El príncipe de la paz

El capitán Palacios se sobresaltó cuando la oficial médico Patricia Soler le despertó golpeándole suavemente las mejillas. Estaba sumamente confuso, recordaba una explosión nuclear, pero no podía ser cierto puesto que aun estaban vivos, trató de tranquilizarse y ordenar las ideas que pululaban por su cabeza. Observó que gran parte de la tripulación aun no había recuperado el sentido y que estaban derrumbados allí donde les pilló la onda de choque. A su lado estaba también sentado Héctor Lledó, el técnico civil, y aparentaba estar igual o peor que él, tenía la cara enrojecida por la ola de luz que les afectó, todos mostraban quemaduras en mayor o menor medida. Tan pronto como se pudo incorporar le pidió a su segundo que le diera el parte de daños del buque.

– Aparentemente tenemos solo daños menores, sobre todo muchos problemas electrónicos, circuitos fundidos, ordenadores quemados, (el blindaje ha funcionado) pero podremos manejarnos sin duda. – respondió el segundo.

– De acuerdo, manténgame al tanto de lo que surja. Teniente Olmos, ¿Cuál es el estado del armamento? – preguntó a la Teniente Marian Olmos.

– Según parece el Cañon antiaéreo Meroka de proa esta en perfecto estado, el de popa sigue sin poderse reparar, los lanzadores de misiles y torpedos aparentan estar operativos, al igual que las contramedidas. – respondió Marian.

– Estupendo ¿comunicaciones? – preguntó Palacios

– Negativo capitán. Todo parece estar en condiciones operativas pero no conseguimos contactar con nadie.

– ¿Radar? – pregunto Palacios –

– Negativo capitán. Tampoco parece ir nada mal, pero no detectamos ningún buque ni aeronave en la zona. Parecen haberse hundido todos.

– ¿Sonar? – dijo el capitán.

– Negativo capitán. No parece haber nada bajo el agua, no detectó siguiera los cascos hundidos del resto de buques de la flota.

– ¿Navegación?- preguntó Palacios.

– Parece que hemos derivado unas 5 millas al oeste, pero no localizo ningún satélite para el GPS, de modo que no estoy totalmente seguro. He tenido que ubicarme consultando los mapas.

– Pues averígüelo como quiera, pero hágalo. – replicó Palacios.

Cuando giró la vista y se encontró con la piloto Laura Garcés se llevó una nueva sorpresa.

– Pero ¿cómo estas tu aquí? – preguntó alucinado.

– Por suerte no llegué a desmayarme del todo y conseguí dejar caer mi pájaro sobre la cubierta de tu carraca. La verdad es que creo que me he cargado alguna cosilla de poca importancia y te he abollado la plataforma con mi Harrier, pero no pude hacer otra cosa. – respondió Laura.

El capitán Palacios pese a haberse recuperado bastante, seguía sin tener ni puñetera idea de lo que estaba pasando. De modo que convocó una reunión de oficiales en la sala de planificación.

– Bien. ¿Alguien sabe que cojones esta pasando?. – pregunto seriamente el capitán.- ¿Alguna sugerencia?

Nadie le respondió, puesto que el resto de los presentes tampoco entendía nada de lo que había ocurrido. Tras unos minutos de silencio, Palacios habló nuevamente.

– Dado que no podemos contactar con el mando, no localizamos al resto de unidades de la flota, y no sabemos donde estamos exactamente, propongo que pongamos rumbo a la base de Rota, trazando el rumbo manualmente, y allí nos enteraremos de lo que realmente ha pasado. Estamos contaminados, de modo que no podemos dirigirnos a ningún puerto civil, y debemos de alejarnos de la costa africana, así que oficial de navegación quítele el polvo a su sextante y pongámonos en marcha.

– ¿Qué podemos hacer nosotros?- preguntó Héctor a Palacios.

– Tus dos técnicos que ayuden a reparar los sistemas eléctricos y electrónicos dañados con esos repuestos que tanto te empeñaste en traer y que finalmente harán que tenga que darte la razón. Como eres capitán de la marina mercante, seguro que sabes manejar mejor que mi navegante un sextante manual, así que échale una mano y traerme ese rumbo deprisa, porque estoy realmente muy preocupado.- respondió el capitán.

– Sin problemas. – dijo Héctor mientras salía a toda mecha hacia la sala de control.

Quince minutos después y con una ruta trazada manualmente sobre los mapas, pusieron proa silenciosamente hacia el estrecho a toda la velocidad que les podía proporcionar su motor de propulsión nuclear, dejando para una situación apuro los turborreactores que proporcionaban la potencia máxima al buque; entre otros motivos porque al encenderlos el estruendo que provocaba su funcionamiento les convertía en un trasto verdaderamente ruidoso. Palacios aprovechó ese primer momento de tranquilidad para ir a la enfermería a curarse las quemaduras del rostro y las manos. Cuando entró Patricia le aplicó pomada cicatrizante y le pidió que le acompañara a su despacho. Palacios la siguió y cuando estuvieron a solas la oficial médico le comunicó la dura noticia.

– ¿Estas totalmente segura? – preguntó Palacios.

– Al cien por cien. – respondió Patricia. – No hay duda alguna. Incluso he revisado todos los departamentos de la nave.

– Esto no podemos ocultarlo a la tripulación, de modo que será mejor convocar otra reunión inmediatamente. – dijo el capitán.

Palacios fue directamente al intercomunicador y ordenó a su segundo que parara el barco y convocara una reunión en el comedor para toda la tripulación de forma inmediata. Tan pronto estuvieron todos allí Palacios se dirigió a ellos.

– Aunque todos eran conocedores de que habíamos sido afectados por la radiación de la explosión, me veo en la triste obligación de informarles que el grado de contaminación es seguramente letal. No hay duda ninguna, no obstante, la teniente médico Soler les ampliará la información y responderá a sus dudas.

La sorpresa fue morrocotuda, todos los presentes guardaron silencio al escuchar la noticia, ni siquiera se formaron los habituales corrillos que comentaban las ordenes.

– ¡Compañeros! – dijo Patricia – Lo que os ha comunicado el capitán es totalmente cierto. Realmente sí que hubo una explosión nuclear, y ciertamente estamos afectados de forma grave. En todos los casos que he observado, la radiación recibida es de dos a tres veces superior a la que el cuerpo humano es capaz de soportar, de modo que ninguno de nosotros tiene esperanzas de sobrevivir. Lo extraño del caso, es que la combinación nuclear que nos ha alcanzado, afecta mucho más lentamente de lo habitual a nuestras células, pero irrefrenablemente las va destruyendo. No podemos tocar ningún puerto civil porque el barco también esta gravemente contaminado, de modo que seguiremos dirigiéndonos hacia la base de Rota, pero trataremos de no entrar en ella si podemos comunicar de alguna forma, y esperaremos instrucciones en el exterior de la bahía de Cádiz. Disponemos de medicación que aliviará las molestias que pronto comenzaremos a sentir, ya que ese riesgo siempre está previsto en un navío de propulsión nuclear. Os iré llamando por turnos para tomar muestras de todos y haceros un seguimiento; de momento es todo lo que está en mi mano.

Las lágrimas comenzaron a asomar en los ojos de muchos de los presentes, la noticia no por ser franca era menos dura, y cada cual la aceptaba a su manera.

– Ahora, lo mejor que podemos hacer es continuar. – dijo apesadumbrado Palacios.

La fragata reanudó la travesía, mientras, en la sala de mando, todos se miraban tratando de decir algo con sentido, pero nadie tuvo ánimo para abrir la boca. Durante más de 6 horas el silencio reinó en la nave, fue roto en escasas ocasiones para comunicarle al capitán que seguían sin lograr contactar con el mando y que el radar no detectaba nada en las cercanías, quitado de pequeños barcos de pesca de bajura que faenaban próximos a la costa, pero que tampoco respondían a la radio. Cuando cruzaron el estrecho de Gibraltar les extrañó no detectar ninguna señal en las inmediaciones, tal vez el pulso de la explosión nuclear había dejado el área sin sistemas electrónicos. Como ya se aproximaban al golfo de Cádiz, sus esperanzas se centraron en la base de Rota. Y fue en ese momento cuando volvieron a saltar las alarmas, unas millas antes de doblar la isleta de tarifa el radar presentó un montón de contactos de gran tamaño. Habían dos grupos, uno de unos cuarenta barcos más al noroeste y otro de unos treinta barcos a unas cuarenta millas. Siendo como eran ya casi las doce de la mañana los tendrían al alcance del sistema de imagen ampliada de TV en pocos minutos.

– ¡Zafarrancho de combate! – ordenó el capitán.

– A la orden capitán – respondió el segundo de abordo.

– ¿Sabemos de quien se trata? – preguntó Palacios.

– Negativo capitán. – indicó el oficial de comunicaciones. – Ninguno responde a nuestras llamadas.

– Puede ser una flota de invasión, pero ¿dónde se había ocultado hasta ahora?. – dijo Palacios. – Debemos estar preparados para pillarles por la espalda y hacerles todo el daño posible. Prepare el sistema de armas teniente Olmos.

– A sus ordenes capitán – respondió Marian.

– Derivaremos hacia el suroeste y lanzaremos el helicóptero para que sea nuestros ojos. Pero no se aproximen demasiado, no quiero que los derriben. Nosotros desde aquí veremos las imágenes de su cámara TV en tiempo real y les daré nuevas instrucciones sobre la marcha.

– Capitán Garcés, ¿su avión se encuentra en estado operativo?. – preguntó Palacios a Laura.

– Tan pronto este repostado de combustible puedo salir. Por desgracia sólo me queda un misil infrarrojo AIM9L, de modo que si se presentan varios cazas duraré menos que un kleenex en una convención de mocosos. Pero para eso me pagan, de modo que únicamente dígame cuándo quiere que alce el vuelo.

– De momento lo que tenemos delante son barcos, de modo que vamos a instalarle un par de misiles antibuque Harpoon en los anclajes interiores de las alas, y cuando el helicóptero regrese, también le montaremos una parejita. Contando con los dos que podremos disparar desde nuestro lanzador, tendremos seis objetivos cubiertos en un breve periodo de tiempo. Ignoro si tendremos tiempo de recargarlos, pero al menos haremos todo el daño posible antes de que nos liquiden. Si se encuentra lanchas de desembarco, húndalas con el cañón de su avión capitán Garcés, mientras tanto nosotros nos habremos aproximado lo suficiente para disparar los torpedos y usar el Meroka de proa. Por ahora, preparen el avión y esperemos a ver qué nos descubre el helicóptero. – dijo Palacios.

El helicóptero se elevó unos metros sobre la cubierta e instantáneamente comenzó a desplazarse lateralmente para separarse del avión que estaba a su lado, no fuera que un golpe de mar lo lanzara contra él. Tan pronto se encontró a unos cincuenta metros de la fragata, hicieron una señal de saludo y tomaron rumbo a la zona donde estaban los barcos que aparecían en el radar. Desde su posición alcanzaría a verlos con la cámara ampliadora TV instalada sobre su rotor en unos ocho minutos, por lo que la ansiedad de todos sería breve; aunque nadie contaba con la sorpresa que les deparaba el destino. En primer lugar, los barcos fueron visibles en poco más de cuatro minutos, y lo que la cámara mostraba no se lo podía creer nadie. Si no fuera porque todos los presentes observaban lo mismo, Palacios hubiera pensado que la medicación le estaba jugando una mala pasada. Ante ellos había un montón de grandes barcos de vela, cañoneándose a las bravas, produciendo unas humaredas por la pólvora que en algunos momentos nublaban el visor, y dándose para el pelo entre ellos. Palacios dio instrucciones al helicóptero para no aproximarse más y mantener una posición estable mientras identificaban de alguna forma que puñetas era aquello tan extraño. Los navíos que atacaban desde el sur tenían unos pabellones bastante parecidos a la bandera de Gran Bretaña, pero esta ocupaba exclusivamente el cuarto superior del lienzo, mientras que los que aparentemente huían en dirección a Cádiz llevaban un escudo circular amarillo y rojo, presidido por una corona sobre el mismo, todo bajo un fondo blanco. Imprimieron las imágenes tratando de llegar a alguna conclusión, mientras continuaban sin localizar ninguna señal de radio en toda el área, y tampoco aparecía presencia de aviones por la zona. Esos enormes barcos de tres palos y con decenas de troneras en cada uno de sus costados les ponían los pelos de punta. Palacios se volvió a los presentes en la sala de mando esperando que alguien le aportara alguna sugerencia, pero todos estaban tan extrañados como él. Decidió que el helicóptero avanzara rodeando la batalla para obtener algún nuevo dato, por lo que el UH90 inclinó su rotor y comenzó a desplazarse circunvalando los barcos en combate. Héctor que había estado muy silencioso y retraído en un rincón, llamó a Palacios y le pidió que se aproximara a un rincón de la sala, allí le hizo un comentario en voz baja mientras la expresión de Palacios parecía un poema.

– ¿Realmente crees eso Héctor?. – preguntó Palacios.

– Es la única explicación razonable que encuentro. – dijo Héctor.

– Pero los dos sabemos que eso es imposible. – replicó Palacios.

– Por supuesto, pero de entrada ya deberíamos estar muertos y todavía seguimos aquí, aunque sea solo por un tiempo. Tal vez alguna fuerza superior haya decidido que tenemos un último trabajo que realizar. – respondió Héctor.

Tras estar unos momentos pensativo, Palacios ordenó:

– ¡Todos los oficiales a la sala de planificación ahora mismo!.

Cuando estuvieron reunidos a puerta cerrada:

– Lo que voy a decirles les puede parecer producto del delirio, pero hasta ahora es la única explicación más o menos razonable que alguien ha dado. El capitán de la marina mercante Héctor Lledo es además de marino mercante, un estudioso de la historia de la marina española, y está convencido que de alguna manera inexplicable hemos ido a parar al día veintiuno de octubre de mil ochocientos cinco, y lo que tenemos delante no es otra cosa que la batalla de Trafalgar. Entiendo que esto suene muy raro, pero pensemos fríamente, tras la explosión nuclear del Portaviones estadounidense George Washington deberíamos estar todos fiambres; no sólo seguimos aquí, sino que no hemos encontrado resto alguno de la batalla de Chafarinas, seguimos sin captar la mas mínima emisión de radio, y los satélites han desaparecido. Y si os parece poco, volver a mirar esto.

Y lanzó encima de la mesa de planificación las fotos sacadas del monitor TV. En ellas se veían con todo detalle los cascos y los mástiles de los barcos de guerra en plena batalla.

– Pero eso es una locura. – dijo el segundo de abordo.

– ¿Cómo y por qué estamos aquí? – preguntó la oficial médico.

– No tengo ni idea, Patricia, pero tú sabes bien, que la protección del buque no nos podía salvar de la onda de choque provocada por la detonación del George Washington desde una distancia tan corta y además nuestro empeoramiento es muy lento, pese a tener una carga letal de neutrones en el cuerpo. – dijo Héctor.

– De alguna manera siento que algo o alguien nos ha traído aquí para que podamos rectificar lo que tenemos a la vista. No tengo ni idea, ni creo que nos tenga que preocupar en estos momentos, nosotros estamos condenados, pero por alguna circunstancia del destino nos están dando la oportunidad de cambiar el futuro. Tal vez la única manera de impedir la destrucción total ocurrida en el presente del que venimos, sea modificar la historia del pasado. – reflexionó la oficial de armamento Marian Olmos.

Todos los presentes miraron a Marian, la información recibida era demasiado increíble, pero si por alguna extraña casualidad era posible, entonces, de alguna manera estaban de acuerdo con ella. Si nada de lo que les rodeaba tenía lógica, debería de ser porque no había que buscársela, lo mejor sería actuar sobre la marcha y liquidar aquello lo antes posible.

– ¿Alguno tiene algo que replicar?. – preguntó el capitán.

– Pero, ¿cambiar la historia no podría ser un desastre?- preguntó el segundo de abordo.

– ¿Más de lo que era hace unas horas? – respondió Palacios.

El segundo asintió y guardó silencio. Por difícil que costara de creer, se encontraban en 1805 y estaban allí para hacer algo.

– Pues manos a la obra. Hagan volver al helicóptero y preparen con la ayuda del capitán Héctor Lledo un plan de actuación, ¡y lo quiero ya!. – dijo enérgicamente Palacios.

– Bien, – dijo Héctor – Son las doce y media de la mañana, a estas alturas los ingleses ya han cortado la línea que formaban los barcos españoles y franceses. Tenemos que aproximarnos a distancia de tiro y usar una cortina de humo para que no nos puedan ver. Después hemos de actuar sobre los navíos de mando en primer lugar, el Victory y el Royal Sovereign, cuando hayamos acabado con ellos, actuaremos contra el segundo escalón de la flota británica para evitar que puedan llegar a reforzar a los que están ya enfrascados en el combate. Luego, liquidaremos con sumo cuidado a los barcos que están demasiado cerca de los nuestros. Los barcos franceses importan menos, incluso estratégicamente sería conveniente que al final de la batalla queden fuera de combate para que los gabachos se queden sin flota en el Mediterráneo y Napoleón vuelva a tener otro frente abierto en el sur de Europa. Lástima no poder liquidar a Godoy en esta operación, pero eso ya es otro tema. De momento vamos a dejar a los ingleses sin algunos de los quince mil cañones embarcados que tienen, y luego veremos qué más podemos hacer. Usted, capitán Palacios debe de decidir sobre las armas a utilizar para cada cosa, ya que eso no es lo mío.

– Eso es cosa de la teniente Marian Olmos, así que ponte a la faena. – dijo Palacios.

– Para tumbar al Victory y al Royal Sovereign lo mejor será usar un Harpoon para cada uno de ellos disparado por el helicóptero desde el norte de la batalla, programado para impactar en el centro de la misma línea de flotación. Seguramente eso los partirá en dos, y como mínimo los mandará en pocos minutos al fondo de la bahía. Una vez eliminados Nelson y Collingwood, la fragata se aproximará bajo la cobertura del humo y hundiremos a toda la retaguardia inglesa con torpedos y fuego del cañón Meroka. Después, y una vez recargado el helicóptero, procederemos a aproximarnos más aun hasta unas tres millas de los barcos enfrascados en el combate cuerpo a cuerpo y procederemos cautelosamente a desfondar a los británicos con torpedos y con los cañones de 90 milímetros, mientras el Meroka desarbolará a todos los barcos franceses a nuestro alcance. El AV10A despegará tras el helicóptero y comenzará a atacar a los barcos que estén en la línea exterior de la batalla desde la zona descubierta, para evitar ser visto en la medida de lo posible, reservando sus dos Harpoon para alguna emergencia que pueda surgir, y usando el fuego de su cañón para reventarles la línea de flotación y dejarlos sin palos donde colgar las velas. Siempre tratando de no entrar en la zona afectada por la humareda, pese a que usemos intensificadores de visión, puede chocar con algún mástil de los barcos y caer al mar. ¿Alguna pregunta?, ¿no?, pues vamos para allá.

Tan pronto tuvo instalados a cada lado los misiles antibuque Harpoon el helicóptero UH90 despegó de la plataforma. Héctor Lledo iba como copiloto, debido a que el titular se sentía sumamente indispuesto y en su estado no hubiera sido de mucha ayuda en el aparato. Tras una breve explicación de los componentes que eran nuevos para él, Héctor subió abordo y se sujetó el arnés de su asiento. Era ya la una de la tarde del día veintiuno cuando enfilaron hacia sus objetivos después de haber rodeado la flota entrando desde el noroeste. Ayudados por el control de combate de la fragata Santísima Trinidad, se aproximaron a diez millas de distancia, y se quedaron en vuelo estacionario; una vez fijado el Victory, lanzaron el primer Harpoon. El misil salió disparado tras una fuerte humareda inicial, se estabilizó y bajó hasta unos tres metros de altura sobre el agua, delante de su cabeza de guerra había una pequeña cámara TV que permitía corregir su trayectoria desde el helicóptero, ya que no podían fiarse exclusivamente del radar debido a la gran cantidad de barcos que estaban allí revueltos. El subsónico proyectil tardó poco más de un minuto el alcanzar el barco insignia de Nelson, impactando en la parte central del barco justo unos treinta centímetros por encima de la línea de flotación. Si el misil hubiera entrado dentro, posiblemente el barco hubiera resistido todavía unos minutos, pero chocó con una de las cuadernas centrales de la nave, arrancando toda la estructura a su alrededor y separando bruscamente el Victory en dos trozos ardientes. Mientras que la desarbolada popa se mantuvo algo de tiempo a flote sumergiéndose poco a poco por la fractura, la parte mayor que correspondía a la proa volcó inmediatamente por el peso de los dos mástiles principales, debido a que ya no había nada que equilibrara su centro de gravedad. Al tumbarse de lado, el agua entró en tromba por los puentes desgarrados y se sumergió en unos pocos instantes arrastrando al fondo del mar marinos y oficiales sin distinción. Nelson, que se encontraba en el alcázar de popa, fue testigo unos instantes después del hundimiento de la nave de su colega Collingwood, con la bodega abierta al mar se fue a pique rápidamente. Ni los ingleses, ni los españoles, ni los franceses entendían nada de lo que estaba pasando, pero la batalla continuaba, y Nelson pese a sus graves heridas, contempló con espanto la destrucción de la flota inglesa del Mediterráneo. La fragata Santísima Trinidad ya se encontraba a tiro de la retaguardia británica, de modo que fueron torpedeando sucesivamente al Defence, Prince, Thunderer, Defiance, Dreadnought, Polyphemus, Swiftsure, Revenge, Achilles, Colossus y Bellerophon que se fueron a pique envueltos en llamas con la mayoría de sus dotaciones. La capitán Laura Garcés fue dejando fuera de combate al Spartiate, Minotaur, Orion, Ajax, Agamemnon y Britannia, pertenecientes al grupo de ataque dirigido por Nelson, quedaron manteniéndose a duras penas a flote, desarbolados y con el castillo de popa destrozado al ser atacados desde atrás con el cañón de 30 milímetros que montaba el duro avión de combate AV10A. El resto de barcos ingleses, pensando que habían caído en una trampa, trataron de virar al sur para regresar a Gibraltar. En ese momento, los buques españoles, pese a los daños encajados, iniciaron la persecución de los adversarios, para no darles cuartel; desconocían que flota les estaba ayudando desde retaguardia, pero los efectos eran devastadores. Los barcos franceses también habían empezado a sufrir los efectos del ataque, siendo certeramente desarbolados y dañados muchos de los cañones de los puentes superiores.

– Debe de ser nuestra flota de ultramar, que se ha sublevado contra Napoleón y ha cogido a ingleses y gabachos por sorpresa, pero a fe mía que esos artilleros tienen una puntería endemoniada. Ayudémosles a acabar el trabajo. – le dijo el jefe de escuadra Cisneros al brigadier Uriarte.-

– Señor Churruca el Almirante Gravina ha izado bandera de combate contra ingleses y franceses, éste es el mejor momento para pillarlos desprevenidos. – dijo el capitán Moyna.

– Dios ha escuchado nuestras plegarias y ha hecho volver la razón a nuestros gobernantes, los que han puesto en fuga a los ingleses únicamente pueden ser nuevos barcos llegados de las colonias americanas, de los que todos desconocíamos su existencia. Ya era hora de quitarnos de golpe a los ingleses y arrancarnos esas sanguijuelas francesas que nos chupan la sangre. A ciencia cierta en la Corte habían recuperado la cordura y el miserable de Godoy debe de estar a estas horas colgando de algún madroño allí en la corte purgando de una vez todos los males que ha producido a la patria. – dijo el brigadier Churruca comandante del San Juan Nepomuceno.

El AV10A había retornado a la fragata, una vez agotó la munición del cañón. La mayoría de los barcos ingleses y franceses estaban ya fuera de combate, de modo que se ordenó volver también al helicóptero. Héctor comentó a Palacios que lo mejor sería retirarse mar adentro para que no les vieran claramente puesto que la lucha era cada vez menos intensa. Sobre las tres de la tarde la fragata Santísima Trinidad tomó rumbo suroeste y se preparó para recibir al helicóptero en su cubierta. Por suerte las dos aeronaves de que disponían compartían el mismo tipo de combustible, pero habían gastado ya la mitad del mismo, de modo que sería preciso racionarlo a partir de esos momentos. Una vez aterrizó el helicóptero, Héctor fue a hablar nuevamente con Palacios en privado.

– Lo que hemos hecho no será suficiente si la rebelión popular no estalla en Madrid. Los marinos creerán equivocadamente que España está otra vez en guerra con Francia, y Godoy puede sofocar sangrientamente su rebelión para calmar a Napoleón. Debemos asegurarnos de que realmente la revuelta se dispara, y la única manera es eliminar a Godoy y destruir los cuarteles franceses dentro de la ciudad de Madrid, así cuando los mensajeros lleguen con la noticia de la victoria naval, los constitucionalistas ya estén empezando a movilizarse. – dijo Héctor.

– ¿ Y como coño quieres que hagamos todo eso? – preguntó Palacios.

– Muy fácil, armamos al Harrier AV10A con todas las bombas incendiarias que pueda cargar, dame también el helicóptero y una unidad de asalto bien pertrechada. Y mañana Madrid amanecerá alzada en rebelión popular. – aseguró Héctor.

– ¿Sabes lo que te digo?, que de perdidos al río, elige los componentes de la unidad de asalto que necesites y yo hablaré con la capitán Garcés, espero que sepas lo que vas a bombardear, porque no me gustaría cargarme a alguien o algo que no debiéramos. – respondió Palacios.

– Tranquilo, los libros de historia siempre han situado de forma exageradamente clara la situación de los cuarteles franceses en Madrid. Como si alguien dejara un mensaje en el tiempo. De modo que Laura lo tendrá muy fácil, dile que venga, y le prepararé el plan de vuelo. – indicó Héctor.

La piloto Laura Garcés acudió nuevamente sorprendida a la sala de planificación. Héctor Lledó le explicó su plan; éste consistía en que él se introduciría con un grupo de asalto en el palacio donde dormía Godoy, eliminándolo después, y trasladando su cadáver hasta el paseo del Prado, donde lo dejarían colgado de un árbol. Posteriormente y aprovechando la noche, el helicóptero iluminaría mediante láser los cuarteles sobre los que Laura dejaría caer las bombas incendiarias, eliminando a una buena parte de las tropas alojadas en los edificios, teniendo en cuenta la efectividad del compuesto de fósforo que cargaba dichas armas, pocos franceses sobrevivirían. Por si acaso, las ametralladoras laterales del helicóptero barrerían a todos los soldados que pudieran salir de los cuarteles mientras se desarrollaba el bombardeo, y una vez terminado volverían hasta la fragata lo antes posible.

– No me parece un mal plan – dijo Laura- Pero debes de tener en cuenta que no tendremos suficiente combustible para la vuelta, y por allí dentro no hay muchas estaciones de servicio todavía en las que repostar.

– Ya había pensado en ello, por eso nada más anochecer, el helicóptero llevará previamente una carga de combustible que esconderemos en las afueras de Aranjuez, y volverá rápidamente para repostar y salir con el equipo de asalto. Si coordinamos bien el tiempo, podremos conseguirlo. – respondió Héctor.

– Si algo se tuerce, nos puede amanecer por el camino, y deberemos de evitar las zonas pobladas, pero no me parece mala idea. – indicó Laura.

Palacios se ocupó de que todo estuviera preparado. El helicóptero UH90 voló a la máxima altitud sobre la zona montañosa, para evitar las poblaciones mayores, y a unos veinte kilómetros al sur de Aranjuez depositó los bidones de combustible en un área despoblada.

Era la una y media de la mañana cuando el UH90 volvió a despegar de la fragata cargado con el grupo de asalto. Laura saldría tan pronto hubieran acabado en la casa de Godoy, dándoles tiempo de finalizar el trabajo. El viaje nocturno hasta Madrid no tuvo ningún incidente, ya que, “como era de esperar”, no había tráfico aéreo en el trayecto. Basándose en los mapas cartografiados y en lo que recordaba haber estudiado sobre los planos de la ciudad vieja, localizaron dentro del tiempo previsto el palacio del valido real. La guardia estaba en el exterior, y el helicóptero aterrizó en el patio interior para evitar miradas indiscretas, lógicamente el ruido que generó despertó a todo el mundo, pero al no saber ni ver que era lo que lo producía, nadie pudo enterarse de nada. Desgraciadamente tuvieron que abatir a la mayor parte de la guardia de Godoy, sus arcaicas armas nada pudieron hacer frente a las granadas de humo y los subfusiles de tiro rápido Star Z666. El favorito real agotado tras una larga sesión de ejercicio con la reina, traspasó la puerta de su alcoba en el momento que Héctor llegaba a su altura, sin pensárselo ni un momento, el capitán de la marina mercante lo puso patas arriba con un balazo del 7,62; acababa de eliminar a uno de los mayores traidores que España había echado a andar. El segundo de a bordo de la fragata Santísima Trinidad ordenó a dos de los miembros del comando trasladar el voluminoso cadáver hasta el UH90 y salieron de allí tan fantasmalmente como llegaron. El sonido del helicóptero despertó a muchos vecinos en su vuelo, pero al ser noche cerrada y volar sin luces de posición apenas pudieron adivinar su silueta dibujada en la oscuridad. Bajaron nuevamente en el paseo del Prado, y colgaron del árbol más alto que encontraron el cadáver del afrancesado. Según volvían a remontar vuelo, Laura les informó de su llegada, sin perder un instante, Héctor se dirigió al cuartel general francés en Madrid, y apuntó con el iluminador láser el edificio, que segundos después fue envuelto en llamas azuladas que acabaron con todos sus ocupantes. De esa manera, gastaron en cinco cuarteles franceses las cinco bombas incendiarias que transportaba el AV10A, quedando con sus reflejos parcialmente iluminado por los incendios el cielo de la capital. Aún se entretuvieron liquidando las monturas de los escuadrones de dragones de caballería, para quitarles a los invasores su arma principal, y poco antes de comenzar a despuntar el alba llegaban al punto de reaprovisionamiento. Usaron una pequeña bomba eléctrica para traspasar el combustible de los bidones a los depósitos del avión primero y el helicóptero después, y tomaron el camino de vuelta ya amanecido. Optaron por volar a máxima altitud para evitar ser descubiertos, mientras tanto Laura se adelantó para llegar lo antes posible a la fragata y no apurar la reserva de combustible volando a la misma velocidad que el helicóptero. Cuando el equipo de asalto aterrizó, la capitán Garcés ya se había duchado y estaba desayunando placidamente.

– Bien, ¿y ahora que?.- preguntó Palacios.

– Ahora tenemos que desaparecer, es mejor que no descubran nuestra fragata, ya que está gravemente contaminada por radiación, y nosotros también seríamos un peligro para cualquiera. – respondió Héctor-

– ¿Dónde podríamos escondernos hasta que nos llegue la hora? – pregunto la oficial de armamento-

– Siempre quise viajar a Bora Bora, en esta época, siguen deshabitadas muchas islas de Polinesia, ¿qué os parece?. – dijo Héctor.

– Bueno, es una forma de acabar con estilo. – respondió Laura.

– Me parece un sitio estupendo, allí podemos escondernos y programar el hundimiento de la Santísima Trinidad para cuando el ultimo de nosotros deje este mundo, de modo que , proa al sur señores…

EPILOGO.

Ante los levantamientos del 22 de octubre de 1805 en Madrid y la previa rebelión de la flota española tras su victoria frente a la inglesa en el cabo de Trafalgar, el cardenal Luis Maria de Borbón, desde la diócesis de Toledo, animó a los simpatizantes liberales D. Cayetano Valdes y Flores Bazan, D. Álvaro Flórez Estrada y D. José María Calatrava a proclamar la independencia frente al invasor francés, y elaborar una constitución de tintes liberalistas. Apoyados por la sublevación que se produjo en el sur de la península tras la gran victoria naval, y la recuperación total de Madrid por las tropas españolas el día 30 de octubre de 1805, la guerra se extendió como la pólvora por todo el país, saliendo por los Pirineos el último soldado francés el ocho de febrero de 1806.

La flota española, tras recuperar su autonomía y capturar un total de veinte barcos entre ingleses y franceses, modificó su actitud frente a los corsarios británicos, logrando alcanzar con los ingleses la paz de Gibraltar en 1810, año en que la colonia inglesa volvió a manos españolas.

Las cosas habían empezado a cambiar …