Relato

El Círculo

Por Cisco Herz Pamir, en 15 de marzo de 2011

EL CIRCULO

A veces el círculo era ella, otras veces el círculo era yo, aunque nunca llegamos a coincidir los dos en uno mismo. Olvidado estaba el período de la creación del círculo, empezó a formarse hace mucho tiempo, muy lejos, y con la distancia no se apreciaba su fino contorno, que ya pudiera estar fabricado de ladrillo entrecruzado o dibujado con fina tiza escolar. No me di cuenta de su presencia hasta que me encontré dentro de él. Al principio lo confundí con el tiempo, creía que el círculo era el pasado y que lo recordaba a medida que me alejaba; también se me presentó como el futuro, enclaustrado en su redondez, y yo lo debía alcanzar para vivirlo y liberarlo. Llegó a ser tan nítido y, a la vez, tan difícil de definir.
Pero en el principio de los círculos estábamos tú y yo, engañándome con eclosionar nuestras prisiones. Te odié por no poder entrar dentro de tu círculo. Aprendí a moverme dentro de mi desierto acotado para aproximarme a ti. Acumulé tanto rencor que incluso pensé en matarlo, ignorando que mi círculo era mi vida.
Lo peor era cuando ella estaba en el círculo y yo no, hasta que acepté que cada uno pertenecía a círculos distintos, plurales, un círculo diferente para cada uno. Diferente en verbo, diferente en tamaño, diferente en voltaje, nuestros círculos giraban y giraban en espiral para volverme loco. Mi círculo se hacía inmenso para hacerme creer que ya estaba fuera de él, y corría irrealmente para poder llegar hasta el tuyo, sin saber que nunca saldría del mío.
Los círculos me han perseguido desde pequeño, desde que aprendí a diferenciar los colores y las formas. Las aristas y los vértices de cualquier objeto permitían un punto de sujeción para cogerlos. Pero en cambio el círculo, o la esfera, se hacían esquivos a mis pequeñas manos y desistía de su amaestramiento. La obsesión por lo redondo era perpetua: los donuts, las canicas, las bolitas de anís, los ceros del examen de matemáticas. La mayoría de las letras de cualquier alfabeto poseen círculos o porciones de ellos, las monedas son redondas desde las fechas de los reyes consuetudinarios, los ciclos lunares, las ruedas que mueven la historia del mundo, el volante de mi coche, las pupilas de tus ojos, los anillos matrimoniales, el final rosado de tu pezón, los balones de fútbol, este fatigado planeta, incluso tu culo apretado por esos tejanos es bastante redondo. Todo posee relación con el círculo.
Con el paso de los siglos, aprendí a dominarlo, hacerlo girar en tu orbita, hacerlo crecer para avasallar a otros círculos, hacerlo disminuir para camuflarme y espiarte, hacerlo bailar como un tiovivo, hacerlo parar como el sol incandescente de un mediodía agosteño. Engañarlo, mentirlo, crearlo y variarlo en un juego infinito, formar parte de ese círculo con todos mis átomos, abandonarlo con todo mi desprecio para no llegar a formar parte de su identidad, cambiar el valor del número µ (Pi) para no poder calcular nunca su área. Cuando todos los movimientos y efectos de mi círculo provenían de mi voluntad, fue en ese momento cuando decidí acabar con él, aún sabiendo que no te volvería a ver más.
Logré agrandar el diámetro de mi círculo infinitamente, hasta que su radio fue proporcional al tiempo que se tarda en deletrear tu nombre mil veces: “Y-E-R”. Lo tuve algunos días engañado con su enormidad. Luego cambié mi estrategia: fui repitiendo tu nombre a distintas velocidades, encogiendo proporcionalmente y a la misma vez su perímetro, que se ceñía concéntricamente en cada reducción a mi cuerpo. Hasta la última vez que dije rápidamente: Yer, entonces el agonizante círculo sólo fue un punto (¿redondo?) que había desaparecido junto a ti cuando ya había estrangulado mi cuello.

Por círculos de los círculos, amén.

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