El poto de la hormiga

Recoger los granos de azúcar, seguir la huella, tocar las antenas con las que vienen y mirar el poto de la hormiga antecesora, poto que a su vez es guiado por el bamboleante y seductor poto anterior. Todas ligadas a la fila como eslabones de una zigzagueante cadena, fusión que perdura mientras se acata, porque en todo sistema movible y precario siempre surgirá una de miles que se aísla y despierta. La hormiga despabilada ve el camino más allá del azucarero, respira y se interna por un sendero desconocido del jardín. Apura el tranco, corre, por primera vez ríe y cuando está a buena distancia salta, baila y canta. Imita al viento, se arroja en la hierba y rueda para sentir aquello prohibido: realizar lo improductivo, mirar las nubes pasar, cantar una melodía otoñal, girar y disfrutar con sus antenas del sol y la brisa tibia del atardecer.

Más tranquila, sentada y aún jadeante, piensa. Por un instante le abruman el compromiso abandonado y la responsabilidad esclavizante, pero al disfrutar de la hierba los sentidos le otorgan la razón, sus ojos miran donde quieren y el tiempo por primera vez es suyo. Se ríe, ya no hay potos que seguir. Cierra sus ojos y se duerme bajo los faroles que poéticamente bautiza con el nombre de estrellas.

Así pasa los días con letargo y descubre el ocio saludable, hasta que una mañana el hambre le habla desde el estómago y decide cultivar la tierra. Busca un terreno y en el valle planta lo que más le gusta: un viñedo y un trigal. Lo cuida, trabaja, come y antes que llegue el invierno construye su hogar. Sobre una loma diseña una cabaña con madera de roble. La construye con viga a la vista, ventanales grandes, chimenea de piedra y sobre el tejado instala una veleta negra con la forma de una bruja montada en su escoba.

Entonces, se levanta todas las mañanas para respirar esa libertad y un día, caminando por su tierra, descubre los cantos de los pájaros y esa melancolía en los oídos le advierte de la soledad. Pero confía en su nueva vida, en su juventud, y en un paseo matutino descubre a la muchacha del río, esa de cabellos dorados y cuerpo esbelto. Le sonríe a la distancia, se aman con fiereza, se casan, son felices y luego de muchas primaveras llegan los hijos. Es natural, disfrutan viéndolos crecer y los educan. Estudiar genera gastos, pero ellos tienen un hogar, son felices, poseen tierras y el trabajo no les falta. Lo hacen a su propio ritmo, son libres, no se encadenan a otros y eso es precisamente lo que les permite la diversión. Así ingresan a un club y los amigos crecen, la familia aumenta, la cabaña se hace chica y los recursos escasean. Pero tienen su tierra y como solución vende la propiedad.

A pesar de los inconvenientes deciden mantener su felicidad y compran un vehículo a crédito, en su nueva manera de pensar descubren que la vida también se construye de sacrificios. Trabaja el automóvil durante cinco años y lo cambia por una camioneta porque la mujer que ama desea un futuro más seguro. Y él acepta, la felicidad tiene su precio y bien vale la pena pagarlo. Vende la camioneta porque necesita comprar un camión.

Y los días no pasan en vano, los años hacen mella. Un día cualquiera se dirige a la capital, toma la carretera y al llegar se pierde en la ciudad. Ya está viejo, le cuesta pensar, los clientes esperan. Dobla por la avenida y toca la bocina. Es tarde, en la fábrica le llenan el container y se aleja de la Azucarera Nacional. Para volver sigue a los demás, enfila por la calle principal, entra por el túnel y se saluda de antena con antena con la hormiga que viene. Vuelve a la fila para no crear taco. Y para no extraviarse le mira el poto a la hormiga antecesora. Se encadena a esos ritmos, al bamboleo seductor, a la seguridad rimbombante y mal definida por todos como madurez.

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