@page { size: 20.999cm 29.699cm; margin-top: 2.54cm; margin-bottom: 2.54cm; margin-left: 2.54cm; margin-right: 2.558cm }
EXORDIO
¡Qué negras, oh, las tinieblas, y qué oscura
la noche. Penumbra, sobre el Universo
se cierne: es demencia, no locura!
¡Ay de ti, vil espina que punza y cruel zarza
que lacera; tú, que en tu innato Averno
atormentas el espíritu del más bravo guerrero;
tú, que conviertes dulzura en odio, muerte y traición;
que condenas la ternura a un suplicio sin perdón!
¡Ay de ti, que zahieres en horror eviterno!
¡Oh triste consuelo que derramas tu néctar
sobre esperanza perdida, sobre un abismo eterno;
tú, que anhelas el cariño, tu frustrado intento
abandona y, raudo, aléjate del tormento!
Escuchad, pues impertérrito llegará el momento en que la espera tocará a su fin, y aquellos que son verdaderos dueños surgirán de entre las sombras. Y aquel que os vigila cada cuarenta novilunios, y a quién llamarán Hefaistos, caerá sobre vosotros y sobre las tierras y los mares. Y largo tiempo interpretará la flauta trenos compungidos, pues fatalmente surgirá el terrible Goel sobre las alas del Syth y marchará hacia Bmobev Hleh. Pues bajo el aullido de los lobos y el espeluznante grito de la Coruja, entre noctívagos pactos de soma y sangre, de odio y muerte, clamorosamente llegarán y serán cuarenta y dos.
Atended, pues eones ha que escrito fue sobre el fuego. Y tras el retorno de Manasés al Gran Templo del Perdón, emergieron de sus labios nefandas palabras. Y quedaron selladas en subrepticios lugares, esperando en plétora nocturna el legítimo Talión de la Férula Abismal.
Goraq Ahm Elshand,
IV Centuria del Tercer Reino de Bmobev Hleh
CAPÍTULO I
Habían ya transcurrido varias lunas desde que dejó atrás la fortaleza de Kelnz, pero aún no alcanzaba a divisar la Torre del Norte. El frío helado de la noche y el intenso viento hacían cada vez más difícil el incesante cabalgar por aquellos parajes áridos e inhóspitos, en ocasiones poblados por arbustos decrépitos y extrañas criaturas.
Casi nadie se aventuraba a atravesar de noche estos sombríos lugares, forzando varios días de marcha para cruzar los terrenos montañosos más allá de las Llanuras de Simel. Sin embargo cualquier demora podría resultar nefasta; era preciso que los Señores del Norte conocieran lo antes posible los acontecimientos acaecidos.
Tras incontables leguas de penosa marcha, el terreno se hizo cada vez menos intrincado, y en el oscuro horizonte se intuía un fulgor mortecino, quizá las antorchas de algún poblado cercano. Parecía estar alcanzando tierras habitadas, y muy pronto el fuego de numerosos hachones anunció su llegada a una pequeña aldea dormida, custodiada por un aterido guardia solitario, quién le indicó que entraría con el alba en los dominios de la Torre del Norte.
Apuró el paso, dejando el poblado ajeno al pérfido infortunio y al dolor y sufrimiento que inevitablemente se extendería por todas las tierras conocidas y más allá. Sería inminente el abandono de la aldea, quizás antes de que se vuelva a poner el sol, al igual que muchas otras, huyendo acaso vanamente hacia las montañas.
Con la tenue claridad del amanecer, se alzaban majestuosos los altivos torreones de la Torre del Norte, ondeando los dorados estandartes que en otro tiempo fueron símbolo de gloria y poderío de un linaje que dominó justamente gran parte de las tierras conocidas. Las gigantescas puertas de la fortaleza, flanqueadas por los arqueros, rugieron mientras se abrían. Desmontó del caballo al tiempo que salió a su encuentro con premura Ismhed, quizás el más respetado de los Señores del Norte.
- Gloria a vos y a vuestro Reino, Gran Señor – dijo con el escaso aliento que disponía mientras chirriaban los alamudes –. Triste es mi presencia aquí, pues mensajero soy de sombrías nuevas.
Ismhed, con ostensible inquietud, mientras se dirigían al interior de la Torre escoltados por aguerridos soldados, respondió:
- Ciertamente largo ha sido vuestro camino y triste vuestra venida, mas no inesperada. Los Sabios han leído los Signos del Cielo y el Agua, y son inconcusos. Mensajeros ya parten hacia los cuatro puntos, y el Consejo está reunido. Entrad y contadnos las deliberaciones de vuestro Rey. El Consejo os espera.
Entraron al Gran Salón, magnífico y suntuoso, presidido por los Siete Escudos de Athión, esplendorosos bajo la inconstante llama de las antorchas y la leve luz del día. Allí aguardaban los Señores del Norte, con sus largas vestimentas de negro y oro, que departían agitados con los tres Hechiceros de Noldred y el Señor del Reino de la Estrella Blanca. Fue este último quien habló en primer lugar:
- Tiempo ha que se reunió el Consejo por última vez, y henos nuevamente aquí. Otros muchos ya han sido advertidos, y desde las lejanas Tierras de Bmobev Hleh nos llegan confusas nuevas – afirmó extremecido -. Nuestros pueblos han vivido durante milenios enterrando el execrable Anatema que marcó a Izhael y su linaje, en tiempos inmemoriales. Las malas nuevas que van llegando, y las interpretaciones de los Sabios, presagian que aquello que tememos haber empezado podría. Hablad pues.
Uno de los ancianos, llamado por todos Gorkell el Oscuro, adelantóse y sacó sus arrugadas manos de entre sus vestimentas.
- Mucho tiempo hemos pasado en el Adito. Intensas y confusas son las señales. Numerosos acúfenos y ageneres se han mostrado con fuerza, turbados y en sombras, mas traen sin duda dolor y sufrimiento.
Y clavando sus ojos en ellos, sentenció:
- Y sabed que Ella está muerta; los Signos así hablan. Bmobev Hleh ha caído.
CAPÍTULO II
Tiempos sombríos y abyectos fueron el seno en el que se gestó el nacimiento de Bmobev Hleh. Acaso fue el apogeo de un sincretismo vesánico hacia el que caminaba inexorablemente la raza mortal, y efigie viviente del pérfido dominio del poderoso Izhael.
Numerosos adeptos bajo el influjo de la nueva exégesis doctrinal siguieron desde los orígenes a Izhael, y pronto crecieron en número y poder hasta límites desconocidos. Formáronse así verdaderas huéstes de prosélitos, conminados a un fanatismo perverso y autófago que se extendía en un devastador simún de ignota protervia.
Durante largas épocas llevaron a cabo la construcción de Bmobev Hleh en las recónditas tierras inertes más allá de la Laguna de Mreroc. Escasas algaras quedaron destinadas, consagrándose vastas muchedumbres a la grandiosa labor. Fueron legiones en un fervor incesante, deslumbradas por su propia creación, las que erigían sin tregua inexpugnables murallas, enormes torres cinerarias y altivas albacaras que desafiaban el oscuro cielo rojizo. Mostrábase así arrogante y temible, de colosales dimensiones, coronada por majestuosos estandartes. Finalmente Bmobev Hleh había surgido, poderosa madre y reina de vastas legiones de acólitos liderados por Izhael.
Incontables leyendas de oscuras perfidias propagáronse como brumas en la noche, engendrando un hondo temor sombrío hacia el poderoso Reino de Izhael. Alejado y distante de la tiranía del frío acero y el hedor de la batalla, inicióse un larga y tenebrosa era de oscuro y avieso misticismo.
Convirtióse pues Bmobev Hleh en el grandioso santuario de las heréticas doctrinas de Izhael, cuna de viles y execrables infortunios. Entregáronse a constantes cultos ceremoniales, atroces rituales de prosternación a nuevas y temibles Fuerzas, en una incesante y temeraria búsqueda de poderes perversos y desconocidos. Espantosas y oscuras imprecaciones oyéronse en los réprobos actos rituales, y tiñéronse la ínfula y la daga de sangre.
Terribles fueron los poderes que dimanaron de los pérfidos conjuros, y perverso el influjo que empezaron a ejercer. Más tenebroso tornóse el dominio de Izhael, y más dogmáticos y acrimónicos sus sacerdotes. Largo tiempo transcurrió después, de cuyo acontecer poco es conocido, sólo confusos rumores sobre las sombrías fuerzas que dominaban Bmobev Hleh en las postrimerías de Izhael. Hasta el Advenimiento.
Escrito está en las crónicas que ninguno conoció su nombre ni su origen. La llamaron La Dama; Ella la invocaban otros. Anciano ya Izhael, de entre la noche surgió para reinar junto a él. Magnífica, enigmática y hermosa, regía los destinos de Bmobev Hleh desde las oscuras torres, y grande y temible su poderío era.
Inescrutables fueron los reinados tras ello, y escasos los testimonios. Escrito está que siempre la estirpe de Izhael sentada estuvo en el trono de Bmobev Hleh, y Ella a su lado, imperecedera. Escrito está que pocos la vieron y nunca dos veces, ni prosapia conocieron durante las centurias y reinados.
Escrito está que su poder adnato emanaba bajo las entrañas de las Torres Negras, morada de oscuros manes, y que inefables pactos fueron jurados por Izhael, ignotos más allá de su muerte. Escrito está que el estigma de la Daga de Fuego marcado llevaba, y que jamás cruzarse deben los destinos del mundo de los Hombres y del Reino del Báratro.
Durante milenios, fue Bmobev Hleh un amalgama de fascinación y temor, aislada y eterna, testigo del nacimiento de nuevos reinos. Convirtióse en desconocida superstición de los nuevos mundos surgidos, cercano y distante. Fueron pocos los que vigilaron temerosos más allá de Mreroc, pues trazado el destino estaba, y gran devastación traería inexorable el fatal oprobio de Izhael.
EPÍLOGO
Escaso es lo que se conserva de las Crónicas Arcanas de Ihorpall, mas mucho por narrar queda. No ha sido sino preámbulo de los nefastos infortunios que invocó Bmobev Hleh, y que inicio fueron de la más terrible, oscura y devastadora contienda que la raza de los mortales presenciará jamás. Abyssus abyssus invocat.
ℵ
Esta obra está bajo una licencia Reconocimiento-Compartir bajo la misma licencia 2.5 España de Creative Commons.http://creativecommons.org/licenses/by-sa/2.5/es/

Autor: Domingo González Navarro

Añadir a Del.Icio.Us


1 Comentario en “EL ÚLTIMO MUNDO DE BMOBEV HLEH”
[...] El último mundo de Bmobev Hleh [...]