daltónico de palabra

Me aburre mucho; siempre es lo mismo. Trabajando medio mes para recoger patatas, y luego a hacer cola en el INEM hasta que encuentren algún trabajo basura que encaje con mi perfil. Resulta que un licenciado en Filología Española es todo lo que los agricultores desean; debe ser para que me lleve bien con los tubérculos. El caso es que mis riñones en eso de la elasticidad y la flexión ya han dicho basta, que no se agachan más o tendré lumbalgias prematuras; esto si que es chantaje y lo demás son tonterías. Que no es la primera vez que me dan trabajos de acopiar cosas del suelo, que antes fueron tomates, previamente hortalizas, y precedentemente verduras. Si digo yo, no me llamarán para recopilar almendras o naranjas, que por lo menos no tendría que doblarme, que ya parezco contorsionista de la soltura con la que lo hago. Creo que el jefe de la recolección de verduras quedó muy contento con mi servicio, y me recomendó a otros cultivadores… Salí de la carrera después de cinco años con ganas de comerme el mundo, y claro, lo que los demás ya cansados hacían en dos horas, yo lo hacía en una; hasta que vi dónde me estaba metiendo, y que los dolores que por la noche me despiezaban, no me iban a llevar por mucho que me esforzara hasta un sillón de la RAE. Ni aunque rogara incansable al bueno de Lázaro Carreter. Si lo sé, lo hago mal, para que se olviden de mí. Era yo como el Jack Custock de las zanahorias, y hasta un día unos musulmanes muy simpáticos que trabajaban conmigo me hicieron una foto al lado de mi último montoncito arrancado. Ya veía mi imagen publicada en la portada de todos los periódicos, como empleado del mes, y que al lado en negrita pusiera: “Alejandro Cornejo, el hombre que susurraba a las hortalizas”. Sería en Jara y Sedal, por supuesto, o alguna revista técnica y específica en cultivos y siembras.

Mi estómago empezaba a hacer ruidos extraños, tanto que parecía un Poltergeist, pero respiré hondo, saqué pecho, y habiéndome percatado de que era mi turno, me acerqué hacia la oficinista que me iba a ayudar supuestamente a encontrar parné con un encargo digno. Después de los saludos de cortesía, cuando me preguntó por mis datos personales, no pude emitir palabra. No es que fuera muy guapa, o que me hubiera enamorado, o más fea que un perro Boxer, que por eso a uno también se le pueden ir las dicciones, sino que a veces sobre todo cuando me ponía un poco tenso, decía cosas chirriantes, como si no fuera mi boca la que hablaba… confundía consonantes; desde la primera vez que me pasó, cuando me dio por hacer el tonto delante de una comisaría discutiendo con una señora que había allí de ropa muy escueta y llamativa la cual me había llamado gangoso, mi madre me llevó a un psicólogo, y este le dijo que era un problema psiquiátrico; no sé si llegaría a esta conclusión porque un día me dio un ataque y le rompí el flexo en la cabeza cuando conocí lo que cobraba por hora. Mi madre señaló que yo estaba muy cuerdo, y que no iba a meterme en ningún sanatorio mental, como exponía mi padrastro… Que esos encontronazos con los avatares de la vida, ya se me pasarían. Aunque yo creo que estos trastornos estaban justamente hoy viviendo su Edad de Oro. La empleada estaba allí esperando a que yo me arrancara, un poco molesta ya:
– Alejando Conejo Ico -. ¡Vaya! Hoy no podía pronunciar la >.
– ¿Es la primera vez que vienes? No te tengo en el ordenador – .
– No, no… Conejo no, Conejo, con egue en medio -.
– Pues eso, chico. No tengo ningún Conejo. Oye, bonito, ¿no te estarás haciendo el gracioso conmigo? -, dijo ella con tono de que fuera a seguir con una amenaza.
Fue entonces cuando el segurata del INEM me miró con cara de pocos amigos, y dejándole a la chica mi currículo encima de la mesa, decidí salir por piernas. Ignoré si la oficinista lo leía o lo tiraba a la papelera convenientemente situada; ya volvería mañana, cuando mi lengua se hubiera disciplinado.
En el camino a casa fui repasando que gracias a mi confusión de palabras, de nuevo había quedado como un idiota. La gente siempre piensa mal: antes de jugar con la posibilidad de que tengas un defecto, un problema, o una lacra, dan por sentado que te quieres burlar de ellos. Nada más lejos de la realidad.

Desde luego, que fue peor aquel día que me dio con la letra ch, y en vez de saltármela no dejaba de pronunciarla en lugar de otras. Así decía:
– Chor chavor, cheme el perióchicoico; Chor chavor, chíchame la hocha; ¿Che chocha es? -. Entre hocha y chocha, una ancianita se sintió ofendida, y me pegó con su paraguas con tanta intensidad que pensé que me había hecho un injerto de piel en la coronilla… Y yo sólo quería saber la hora. El mismo día pisé a un policía y le pedí perdón, sin embargo él no sé qué entendió que me llevó a jefatura, alegando algo sobre agresión verbal a un agente; hasta me esposó, y me leyó mis derechos. Si yo sólo me disculpé por el pisotón:
– Cherdón, agente. Cherdón… -. Creo que en ese mismo momento, dos calles más abajo había alguna manifestación de sindicatos y no estaba autorizada. Puede que el guardia este especulara con que yo fuera un alborotador un poco perdido que le llamaba a su cara plana como una torta >. Si conociera lo inocente que soy…

La verdad es que estos cambios de las consonantes sólo me da por hacerlos de tiempo en tiempo. Cuando fui al INEM, hacía ya como dos meses que no me ocurría algo parecido; quizá sea algo de cabeza… Voy a tener que volver a un especialista, diga lo que diga mi madre. La novia de mi hermano comenta que igual convendría que hablara en francés cuando me viera neurasténico. Digo yo, que si un día de repente me pongo a hablar con la panadera en francés, con la poca idea que tengo de este idioma, pues que igual me da leche en vez de pan.

Ya en mi piso, me puse a hacer lo único que me relajaba, tocar el violín. No soy como el Paco de Lucía de los violines, pero no lo hago mal; sobre todo me gusta interpretar piezas checas, aunque en mi repertorio también es habitual que practique con Max Bruch o Alexander Glazumov; la música de cámara es algo que me hechiza. Era aún joven cuando murió Jascha Heifetz, pero esa música tan melancólica, con un fondo de falsa o puede que verdadera esperanza colmada de dolor, quizá sea la que definitivamente me lanzara al mundo de la cuerda. En este instante, iba a interpretar su Concierto nº 5 para violín, el cual había sido compuesto para él por Vieuxtemps en el siglo anterior, y fue un virtuosísimo violinista también, y compositor, el cual tuvo que frenar su extraordinaria carrera de concertista por una parálisis. Estos malditos estigmas se le presentan a uno cuando menos se lo espera, en el peor de los momentos. Siempre disertaba mi profesor la frialdad con la que tocaba, que apenas movía el brazo, aunque yo no presto atención a esto, a menudo cierro los ojos para acentuar mi concentración si me sé las notas de la partitura. No estoy robotizado como algunos afirman; solamente es que para llegar a hacer algo mecánicamente y dejándose el corazón en cada bemol, antes ha habido que prepararse mucho y escuchar incontables veces a los maestros… Yo aún estoy en esta fase, como en multitud de otros sentidos de mi vida.

La música que salía de mi violín era delicadamente fantástica, y su ritmo conseguía totalmente convertirme en otra persona. El secreto estaba en tratar las melodías con mucho tacto y mucha armonía, sin salidas de tono. Unos timbrazos se inmiscuyeron en mi anodina paz, y como estaba esperando unos libros de Barbastro, atendí a la llamada hasta con amabilidad:
– ¿Sí, quién? -.
– ¡Propaganda! ¡Abra, por favor! -, rogó una vulgar voz de mujer, que a mi juicio no se había quitado el chicle de la boca para hablar conmigo. O eso, o tenía paperas.
Me comían los demonios por dentro; si por el portero hubiera una cámara que mostrase mi imagen, como ya se ha instalado en algunos edificios, creo que mi cuerpo hubiera pasado de sólido a gas en un tiempo récord. Mi ira era como un vapor venenoso. Nada había que me molestara más que dejar a medias a mi violín… Y más si era para abrir a la rumiante de goma, que en pocos segundos me empapelaría el buzón como si fuera con gotelé.

Ya me había abstraído por completo, así que directamente pensé en hacer otra cosa después de haberla abierto, porque después de la subida de temperatura de mi organismo, concluí no ser maquiavélico, y abrirla. Seguro que a ella tampoco le divertía esto de ir de puerta en puerta con un carrito lleno de papeles que la gente, cuando los ve en su buzón, lo primero que hace con ellos, es mandarlos a la basura a que le hagan compañía a las sobras de la comida y a los demás deshechos de su vida diaria. Madurándolo bien, resulta que es un trabajo poco gratificante; no tiene que ver mucho con la recogida de patatas y hortalizas, pero esa chica seguro que acaba al final del día con agujetas en los muslos, y mis pinchazos en los riñones podrían asemejarse un poco… Con lo cual, aunque sea por solidaridad de dolores crónicos… Si bien es innegable que mis órganos han sufrido más, que ya no me puedo levantar de una silla sin chirriar, como si estuviera todo oxidado.
Tenía la nevera bastante desértica así que se me ocurrió bajar al supermercado, y de esta forma dejar de repasar estas cosas. Estaba lleno el comercio: estaban las señoras con sus carros que parecían Schumaker, los Rodríguez que con gabardina y gafas de sol, se asemejaban bastante a la secreta, o los niños esteorotipados en uniformes azules. Estaba claro que iba a coger algunas cosas para picotear como aceitunas, queso, lomo, una tableta de chocolate con almendras, y alguna lata de atún, y otra de pulpo o percebes, según cuál estuviera de oferta; siempre me pasa igual, que mientras me paseo por los pasillos con el armatostito de cuatro ruedas, se me suele antojar lo que veo por las baldas, y al final compro más de lo que debo: esta vez no me pasé , únicamente pillé la nueva pasta dental con sabor polar, tiritas para una herida que me hice en el tobillo, desodorante con roll on, sopa instantánea sabor a pollo, y palomitas para microondas, que esa noche había un partido del Real Madrid – BarÇa, y era digno de no verse con el estómago vacío. Son caprichillos que uno se puede permitir; tampoco es que haya comprado jamón de Jabugo, almejas de Indonesia, o centollos franceses, que gastan un precio pelín prohibitivo para mí. Por la pescadería ni acercarme, que parezco un besugo si miro hacia el marisco; lo mal que lo paso cuando voy a comprar alguna anchoilla, o alguna trucha, de las que tanto me gustan. Un amigo mío que más o menos tiene mi misma situación económica, se ha vuelto vegetariano porque las langostas le provocaban demasiado; ahora solamente come alcachofas. La carne nunca le ha satisfecho mucho desde que vio Bambi.

Ya que había terminado de hacer el recorrido, me dispuse a ir hasta la caja. Por lo visto una solamente funcionaba, así que la gente esperaba su turno para pagar en una larga fila. Me coloqué en ultimo lugar, y enseguida ya tenía a otras dos amas de casa detrás, que gracias a los carritos llenos hasta el tuétano, no se habían quedado con mi puesto delantero a ellas; metido en mis cosas, no me había percatado de la mirada fulminante que las dos leonas me habían dirigido antes de despegar en la cola misma en la que las había aventajado. Me sentía como si estuviera en un podium, y los segundo y tercer contrincantes, me estuvieran mirando con saña. Empezaron a hacer tiempo hablando de los hombres de una forma un poco procaz: que si sus maridos eran poco atentos, que si sólo tenían buen humor cuando a ellas les salía algo mal, que si lo más cariñoso que hacían era regalarles un paño para que pasaran la Centella, que la ultima vez que se acordaron de sus cumpleaños ellas no se teñían… Me comencé a asustar ya en serio cuando principiaron a hablar de los pompis fofos de sus maridos, y de sus músculos que colgaban ya hasta las alcantarillas…
– ¡Si ya le digo yo! Manuel, no te acerques tanto al lavabo, que las carnes se te van a ir para abajo, y las cañerías te van a succionar como si fueras un huevo pasado por agua -, decía la que parecía más remilgona de las dos.
Las dos señoras aumentaban de tamaño, y yo, de género masculino de toda la vida, empequeñecía por segundos que era como si me hubiera reencarnado en una figurita del Belén de mi padrastro. Levanté la vista en busca de algún corporativismo masculino que pudiera hacer, y efectivamente, delante de mío había un hombre de unos cincuenta años que estaba tan enfrascado mirando su compra del día, que había ignorado por completo la conversación entre las dos damas; casi parecía imposible que no hubiera oído nada que le hubiera herido un poquito en su decencia de hombre, porque casi era como si las princesas de su hogar hablaran por megafonía. Como ya no sabía qué hacer, le intenté buscarle el Whisper XL.

Para mi sorpresa, llegó mi turno en la caja. No me hizo hablar mucho la cajera, cosa que agradecí, porque me daba la impresión de que de mi alfabeto personal había desaparecido la >. Creo que estaba en lo cierto, porque justo antes de entrar al supermercado, una chavalita me había preguntado la hora, y yo en vez de las doce en punto, le había respondido:
– Pues a ver, son las oce en punto -. Tampoco se notó mucho, y la chica entendió a la primera. Se fue tan campante.
Salí, y me senté en un banco que había al sol. Sentía allí una sensación agradable y cálida. Una niña con los pómulos como Heidi se aproximó a mí:
– Estoy esperando a mi madre. ¿Puedo hablar contigo? -.
– ¿No te han icho nunca que no hables con esconocios? -.
– ¿Qué has dicho de escocíos? -.
– No… ¡Qué no eberías hablar conmigo! -.
– ¡Ah! ¡Desconocidos! Si en el barrio eres conocido, te llaman el daltónico de la palabra, porque nunca se sabe qué letra vas a confundir o no saber. Se dice también que eres un poco torpe -.
– Tengo que irme, bonita. Gracias por alegrarme el ía… -, concluí irónicamente. Me molestaba mucho que me llamaran torpe; además a mí me gustaba vivir en el anonimato, y no que todos supieran de mis problemas. Este barrio es un poco cotilla.
Me fui otra vez a mi casa. Para sofocar un poco los ánimos volví a tocar mi viejo violín, esa caja torácica de madera que guardaba mi corazón.
– ¿Ya estás dándole al chirrido? -, me solía platicar el chico del Círculo de Lectores, cuando pasaba a dejarme algún libro que había pedido. Era venezolano, o quizá chileno; su acento descubría su nacionalidad… No estaba seguro de su origen, pero desde luego que sevillano no era. Solía demorarse un rato para oírme tocar, y esto me hacía sentirme apreciado.
Mi madre siempre ha estado muy contenta de estas aficiones mías, no como las de mi hermano, que eran leer revistas de las conejitas esas lascivas y comer papas fritas. Lo de mi devoción por la música me viene de antaño: ya, mi abuelo tocaba el trombón en una banda. Jazz y fox trop, eran sus pasiones, además de mi abuela claro, que la conoció en un baile de un pueblo de Extremadura. Siempre había habido dos versiones de la historia: la de mi yayo, en la que el amor fue casi instantáneo, y mi yaya Montse se le había prácticamente tirado al cuello… Aunque me parece muy raro que mi abuela anduviese tan desesperada a la caza de un buen partido soltero. Más que nada, es que no me cuadraba lo del buen partido, porque mi venerable abuelo tampoco es que gozara de una buena relación con el banco. Y la de ella, que era de joven una mujer muy guapa y de un carácter muy fuerte, y en la actualidad también… Con la cantidad de pretendientes que tenía por ese entonces, no la veía yo bebiendo los vientos por nadie. Ésta rememoraba que no se fijó mucho en el que luego sería su marido, ni cuando tocaba con los del conjunto algo de Tommy Dorsey; se pasó todo el rato hablando con sus amigas de modelitos. Bajó él y resbaló con el dobladillo de su vestido. Se veía como la causante de su accidente, y pasó toda la tarde con mi yayo, hasta que se dio cuenta que fingía sus dolores en la clavícula; se fue enfadada, pero a partir de ese día siempre iba a su casa para dedicarle con su trombón canciones de amor… Y la dulce de Montse siempre le tiraba cubos de agua por el balcón… hasta que mi abuelo se acatarró en serio, y de la fiebre que tenía se cayó al suelo. Entonces, ella se hizo cargo del enfermo, y cuando éste despertó, se encontró con que su bella enfermera le estaba besando la frente. Tras unos meses, se casaron. Las historias de amor siempre me han centrado en mi arte.

Otra vez con mi violín, y de nuevo interrumpido. Esta vez no por el portero automático, sino por el teléfono: reconocí la voz de la del INEM.
– Ya puede perdonarme por lo de esta mañana… No sabía nada de lo de su problema, quizá por eso, le haya parecido tosca. Pensé que estaba bromeando conmigo, pero luego llegó un compañero mío que me explicó todo; él era el que le había atendido otras veces -.
– Bueno, disculpas aceptadas -, respondí al otro lado del aparato.
– El caso es que ha llegado una oferta de trabajo que puede interesarle, Sr. Cornejo -.
– ¿De verás? -.
– Es de un colegio, sería una sustitución. Por lo visto, la profesora de Lengua Española está de baja de maternidad y necesitan a alguien que la suplante. Creemos que es usted el indicado para el puesto… -.
Casi no podía hablar de la ilusión que me estaba haciendo lo que me estaba contando.
– Sí, por supuesto, mañana mismo estoy a las ocho en punto allí -.
– Me parece bien. Es temporal, pero podría ser un buen comienzo para dedicarse a la docencia -.
– Es una buena oportunidad -.
– Y un consejo, no se irrite… Tómese una tila, por lo de los nervios, ya sabe. Y si cuando esté en clase ve que se le atasca alguna letra, vaya sin más a beber un trago de agua hasta que esté mejor -, sugirió ella.
– Tranquila, no voy a alterarme -.
Finalizó la conversación, y pensé en llamar a la familia para darles la feliz noticia, sin embargo al instante abandoné la idea, y decidí ir hasta allí personalmente para comunicarles lo acontecido.

Todo el mundo merece una oportunidad para demostrar lo que en realidad es: ya la gente dejará de verme ‘como aquél pobre niño al que no le salen las palabras’. La seguridad en mí mismo siempre me ayudará.

PILAR ANA TOLOSANA ARTOLA

Autor: Pilar Ana Tolosana Artola