Relato

EL BILLETE

Por , en 2 de marzo de 2005

Nunca volví a ver ninguno de aquellos ejemplares que firmaba con tanta ilusión. Un día mi tío Jaime, que es bancario de profesión, me vio firmar uno de aquellos billetes. Me preguntó el motivo, y yo le dije que esperaba que regresara a mí, transcurrido un tiempo. El se rió y me aclaró que no era el único que pensaba aquello, puesto que en el banco donde él trabajaba a diario encontraban billetes con todo tipo de dibujos, firmas y frases escritas cuando se realizaban los ingresos. Pero también me indicó que, por instrucciones del Banco de España, tanto ellos como los demás empleados de cualquier sucursal se encargaban de destruir aquellos billetes. Parece ser que en la Casa de la Moneda no hacía mucha gracia el hecho de que circularan por ahí billetes con frases malsonantes, dibujos o firmas. Esto último me dio que pensar. Deduje que aquel billete no había sido escrito hace mucho. Vencido ya por el sueño, me fui a la cama.

Al día siguiente, cuando volví a aquel bar para tomar mi habitual cerveza, se me ocurrió pagar con ese mismo billete, pero después de haber escrito en él algo agradable para la autora de la frase. En realidad, no existían apenas posibilidades de que quien escribió la frase en aquel billete lo volviera a recibir con mi “respuesta”. Ciertamente, era casi imposible. Aún así, quise hacer la prueba, nada me costaba intentarlo. Además, como receptor de aquel billete me sentía deudor de esa mujer y no estaba dispuesto a dejar de hacer lo único que tal vez podía ayudarla. Así, justo debajo de la frase anterior escribí: “no estás sola, estoy contigo”. Aquello era un poco tópico, y hasta cierto punto difícil de creer para dos desconocidos, pero fue lo más adecuado que se me ocurrió. Pagué la cerveza con él y me marché a casa, con una extraña satisfacción.

Al cabo de una semana salí a cenar con unos amigos a un restaurante del centro. Lo pasamos realmente bien. Ya había olvidado el episodio del billete, puesto que tras ponerlo otra vez en circulación no había vuelto a pensar en el tema. Cuando acabamos de cenar solicitamos la cuenta. El camarero nos la trajo, alguien hizo el cálculo y tocábamos a pagar 20 euros por cabeza. Cada uno fue depositando en el centro de la mesa su parte correspondiente. Yo esperé a que todos los demás hubieran dejado el dinero para obtener cambio, ya que sólo disponía de un billete de 50. Me correspondía, por tanto, retirar del montón uno de 20 y otro de 10. Cogí ambos y cuando los estaba guardando me di cuenta, sin salir de mi asombro, que el billete de 10 era el de la semana anterior. Lo miré con detenimiento y vi que realmente era el mismo, con la atormentada frase que descubrí el primer día y la que yo añadí justo debajo de ella. Pero lo más increíble es que bajo lo que yo había escrito se leía una nueva frase. De repente, me puse muy nervioso y pensé que lo estaba imaginando. Pero no era así. La letra de la nueva frase era idéntica a la de la primera, y estaba escrita con la misma tinta. Decía: “gracias, ¿cómo te llamas?”.

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