El hombre equivocado
El hombre equivocado
por Rafael Hernández
Tal vez no he sido quien debiera ser. Planímides me dijo que la certeza absoluta era infinita y que no estábamos en la Tierra para acertar sino para desacertar, era nuestro destino.
Sin embargo nunca le hice caso a sus tesis, me creía superior a él y por lo tanto obré en consecuencia a mis pensamientos…Así me fue.
Tal vez no he sido quien debiera ser. Planímides me dijo que la certeza absoluta era infinita y que no estábamos en la Tierra para acertar sino para desacertar, era nuestro destino.
Sin embargo nunca le hice caso a sus tesis, me creía superior a él y por lo tanto obré en consecuencia a mis pensamientos…Así me fue.
Siempre he sido impulsivo, ello me valió grandes victorias y humillantes derrotas en los campos de batalla y del amor.
Jugué a una sola apuesta, verdadero o falso, frío o caliente, blanco o negro. Ello me correspondió los calificativos de valiente, temerario, audaz, intrépido… insensato, demente, desquiciado.
Es interesante ver como varían los adjetivos acorde al resultado de nuestras venturas.
En el año III de nuestro Emperador Augusto, se me encomendó el resguardo de la frontera Oriental, al mando de dos legiones.
El límite del Imperio estaba marcado a fuego por la naturaleza, ya que un inmenso desierto nos separaba de las tierras ignotas, otrora conquistadas por Alejandro de Macedonia y abandonadas a su suerte inmediatamente después de su muerte.
Nuestro enemigo era inexistente, hacía años que ningún ejercito nos amenazaba desde esa posición. Eso desmotivaba a mis hombres. Los desmoralizaba. Estaban preparados para la guerra y ese inmovilismo los tenía perplejos.
Algunos habían empezado a abandonar su apariencia militar y tenían el aspecto de rubicundos civilachos. Ello me enardecía.
Decidí tomar riendas en el asunto y aprestarme a una maniobra de recuperación de la moral perdida.
Comencé por reiniciar los ejercicios matinales junto con la tropa durante la mañana. Por la tarde realizamos marchas forzadas alrededor del campamento hasta dejar exhaustos a los hombres y remataba por la noche duplicando las guardias.
Quien no se ajustaba a mi férrea disciplina era castigado sin piedad.
Llevaba un par de meses con esta rutina cuando noté que mis propios oficiales comenzaban a dudar de mis aptitudes de mando.
Fue cuando decidí apostar por el todo o nada y planifiqué la conquista de los territorios alejandrinos. Si triunfaba, no solo habría acrecentado los límites del imperio, sino que además, dicha victoria me abriría las puertas de la grandiosa Roma. Sería recibido como un héroe y se celebrarían fiestas en mi honor. Tal vez, quizás, sería reconocido como heredero del imperio.
Si fracasaba…ni lo pienso.
Partimos a la semana siguiente, bien pertrechados de provisiones y de agua.
Nos internamos en el desierto y para no perder el rumbo, fuimos guiándonos por un sistema de referencia ideado por mí, que ya había puesto en práctica en anteriores expediciones en las campañas de la Hispania y en las Galias.
Mis convicciones de infalibilidad me motivaban a emprender tal desesperada gesta. Confiaba en los métodos que empleaba ya que eran el producto de experiencias anteriores.
Si bien el calor era agobiante, estaba convencido que atravesaríamos el desierto en un par de semanas, de acuerdo a viejas cartas y mapas confeccionados por los generales macedónicos. Pero al cabo de tres semanas, comencé a preocuparme al igual que mis oficiales, dado que los recursos se agotaban y en especial el agua.
Según mis cálculos ya deberíamos haber atravesado el desierto. Pero en el horizonte no se vislumbraban más que rocas, pedruscos y arena.
En un intento desesperado intenté verificar el motivo de nuestra agonía. Volví a hacer el camino inverso, guiándome hacia el hito anterior y para mi consternación y estupor comprobé que existía una desviación del rumbo apreciable.
Estudié durante toda la noche siguiente el motivo del mismo, ya que nunca me había ocurrido antes y no atinaba a atribuírselo a un error de mi sistema de referencia. Otro debería ser el motivo de tal macabro acontecimiento.
A la madrugada llegué a la triste conclusión que mi único enemigo, mi peor enemigo, me había vencido. El sol inmisericorde, desviaba los rayos de luz que recibía la óptica de puntería haciéndome apuntar mi instrumento al lugar equivocado y por consiguiente, desviando mi ruta, trazando en vez de líneas rectas, arcos de circunferencia. Pero ya era demasiado tarde para corregirlo, estábamos perdidos y a la espera de la muerte.
La certeza de que dicho sistema era infalible fue el motivo de mi fracaso. Tal vez debí escuchar mejor a mi consejero. Tal vez no debí pecar de soberbia. Tal vez no era un Magno, sino un mediocre que pasaría a la historia como el imbécil que sacrificó dos legiones del imperio por pura codicia de poder.
He aquí arrodillado ante mi muerte y los buitres revoloteando sobre los cadáveres de mis hombres y el mío propio.
Que final mas oportuno de quien pretendió ser quien no debía…

