El orgullo de ser Villarreal: Episodio 2

30 de Noviembre, 2007

Episodio 2: El cáliz de la maldad

A Lira le hubiera gustado dejar muy bien arraigada esa idea en el noble y completamente inocente corazón del niño, y en parte lo logró, mas no como ella hubiese deseado. En el pequeño corazón de Daniel sólo había bondad y sentimientos buenos. Él no era capaz de odiar a alguien. No sabía ni el significado de la palabra orgullo, soberbia o humillación ni entendía por qué, pues, trataba alguien tan querido como su hermana mayor de inculcarle algo con lo que él no tenía que ver. Por su mente de repente pasaban travesuras típicas de cualquier niño, pero nunca con la intención de hacerle mal a alguien.

Ahora bien, el suceso del lodazal quedó enterrado en el mismo lodo, y no volvió a pelear, así los siguientes años pasaron casi desapercibidos para Lira, quien se dedicó de toda gana a la escuela. Le fue bien, siempre había tenido notas sobresalientes y la señora Ma. Clara se sentía orgullosa de ella, tanto que, al entrar en la secundaria la colmó de lujos que creía tenía bien merecidos. Muy pronto consiguió algo más que sus amigos, era además la adoración de los maestros. Si alguien se la ganaba, bien podía ser la persona más agradable del mundo, un encanto de mujer. Pero desdichadamente el orgullo creció junto con ella, sobretodo porque a la edad de catorce años gozaba de lujos que no todas las chicas de su edad pueden tener, tales como: dinero par compara cuanto se le antojara, ropa costosa, joyas, teléfono celular a la vanguardia y hasta una motocicleta de las más cotizadas.

Tenía aparte de todo, numerosas cualidades físicas: tenía un cuerpo esbelto y hombros gráciles, medía aproximadamente 1.65 m, sus pechos estaban erguidos y pronunciados, su cintura estrecha y curveada, su cadera a la medida exacta para no verse gorda ni flaca, sus brazos y piernas eran largos y fuertes y sus muslos voluminosos. Su piel aperlada le sentaba muy bien al negro de su cabello, que le colgaba en abundantes bucles a la altura de la cadera. Bajo sus larguísimas pestañas asomaban unos grandes ojos azules envidiablemente expresivos, su nariz fina y respingada estaba salpicada junto con sus mejillas del número exacto de pecas, ni una más ni una menos, sus labios gruesos y levantados parecían un botón de rosa a medio abrir, lo cual le sumaba mucho atractivo a su cara.

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