Misterio, Relato

El fantasma del sótano, tercera parte

Por , en 14 de agosto de 2009

Cuando volví hacia la niña ella ya no estaba, seguramente se había escondido bajo la cama; de no ser porque existía algo más requiriendo mi atención la hubiese buscado nuevamente, pero ahora debía volver a mi habitación y sorprender al intruso. Me apresuré a salir y, estando en el corredor vi como la dueña de la pensión salía de mi cuarto, sin darse cuenta de mi presencia; enseguida entré en mi habitación, a simple vista todo estaba en orden, aunque era necesario revisar minuciosamente. Al terminar dicha revisión nada hacia falta; me pareció muy extraña una invasión a mi privacidad sin motivo aparente.

Estando parado junto al sofá me sentí débil, desprovisto completamente de energías; una sensación de vacío más profunda y total que el hambre se extendía en mí, como si cada órgano y hasta mi piel ansiasen ser llenados. Al cabo de unos minutos un intenso frío me invadió, el cual no desapareció por más acurrucado y abrigado que estaba, en busca de calor; el frío parecía brotar de mi interior; no obstante, mi cama conservaba su tibieza, como si mi helado cuerpo no estuviese sobre ella.

- ¿Acaso había contraído una enfermedad?
- Probablemente me contagió una de las personas del autobús en que viaje.
- O, quizá la enfermedad estaba en el ambiente de la pensión; seguramente, estaba en mi cuarto, y entró en mi organismo cuando hacia la limpieza.

Al hallar una explicación para mis dolencias me sentí tontamente satisfecho, aunque tan solo fuese por un momento; pues, el tétrico sonido de aquel violín volvió, ahora con más fuerza, más desagradable; no importaba cuan fuerte oprimiese mis oídos con la palma de mis manos para evitar el sonido, éste seguía llegando a mi, volviéndose perturbador; maldije una y otra vez al responsable de esa música; a pesar de desconocer su identidad; me desesperé e irrité tanto, que llegué a lanzar varios manotazos al viento tratando descabelladamente de golpear la música; exhausto, me acosté boca abajo poniendo la almohada sobre mi cabeza y dejé mi brazo derecho colgando del borde de la cama, empecé a moverlo hacia adelante y hacia atrás como un péndulo, podía tocar el borde de las sábanas cercanas al suelo; en una de esas idas y venidas mi mano golpeó algo bajo la cama, intrigado desplacé mis dedos sobre el suelo, al hacerlo sentí el borde de lo que parecía ser un libro.

- ¿Sería acaso otro inútil cuaderno de música?

De inmediato lo saqué, al levantarlo vi su cubierta, no tenía titulo alguno, se parecía mucho al otro, al abrirlo hallé las primeras páginas en blanco, nuevamente frustrado y molesto encontré plasmado en sus hojas más allá de la mitad pentagramas con notas musicales. Permanecí largo rato con mi cara pegada al colchón y con el libro en mi mano apoyado contra el piso; involuntariamente dirigí mi mirada hacia el mesón de la cocina, desde la posición en que estaba lograba ver bajo el mismo, desconcertado noté que el cuaderno lanzado allí hacia mucho tiempo atrás no estaba, me levante un tanto tambaleante y me puse de cuclillas para buscar bajo el mesón, sin hallar nada, el significado de esto resultaba obvio, se trataba del mismo cuaderno. Por más esfuerzos que hice, no lograba recordar el momento cuando devolví aquel cuaderno a su lugar.

- ¿Acaso mi enfermedad había causado una laguna en mi mente?
- Si claro, no solo me causo una laguna; sino también, era la responsable de mi debilidad.

Pero, y si había sido de la dueña de la pensión quien puso en cuaderno de vuelta bajo la cama cuando entró en la habitación…si, ella lo hizo, y seguramente se encargo de descomponer mi reloj, lo más probable es que lo halla echo cuando corrí las cortinas y me acosté a oscuras, claro…ella pudo entrar y descomponerlo sin que yo me diera cuenta.
- Pero… ¿Por qué lo hizo?

Yo tenía razón al considerarla una loca, pero ya no lograría confundirme más. Aún con el cuaderno en la mano fui hasta la ventana y lo arrojé a la calle, luego tomé el reloj del sofá y con gran fuerza lo lance contra el piso destrozándolo por completo, y dejando sus fragmentos esparcidos.

- Ahora ya no podrá jugarme otra mala pasada.

Me dije a mi mismo con una sonrisa maliciosa. Hasta ese momento había conseguido olvidarme del sonido del violín; pero éste retorno con más bríos, como si el violín estuviese cada vez más cerca de mi, produciendo un chillido o un lamento que taladraba mis oídos. Enfurecido por el detestable concierto, decidí bajar al sótano, de donde parecía provenir, para darle fin de cualquier manera. Salí del cuarto y bajé velozmente las escaleras hacia el primer piso de la pensión, tras cada ágil paso el rechinar de los escalones era nulo, a pesar de la fatiga descendí con tal facilidad como antes no lo logré, debido a la dantesca fuerza que impulsaba mis acciones, la ira se había apoderado de cada milímetro de mi ser, la excitación llegó a un nivel insospechado, capaz de transformar a un hombre tranquilo y amable en un completo desquiciado, con la perspectiva de cometer la peor de las atrocidades sin inmutarme en lo más mínimo y sin detenerme un solo instante a pensar en las consecuencias, la fatalidad sonreía seductoramente tomada de mis parpados, como un niño se aferra a las manos de su madre, un frío y erizante ambiente se apoderaba del lugar; al llegar a la puerta del sótano me detuve un instante, pues la música era insoportable, tanto que por un momento me sentí desfallecer; pero no me lo permití, mas continué adelante; con un fuerte empujón abrí la puerta del sótano, realmente no esperaba ver lo que allí vi…, no había absolutamente nada ni nadie en el lugar. Con un gesto de aflicción y mirada perdida avance contando mis pasos.

- ¡¿De dónde sale la música?!

Grité una y otra vez sin escuchar ninguna respuesta. Empujado por un sentimiento profano anhele o más bien esperé recibir una respuesta, de quien otro, sino del músico que algún tiempo atrás se había suicidado en ese lugar, sólo él podría ser el responsable del trágico concierto; insistentemente le exigí contestar, inclusive en mi desesperación me postré rogándole hacerlo; sin embargo, no recibí replica alguna que diera consuelo y reposo para mi dolor, el cual rebasaba ya los límites de mi mente, llegando al punto de lo inimaginable. Caminé por todo el lugar lamentándome con tal vehemencia que, el ágil movimiento de mis pies parecía hacerme bailar con la música; la estética de mi rostro se atrofió debido a mi amargura, y a un par de lágrimas que parecían rodar eternamente por mis mejillas, resistiéndose a caer; fui embargado por la mayor confusión, imposible de lidiar.

- ¡Ya basta! ¡Basta maldita sea! ¡Basta!

Fueron esas furibundas exclamaciones resonando entre las paredes y el piso, como el eco de una explosión dentro de una cueva. La música cesó dejándome en un silencio sepulcral; luego de un instante, me di vuelta hacia la puerta disponiéndome a salir, en ese preciso momento pude verlo; estaba vestido de negro, con el rostro ensombrecido y la mirada decaída, parado en un rincón sujetando el violín con su mano derecha y apoyándolo sobre su hombro, el brazo izquierdo lo tenía completamente extendido hacia el piso, sujetando entre sus dedos el arco, como si se tratase de la prolongación de su mano; no me dijo nada, ni siquiera me miró, tan solo se mantuvo allí en su rincón, quieto como una estatua. No dude en correr a la puerta y salir apresuradamente con dirección a mi cuarto. Al llegar a mi habitación cerré la puerta también como pude y me senté en el suelo bajo la ventana para vigilar desde allí la entrada, temeroso de que el fantasma del músico quisiera atormentarme por irrumpir atrevidamente en su recinto.

Después de un largo tiempo allí sentado mi garganta estaba seca como un desierto; estiré mi mano para agarrar el vaso con agua que había dejado antes sobre el borde de la ventana, pero no estaba; al ponerme de pie descubrí que tampoco estaban los fragmentos del reloj en el piso.

- ¿Habría entrado nuevamente en mi cuarto la dueña de la pensión para disponer de las cosas? ¿A qué se debía su afán por complicar mi existencia?

Desesperado por mi situación, me lancé sobre el suelo encogiendo las rodillas y abrazándolas contra mi pecho con mis temblorosos brazos, escondí mi rostro y cerré mis ojos en un patético estado fetal, deseando estar en otro lugar, estar en casa junto a mis padres; ansiaba librarme de mis males, aunque sentía en mi corazón una dura realidad cada vez más cerca.

Varias horas más tarde, y luego de un ficticio sueño pues infructífero era mi cuerpo para el descanso; estaba desorientado y asustado, cómo no estarlo si extrañamente olvide en dónde estaba y hasta quién era. Invadido por el desconcierto eche un vistazo por la ventana, u presencié con prudente felicidad el ocaso; un vago anhelo por la llegada de la noche me hacia pesar que ese era un síntoma de mi regreso a la normalidad. Al mirar hacia adentro de la habitación un panorama opaco y borroso anunciaba estragos visuales, mis ojos febriles e irritados palpitaban amenazaban con salirse de su órbita.

- ¿Cuánto más debía soportar? ¡Cuánto más!

NI bien terminé de preguntarlo, cuando volví a escuchar el sonido del violín; intenso, tétrico y doloroso, no había límites para la fatalidad; sentía como si fuertes manos subyugasen mi alma , asfixiante música desdeñaba todo mi ser cual odiosa letanía fustigando mis oídos, como buitres las negativas energías sobrevolaban mi cabeza y acorralaban mi esperanza, la salvación se esfumaba y el dolor abundaba en mi en mi interior desbordando los ríos de locura, ahogando mis sentidos, y naufragaba yo en un mundo vacío, humillado por el peso del ayer.

- ¡Preferiría estar sordo, cuando menos así podría evadir el tormento! Es más ¡Preferiría estar muerto, así podría escapar de esa música!

Había llegado a mencionar esa palabra tan dura, la cual la mayoría de las personas trata de evitar, aunque eso sea tan tonto como tratar de evitar la realidad. Llegué a ansiar mi muerte, pues tontamente creía, esa sería mi única salvación ante tan cruel tortura.

Sintiendo haber perdido algo, me puse en pie y fui hasta la alacena, sin saber por qué abrí las puertecillas y quedé desconcertado al no hallar nada, abrí el refrigerador , y el resultado fue el mismo, no había nada en absoluto, todos los víveres comprados no estaban; con cierta sospecha en mi mente me dirigí hacia la cama, levanté el borde de las sábanas, y en efecto, allí estaba el cuaderno de música; solo hasta ese momento me percaté, mi reloj estaba intacto sobre el mesón.

Una fuerte brisa entró por la ventana sacudiendo la cortina, pero al acercarme no sentí ni una mínima ventisca.

- ¡No lo podía creer; en ese momento al fin recordé!

La ingrata y tardía memoria volvió apiadándose de mi dolor. Ahora podía recordar absolutamente todo; yo me detuve en la vereda frente a la pensión para cruzar la calle, ahí fue cuando escuché el ruido del automóvil acercándose; al ver a la niña en la calle a punto de ser atropellada, grité tan fuerte como pude, luego corrí para salvarla, llegué hasta ella y la abracé, ambos nos miramos; con esa mirada nos dijimos uno al otro adios, fue tan solo por una milésima de segundo, un fugaz momento y luego la oscuridad; sí, ahora recuerdo todo, y no sé cómo pude olvidarlo.

Frente a la ventana veo como el día huye espantado por la noche; tanto ansiaba la llegada de la noche, como quien ansia la gloria, y ahora que esta inunda el cielo siento que me ahogo, detesto su presencia, pues la siento como un yugo; por eso anhelo el amanecer, el día y su luz, desgraciadamente, yo ya no puedo ver la luz. Como una sombra me deslizo en la oscuridad, volviéndome parte de ella; de nada vale resistirme, ella y yo somos uno solo, somos ausencia y soledad.

Como una fiera poseída por la ira y la envidia me poso vigilante en mi ventana; desde allí miro a todos, miro la vida, a los infames dichosos bamboleándose por las calles presumiéndome su existencia.

- Yo ya no existo, muerto estoy; aquí sólo, solo vivo mi muerte.

Más que un pensamiento, conservo la certeza, ésta noche será eterna para mi. Llevo años de pie frente a mi ventana mirando hacia afuera, y hasta hoy sigue siendo de noche. Se bien que busque tanto la verdad; pero, cuando la encontré no fui capaz de confrontarla, y menos aún de aceptarla.

- Tras las puertas del final la muerte es un fruto sin sabor, y la existencia invisible huella o mancha sin color.

A Quien corresponda.

ATT-QUIEN EN VIDA FUÉ

R.A.S.

Diego Roberto Canchingre Corozo

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