El Dolor del Tiempo

18 de Julio, 2007

La falta de peligro de la vida humana conlleva una pérdida absoluta de amor a la propia vida. Los nuevos días son viejos conocidos. Es un complot de ayer que convenció a pasado mañana de que lo engañe a mañana de manera tal que hoy nunca sea distinto de ayer.





EL DOLOR DEL TIEMPO

por Enrique Symns

Ayer nomás (El pasado es una tumba)

La noción del tiempo transcurrente surge de una supuesta medición del movimiento de un punto en el espacio. Ahora bien, ¿qué es el espacio si no un concepto arbitrario de un fenómeno incaptable para la percepción? Para los egipcios, por ejemplo, el espacio era “una llanura mental”, una proyección continua de la mente; pero, según esa concepción, “todo el universo cabría en la mano de un bebé”.


En el antiguo libro El loto blanco —según algunos estudiosos con origen en Tebas, poco antes del advenimiento del primer gran dios monoteísta, Ra, el sol del mediodía— se menciona la idea de que todo el espacio existente es “aquí”, desde donde se proyectan las reacciones del andar, y todo el tiempo es “ahora”, desde donde se proyectan las líneas del tiempo intentando medir el fenómeno más ilusorio y onírico de todos: el movimiento. Según esta tradición, el movimiento (el dios Kepherer) es la mutante línea de separación entre los dos grandes dioses sobrevivientes del combate cósmico: Ra (todo lo que hay) y Kamutef (todo lo que no hay).

Desde esta concepción pagana de las ideas, el pasado es solamente una derivación apófica (es decir, una simulación del estado divino) de esta proyección del eterno ahora.

Sin embargo, con la memoria, el pasado parece demostrar su esencialidad al observar los mecanismos biológicos de la evolución.

A través del ensayo y error, la vida ha ido adaptándose e incorporando en la memoria genética las conductas más aptas para la supervivencia de los seres vivos. Claro que esos mismos mecanismos mnemónicos fijan una conducta identificatoria que genera quizá la mayor farsa apófica de la existencia: la identidad.

Cerca de Ingeniero Ledesma, en una población de indios matacos, había un animal muy peculiar: un ganso al que los indios bautizaron con el nombre de Pancho. Pancho era el líder de la gansada, pero lo curioso es que Pancho no sabía que era un ganso. Se enfrentaba a los hombres como si fuera un hombre y charlaba con ellos en su incomprensible idioma. Cierta vez entró un puma, que atravesó el alambrado empujado por el hambre y con la intención de comerse dos o tres gansos. Pancho salió a enfrentarlo con toda la actitud de un puma. Durante unos segundos el puma estuvo casi convencido de que Pancho era un animal peligroso, hasta que finalmente lo mató.

Todo pasado condena, indudablemente, a una identidad. ¿Y qué es la identidad sino la noción de los límites? El árbol nunca saldrá caminando, el tigre nunca cantará como los jilgueros, los canguros nunca volarán sobre la Torre Eiffel. El pasado tiene como finalidad fijar los límites del futuro, y el famoso mecanismo evolutivo no es más que una continua castración de la imaginación individual por parte de esa extraña dictadura legislativa de la naturaleza.

No por nada todas las conspiraciones y complots de la historia fueron montados sobre el pasado no vivido de los individuos. La historia del “antes de que nacieras” es un invento continuamente modificado, según las alternativas de la conciencia de los acumuladores circunstanciales del poder. Se somete al individuo desde el pasado de su historia individual, grupal e histórica. La domesticación del espíritu nace ante el primer reconocimiento de la necesidad de la espera.

Es curioso observar que todos los mitos occidentales del origen religioso del universo nos traen el recuerdo de un dolor inicial y de una culpa de la especie, que nos incluye por el solo hecho de haber nacido. El famoso amor a las tradiciones, el respeto a las raíces, las reivindicaciones del ser nacional… No son más que forzamientos voluntarios para que regresemos a puntos del tiempo y del espacio donde jamás hemos estado. La cultura que es transmitida principalmente a través del código de la palabra tiene como función primordial recordarnos falsas memorias de una vida que jamás tuvimos.

La falsedad no consiste en que algo haya sucedido o no sino que no nos ha sucedido de ninguna manera a nosotros. No nos sucedió nada de lo que les sucedió a nuestros abuelos, ni mucho menos a los cristianos perseguidos en Roma, ni a los monos que correteaban alegremente por las cuevas de la tierra hace millones de años.

El dolor del pasado es ineludible, ya que la función de ese código tiene un comportamiento mecánico en el cerebro. Y el cerebro, como un verdadero pulpo, atraviesa todo el tejido nervioso del universo, sensibilizando el estar de las cosas con los continuos recuerdos de miedos, sopores, aturdimientos, fracasos y obsesiones. Es imposible olvidar, sólo es posible ser olvidado.

Pero nadie está midiendo el fracaso o el triunfo de las cosas. Nadie podrá superar esos diez segundos maravillosos en que el ganso Pancho logró convencer al puma de lo imposible. Y junto al puma, el universo entero se olvidó de las leyes que lo sometían.

Tal vez mañana (El futuro es una jaula)

Si el pasado de un individuo es un factor cerrado, sólo modificable por la manipulación posterior de los circuitos de recuerdos, su futuro —es decir, lo que aún no sucedió— es supuestamente el factor abierto. Pero ese futuro no está en estado caótico y, por tanto, no resulta ser la aparición azarosa, compulsiva y peligrosa de estímulos sin destino sino que ese futuro está armado de acuerdo con programaciones sociales y con la aparición de una extraña forma de organizar el movimiento: los planes. Quizá la mayor peste de la humanidad sea la esperanza, en tanto es una prolongación más estática aún de la parálisis que significa la espera. Esperan los presos, los pacientes, los condenados. La expectativa de la espera no está basada en la acción sin destino sino en la prolongación (hasta eterna) de una creencia en cierta justicia del ordenamiento del mundo.

Los planes reorganizan el futuro con el mismo criterio del pasado. “Me acuerdo de lo que tengo que hacer mañana”: esta frase transforma al mañana en un ayer probable. Acordarse es un acto de la memoria. Por tanto, el futuro no es más que un envenenamiento del pasado. Es una ilusión del tiempo. La nueva experiencia, lo inesperado, el factor sorprendente nunca sucede ni se insinúa porque es espantado por las carreteras y rutas que construye el pasado sobre la selva del misterio del tiempo, sin jamás exponerse. La falta de peligro de la vida humana conlleva una pérdida absoluta de amor a la propia vida. Los nuevos días son viejos conocidos. Es un complot de ayer que convenció a pasado mañana de que lo engañe a mañana de manera tal que hoy nunca sea distinto de ayer.

Descubrimos entonces que la identidad del hombre (esa suprema apofis, esa demencial falsedad de la existencia) está no sólo basada sobre la centralización narrativa de su experiencia pasada sino también sobre la narración especulativa de lo que continuará siendo. Es una novela de la que el autor conoce su final. Justamente, la versión más liberadora del tiempo fue quizá el intento pre-heraclitano de considerar al tiempo al revés: se transcurre desde el futuro hacia el pasado. El destino asegura al individuo la ritualización de sus actos: ya está escrito que se equivoque al cruzar esa calle y mate por error a su padre.

Sin embargo, en esta búsqueda de amparo en el sentido de la vida surge la misma perpetuación de la mirada carcelaria del futuro. El hombre no soporta el desamparo de lo que desconoce.

En Las mil y una noches, esa maravillosa narración ahistórica —que se introduce en nuestros sentidos como una intensa aparición de haschisch— describe las fugas del laberinto del tiempo. Los personajes son atravesados por experiencias imprevisibles que los alejan de sus cometidos, aproximándolos nuevamente a ellos cuando justamente habían resignado la posibilidad de reencontrarlos. El Después de hora que propone Martin Scorsese en su mágica y estremecedora película repite la idea: el personaje es sacado violentamente de su rutina y devuelto con la misma velocidad a ella. ¿Qué fue lo que le permitió la salida? El desesperado deseo de otro acaecer. Las aventuras amorosas más intensas y apasionadas descriptas en la literatura y también vividas por la mayoría de los seres humanos tienen como característica esta falta de destino del encuentro.

Pero estas salidas no están en el futuro, ya que esto no es más que la perpetuación de una orden narrativa. El futuro es la pared de la cárcel del tiempo.

Al chocar contra ese invisible muro que nos separa de lo imprevisible, al acostumbrarnos al éxito o al fracaso de nuestros proyectos, al comprobar el vacío de misterio del devenir humano, el hombre resigna su percepción y se encapsula en el recuerdo. Ya no hay personas desconocidas a su alrededor sino pactos vinculares que valorizan y categorizan a las personas. Ya no hay calles sin rumbo sino rumbos que usan las calles para ir y volver. El futuro, entonces, es el más doloroso de los recuerdos.

Aquí y ahora (El fracaso de los dioses)

Escribe Henry Miller: “Miro hacia atrás y veo las tumbas donde están sepultados cada uno de los recuerdos que me obligan a pensar en cada uno de los caminos perdidos y encontrados de mi vida; miro hacia adelante y veo la prisión donde están encerradas las ilusiones que esperan ser liberadas de la carga de conseguir sus objetivos. Cuando despierto, veo que estoy sumergido en este endiablado río violento que corre a toda hora y en todas partes y que la frescura de los instantes me alivia del miedo que tengo a no saber nada”.

Aprisionado entre las grandes construcciones culturales que son el pasado y el futuro, el presente termina siendo una invención de sus compañeros de viaje. El presente es el recuerdo que el futuro tiene del pasado. Desde el criterio medicionista del tiempo, el flash del instante es tomado como molécula temporal y no hay una experiencia molecular de la vida, así como no existe una micropolítica ni una microfilosofía de ella. Sin embargo, el placer de existir está sólo conectado con ese flash. Es el sabor de la comida y no el acto de comer, es el párrafo maravilloso casualmente encontrado y no una novela que se estaba escribiendo. La eternidad del instante ha sido asaltada, trasladada hacia atrás y hacia adelante.

Retomando el mito pagano, en él se describe la lucha de los dioses desarrollándose sobre el campo de batalla más conmocionante de todos: el ahora, este instante. No sólo es el campo de batalla sino también la recompensa del combate. El dios original, Osiris, aterrorizado por su eterna soledad, fatigado por ese dolor insuperable que brinda la plenitud, tiene el deseo de que haya otro. Entonces se duerme, soñando un otro que, a su vez, lo sueña a él: es Seth.

Seth, el deseo de Osiris, lo atomiza: el soñador pasa a ser soñado por su sueño. Según la mitología, en el momento de dormir, Isis, la ausencia, hace el amor con Osiris y dan a luz a Horus, que es el aquí y ahora. Horus es Osiris en cada instante, Horus derrota a Seth cada vez que despierta a la plenitud de su existencia. Pero Horus es el dios más perseguido y acosado. Cada vez que surge con la espada llameante de su fulgor es duramente castigado por los adláteres de Seth. Los caminos que conducen hasta aquí y ahora están caracterizados por la absorción excesiva de estímulos intensificantes. El río violento del que habla Miller es reconocido por todos aquellos aventureros que han intentado sumergirse en la pasión de existir, los viajeros que desembarcaron los recuerdos, los fugitivos que escaparon a los designios del plan. Todos ellos han sufrido la mordedura de la máquina.

Si el dolor del pasado y el futuro se produce en las zonas más abismales de la mente, el dolor del presente es el más eficaz desenmascarador de una falsa vida.

Decía Jim Morrison: “Ninguna recompensa eterna merecerá perdernos el alba”. En la playa, el caminante mira el alba; ha perdido los barcos y ha sido abandonado por los recuerdos de los demás. Nadie lo espera y se echa a andar en su desamparo. A su paso, las historias del mundo se van desmoronando. Los sentimientos son desconquistados, el universo tiembla de miedo y de ternura.

Un bicho cualquiera, un ganso o un hombre, despierta a los dioses —tal como afirmaba Kurt Vonnegut— y nos hace sentir que hay alguien allá arriba a quien le gustamos.

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1 comentario sobre “El Dolor del Tiempo”

  1. Bigbongo Says:

    Que suerte encontrarme nuevamente con este articulo. He sido lector de la revista Cerdos y Peces donde este articulo fue publicado originalmente. Si mal no recuerdo bajo el seudónimo de Julian Meyer. El articulo lo he citado en la facultad en algun trabajo de historia.

    Gracias por traerlo nuevamente!!

    Adrian

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