El juego del solitario, incorporado de serie en las versiones de Windows, siempre le dejaba con un regusto de culpabilidad. Además, su práctica en el centro de trabajo no era tan inofensiva. Existían ya algunas sentencias de despido por su uso incontrolado. Uno podía ser un ludópata o un cocainómano y ser considerado simplemente un enfermo. Podía atiborrarse de antidepresivos y ansiolíticos y recibir la actitud condescendiente de sus superiores; incluso podría intercambiar con ellos comentarios sobre los efectos secundarios del prozac, del valium o del lexatin: “A mí me produce por las mañanas sequedad de boca”, “A mí, en cambio, me da estreñimiento”. También uno podía dedicarse a joder al personal. No importaba, seguro que en todas estas situaciones saldría indemne. En cambio, jugar al solitario era una falta grave similar a una agresión física, un hurto o una ausencia prolongada del centro laboral.
Pelársela quedaba fuera de lo imaginable. No se la había pelado nunca en un espacio público y no iba a empezar ahora, con cuarenta y tres años, aunque el recuerdo del último polvo con Laura le provocase un cosquilleo en los testículos. Con toda probabilidad, pensó, el mundo laboral sería más relajado si la gente estuviese bien follada o se masturbase más. Pero el sexo estaba reñido con la competitividad laboral, ya fuese por sublimación o por cualquiera de esos mecanismos enigmáticos que el esoterismo psicoanalítico había profetizado. Quizá por eso los proletarios follaban más que los ejecutivos, siempre cuidando su dieta con yogourts y ensaladas aderezadas con fármacos para la acidez de estómago, la hipertensión, la hipercolesterolemia o el estreñimiento. Los obreros tenían el cuerpo. Esa era su riqueza y su fuerza. Su única riqueza y su única fuerza. La sensación de fatiga en los músculos de los brazos y de las piernas estaba en relación proporcional con la importancia del cuerpo en sus vidas, con la admiración por el fútbol y la fuerza física, con el “Amor de madre” inscrito en el pecho o en los bíceps, con la sexualidad y la capacidad de aguante de carajillos, copas de coñac y cajetillas de tabaco.
A Federico sólo le quedaba la opción de la lectura. Era obvio que podía echar una ojeada a cualquier otro manuscrito. Pero qué importaba. Acaso los escritores consagrados enviaban sus textos a una editorial, acaso sus novelas no estaban ya compradas, valoradas, tasadas y promocionadas antes que fuesen escritas o incluso pensadas. Los innumerables manuscritos que llegaban cada día eran simplemente basura. No basura porque todos ellos estuviesen mal escritos o no tuviesen posibilidades comerciales, aunque en la mayoría éste fuese el caso, sino por ser palabras de nadie, palabras sin futuro, palabras sin marca ni apellidos. Las peores provenían de los profesores universitarios. Encumbrados en su tarima, y después de años de cultismos, tecnicismos, adverbios, adjetivos rebuscados y temas sin interés, escribían su primera novela. Con frecuencia rayaban el preciosismo y la banalidad. Los muy idiotas se pensaban que una novela era una tesis, que los lectores estarían obligados a soportar sus bodrios como así lo hacían sus sufridos alumnos. No había autor más pedante, soberbio y mezquino que un profesor universitario. Si era catedrático, aún peor, porque de forma casi invariable su narcisismo le llevaría a no escuchar ni a su madre. A los catedráticos deberían prohibirles escribir novelas.
“Este será tu papel, ser sin ser” volvió a leer, y pensó en el nombre tan ridículo que le legó su padre en un extraño ataque literario. Federico, un nombre para un hombre cuya vida fluye sin sentido. Quizá ése era su destino, ser sin ser. Ser un notario de la literatura, de las novelas que son aceptables o no, un experto en medir su calidad y su impacto en el mercado. En el fondo todo lector sentía ese ser sin ser, pues en la identificación con los personajes de una novela está el ser y también la distancia. Ahí está el placer de saber que tú eres él o ella y que a la vez no lo eres. Así puedes sufrir su destino, compartir sus deseos, alegrías y adversidades y a la vez mantenerte indemne. La única diferencia es que Federico no salía intacto de sus juicios. Sus lecturas, o más bien sus decisiones, suponían éxitos o fracasos en su carrera. Una mala elección podía costarle el puesto y el prestigio profesional, sobre todo si la empresa necesitaba relanzar sus productos para subsistir en el mercado. En cambio, el descubrimiento de un autor de éxito significaba oxígeno para unos meses y, quién sabe, quizá algún emolumento para acabar de pagar el Mantra Aventure.
Muchas veces Federico se sentía como un suicida invirtiendo en valores en los que nadie en su sano juicio arriesgaría un euro, como en bonos de la deuda interna de Camerún o en acciones del Banco de Argentina el día antes del crack financiero en el país del tango. Ahora tenía ante sí un producto de este tipo. Quién se arriesgaría a publicar un relato sobre hombres caídos y mujeres perversas. Quién leería una historia en donde el propio autor te pide que no quedes indemne, que sufras y grites, que le ayudes con tus consejos, que te rebeles con indignación ante su historia porque también puede ser la tuya y, si no, al tiempo.
El perfil del consumidor medio era una mujer de clase media entre treinta y cincuenta años con estudios universitarios que leía en el metro o antes de dormir y que ansiaba un descubrimiento de su sensibilidad interior. Probablemente era una mujer mal follada que en un ejercicio de supervivencia necesitaba establecer distancias con un marido demasiado embrutecido con la televisión, los fondos de inversión y los diarios deportivos. Ella leería El Dios de las pequeñas cosas mientras su compañero practicaba el zapping con ansiedad hasta detenerse en alguna información de importancia: la rodilla de Messi, el próximo derby futbolístico o las lágrimas de algún entrenador despidiéndose de una afición furiosa. Ella sentiría escalofríos de ver su vida reflejada en aquel hombre insensible y transformado. Añoraría los primeros momentos, las largas conversaciones, los paseos prolongados por la playa y el nerviosismo de las primeras aventuras sexuales. Intentaría convencerse con insistencia, aunque sin éxito, que estar mal follada no era el problema, que el mayor obstáculo era el silencio, las conversaciones siempre ahogadas en convenciones aprendidas, el tedio. Él, por su parte, soñaría con la Primitiva, con llegar a ser director ejecutivo de su empresa, con el coche nuevo que prometía una vida de lujuria y despilfarro y con follarse a todas las modelos brasileñas que aparecían en la revista Man. Los dos compartirían sus frustraciones y el paso del tiempo con un lenguaje mudo pero previsible.
A diferencia de muchos hombres, a Federico no le gustaba el fútbol. Ser anti-futbolero era una tradición familiar. Cuando era niño su padre le llevaba a los toros. En su memoria adquirían aún nitidez los rostros de aquellos hombres de las postrimerías del franquismo, con el faria en la boca comentando exaltados las maravillas y carencias del toro y del torero. Pitones afeitados, sol y sombra, toros flojos, ejemplares de bandera, como las buenas hembras, verónicas y olés. Eran hombres que enfatizaban su hombría, en parte por necesidad y en parte porque de eso se trataba. Muchos de ellos, como su padre, habían padecido el hambre de la postguerra y se habían educado en la miseria moral del franquismo. No digas lo que piensas y a la vez piensa muy bien lo que dices. Aprovéchate de los otros; que no te engañen; sé vivo; los amigos no existen. Eran los mismos que arrastraban ahora sus cuerpos de jubilados para revisar el avance de las obras en los barrios; los que votaron a Felipe González después de vitorear a Franco, los que querían a Zapatero y a Aznar y a cualquiera que estuviese en el poder. Siempre habían necesitado un caudillo, pues sus vidas habían sido existencias de huérfanos.
Esos hombres eran un peligro cuando entraban en el comedor de un restaurante. La cultura del hambre se había impregnado en sus piernas, en sus brazos, en sus cuerpos diminutos y famélicos de niños. Ante un plato pagado había que comer hasta el final. Me cagüen la hipertensión y en la diabetes, en el cáncer y en la próstata. Comer es vivir. Come y sálvate. Come antes que otros te nieguen la comida. Come y sobrevive.
Su padre no había podido disfrutar de censor de piedra de las obras públicas. Murió a la edad de cincuenta y cuatro años cuando Federico era un joven de veinte. Siempre había sentido una extraña sensación de admiración y rechazo por las costumbres de su padre. Emigrado a Francia sin instrucción alguna, autodidacto en diferentes oficios, duro y malhablado, había acabado a su pesar de empresario de una pequeña compañía de transportes. Demostraba con sus propias manos cómo debía hacerse el trabajo, igual desmontaba un motor que discutía el precio de un servicio con aire forzado de franqueza y dignidad. Mientras conducía su furgoneta por Barcelona y se cagaba en Dios, en los santos y en todo lo imaginable, escuchaba las canciones de Jorge Cafrune. Las cantinelas evocaban espacios abiertos y libertad, caballos y hembras, soledades y adversidades. “Un rancho, yo quiero un rancho, tener mil ovejas y una decena de caballos”, decía a la hora de la comida o de la cena. Envidiaba a los pastores de ovejas que tras una larga caminata se tiran un pedo en la inmensidad de la llanura, se sientan bajo un árbol y encienden un cigarrillo. Años más tarde, cuando tras su muerte Federico leyó Deseo de ser piel roja de Kafka, recordó a su padre con nostalgia húmeda, pues vislumbró la angustia y los anhelos de este hombre salvaje que quería ser un piel roja y cabalgar por la llanura sin espuelas ni riendas, hasta que no hubiese crines ni caballo, y quizás ni pradera. Vivir hasta la última gota. Vivir hasta el fin. Vivir hasta morir.
No ser futbolero tenía algunos inconvenientes. Cómo rompes el hielo en una reunión con otros editores y ejecutivos. Qué bromas les puedes gastar a tus colegas de Madrid si no utilizas la protección de las convenciones aprendidas. No ser futbolero es como no tener raíces ni banderas, te convierte en sospechoso de altivez y de intelectualismo. Si además dices que te gustan los toros, te conviertes en un enigma inquietante, pues puede caer sobre ti la ira de las asociaciones de protectores de animales, con la ultraderechista Brigitte Bardot incluida, por no hablar de las connotaciones machistas y sádicas que tal afición guarda en el imaginario de la gente. Muy a su pesar, y por estos motivos, Federico había renunciado a los toros y se había esforzado en estar al día de las lesiones de los futbolistas mejor pagados, de las alineaciones del Barça y del Madrid y del nombre de los entrenadores. Todo era cuestión de hábito, de aprenderse el papel. Con un poco de esfuerzo uno parecía transmitir convicción con sus palabras y dejaba de ver ridículas las preocupaciones por los ligamentos, los tobillos y las rodillas de aquellos nuevos héroes épicos.
Como una imagen invertida de su padre, su madre había sido una mujer sufridora y católica. Federico nunca dejó de asombrase de cómo, tras tantos años juntos, su madre continuaba escandalizándose con los exabruptos de su marido. ¿Acaso no vives, comes y duermes con él desde hace tanto tiempo? Para cualquier mente racional, la rutina y el asombro parecen ingredientes contradictorios entre sí. Uno puede acostumbrarse a todo, y más aún si se trata de la adversidad. Como es sabido, los convictos se acaban adaptando a la prisión, igual que los locos y los psiquiatras al manicomio. Sin embargo, el asombro de su madre brotaba día a día, con una mezcla de ingenuidad y rabia, como el viajero que espera un cambio en su compañero de andanzas o el domador que observa con disgusto que el potro aún no fue domado, pues sigue reafirmándose obsesivamente en sus saltos. Cuanto más una desea domar, más el otro se niega a ser domado, y en ese forcejeo transcurre la vida hasta que un cáncer te come los huesos. Entonces el juego se acaba y descubres las horas perdidas, las cosas no dichas, las caricias ahogadas.
Su madre murió pocos años después que su marido. La domadora no pudo sobrevivir mucho tiempo a la ausencia de su caballo. Durante sus años de soledad vivió en un movimiento constante. Cuando no estaba en Palma de Mallorca estaba en Galicia o en Portugal o en cualquiera de los múltiples lugares a donde llevan a los viejos a distraerse. En los escasos momentos que pasó en casa la melancolía le transformaba el rostro. Ni la televisión ni las visitas aliviaban su aflicción. Sólo los boleros dibujaban en ella una sonrisa que su mirada denotaba nostálgica. ¿Dónde fue tu potro, mujer? ¿Qué sentido tiene tu vida sin sus salidas de tono y su ateismo? No hay nada ni en Galicia, ni en Palma de Mallorca ni en Benidorm ni siquiera en Portugal que pueda completar su ausencia, pues su vida era ya la tuya, su aliento tu aliento, su mirada tu imagen, su cuerpo tu observador y tu testigo.
Federico no sólo se había criado con su padre y con su madre. También había podido disfrutar de sus dos abuelas. La verdad es que la abuela materna era de plantilla fija en casa, mientras la paterna practicaba la itinerancia. La primera era una mujer del norte, ultracatólica, que rezaba con aparente placer hasta las tres o cuatro de la madrugada cada día. Provenía del carlismo más recalcitrante; ese carlismo que aún muestra su poderosa huella en Navarra, el País Vasco y La Rioja, por mucho que hayan cambiado su nombre y ahora se llame Partido Popular, Partido Riojano, Unión del Pueblo Navarro, Partido Nacionalista Vasco o cualquier otro. Todos a misa. Todos falsos beatos. Todos y todas los primeros en marcar al díscolo con evidente sadismo, ya fuese rojo, republicano, españolista, nacionalista vasco, homosexual, pobre, vago, alcohólico o simplemente inquietase por sus comentarios. Con la entrada de España en la opulencia europea, esas gentes se pasaban la vida bebiendo y comiendo. Sus cuerpos se iban dilatando con los años, por mucho que se disfrazasen con marcas pijas y deportivas. La ropa de fin de semana debía estar perfectamente adaptada a los cánones de la burguesía del norte, igual que el corte del pelo, los zapatos y los accesorios. Los muy capullos te miraban mal si no ibas vestido con su uniforme. Como estuvieses separado o separada, juntada o juntado, divorciado o divorciada te hacían la vida imposible con monsergas tan previsibles como poco reflexionadas. Letanías obsesivas que intentaban insistentemente cerrar una herida, un hueco, un agujero, un vacío innombrable, pero que estaba ahí, imposible de ser dicho. De ahí su insistencia y su refugio en el ser sin ser: “Mira qué fresca, cómo trata a los niños. Ni siquiera cocina. No me extraña que su marido la dejara”. Hablar de sexo los escandalizaba, a no ser que fuese entre hombres intercambiando supuestas hazañas y direcciones de puticlubs. “Oyes, en el puticlú de Nanclares hay unas putas rusas acojonantes” diría un macho a otro mientras tomaba el séptimo txiquito. “No jodas, cuenta, cuenta” diría el otro antes de engullir un pincho de morcilla, de chorizo picante o de cualquier otro producto, preferentemente carnívoro, de la tierra. Los dos saldrían a la calle con las mangas de sus jerseys de lagarto pendiendo sobre los hombros y con miradas demasiado ocupadas en escanear al personal como para avistarse a sí mismos. No mires hacia dentro, no mires hacia dentro que sentirás un extraño horror al vacío que ni las morcillas ni la ropa de lagarto, ni el apartamento, ni siquiera el coche podrán apaciguar. Espérate a mirar. Espera a que todo haya pasado, a que transcurran los días y los años y llegue tu muerte con banderas, lágrimas y sermones en la iglesia. En ese momento descubrirás que Dios es vasco o navarro o riojano, que también viste de lagarto y que todo ha tenido sentido.
La abuela paterna era una castellana que había sufrido tempranamente la ausencia de su marido republicano, fusilado por los fascistas del pueblo. Se había quedado sola y con cinco hijos, que es peor que sola. Rompía todos los moldes del prototipo de abuela, pues sus brazos eran barras de hierro forjado en las faenas del campo y en la adversidad de la pobreza. “Ven aquí Federico, que te echo un pulso”. “Mira esos idiotas jugando a la raqueta. Cómo se nota que no trabajan”. El trabajo era para ella el esfuerzo físico. Lo demás sólo era paseo. Hacer deporte por puro placer era un privilegio de ricos imbéciles, porque a quién se le ocurría salir en calzoncillos a la calle y correr como un poseso en pleno mes de agosto. “Van a coger una insolación”. Sus palabras estaban regadas de modismos arcaicos como “es menester”. Federico escuchaba con curiosidad esta palabra que sólo decía su abuela, la paterna, y que además era una abuela itinerante, no por obligación, sino por convicción. Cuando llevaba tres o cuatro meses en casa, en un momento u otro acababa diciendo: “LLamad a Tarsicio”. Tarsicio, su hijo primogénito, superviviente de la quinta del biberón, de los campos de concentración que los pre-nazis franceses organizaron en Argueles para sus vecinos pobres, quizá para estar a la moda o anticiparse a ella, como los postcarlistas que hoy comen morcillas, beben txiquitos y rezan y engordan. Superviviente también del hambre, de la emigración a Francia, de la clandestinidad del PCE y del PSUC en épocas que no eran de poses fingidas ante un régimen moribundo, en tiempos de ostracismo, de pérdidas cotidianas y esposas quejosas por la falta de alimento para sus hijos. Para la abuela “cachas”, Tarsicio había sido el marido postizo y el padre postizo de sus propios hermanos. Tarsicio llevaba y traía las mulas. Tarsicio los protegía. Tarsicio callaba. Tarsicio apretaba los dientes y aguantaba y aguantaba, para que el estigma de rojo no se transformase en una señal de linchamiento para los gusanos envalentonados por la manada.
Con estas dos abuelas en casa, aunque una fuese nómada, ya podía anticiparse el guirigay. Mientras una rezaba o leía misales, la otra le decía con desparpajo que eso era una pérdida de tiempo, que Dios sólo existía en la imaginación de las beatas. El gesto de escándalo y la sonrisa irónica se repetían diariamente como un código que reproducían sendos hijos que el destino, el amor, el sexo o quién sabe qué había unido. Las trifulcas alcanzaban las cosas más nimias, pues importante es cualquier detalle para quien por edad o por necesidad ha convertido su casa en un mundo, en el mundo. El objeto de deseo podía ser un peine o un frasco de colonia, una horquilla o la atención de un nieto. Daba igual. Lo importante era el conflicto permanente que ofrecía sentido a sus desgracias, a sus pérdidas, a los esfuerzos y ausencias de toda una vida. Quizá por ello cuando la abuela de plantilla fija murió, la de contrato temporal comenzó a sentir su falta. “Yo ya no sirvo pá ná. A ver si me muero de una vez, joder” empezó a decir insistentemente. Ya ni siquiera podía provocar o escandalizar, a no ser que fuese afirmando en público su deseo de desaparecer de una vez de este mundo. Ya no tenía contrincante, ni lazo con el tiempo. Sus expectativas se cumplieron muy pronto una madrugada de otoño. Al morir no vio a Dios, sino a su marido, ya desdibujado en el recuerdo, a su hermano y al bueno de Tarsicio.
Como ya se sabe, con la apertura democrática llegó el destape y la pornografía. Federico tenía sólo once años cuando las primeras revistas se atrevieron a mostrar un coño. Su padre compraba algunos ejemplares y con ansias de provocación los traía a casa. Su madre se escandalizaba. “No mires hijo, no mires las cosas del diablo”. La abuela “cachas” continuaba con la afrenta y decía con una risa no disimulada “Aprende, hijo, lo que es una mujer, que ya te toca”. La abuela beata rasgaba las fotos con saña y las lanzaba al cubo de la basura. Cuántas veces Federico había mirado de refilón aquel cubo con nerviosismo en la boca del estómago y cosquilleo en los testículos. Que se vayan todos a dormir, o a la playa, eso, todos a la playa. Dejadme sólo con este enigma que quiero descifrar. Dejadme regar esas fotos con mi agua de la vida aún inmadura pero densa como el aceite.

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