La época del destape coincidió con el descubrimiento de la sexualidad en Federico, aunque quizá sería más apropiado hablar de redescubrimiento o de conciencia de una sospecha. En la escuela era un tema de conversación habitual. Una vez, uno de los más pequeños de su curso le preguntó durante la clase: “¿Qué se hace?”. Federico no entendió nada, pues como chico aplicado estaba enfrascado en las explicaciones del profesor, que hablaba sobre un tema sorprendente: los parásitos. Por lo visto existían seres que poblaban los cuerpos de los animales, incluidos los humanos. La tenia parecía repugnante, pero sobre todo daba miedo. Los piojos habitaban y se reproducían en el cabello. Estos los conocía por propia experiencia. La sarna era verdaderamente inquietante. Los ácaros cavaban infinidad de túneles debajo de la epidermis o en ella, quién recuerda, y se reproducían con miles de huevos que producían un efecto tóxico en la piel. Los afectados se rascaban sin parar, como en los chistes de sarnosos de la abuela “cachas”, y esto, a su vez, generaba un enrojecimiento e irritación dérmica. Dios mío, centenares, puede que miles de bichos diminutos habitando tu cuerpo, como nosotros habitábamos el mundo. ¿Quién nos podía asegurar que nosotros no éramos ácaros viviendo como eternidad un tiempo ínfimo? El compañero volvió a insistir, ahora con mayor elocuencia: “¿Qué se hace, se mea dentro?” Federico se quedó atónito. ¡Qué ingenuo!, pensó, su cuerpo de niño aún no había descubierto los placeres de la manivela y de la polea, dos artilugios que con sospechosa coincidencia se explicaban en los cursos de física a los pre-adolescentes. Fricción, resistencia, energía, calor, conceptos que aportaban más dudas que raciocinio sobre la hidraúlica de las erecciones y del deseo. “¡Cómo mees dentro vas a coger una enfermedad incurable!” llegó a responder Federico, sin saber muy bien si tal cosa era real o un simple invento. “Los orines, cuando se juntan con los de ella, producen llagas en los labios y manchas en el cuerpo. Se llama el mal francés o sílifis”, llegó a decir imitando la cara de convicción de su padre y la prosodia del maestro. El pobre compañero se quedó atónito, hasta el punto que pasó toda la clase hundido en el ensimismamiento. Y es que los franceses eran muy malos. Sobre todo las francesas, que no paraban de follar en todo el día, como lo demostraban las mil versiones de Enmanuelle que empezaron a proyectarse en los cines por aquel tiempo. Su padre se había tirado unas cuantas, no emmanuelles, claro, sino francesas, o al menos se jactaba de ello entre caña y caña en el barrio. Pero las putas no eran para casarse. Dónde estuviese una buena española con la pata quebrada y atada a la cama que no le diesen una gabacha, con su lengua altiva y su capacidad de prescindir de ti en cualquier momento o de convertirte en uno más de sus cómplices sexuales. En aquel tiempo, las mujeres francesas daban miedo por libres, altivas y folladoras sin complejos.
El Federico colegial era un niño instruido y empollón. Se lo tomaba en serio. Mientras otros chavales mataban el tiempo con las cosas más inverosímiles, él leía libros, sobre todo de aventuras. A diferencia de otros niños no conoció a Sandokán y al Corsario Negro en la pantalla del televisor, sino en las novelas que devoraba por las noches construyendo un universo de héroes tan intrépidos como castos. Eso era algo que no cuadraba. Cómo era posible que el Corsario Negro no se tirase nunca a su amada, al menos antes de enterarse que era la hija del villano de Maracaibo, aquel que había asesinado en Italia con vileza a su padre, el Señor de Ventimiglia, y en el Caribe a sus hermanos, el Corsario Rojo y el Corsario Verde. Sandokán también era un enigma erótico. Acaso mataba tantos tigres para saciar sus deseos contenidos. Igual no tenía polla, o huevos. Fuese lo que fuese, algo extraño había en aquella castidad. Federico nunca se preguntó si todos eran maricas. Parecían tan valerosos y machos, y la imagen de los homosexuales en aquella época era tan falsa como afeminada, que esa idea nunca pasó por su cabeza. Un marica era un hombre blando y sentimental, cobarde y asustadizo. Vamos, la antítesis de los iconos del orgullo gay y su conocida inclinación por la musculatura, los bigotes, los cráneos bien rasurados y los camioneros. Incluso el grupo Village People, que se hizo famoso por aquel entonces con canciones machaconas y saltarinas, había pasado por ser la representación más clara del macho heterosexual con aquellos disfraces de hombres del pueblo: el policía, el obrero, el indio, el cow-boy y… ya quién recuerda. Los que querían ser más machos que nadie los imitaban en la vestimenta y bailaban sus canciones con demostraciones de fuerza bruta y grandes saltos. Todo aquello era una divertida ceremonia de la confusión donde la ignorancia convertía a los exaltados machos en seguidores entusiastas del orgullo gay.
Su afición por la lectura le sirvió en la adolescencia para guardar el equilibrio. Con el albor de la juventud llega la búsqueda del riesgo y de la identidad, ya se sabe. Esta aventura puede ser peligrosa si en tu barrio la heroína es un producto tan común como la coca-cola y levantar cabinas telefónicas o carteras se convierte en un acto habitual y heroico entre tus siblings. El problema no es reventar cabinas, mangar artículos en las tiendas o pasar y fumar chocolate, ni siquiera inyectarte en el antebrazo esa mierda blanca que no tiene nada de heroína. Ajax, puro ajax. El asunto, como bien olfateo Federico, es el círculo de talego, exclusión y muerte que se abre con estas transgresiones. Por un rebote del destino acabas en la trena con el ano desgarrado, un sidazo y el cerebro tan agujereado como las venas. Encima tendrás que sufrir a los educadores sociales y psicólogos con su limitada visión del mundo afirmando que todo está en tu interior, que eres un enfermo que ellos van curar con un poco de esfuerzo por tu parte. Probablemente te despertarás por las mañanas pensando que tú eras sólo un crío que quería volar y ser valiente, vivir de prisa y sentir la emoción del peligro. Acaso no se trataba de eso. Acaso los héroes del momento no vivían deprisa-deprisa. Dónde estaba el error, dónde la culpa. Dime que todo es un sueño, dime que todo es un sueño. Dime que despertaré siendo otro, con un pasado de amnésico. Dime que todo comenzará otra vez en el instituto, antes del primer pico, antes de la primera detención, antes de la primera valentonada.
Federico estuvo a un tris de acabar en el talego. Aún recordaba con un respingo de miedo aquella tarde de primavera del 79 cuando se infiltró con Manel, Toni y Fabi en La Mina para comprar costo al pormayor. Allí contactaron con dos tipos llamados El Fofó y El Juri, dos veinteañeros que habían sido ya carne de trena, o al menos lo aparentaban muy bien, pues se jactaban de conocer la cárcel Modelo como la palma de la mano. “El kie de la siete no paraba de joderme, hasta que le agarré por los huevos en la ducha y le metí el jabón en la boca. Te vas a follar a tu puta madre, cabrón. Le dije que yo era colega del Rubio de Badía y los Medina y se achantó como un marica”. Con toda probabilidad el que chupó el jabón fue otro, si es que hubo jabón, pues por aquella época los cines proyectaban La fuga de Alcatraz con la conocida escena de Clint Eastwood introduciendo con gesto testosterónico una pastilla de jabón por la boca de un rompeculos de talego. El que alardeaba y fantaseaba era el Fofó. Su supuesto interlocutor, el Juri, aunque éste no abría la boca, quizá para no mostrar la voz aguda e incomprensible que se desveló más tarde.
El Fofó debía su alias a su parecido físico con el famoso payaso televisivo de la época: cabello rizado a lo Mikel Jackson en sus tiempos de niño negro, pero en este caso de color rojizo, nariz de porra, cara pecosa, mirada espabilada, acento andaluzado postizo y olor a chabola y pobreza. Del Juri poco se podía decir, pues su nombre no aludía a ningún personaje de éxito. Sus bíceps voluminosos eran sus señas más distintivas. Más bien parecía el acólito retrasado del Fofó, su ejecutor sin cerebro.
Poco importaba que los alardes del Fofó fuesen realidad o fábula, que hubiese estado en La Modelo o hubiese soñado la escena de la pastilla de jabón. Lo inquietante era su identificación con los personajes del ambiente carcelario. El trapicheo, la delincuencia y la violencia eran ya parte de su mundo imaginario. Los llevaba inscritos en el cuerpo, en la voz, en las poses y en los gestos, como quien habla con total naturalidad una lengua porque es la suya, la de siempre, y por eso no se cuestiona qué está diciendo, ni muestra un ápice de extrañamiento, de artificio o de esfuerzo. Esta naturalidad fue la que aterrorizó a Federico.
Todo había empezado como un juego. Manel, Toni , Fabi y él pondrían un talego cado uno para comprar veinticinco gramos de chocolate. El negocio estaba en la reventa. Añadiendo un poco de starlux, de veinticinco gramos de costo podías cortar hasta dieciséis barritas de talego cada una, treinta y dos de medio talego. Habías puesto un billete verde y conseguías cuatro, o tres, o dos, si una parte te la fumabas. Ese era el motivo de que estuviesen en aquel almacén de La Mina con El Fofó y el Juri. La cuestión era hacer la transacción y salir cuanto antes. El peligro previsto que los carcelarios se quedasen con la guita y el costo. “Venga pringaos dadnos los talegos e iros a tomar el cola-cao de mamá”, podía decir el Fofó en cualquier momento. El Juri, probablemente, pegaría primero y hablaría después, si es que hablaba. Pero lo que sucedió fue el peligro no previsto.
El Fofó era un joven ávido por mostrarse y demostrarse. No tenía suficiente con fanfarronear, necesitaba acción. Después de compartir varios porros y una cervezas quería llevarlos de excursión, levantar un carro e irse de fiesta con ellos. “Vamos al Dragón Rojo, al Dragón Rojo”, decía insistentemente aludiendo a una discoteca de la periferia barcelonesa conocida por sus broncas y sus mujeres rápidas. Es así como Federico vio poco tiempo después su cara de fumado reflejada en la luna de un SIMCA 1200. El Fofó, con una palanca en la mano, un porro en la boca y un cocktail variado de estupefacientes en los bolsillos, intentaba forzar la puerta. El Juri vigilaba un poco más distante. Manel, Toni y Fabi se desternillaban de risa como idiotas. En ese momento el Juri emitió un gritito agudo, sólo comprensible por el Fofó que repitió al tiempo “La bofia”. Todos se agacharon con rapidez tras el SIMCA mientras una patrulla de policía se acercaba. Todavía no era el momento de salir corriendo. El coche de la pasma iba despacio, apatrullando la ciudad como diría años más tarde El Fari en sus canciones, y eso era un signo de que no habían recibido ninguna llamada de alerta de los vecinos. Sólo había que esperar que continuasen su camino o se desviasen por alguna calle próxima.
Federico se vio por un momento en la comisaría explicando que él no era un socio del Fofó, que iba al instituto y que incluso sacaba buenas notas, que todo era para fumarse unos porros gratis con los colegas. Se vio en la trena con una pastilla de jabón en la boca y una poya enorme en el culo. Sabía que por poco que la pasma viese la cara del Fofó o del Juri serían registrados y detenidos. Para colmo el Fofó no paraba de hablar. Repetía con media sonrisa y nerviosismo “Es el Cabo García. Es el Cabo García”.
Por lo visto, el cabo en cuestión era, a pesar de su oficio, un hombre honrado, que había regañado con moralinas al Fofó en su primera detención a los catorce años “Como te vea hacer el mangui otra vez, chaval, te pego dos hostias y te rompo los dientes. Vaya carrera llevas. Como sigas así vas a acabar en la cárcel de puta de toda la purria. Métetelo en la cabeza hijo. Búscate un trabajo”. El viejo había continuado con sus discursos en las detenciones siguientes, levantando promesas incumplidas del Fofó. Probablemente lo que más asustaba al pelirrojo carcelario era la cara de desaprobación del Cabo García. Un policía tiene que ser un hijo de puta, así te vas jodido a la trena pero entero por dentro. Un bofia bonachón, en cambio, te rompe los esquemas, pues te recuerda las promesas que hiciste en un momento liminal, antes de volver de nuevo a tu mundo, a un mundo que ya no sabes cómo cambiar, pues él está en tu cuerpo como tu cuerpo está en él. Por fortuna la patrulla desapareció en una bocacalle. Manel, Toni y Fabi volvieron a reír como gilipollas. El Fofó volvió a accionar la palanca. En un gesto automático por contenido Federico giró sobre sí mismo y empezó a andar en dirección contraria, desoyó las peticiones de sus colegas, no contesto, ni miró atrás. Cuando alcanzó la esquina empezó a correr llorando de rabia y miedo. Estuvo media hora corriendo. Ya no volvió a ver a Toni o a Fabi, menos aún al Fofó y al Juri. Sólo vio a Manel muchos años después arrastrando su cuerpo de yonki por Las Ramblas, con veinte kilos menos, la piel amarilla por la hepatitis y una compañera cadavérica que parecía haberse metido toda la producción turca de heroína en las venas. “No me volviste a llamar capullo, no me llamaste”, fueron las únicas palabras de Manel. La lectura, el poder de la lectura. La lectura es lo único que salvó a Federico de no convertirse en Manel o en cualquiera de los muchos otros que acabaron paseando sus cuerpos de yonkis por el casco antiguo o los pasadizos del talego. La lectura fue la artimaña que le permitió ser sin ser y así resguardarse.
Mediante la lectura, Federico serenó la sensación de omnipotencia que casi siempre acompaña a la primera juventud. El precio había sido el miedo. Con los años nos hacemos miedosos. Cuanto más viejos más cobardes. Un viejo es alguien que ha huido de su propia vitalidad con el éxito suficiente para seguir existiendo. Es evidente que hay excepciones, pero con frecuencia para llegar a viejo tienes que ser o suficientemente egoísta o estar suficientemente muerto. Esto es conocido en la cultura popular con el dicho “los mejores mueren jóvenes”, y ya lo hicieron consciente de la manera más desagradable posible los estrambóticos punkies británicos hace unas décadas. Hay que ser lo bastante egoísta para no desgastarse o lo bastante muerto para no arriesgarse. Leer. Leer y observar la vida. Leer y juzgar, para que en el ser sin ser uno aprenda a protegerse de los otros y de sí mismo, sobre todo de sí mismo. Federico lo sabía bien. Se había salvado de la trena y del caballo, pero había desarrollado a partir de ese momento un temor a la vida proporcional a su miedo a la muerte. De ahí la sensación de tedio que le inundaba constantemente. De ahí, también, su miedo a reconocer que su relación con Laura era ya un recuerdo. De ahí su temor a decir con valentía a sus compañeros de trabajo con una montera sobre la cabeza “El fútbol es una mierda. A mí me gustan los toros. Qué coño pasa”. De ahí su pánico a escribir.
No todos los que amamos la lectura escribimos bien. Eso es una evidencia conocida. Quizá cuanto más lees más te alejas de la escritura, al menos de tu estilo innato y salvaje. Para escribir bien no basta el talento o la habilidad con el lenguaje. Se necesitan corazón y tripas, hígado y sufrimiento. Por eso muchos escritores se abstienen de leer mientras escriben. Buscan el estilo propio que sólo surge de una memoria no contaminada, de una memoria empatizada en el cuerpo, no sólo en el cerebro. Federico era consciente de esto.. En su adolescencia había escrito poemas inundados de gerundios, incluso un amago de cuento o relato breve. Eran tan malos, unos y otro, que no lo intentó hasta años más tarde, cuando utilizó la escritura para superar un fracaso amoroso, o quizá deberíamos decir un encoñamiento frustrado.
Con Ana, mujer de belleza extraña y cabello corto, había conocido un placer sexual que aún recordaban sus testículos. Se pasaba el día en la cama con ella, lamiendo su clítoris y sus labios, sus diferentes labios. Ella le enseñó que el sexo no es cosa de empujar, sino de cocinar con cuidado y reposo, prolongando el placer e introduciendo los ingredientes en el momento oportuno, ni antes ni después. Al punto, como la pasta y el arroz. Se habían follado en los sitios más dispares, como casi todos los enamorados-encoñados. Leían juntos los trópicos de Henry Miller y después trataban de emular las escenas. El se sentaba en el metro y ella en su falda, con el vestido hippy levantado con cierto disimulo y sin bragas. Se quedaban acoplados durante todo el trayecto, de principio a fin, hasta que por efectos de la excitación tántrica llegaban al orgasmo, a veces juntos, a veces separados. Ella se la chupaba constantemente. Nunca más tendría una hembra tan predispuesta y hábil en esta práctica. Le encantaba sentir la lengua de Ana en la epidermis de sus testículos y en el glande. Ella no tenía reparos. Pero todo acabó cuando Ana hizo de la cocaína su razón de existencia. Se metía gramos completos cada noche, luego cada tarde, después cada mañana. La dulce cocainómana desapareció en Brasil, probablemente persiguiendo a ritmo de samba, o de Bossa nova, su música preferida, una poya grande y una ralla tan larga como el litoral de este país-continente.
La desaparición de Ana le provocó una compulsión narrativa sin precedentes. Ya que estoy jodido, por lo menos voy a escribir. De esta forma me saco la mierda que tengo dentro y de paso me convierto en un novelista de éxito, pensó para sí. En menos de dos meses acabó un manuscrito que tituló Algún día moriremos en Brasil, plagado de epítetos y frases subordinadas; uno de esos textos que te obligan a detenerte en cada párrafo para destilar el mensaje escondido en los múltiples ornamentos. Cierto que aquélla era época de discursos alambicados, pues vestía el modelo afrancesado de pensamiento, con sus lacanes, sus altusers y sus fucoles. No estaba permitido reconocer que no entendías algunos pasajes de indudable retorcimiento, pues el riesgo era quedar como un imbécil. En cambio, aparentar que comprendías a estos autores en su completud, insinuar que eras capaz de descifrar los recovecos estilísticos más obscuros, te otorgaba un aire envidiable de intelectual, aunque muchos de aquellos pasajes no los entendiesen ni sus propios autores, pues con toda probabilidad habían sido producto de una ilusión puntual del lenguaje, de una chispa enigmática para el propio creador pero a la vez atrayente en su dimensión evocativa y sonora. Quién no ha sentido esta chispa con mayor o menor calado, con mayor o menor éxito. “Soy la hostia, soy la hostia. Tengo unas ideas acojonantes”. No se trataba de quitar mérito a los fucoles, altusers y lacanes, sino de afirmar en los casos flagrantes que el emperador estaba desnudo o semidesnudo, o simplemente mal vestido. Pero ya se sabe que sólo los niños y los locos pueden hacer algo así, pues no saben jugar al ser sin ser, o son, o no son.
Algún día moriremos en Brasil recaló en varias editoriales. Lo más probable es que sus revisores no pasaran de la primera página. Menos mal que se envió bajo pseudónimo, pues las carambolas o el propio inconsciente, -quién sabe si tienen razón los psicoanalistas al afirmar que nuestras decisiones e itinerarios biográficos no son tan fortuitos- le llevaron a formar parte del gremio editorial poco tiempo después. Aquel manuscrito era verdaderamente mediocre y hubiese socavado su prestigio, más aún cuando la moda del alambique francés ya era una antigualla y había sido sustituida con éxito por el pensamiento plano o, lo que es lo mismo, por el pensamiento elaborado con la mínima actividad cerebral posible. Eso era lo que vendía. Sólo hacía falta echar un vistazo al estado de cuentas de los famosos televisivos que escribían libros o de Leandro Hull, uno de los atascados de la mañana.
Cada una de las novelas del “atascado” era una reiteración de la anterior. El serial-killer se mostraba como un personaje en apariencia equilibrado, pero loco de atar en su psicopatía cuando algún acontecimiento destartalaba su mundo interior. Un insulto, una decepción o el fantasma de un padre perverso eran de forma habitual las situaciones que disparaban su desequilibrio. A partir de ahí, el asesino en serie comenzaba a sentir un placer orgásmico con el sufrimiento ajeno para acabar poco tiempo más tarde con su pulsión desbocada y un montón de cadáveres en el armario. La pesadilla alarmaba a todo el mundo. La prensa se hacía eco del asunto. La policía detenía y culpaba a inocentes. Todo era un auténtico caos hasta que el inspector Haas, especialista danés en psicópatas, lo acorralaba en alguna fábrica abandonada del Copenhague industrial. La estructura era simple y reiterativa, pero el resultado comercial inmejorable. Incluso la productora de cine hollywoodense de Reginald Brown le había propuesto un guión; sólo tenía que cambiar a Haas por Smith y Copenhague por Los Angeles.
El manuscrito de Z parecía una cosa muy diferente a los seriales policíacos de Leandro Hull. Estaba firmado por el propio protagonista con el pseudónimo de Z y hacía tufo a novela psicológica y a paja mental. A pesar de ello no estaba mal escrita, pues enganchaba con su lenguaje simple y sin recovecos y, a la vez, transmitía cierta angustia; la angustia de un hombre acosado y destrozado. Su valor mediático y comercial era imprevisible. María, en su informe de lectora, había hecho mención a ese aspecto. Hasta ahora no se había editado una novela inacabada en donde, mediante una simple dirección de correo electrónico, cualquier lector pudiese continuar la historia y participar en las tribulaciones del protagonista. Incluso podrían organizar una página web y un foro de discusión en Internet con la participación de Z, con lo cual el morbo estaba asegurado. “Evite su suicidio”, “Ofrézcale un consejo”, vislumbró por un momento. No, no –se dijo. No pondría en juego su posición por un texto sin sentido. Definitivamente no, pensó cuando el ritmo cantarín y frío del teléfono inundó el despacho.
-Federico, una mujer que se presenta como Señora Z quiere hablar contigo, ¿te paso la llamada?
Angel Martínez Hernáez

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