Policíaca, Relato

El editor, primera parte

Por , en 26 de agosto de 2009

Tras su estancia con Julia en Lisboa, Federico intentó concentrarse en el trabajo. No fue fácil. A sus manos llegaban innumerables manuscritos de baja o nula calidad literaria que él debía evaluar para su publicación. Aquella mañana tenía en su mesa un texto extraño; freak o friki, como dirían sus hijos. María, una de sus mejores colaboradoras, se lo había enviado con el consabido informe: “Temática comercial, aunque con un estilo pobre. No se observa un dominio de las técnicas literarias y su valor narrativo es más que discutible. Otro producto del tipo simulacro de autobiografía”. Era una historia más de las tantas que llegaban a la editorial en los últimos años. En la era de la globalización se consideraba rupturista disolver las fronteras entre realidad y ficción, de tal manera que el lector se cuestionase si se hallaba ante una fábula o un testimonio biográfico. El truco era jugar con la confusión y convencer al lector de que estaba siendo espectador de una venganza narrativa poblada de seres que habían provocado afrentas y sufrimientos tan reales como las tormentas o los huracanes. Aquella novela era más de lo mismo; sin embargo, llevaba este extremo hasta sus últimas consecuencias. Una vez finalizada, el lector debía contactar con el protagonista en una dirección de correo electrónico y dialogar con él. El personaje principal, por boca del autor, continuaría ofreciendo datos sobre el relato, sobre situaciones comprometidas, sobre sentimientos que la disciplina del texto o el lenguaje narrativo, siempre incompleto, habían impedido expresar.

En términos comerciales no estaba claro si la novela podía ser un desastre o un buen producto. ¿Quién no había sentido cierta sensación de vacío al acabar una historia? ¿Quién no había querido alguna vez dialogar con el protagonista y prolongar esa extraña combinación de placer e inquietud que nos inunda cuando una narración toca a su fin, como si fuese el anuncio de la muerte, de la propia finitud? El deseo de dilatar el relato era una realidad tan universal como la insistencia en prolongar nuestra vida, nuestro protagonismo, nuestra existencia.

Federico divagaba en estas nebulosas mientras tomaba el primer café de la mañana. Debido al embotamiento matinal o a la necesidad imperiosa de un cigarrillo, su olfato comercial, certero en algunos momentos, no parecía prestarle la ayuda necesaria. Para resolver sus dudas releyó una vez más la primera página del manuscrito.

Estimado lector:
Esta narración no es una novela. Si empiezas a leer este texto hazlo hasta el final. No me vengas con compulsiones ansiosas o picoteos consumistas. No devores estas páginas como si fuesen cacahuetes o palomitas que luego defecas sin deglutir. Piensa que ésta no es una fábula elaborada para tu disfrute de consumidor, sino una demanda de ayuda. Si no te gustan las normas del juego vuelve a ver la televisión y sigue adocenándote. Si finalmente este relato se convierte en un libro y lo estás leyendo de pie en una librería, en un aeropuerto o quién sabe dónde y no estás seguro de lograr completarlo, no lo compres, no continúes; devuélvelo al silencio donde descansan los testimonios de tantos seres insignificantes.

Federico resopló con irritación. No tenía mucho tiempo y se estaba entreteniendo con un manuscrito absurdo, con toda probabilidad redactado por algún escritor novel desesperado que ya no sabía cómo llamar la atención. Tenía una reunión a las 11 con Joaquín, el director de promoción, y a las 12 la visita de Leandro Hull, un conocido escritor de novelas de asesinos en serie con gran éxito de ventas. Más tarde, a las cuatro, debía dar cuentas a la directora del grupo sobre el último ejercicio semestral. Sin embargo, y con sorpresa para sí mismo, siguió leyendo.

En cambio, si lees esta historia de principio a fin te ruego que envíes tus comentarios.. Ten la convicción que responderé a tus mensajes; aunque todo dependerá de mi ánimo, de si ese día dispongo de suficientes energías para levantarme de la cama, para comer, para conectar el ordenador, para leer, para escribir, para vivir. Es posible que el texto te agrade o por el contrario que me maldigas por haber perdido tu tiempo. Tu nivel de implicación dependerá, como es obvio, de tu propia vida. Algunas veces te sentirás identificado conmigo y otras encontrarás absurdo mi comportamiento. En ocasiones pensarás que mis vivencias no tienen lugar ni sentido en un mundo tan ordenado. Otras veces te sentirás en mi piel. Ese será tu papel, ser sin ser.

Federico oyó el timbre del teléfono. El sistema telefónico de nueva generación incorporaba un sonido metálico y cantarín que, sin saturar el ambiente, se hacía omnipresente. En aquel momento pensó que los cambios en la tonalidad de los timbres telefónicos mostraban muy bien el paso del tiempo. Antes el sonido era agudo e insistente, con intermedios de silencio prolongados que permitían fabular sobre el origen e intención de la llamada. Las películas de Hitchcock habían hecho un uso frecuente de este recurso, aumentando los intervalos de silencio y de esta forma el suspense. Ahora, en cambio, los timbres eran fríos y compulsivos; expresaban automatismo, premura y una emocionalidad congelada. Federico se sintió incómodo por distraerse en estas disquisiciones de buena mañana y por trasladar a los cambios tecnológicos sus propias transformaciones interiores y descolgó el teléfono. Respondió con un seco “¿si?”, pues una luz en el aparato le indicaba que se trataba de una llamada de la propia empresa.

-Federico -escuchó al otro lado-, Joaquín no podrá llegar a las 11 porque se encuentra en un atasco. Es por la manifestación contra la guerra. Me ha pedido que te informe.
- Bien, bien, de acuerdo Berta -respondió él. Pensó ¡Mierda!, pero no se atrevió a pronunciarlo. A veces tenía la sensación que la jornada se convertía en una carrera de obstáculos desde la mañana hasta la noche, cuando llegaba a casa y le esperaba un dulce hogar.

Hacía tiempo que su vida era anodina. En teoría su existencia era feliz, al menos según los cánones que le habían transmitido y que él mismo intentaba reafirmar ante los demás con sospechosa insistencia. Estaba casado con Laura y tenían dos hijos. Ella era profesora de literatura en un instituto y tenía más tiempo que él para cuidar a los pequeños monstruos. Los fines de semana iban a su pequeña casa en el campo, disfrutaban de sus hijos o salían a pasear por la playa. El apartamento de la Villa Olímpica en donde vivían ya estaba casi pagado. Hacía seis meses que había comprado el coche de sus sueños, un Mantra Aventure con tracción a las cuatro ruedas y un interior confortable con el que podía conducir por pistas forestales, cargar todo tipo de artilugios para las vacaciones o jugar al parchís en su interior. Los niños estudiaban en el Liceo Francés. Probablemente a los veinticinco años hablarían cinco idiomas, tendrían dos títulos universitarios y estarían preparados para afrontar el futuro laboral con éxito. Muy diferente había sido su formación, y la de Laura. Los dos eran licenciados en filología hispánica y se habían visto obligados a luchar como posesos para llegar a su estatus actual.

A menudo, Laura y él se habían sentido nadando contra la corriente junto a una multitud de diplomados con un título tan interesante como devaluado en el mercado de trabajo. Después de tanto esfuerzo Federico se sentía exhausto y vacío. Cuando llegaba a casa por las noches, Laura no cesaba de hablar de las necesidades de los pequeños, de las cortinas nuevas, de la compra del supermercado, de las estanterías que él debía instalar en el estudio el próximo fin de semana, de sus padres ya mayores y achacosos y de las próximas vacaciones. El hacía esfuerzos por mantener la conversación, pero generalmente se sentía demasiado cansado y apático para disimular. A veces le inundaba un deseo repentino de follársela en el sofá del comedor o en la cocina o en el pasillo, pero al final acababa venciendo el tedio.

La última vez que se la folló, en verdad no la última, pero sí la que guardaba en su recuerdo corporal, fue el último fin de semana, cuando recibieron la visita de los padres de ella. Durante aquella convención familiar, y mientras los niños insistían en matar a Bin Laden en el nuevo juego de ordenador, él la llamó desde el baño con la excusa que la cisterna no funcionaba. Cuando ella entró en el lavabo se miraron fijamente a los ojos. Él sabía que el buen sexo se elabora como la buena cocina, con suavidad y firmeza, con delicadeza y energía, con insistencias y sorpresas, con contención y desbordamiento. Federico deslizó la mano hacia su pubis y sintió la humedad y el cosquilleo del pelo crespo en la palma de su mano derecha y, en su reverso, la presión del elástico. Laura, visiblemente excitada, se bajó las bragas, él la subió a horcajadas y la penetró con fuerza. Bajó la tapa del water y se sentó con ella encima. La atrajo hacia sí cogiendo sus nalgas y moviéndose de forma acompasada mientras lamía sus pezones y besaba su cuello. Cuando llegó la descarga orgásmica, que por suerte fue simultánea, ella tiró de la cadena una y otra vez. Las endorfinas se desbordaron como el agua de la cisterna busca su curso natural. Volvieron a la reunión familiar disimulando con una conversación sobre la incompetencia de los fontaneros y la carestía de la vida. En la habitación, los pequeños monstruos discutían entre ellos por defender su turno de juego mientras una imagen animada de Bin Laden, con una herida en el pecho, veía con expresión de derrota cómo se desprendía su barba y su ropa. Bin Laden se quedaba desnudo, tapaba con sus manos su pene minúsculo y desaparecía corriendo por las montañas de Afganistán hasta que su figura era un pequeño punto en el horizonte.

En esta bruma de sensaciones y recuerdos se encontraba Federico cuando Berta entró en su despacho:

- Federico, Joaquín sigue en el atasco y me temo que el Sr. Leandro Hull se encuentra en la misma situación. Me acaba de llamar desde su móvil, pero se ha cortado la comunicación. He oído un sonido de fondo que parecía de unos manifestantes.
- Muchas gracias Berta, a ver si al Señor Hull se le están manifestando los serial-killers y no nos va a entregar su última novela.

La secretaria sonrió de manera forzada y él se arrepintió de inmediato de su estúpida broma. Quizá para huir de sí mismo dirigió su mirada al manuscrito y simuló leer con cara de hombre atareado.

- Bien, bien, Berta, mantenme informado -llegó a decir mientras la puerta ya dibujaba una ausencia.

Enfrente tenía de nuevo el maldito manuscrito y toda la mañana por delante, si es que no la tarde, porque Elda Afilador, la directora del grupo editorial, también podía “atascarse” en algún lugar insospechado. Dadas las circunstancias, podía optar por jugar al solitario en el ordenador, pelársela o hacer su trabajo.

This post was submitted by Angel Martínez Hernáez.

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