Relato

EL BILLETE

Por , en 2 de marzo de 2005

Sin poder creerme todavía lo que me estaba pasando, pensé en intentar averiguar cuál de mis amigos había dejado aquel billete allí. Tal vez de ese modo pudiera averiguar la identidad de la autora. Pero luego me lo pensé mejor y decidí no hacerlo, puesto que sabía que me mirarían con cara rara o en el peor de los casos se reirían de mí, pensando que había bebido más de la cuenta. Guardé el billete en un bolsillo interior de la chaqueta, para no entregarlo por error y salimos del restaurante mientras trataba de buscar una explicación lógica a todo aquello.

Unas horas después, mientras regresaba andando a mi casa, lo saqué de nuevo y empecé a pensar sobre el asunto. Todo me parecía muy extraño. Difícil era que el billete cayera en manos de nuevo de la persona que había escrito la primera frase, muy complicado que escribiera a su vez una nueva frase y francamente imposible que el billete volviera otra vez a mí. Pero aquello era exactamente lo que había ocurrido. Ni más ni menos. Entonces me di cuenta de que fuera quien fuera, esa mujer no era alguien convencional. Y aquello me inspiró la suficiente curiosidad como para continuar aquel juego extraño que ha seguido hasta hoy, sin que hasta el momento hubiera contado nada a nadie.

No es sencillo explicar que me comunico con esa anónima solitaria a través de un billete. Puede resultar chocante, pero esa es la realidad. Tras la cena, para comprobar si realmente aquello se salía de lo normal o no, escribí mi nombre, como ella me pedía y usé el billete en la otra punta de la ciudad. De hecho, lo utilicé para hacerme con el bono del metro, seguro como estaba de que los billetes que se introducían en aquella máquina iban directamente al banco. Para mi sorpresa, éste regresó a mí unos días después en forma de cambio entregado en un supermercado. Eso sucedió hace varios meses. Y todavía hoy, sin que sepa cómo ni por qué, ese billete regresa a mí en los lugares más insospechados, después de que ella haya contestado a cada frase mía. Sigo sin saber demasiado de esa mujer, salvo que gracias a mí se siente menos sola. A veces aparece junto a nuestro “diálogo” alguna intervención no deseada de algún curioso. Pero nosotros lo ignoramos. A fin de cuentas, se trata de una conversación privada, aunque todo el mundo pueda leerla.

Por José Manuel Rodríguez.


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