EL EXTRAÑO

La máquina emitió un silbido a través de la bocina y se detuvo exhalando todo el vapor de la caldera en una espesa nube blanca. La jornada laboral había llegado a su fin. Pitman, cubierto de grasa, surgió de entre los engranajes y bajó por el dentado para entrar junto a sus compañeros a las duchas de descontaminación. Algo más tarde, los obreros de la fábrica, flanqueados por los policías de hojalata que vigilaban las calles armados con sus porras eléctricas, partieron hacia la taberna con gran algarabía y allí pidieron una ronda de cerveza Ale bajo la imperturbable mirada del gran reloj de la torre.

No habían terminado de tomar la penúltima pinta cuando sonó la segunda sirena, en la que las chimeneas de las fábricas enmudecen y el frio polar permanente de los campos helados se adueñaba de la gran urbe. Era hora de marcharse, pues cuando la capa de contaminación que envolvía la ciudad se atenuaba, los hambrientos osos polares que habitaban en el páramo entraban en la ciudad, devorando cubos de basura y todo aquello que estuviera a su alcance. Pitman salió del bar y se adentró por las calles del viejo barrio. Era de noche. La niebla había llegado y con su aliento anegaba el corazón de la ciudad.

La sombra de un borracho surgió del callejón. El borracho, apoyado en la esquina de la calle, se le quedó mirando mientras caminaba frente a él. Pitman lo observó de soslayo con aparente indiferencia, si bien un escalofrío recorrió su cuerpo cuando advirtió en el cristal de sus gafas de aviador un extraño reflejo. Una especie de brillo lunar semejante al que produce la mas extrema de las locuras.

Pitman continuó andando. Al llegar a la gran avenida, el resplandor de las luces de neón de los comercios le hizo olvidar sus compromisos familiares. La cadencia en sus pasos disminuyó y se detuvo frente al escaparate de una tienda. De pronto se sintió libre. Feliz por poder escaparse un instante de la rutina diaria. Pero esa sensación duró poco tiempo.

Ante él, en el escaparate, el reflejo del borracho que había visto en el callejón le miró con expresión de sorpresa. Al ver la imagen, Pitman dio un salto hacia atrás. La imagen del cristal imitó su gesto. Pitman , sorprendido por la burla de la que era objeto, enfureció y golpeó el cristal del escaparate, hiriéndose la mano. El vagabundo del escaparate también tenía la mano herida.

– Diablos. ¿Desde cuando llevo yo manoplas?

Instintivamente, corrió hacia su casa. Un estrecho edificio de dos plantas, adosado a una fila de innumerables casas idénticas, que estaba construido con pequeños ladrillos rojos y con verjas de metal oxidado forjadas en puertas y ventanas. Al llegar, rebuscó nervioso entre los bolsillos pero no encontró las llaves. Irritado, llamó a la puerta con grandes voces. Hilda, su esposa, salió a abrirle. Llevaba el camisón rasgado y el carmín corrido. Su pelo se encontraba alborotado y olía a sexo. Pitman quiso tocarla, pero ella se apartó.

-¿Con quién estabas? ¡Responde o te mato!

Pitman zarandeó a la mujer, paralizada por el terror. Mientras lo hacía, una voz masculina que procedía del interior de la casa llegó a sus oidos.

-¿Quién es, cariño?

Una sensación de angustia se apoderó de él. Apartó a la mujer de un golpe y entró en la casa. Ante él, al pié de la escalera que conducía al dormitorio, se hallaba su propia imagen, aún a medio vestir, mirándole desafiante.

– Márchese ahora mismo o tendremos que llamar a la policía

Pitman introdujo la mano en el bolsillo de su raído abrigo encontrándose allí con el mango de una navaja. La asió maquinalmente. Su propia imagen le gritaba amenazadoramente mientras la mujer salía a la calle y a gritos llamaba a la patrulla de policías hojalata que se encontraba de ronda. Se abalanzó sobre el extraño con ira ciega y sin darle tiempo a defenderse le clavó la navaja una y otra vez. El extraño cayó al suelo con una fúnebre sonrisa en los labios. La sangre manaba por todo su cuerpo y la vida, fluyendo junto a la sangre escaleras abajo, se le escapaba como un pájaro que irremisiblemente emprende el vuelo.

– No es posible- musitó. –Me he matado a mí mismo.

No tuvo tiempo de huir. Mientras caminaba de espaldas hacia la puerta de la casa, dos guardianes de hojalata que habían acudido junto a la muchedumbre le propinaron una potente descarga eléctrica. Le esposaron entre los gritos de terror de la mujer y le trasladaron al furgón policial en medio de la curiosidad del vecindario

El juicio fue breve. El caso no ofrecía demasiadas dudas. Pese a la alegación de locura del abogado de oficio que asistió su caso, su señoría el juez se mostró implacable. Pitman sería conducido al páramo, para ser devorado por los osos polares junto con los jubilados excedentes de la seguridad social. A última hora, el reo perdió los nervios:

-¡¡Noooo…!! ¡Están en un error! ¡Soy el sargento Smith, de la quinta brigada!. ¡Por favor, deténganse! Me llamo Peter Smith. Nací en Oakland. Quiero ver a mi madre. Nooo!.

Las zarpas de un oso hambriento acabaron con su vida para siempre.

El sargento Jones de la quinta brigada encendió las luces de la sala de espera de la comisaría, encontrándose a Smith contemplando el páramo a través del balcón con expresión ausente.

– Hola, Smith. ¿Qué haces en este lugar a oscuras?.

– Nada, Jones. Simplemente me preguntaba por qué la gente no se tomará la vida como un juego. Como un instante en el presente, sin pasado ni futuro, en medio una existencia dominada por las reglas del azar y del cambio en la que uno puede ser víctima o verdugo, personaje tanto de una tragedia como de una comedia, según la conveniencia de un misterioso autor cuyos designios gobiernan nuestras vidas.

– ¡Caramba, Smith! ¿Tú con filosofías?. No pareces el mismo cuando hablas de ese .modo. Vamos. El jefe te anda buscando….

Las dos voces se perdieron en el pasillo……