nuevas voces se oyeron afuera. Ya las conocía. La puerta crujió y poco a poco comenzó a abrirse. La luz penetro rasgando la oscuridad. Se irguió en todo su porte, avanzó hacia la puerta. -¡Qué importa morir, si es bajo el cielo!.- Penso.
Afuera un solo monstruo esperaba. Pero mil voces gritaron cuando el último toro de la tarde salió al ruedo.
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