El eternauta

“…Bienaventurados los mortales, porque de ellos será el reino de los cielos.” (R. A. H.)

El anciano rey Gilgamesh, tirano infame de Sumeria, buscó toda su vida la fuente de la eternidad. Se consideraba un dios al que solo le faltaba el don de la inmortalidad.
Muchas batallas había librado, conquistado lugares lejanos. En todas ellas sembró el terror de los saqueos, las violaciones, la esclavitud y la muerte…

El eternauta

“…Bienaventurados los mortales, porque de ellos será el reino de los cielos.” (R. A. H.)

El anciano rey Gilgamesh, tirano infame de Sumeria, buscó toda su vida la fuente de la eternidad. Se consideraba un dios al que solo le faltaba el don de la inmortalidad.
Muchas batallas había librado, conquistado lugares lejanos. En todas ellas sembró el terror de los saqueos, las violaciones, la esclavitud y la muerte.
A muchos ancianos torturó sin piedad tras la respuesta de saber donde se encontraba el agua prodigiosa.
Ya en sus últimos años de vida, cuando su desesperación por la vida perpetua le hacía perder el sueño y sufrir convulsiones de ira y amargura, apareció ante él un anciano de edad irreconocible, quien le comunicó a través de un manto de arrugas, la ubicación exacta de la fuente de la vida.
Desconfiando tal vez, que dicho anciano ya hubiese probado del néctar de la eternidad y que tal despojo humano sea el castigo por la soberbia de querer ser un dios, cogió una lanza y atravesando el corazón del viejo, lo inmoló. Al comprobar la muerte de éste, sintió una gran satisfacción que brotó de su garganta como una carcajada grotesca.
Al día siguiente partió sólo con su caballo en busca de su merecido destino.

Gilgamesh se detuvo ante la mágica transparencia del agua cristalina y dudó. Un fuerte estremecimiento le embargó todo el cuerpo y pensó si aquello, no sería una trampa para los mortales ambiciosos de pretender poseer un estado solo reservado a los dioses.
Tomó con su casco un poco del líquido elemento y se lo ofreció a su caballo. Éste, agotado por el andar de un largo día, bebió.
Lo observó detenidamente para ver los efectos de la inmortalidad en su animal, pero nada ocurrió en apariencia. La bestia tenía los mismos rasgos de siempre, incluso su triste mirada equina.
Entonces Gilgamesh se apartó un poco del caballo, sacó lentamente su espada, la levantó arriba de su cabeza y descargó con todas sus fuerzas un fuerte golpe sobre el cuello del animal, desgarrando limpiamente su testa.
Esta rodó a sus pies y para su sorpresa, la bestia siguió erguida, moviendo su larga cola y dando pequeñas coses contra el suelo.
Ante tal espeluznante espectáculo, habiendo comprobado las bondades del agua divina, cogió su casco y bebió…

—o—

No existe el tiempo humano, solo el sideral. El Sol se ha convertido en una estrella de las denominadas “gigantes rojas”, a punto de eclosionar en una estrella muerta o agujero negro, luego de desprenderse del máximo de su energía vital, concentrando el resto en una masa de tamaño puntual y gravedad infinita.
Su radio de expansión casi araña a ese corpúsculo inerte, llamado la Tierra. En ella, todos sus gases de han escapado al espacio. Solo es un trozo de roca y polvo, próxima a ser parte de su amado astro padre, que otrora época, millones de años quizás, le prodigó de una fecunda vida.
Sobre su superficie solo se observan formas rocosas y sus sombras sobre el suelo polvoriento; producto de las últimas tempestades que asolaron la tierra antes de partir al éter del espacio y del impacto de otros cuerpos celestes que caen directamente sobre ella, inválida de su capa protectora.

También se observan las huellas perpetuas de un ser humano, acompañadas de un equino sin cabeza. Ellos igualmente que las rocas, proyectan sus sombras, sepultados en el infierno de la eternidad.

De Rafael Hernández

Ya hay 2 comentarios. ¿Quieres dejar el tuyo?

  • leandro miglio
    24 may 2010

    esta re buenísimo este libroooooooooooooo

  • leandro miglio
    24 may 2010

    te pongo 20000000000000000000000000 puntos +

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