LUNES:
Llegó el veinte de septiembre, el día en que Leyrian tenía que ir al Reformatorio, ya para quedarse. Su madre la acompañó, quería hablar personalmente con los responsables del centro para conocer el ambiente de aquel lugar. Llegaron a las nueve de la mañana, había mucha gente; sobre todo niños y niñas de todas las edades.
- Leyrian, tú quédate aquí; que yo voy a hablar con los oficiales para saber seguro si te quedas en este sitio.
- Tranquila mamá… no me escaparé… -dijo con una entonación propia del “qué pesada que eres ¿Qué piensas que voy a hacer?”.
La madre de Leyrian se fue, y esta última decidió dar un paseo entre la gente.
En una esquina y apoyada contra el muro, vio a una chica sentada, fumándose a escondidas un porro que sostenía entre dos dedos de su mano, con la cual sujetaba a la vez una lata de cerveza; y en la otra mano retenía tres cigarrillos, uno entre cada dos dedos. Sobre su cuerpo y alrededor de ella había más latas de cerveza (sin abrir) y más paquetes de tabaco. Fumaba con placer, intercalando cigarrillo y porro, y bebía con avidez.
Era de cuerpo normal, más bien alta. Vestía pantalones de campana y una camiseta bastante ceñida y de tirantes. Tenía el pelo castaño, aunque Leyrian supuso que se lo había teñido, pues llevaba mechas rojas. Sus ojos saltones y de un color casi negro estaban enrojecidos, como consecuencia del humo. A su lado se sentaba un chico alto y esbelto, algo rubio y con todo el pelo de punta como efecto de la gomina. También él bebía y fumaba.
Leyrian se debió quedar mirándolos un rato, porque la chica le habló:
- Sí, estoy atiborrándome. Es que una vez que crucemos la puerta está prohibido.
- Aaaah… enhorabuena -dijo Leyrian, sonriendo durante un instante.
- Es mi despedida a lo grande. No te creas que todos los días me fumo todo esto. Sólo la mitad -añadió como quien no dice nada.
- Quizá te entraría más… si te la metieras por… ¿intravenosa? -propuso Leyrian, fingiendo una demostración con su propio brazo.
- Si alguna vez ves a alguien pinchándose, directamente puedes pensar “pobre, está perdido”.
- Oooohh, vaya… ¿Y tú no lo estás?
Leyrian era una persona cerrada que normalmente no iba buscando la compañía de la gente. Sin embargo, no era vergonzosa, y cuando alguien le llamaba la atención enseguida bromeaba, más que nada porque así se lo pasaba mejor. El problema llegaba cuando cogía demasiada confianza con esa persona “bromeaba” más de la cuenta; tal y como solía ocurrirle con Behiál.
-¿Me vacilas o qué? Claro que no -contestó la otra chica sin ofenderse.
-¿Y si tanto te gusta la sustancia cómo es que vas a internarte ahí dentro?
- Por lo de las notas, pero parece ser que sólo yo y otros pocos privilegiados más sabemos la auténtica verdad de cómo las ponen, y creo que tú no formas parte de ese reducido grupo ¿Tengo razón?
- ¿A qué te ref…?
- Y de todos modos me viene bien dejar de fumar.
-¿Poor?
- Ya empiezo a toser sangre.
-¿En serio? -preguntó Leyrian riéndose, imaginando que se trataba de una broma.
- Sí, sí. De verdad.
- La que no estaba perdida… -masculló Leyrian; la chica no lo oyó.
Luego se quedó un rato en silencio, no se le ocurría nada que decir o que preguntar.
- Bueno, pues nada… que te vaya bien -se despidió la chica, al ver que ya no le ofrecían conversación.
- Y a ti; adiós.
Si cuando llegó Leyrian, hace sólo cinco minutos, ya había bastante gente; en aquel momento se podía decir que estaba plagado. No obstante, se internó un poco más en aquella cárcel humana. Le llamó la atención que todos los niños parecían angustiados, sobre todo los más pequeños. Desde dentro se podía saborear mejor la piel de esos infantes tiernos. Respiraban con dificultad, resollando polvo de ceniza, haciendo que un olor ceniciento rezumara entre todos ellos, entre toda esa alfombra de pellejos sangrientos.
Los lapiceros atravesados en sus gargantas de niño, las esquinas de sus cuadernos resguardadas por todo su cuerpo. Pétalos agridulces en sus carnes, pétalos llovidos de las mismísimas rosas de la muerte, que encajan sus espinas en los pechos desprotegidos de los chicos, tatuando miedo. Sólo el aire inocente, aguardando quieto entre ortigas, escapaba al sonambulismo de esos críos despiertos.
Leyrian pasó por delante de una madre que le tiraba a su hijo del brazo mientras éste se amarraba con firmeza a los barrotes del portón. El chico tendría unos nueve años.
-¡No, mamá… por favor, déjame quedarme! -gritaba berreando, se le veía muy desesperado.
-¡Suéltate, nos tenemos que ir y el monorraíl sale en media hora! -chilló, agarrándole aún más fuerte.
El crío, que iba en manga corta, ya tenía el brazo rojo.
-¡NOOO, ÉSTE ES EL ÚLTIMO AÑO; TENGO QUE QUEDARME! ¡AL MENOS DÉJAME HABLAR CON ELLOS SOLO ESTA VEZ PARA QUE ME QUITEN EL CHIP! -el niño gritó de dolor mientras decía esta última frase.
-¡Vamos, hijo; y te compraré la “game boy ultradimensional” para que juegues en el tren!
Mientras hablaba la madre, acudió corriendo un oficial; el hombre o estaba rapado al cero o era absolutamente calvo.
-¿Qué le pasa a usted, señora? -preguntó.
-¡Esta mañana me he levantado y he visto que mi hijo no estaba en la cama! ¡¿Dónde estaba?! ¡Amarrado a las puertas de este recinto! ¡Lleva desde Agosto diciendo que no puede irse a Cantabria porque éste es el último año aquí, y si obedece y se queda ya no le harán nada malo nunca más, y por fin podremos ir a donde yo quiera! ¡Y que si no queda más remedio y nos tenemos que ir hoy, que al menos le deje hablar con vosotros para que le desactiven el chip! ¡PERO LO QUE ME EXTRAÑA ES QUE ME DICE QUE “NO PUEDE IRSE” EN VEZ DE QUE “NO QUIERE IRSE”! ¡¿Y QUÉ ES ESO DE QUE NO LE VOLVERÁN A HACER NADA MALO Y DE QUE LE DESACTIVEN EL CHIP?!
- Vamos, señora… son cosas de niños…
-¡¿Y del nombre del reformatorio qué me dice?! ¡¿Qué es eso de Bestialidad?!
- Ya sabe usted que hay que infundir un poco de temor a los niños. ¡Pero le aseguro que ahí dentro no se maltrata a nadie! ¡Éste es un Reformatorio completamente legal, y si no me cree que se lo confirme el Estado! ¡Aquí nos hacen inspecciones al trimestre, y sin que nosotros sepamos qué día se van a realizar! ¡Aún así, los inspectores nunca han visto nada raro, ya que nunca lo ha habido! -dijo, fingiendo gran convicción y mostrándose autoritario, hablando alto pero sin mostrarse furioso.
Aunque a Leyrian le pareció que tantos detalles innecesarios tan solo podían ocultar un secreto inconfesable.
- Pues todo lo que el niño dice no creo que se lo invente ¡Es más, la única vez que se atrevió a confesarme que aquí le pegaban, gritó de dolor mientras se acariciaba el brazo como si se lo hubieran pisado! ¡Y en ese momento le puedo asegurar que no había nadie golpeándole! ¡LE ESTÁN VOLVIENDO LOCO!
-¡Después de todo lo que hacemos, nos lo pagan de esta manera! -prosiguió, simulando esta vez ser alguien completamente inocente contra el que se está cometiendo una atrocidad horriblemente cruel. -¡Hast… hasta tenemos nuestr… nuestro grupo… de monjas de la caridad! -añadió, haciendo que tartamudeaba para parecer aún más lastimosamente ofendido. De esta forma, la injusticia padecida se volvía aún más horrenda.
-¡Ellas trabajando aquí como unas posesas, atendiendo a todos los marginales del barrio! ¡Y si las ves a las pobres, llenando cuencos y más cuencos de caldo! ¡Una vez, una de ellas se derrumbó de cansancio sobre la enorme olla que contenía toda la sopa ardiendo y quedó deformada de punta a punta! ¡PERO NO, TODO ESO QUEDA DESMENTIDO POR UN NIÑO QUE DICE QUE AQUÍ LE PEGABAN!
-¡Mire, Señor; no soy tonta y estoy viendo cómo me está cambiando de tema! ¡Pero aún así, yo nunca he visto a esas monjas ni a inmigrantes haciendo cola, y mirad si he pasado veces por aquí!
-¡Pues llevan repartiendo comida en este mismo centro ya dos años, trabajan con nosotros, y si no que se lo “confirme el Estado”! -el señor insistía mucho en esto último -¡También esos espabilados vagabundos dicen que aquí no existe un lugar donde les reparten comida; pero así es! ¡De todos modos no sé qué pretende ver desde aquí fuera, ni que tuvieran que estar las pobres monjas repartiendo la comida en medio de la calle!
-¡Escúcheme señor, no me importa! ¡Y ahora por favor, dígale a mi hijo que nadie le va a pegar si se marcha!
- El niño eso ya lo sabe ¿Acaso te pegamos nosotros? -preguntó, dirigiéndose al niño.
Éste sólo respondió negativamente con la cabeza.
-¡Otra vez! ¡Que me tengo que ir, así que haga el favor de decirle a mi hijo que nadie le va a hacer daño si se marcha!
- Pero señora ¿Por qué no deja usted que se quede? ¡Se le ve tan contento aquí!
El niño lanzó una mirada asesina al oficial sin que su madre le viera.
-¡Esto ya es el colmo…!
-¿Y por qué no le preguntamos al chico lo que quiere? -continuó el oficial, que no se daba por vencido – A ver, mi lindo querubín ¿qué quieres hacer túuuu? -preguntó, tan amable él.
- No me puedo ir. Me tengo que quedar -repitió el niño, mirando a su madre.
-¡OS VOY A DENUNCIAR A…!
Leyrian se fue de allí, pues suponía que en la fase de la conversación que vendría a continuación se producirían constantemente redundancias de lo dicho hasta el momento.
Enseguida vio a su madre encaminarse hacia ella en una especie de trotecillo alegre. Resultaba embarazoso “que te caes…”.
- Oooh, Leyrian, hija… esto es una maravilla. Fíjate, qué de personal docente. Y encima del ejército. Con la disciplina que deben tener aquí seguro que te convencen para que dejes de decir palabrotas y para que dejes de pensar en delinquir -unos instantes de silencio -Y qué guapos son todos los militares…
“Ahora sale a la luz la verdadera razón” -pensó Leyrian.
- Yo no estoy segura de querer quedarme aquí… por allí he visto a un niño traumatizado… Y a la gran mayoría se les ve angustiados.
-¿Y qué le pasaba al niño ese?
- No lo sé, decía que le pegaban o algo así.
-¿Quién le pegaba?
- No sé, no lo ha dicho. Pero creo que se refería a los…
- Seguro que a los otros niños – dijo su madre, dándole la vuelta al problema para solucionarlo rápidamente -Pero no te preocupes, que con tantos oficiales aquí dentro… todos tan musculosos… -(más delirios eróticos) instantes de silencio y la tos que rectifica -Que con tantos oficiales aquí seguro que ningún niño volverá a atreverse a insultar a otro.
Leyrian no lo había mirado desde esa perspectiva ¿Y si lo que en verdad quería decir el niño era que los demás se metían con él? Leyrian no lo tenía del todo claro, sabía que muchas veces las nefastas explicaciones de los niños podían conducir a equívocos… y sobre todo que algunos tenían demasiada imaginación: muchas veces mentían y eran propensos a inventarse las cosas…
- Además, si no te tratan bien, siempre puedes dejar de venir -añadió su madre.
Leyrian no tenía ganas de discutir con ella; y además, en esto último llevaba razón.
- Bueno, hija. Yo me tengo que ir ya -dijo, al ver que los oficiales empezaban a cerrar los portones y sólo quedaban dentro ella y un número cada vez más reducido de adultos. Le dio un beso a Leyrian como despedida. -Que lo pases bien.
Los padres que quedaban, aconsejados por los hombres de verde, se fueron; dando la espalda a los niños, remando sobre el torso de las lágrimas curvas que soltaban sus hijos. Segundos después, se cerraron los portones entre nimbos de sudor, con el crepúsculo encima de ellas en su deseo de arder.
Clasificaron a los chicos y chicas en función de si ya habían pasado allí otros años o ese era el primero. Sin embargo, ellos tenían la incomprensible sensación de ser tratados como filetes de cerdo de mejor o peor calidad a los que había que poner precio.
Se sentían esclavos.
Había muchos más alumnos antiguos que nuevos. Los nuevos eran ciento cincuenta, aproximadamente. Y toda la atención puesta en ellos. Los setenta oficiales de rostros inexpresivos les observaban desde las sábanas de dos únicos ojos. Era como si toda la patrulla fuera uno sólo, terrible todo él.
Los nuevos no parecían tan nerviosos, no sabían lo que les esperaba. Todos los demás estaban demasiado tensos. No se trataba del agobio normal del niño que se enfrenta moqueando al primer día de colegio de un año cualquiera; era algo más intenso, más cruel. Angustia mortecina como músculo de bebé.
Cuando los nuevos empezaron a reparar en las miradas cautelosas de los que ya habían experimentado; sus fluidos comenzaron a removerse dentro de un recipiente común, insinuando flemas de advertencia, arcadas de anticipación; más fuertes a medida que los oficiales se les acercaban a ellos.
Leyrian pronto empezó a odiar todo eso. Los antiguos internos entraron en el castillo por la puerta principal ellos solos, sin la necesidad de ser perseguidos por sus respectivos tutores.
Un Castillo.
Leyrian no había caído en la cuenta de lo que era hasta ese mismo instante. Y lo peor de todo era que en cualquier otro momento y con otra compañía excepto la de los impenetrables soldados, no la habría importado estar allí. De hecho se habría sentido eufórica.
Los oficiales hicieron de ellos una larga hebra de nervios al colocarlos en fila india. Leyrian era la segunda, no se lo podía creer, no lo quería creer. De los ciento cincuenta alumnos que había en ese enorme patio a ella la había tocado ocupar el segundo puesto de esa gigantesca fila.
El encargado abrió una puerta encallada en el muro del castillo, que conducía a una habitación desamueblada y rectangular, llena de polvo. La cola de niños concurría enfrente de esta abertura. Y sólo sabían que no era la misma entrada que habían tomado el resto de los alumnos, los alumnos antiguos. Los oficiales mandaron a los niños pasar al recinto sin romper la fila. Lo hicieron sin tener que decir ni una sola palabra.
Leyrian cruzó la línea, esa línea que separaba los dos mundos. Un merengue de pelusas rancias acarició su rostro. Ya estaba dentro de la galería, aquella sala oscura enmoquetada en sombras; la puerta quedó unos diez metros por detrás de Leyrian. No podía avanzar más, debía respetar el riguroso orden de la cola. Aunque si se paraba a pensarlo, tampoco quería adelantar puestos. El encargado también entró en la habitación. Caminó hasta el muro de enfrente, donde se hallaba la siguiente puerta, y metió su llave en la cerradura.
Quizá fuera mejor que esa puerta fieramente indiscreta permaneciera cerrada para siempre.
Pero no; la mano del encargado girando… El entrechoque del tuétano de la llave contra aquel cráneo de acero que musita…
Quizá fuera mejor no saber lo que había detrás… Gelatina de sangre resbalando por el útero de cualquier hueso arrancado… incertidumbre…
Por favor… puerta indiscreta, no te abras.
Pero no pudo ser.
Luego llegó ese desagradable chirrido, risas de payaso dormido.
Y el vespertino despertar.
Leyrian sólo tuvo unos desquiciantes segundos para ver lo que había al otro lado de aquella puerta antes de que dos de los oficiales colocaran sus manos de hierro, fijas argollas oxidadas, en los hombros del primer chico y le empujasen hasta las profundidades de aquella sala, cerrando la puerta de nuevo. Ahí dentro sólo había una especie de mesa camilla cubierta por una toalla sucia; el resto, era vacío, vacío contado y clasificado, que se iba derramando poco a poco sobre la habitación en penumbra.
A Leyrian no le gustó.
Durante unos segundos sólo se palpó un silencio enfermo, que mordía. Después, llegaron los gritos.
De repente, Leyrian lo comprendió todo; y si no todo, al menos parte de ello “¿Por qué nos meten en una sala pequeña dentro de otra más grande, en vez de hacernos entrar directamente en un único cuarto? Pues para aislar al mundo exterior de nuestro gritos”. Ahí fue cuando Leyrian se quedó paralizada, para instantes después, decidir que deseaba cualquier cosa excepto estar allí.
Otro oficial apoyó sobre su espalda unos dedos achaparrados, obligándola a moverse.
Miedo y la nada… una combinación explosiva de enemigos en tan diminuta región: habría reacción. Un pastel de aire se extendía a los pies de Leyrian. Y, sin embargo, al primer paso que dio, casi sin fijarse en lo que hacía, tropezó con uno de aquellos témpanos en su enfrentamiento, hasta tal punto que casi cae de bruces.
Se sentía torpe y abrumada. Entonces se sintió como Rudolph al recordar aquella situación en la que le llevaban preso, haciéndole caminar por las tétricas galerías de aquella penitenciaría -de nombre “PENITENCIARÍA MOSTRUOSA PARA ANIMALES QUE EL REY NO DOBLEGA” -para que aumentase su terror: Se acordó de aquellos instantes en los que los ojos de Rudolph, ojos ensangrentados en la oscuridad, rodaban desdichados sobre la herrumbre del costado de aquellas máquinas infernales, esperando la oportunidad de ser englobados e incorporarse al interior de esos artilugios de tortura para masticar sus dientes, para desollar el mismísimo seno de sus hígados; igual que ese torturado que esconde alfileres bajo sus párpados para hundirlos en la garganta de su verdugo llegado en el momento preciso. Aquellos segundos en los que Rudolph estaba tan impresionado que el cuerpo no le respondía, que su mente se había desconectado de todo lo primitivo… de lo humano; que lo único que pudo hacer fue derrumbarse sobre los injustos brazos del destino, mientras caminaba desolado hacia su cruel condena.
La puerta por la que habían hecho entrar a aquel niño hacía ya varios minutos se abrió de nuevo, esta vez para Leyrian; y ya no pensó más en Rudolph, ya no pudo recordar nada más porque sus pensamientos se volvieron locos:
De repente, el mundo en todo su ser se le cayó encima. Se vio en el interior de una cúpula de imágenes, dentro de un globo sordo y ciego de rostros y cuerpos, que iban y venían según si esa manta de cuero aerostático se hinchaba o se deshinchaba. Una maraña de zumos, formas desfiguradas discurriendo por aquel redondeado acuario sinuoso, por la membrana de ese flan de caras.
Esas caras: ridículas en toda su perfección aun con sus horrendas muecas, siempre estirándose o engordando en función de si se alejaban o acercaban a Leyrian. El aire, alimentado por el aliento de tantos seres, era tan espeso allí dentro que se podía ver. Cuando Leyrian observó su reflejo en las ondas, como si éstas fueran un espejo, todo reventó.
Saltaron todos los trocitos de aquellos miembros abiertos, disociándose por toda la habitación y penetrando en el cuerpo de Leyrian. De haber podido, habría atravesado con la mano su pecho para extraer los repugnantes restos de aquella gente, antes entera; o habría partido su mente para sacarse los pedazos de su cerebro roto.
De repente Leyrian logró reaccionar, dentro de lo que cabe.
Salió de la fila y corrió hacia la salida, casi sin saber por dónde iba. Pero había demasiados guardias, y uno de ellos la atrapó cuando iba a mitad de camino. Leyrian insultó, escupió y golpeó, pero la sujetaron entre cuatro y consiguieron meterla en la sala, cerrando la puerta a sus espaldas.
MARTES:
Leyrian entró en el aula, se encaminó hacia el final de la clase y se sentó en una de las sillas, sin importarle en cuál ni saber al lado de quién se ponía. Puso los codos sobre la mesa y apoyó la cabeza entre sus manos. Se quedó así durante un rato. Esa noche no había dormido nada, y aún lo veía todo borroso, como si el mundo estuviera compuesto por viñetas difuminadas.
-¿Qué te pasa? -preguntó alguien.
A Leyrian le sonaba su voz. Levantó la cabeza. Vio que era la chica que fumaba.
- Mi mundo se desmorona…
-¿Pero estás bien?
- Sí, sólo me duele la cabeza.
A Leyrian le dolía sobre todo el brazo, pero no dijo nada.
- ¿Siempre vistes así? A mi es una cosa que me da lo mismo, pero te advierto que los profesores podrían cogerte manía, y no te lo recomiendo. Esto está lleno de fachas y machistas, y les gusta tener cada cosa en su sitio y a cada persona en el lugar que según ellos le correponde.
A Leyrian, que solía llevar ropa ancha y de chico, alguna vez incluso la habían confundido con uno de ellos. Tenía el pelo castaño oscuro recortado a capas y los ojos verdes con motas marrones.
- Que les den -esperó unos instantes -¿Cómo he podido terminar en este antro? -añadió Leyrian con pesadumbre.
-¿Por lo de las notas? -contestó como diciendo “¿todavía no lo sabes?”
-¡Pero qué es lo de las notas!
-¿A ti no te lo han explicado después de rajarte el brazo?
- No se… estaba mareada y no me enteré.
En ese momento, todo lo sucedido el día anterior volvió a surcar su cabeza como un rayo azul.
La habían sujetado entre cuatro militares y metido en aquella sala a empujones, cerrando la puerta después:
Ya en la nueva habitación, sintió manos por todo su cuerpo, y cuando de súbito iluminaron el cuarto, Leyrian vio que había al menos ocho personas a su alrededor, todos ellos con el uniforme del ejército también, agarrándola. Trató de soltarse una y otra vez, pero las frías manos de acero se le clavaban como arneses. Aquellos dedos carnosos, aborto de ampollas y callos, apretaban mientras se inflamaban de placer, de hambre de gula, de hambre de hacer daño… Entonces sintió escalofríos recorriendo la misma médula de sus huesos ya medio muertos.
La llevaron hasta la camilla del centro prácticamente a rastras, para tumbarla encima después, boca arriba. Notó bajo su cuerpo aquel repugnante prepucio de sudor agrio, prepucio extasiado sobre la camilla por pura pereza. Se trataba de la toalla, húmeda y sucia debido a las emanaciones de los demás niños. No descartó que alguno de ellos también hubiera depositado ahí la orina. Leyrian estaba sudando, y se había dado cuenta. No podía levantarse, y eso la enfurecía; era presa de una superficie.
Mejor aún, no podía ni moverse.
Pusieron el dorso de su brazo izquierdo mirando hacia el techo. Leyrian pensó que ya no sería más la parte blanca de su brazo. Le arrimaron una especie de estertor que escupía espuma blanca; nata de leche muy fría. A Leyrian le escoció por la presión, y se empañaron los ojos en lágrimas contrahechas. Ya no pudo ver esas cabezas elevándose por encima de la suya, sólo manchas indefinidas; por lo que tampoco vio que uno de ellos se acercaba sosteniendo un cúter.
De pronto, sintió una punzada de dolor en el brazo, que se extendió hasta su cabeza como un abanico de cristales quebrados. Empezó a marearse cuando la hurgaron dentro de la herida. Temblaba de dolor, aunque no pudo saber si gritaba o no porque sólo escuchaba la canción de su cabeza, que pitaba constantemente… Cuando terminaron con la carnicería cosieron la raja, pero esto Leyrian no lo notó porque ya había perdido el conocimiento.
Leyrian se despertó, y huyendo de la costra de noche de sus sueños, empezó a recobrar los sentidos. En su brazo veía muy difusamente aquel gusano coagulado brillando bajo esa especie de corpúsculo de hierba beige y mal atada: La habían vendado.
-…Bueno… lo mejor… notas… él diga… ¿escuchando?… -decía uno de ellos.
Leyrian sabía que la hablaban a ella.
A veces escuchaba palabras tan audibles como un susurro lejano, otras sonidos indefinidos, otras sólo notaba un pitido. Lo que sí sabía era que cuatro hilos largos de la venda atravesaban su cabeza, la traspasaban de sien a sien: cuatro puntas colgaban de cada oído. Los cuatro hilos, quietos en el interior de su cráneo, se desperezaban tendidos sobre un puente partido, ese cúter de seda incrustado en lo más profundo de su mente; construido por las horas, labrado de minutos, desintegrado en el tiempo.
Después de varios intentos infructuosos, Leyrian consiguió abrir los ojos casi del todo y mirar a su alrededor, observar algo a parte de su brazo: no se podía creer lo que estaba viendo.
“Qué bien, ahora además estoy sufriendo alucinaciones…”
Una de las “enfermeras” se dedicaba a agitar dos dados dentro de su mano para luego soltarlos sobre la mesa. Luego volvían a hablar y apuntaban algo en una libreta.
-…Tienes… en… ocho… bien… sufrir… cabeza…
Leyrian sólo pudo observar que un dado marcaba tres y el otro cinco.
“¿Sufrir? ¿Han dicho sufrir? ¡Claro que han dicho sufrir, lo has oído perfectamente! ¡DIOS, ESTAN LOCOS!”
-…Siéntate… terminado… notas.
Leyrian notó cómo la volvían a sentar en la camilla ¿Pero de verdad se había levantado? No lo sabía. Sólo sabía que esa gente seguía con el proceso de tirar los condenados dados y escribir.
“¿¡Y SI SE DEDICAN A ECHAR A SUERTES LA MEJOR FORMA DE MATARME!? ¡LO MISMO SE ABURREN MATANDO SIEMPRE DE LA MISMA MANERA Y QUIEREN CAMBIAR! ¡Ha salido un seis: jugaremos al ahorcado; ocho: a la de tres saltas por la ventana, ya verás qué bien…! ¡O IGUAL ESTÉN ELIGIENDO CÓMO TORTURARME!”.
-… ¿Estás bien…?…
Leyrian movió la cabeza afirmativamente sin saber demasiado lo que hacía.
A continuación, vio que uno de ellos aparecía con una especie de sonda. Extendieron su brazo y le quitaron la venda ensangrentada. Acercaron poco a poco el extremo rojo del instrumento a la herida de su brazo. Leyrian no se resistió, a pesar de que ese color rojo vivo hacía que palpitase en su cerebro la palabra “calor”.
No quemaba, para su sorpresa no quemaba; y excepto durante el contacto inicial, en el cual notó como si apoyasen suavemente un dedo sobre el corte, todo el rato se mantuvo el mismo dolor que había sentido hasta el momento.
Algo sorprendida, vio cómo la herida cicatrizaba. Había oído hablar sobre ese mecanismo de curación aparente por primera vez durante el año 2038, aunque nunca había tenido oportunidad de verlo. No obstante, sabía que todo eso no era más que un vil engaño. La herida seguía estando ahí, aunque invisible para cualquier ojo. Por lo tanto, no se angustió cuando le retiraron la sonda y comprobó que le seguía doliendo igual.
Leyrian sabía que aún no se había inventado un instrumento capaz de curar instantáneamente heridas tanto artificial como naturalmente, pero supuso que aunque así fuera esa gente no se habría molestado en comprarlo, y si no ¿Por qué no les ponían anestesia en vez de esa espuma ácida, por qué les cortaban con un cúter (a todos los alumnos con el mismo) en vez de utilizar un buen bisturí, y como es que no cambiaban de vez en cuando esa toalla asquerosa que ponían sobre la camilla?
Pero en ese momento a Leyrian no le importaba todo eso, sólo que le seguía doliendo el brazo. Probó a mover unos centímetros la extremidad, algo que no había intentado hasta el momento. Para su profundo desagrado, notó algo dentro, pululando incansable por ahí. A continuación, empezó a sacudir el brazo ligeramente, desesperada.
Un constante sonido húmedo llegaba a su mente mientras agitaba el miembro ante su cara. Aquel extravagante ruido provenía de esa piedra que repiqueteaba en su brazo. Tintineaba contra el cementerio de un esqueleto pisoteado, el cementerio de aquel tubo de resonancia originado por el hueco entre el radio y el cúbito: gemelos enfrentados por ser cadáver.
Las algas rosadas de aquella almohada de lenguas hacían a la piedra bailar sobre su sudario. La hacían repiquetear mientras un arpa de venas doradas engendraba una canción de oro, canción que siempre giraba en el espacio caído para huir de otra música, una música más cruel: aquella que salía de una maraca de calcio y yeso que antes fuera brazo humano.
Esa piedra danzante… Álien nunca visto…
Alien escondido en aquella mueca de luz oscura. Leyrian se alegró en el fondo de que no estuviera vivo, aunque eso implicaba que tampoco pudiera empujar para salir.
Pero no era posible; una cosa es que tuviera una piedra dentro del brazo y otra muy diferente que ésta generase ruido mientras Leyrian lo movía. Para eso deberían extraer la sangre de su brazo y dejárselo completamente seco y vació. En caso contrario, la piedra se clavaría como una chincheta en el néctar de su propia hemoglobina, impidiéndose así gran parte del movimiento y el del sonido.
Después de mucho, Leyrian fue capaz de convencer a su mente de que no salía ningún tamborileo de su brazo. Pero aún así, no lo podía soportar. Cada vez que pensaba que tenía algo metido ahí dentro le invadía un intenso malestar, y después, las ganas de vomitar. No aguantaba sentir esa piedra deslizándose en su interior… Odiosa canica rodando ociosamente por tobogán plano, tobogán escrito en miel de fuego.
Creía que iba a ponerse a gritar de pura desesperación… cuando de pronto todos sus músculos volvieron a relajarse al descubrir que empezaba a recuperar el oído. Todo indicaba que sus sentidos se habían bloqueado durante unos minutos debido a la conmoción, dejándola prácticamente sorda.
Pero ya podía escuchar otra vez:
-…Y ya habremos terminado -le decía uno de ellos a su compañera -Vete abriendo la puerta trasera para que la chica pueda salir.
Se dirigió esta vez a Leyrian:
- Escucha. Te hemos metido un chip en el brazo -explicó.
A Leyrian le pareció ver una sonrisa maliciosa en su cara. Pero no se preocupó por eso, su cerebro ya estaba demasiado ocupado asimilando que el chip era esa “piedra” que notaba.
- Está preparado para golpearte principalmente cuando reveles algún secreto importante de este sitio, siempre y cuando lo hagas con ánimo de jodernos. El chip detecta ese sentimiento dentro de ti y manda el castigo a tu cerebro. ¿Sabes por qué sólo te golpeará cuando hables mal de este sitio intencionadamente? porque lo que hace el chip es reconocer las reacciones químicas que se producen en tu organismo -y que te hacen sentir ese odio mezclado con la euforia de saber que estás haciendo algo prohibido, para después dar paso al alivio que produce el haberlo confesado -para responder ante ellas. También los profesores pueden controlar el chip, así que intenta contenerte siempre para sufrir lo menos posible. Y nunca te atrevas a desafiarnos, porque el chip incluye otro castigo más severo.
Leyrian le observó con una expresión de rabia en su rostro. El otro se percató de ello y sonrió.
- Pero no te preocupes, que ni siquiera te saldrá sangre -añadió.
Leyrian le miró sorprendida ¿Estaba intentando animarla? No se lo podía creer.
- Claro, que lo que el chip hace es enviar el impulso nervioso a la mente para que sólo sientas el golpe. No es real, por lo que ni siquiera distinguirás una leve marca; aunque si lo fuera, sí que sangrarías algo, pero como no lo es…
Tal y como Leyrian había supuesto, el hombre ése la estaba intentando provocar. A medida que Leyrian se enfurecía, la sonrisa del otro se ensanchaba aún más.
- Sólo es un estímulo de dolor mandado a tu mente, sentirás una quemazón, como un corte, aunque no podrás verlo. Imagina una goma elástica de alambre ligeramente erizado, puesta alrededor de tu brazo. Entonces alguien la agarra por un extremo y comienza a estirarla, más o menos hasta tensarla medio metro. Aunque el alambre se te clava en la parte de fuera del brazo, lo que de verdad duele es cuando sueltan la goma y te golpea en la parte de dentro. Así que es como un látigo, pero sin punto de comparación. Yo ya lo digo pero nadie me escucha, si os diesen latigazos de verdad aprenderías mucho más rápido…
Leyrian estaba iracunda.
- Deberías controlarte, no querrás recibir el primer golpe tan pronto. Por cierto, jamás pienses en hacerte un corte en el brazo para intentar sacarte el chip; tiene un mecanismo de explosión, te amputaría el brazo al instante.
Leyrian no sabía qué pensar ¿sería un truco o en verdad tendría una mina en el brazo? Tampoco quería darle vueltas. Lo único que Leyrian deseaba en ese momento era matar al señor…a todos ellos. Matarlos, pero no sin antes hacerles el mayor daño posible.
-Y ahora, ve con ella -añadió, señalando a una de las mujeres militares, a la que esperaba junto a la puerta trasera – Te ensañará la ubicación de la sala común de las chicas y del aula donde mañana te encontrarás a las nueve y media. A las nueve y media.
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This post was submitted by Sara de Mingo Fernández.

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