Cuando la tierra fue polvo

Cuando la tierra fue polvo, y los humanos fueron solo manchas en el pasado, él despertó. Sin quererlo. Ni pedirlo. Despertó con su cuerpo erguido sobre una especie de colchoneta que lo mantenía en pie. Al voltear su cabeza hacia la derecha, pudo ver como un vidrio polarizado negro lo rodeaba, y encerraba en una cápsula. Al querer mover sus manos para empujar el oscuro cristal, algo las sujeto con fuerza, sintió sus manos apresadas por una fría sensación a acero. Llevando sus profundos ojos azules hacia su mano derecha, encontró que naturalmente, estaba presa por un brazalete de reluciente y frívolo acero. Comprobando que su mano izquierda, y sus pies descalzos, estaban en las mismas condiciones, se centró en lo que se encontraba más allá del cristal polarizado que lo asía en la cápsula; en ese momento, cruzaba por su cabeza la remota esperanza de que alguien aparezca de la nada, y lo rescate, pero inspeccionando con detenimiento el entorno del cuarto más allá del cristal, esa idea de esperanza, se convirtió en añicos y se dispersó por los rincones nunca visitados de su mente; cualquiera hubiera abandonado toda esperanza de escape, al ver como máquinas desconocidas, yacían destruidas en un piso totalmente liso; en silencio presencia el vómito chispeante de la tecnología; columnas de oscuro humo provenían de los cadáveres de dichos objetos; cualquier ser humano se hubiera anonadado por tal imagen destructiva de metálicos escombros.

La bestialidad que conllevaba tal destrucción, parecía ser obra de una estampida de rinocerontes, o bien, de una enfurecida manada de elefantes, pensaba intranquilo y perturbado el hombre encarcelado; claro que eran puras conjeturas y suposiciones, el aspecto moderno e irreal que tenía tal sala, sacando de lado todas las máquinas destruidas, hacía desechar tales pensamientos esquizofrénicos; aunque para el hombre, todo lo que estaba viendo era totalmente nuevo y surrealista, como salido de una novela de Julio Verne; levantó la mirada para poder inspeccionar más que el desastre ocasionado por la imaginaria manada de elefantes. Sus ojos comenzaron a arder con fuerza. Montones de lágrimas empezaron a emerger de sus ojos. Su respiración tomo desmedida velocidad. Qué imagen tal cruel, qué sensación de vacío le provocaba ver al mundo despedazarse enfrente de sus ojos. No encontraba respuesta; las justificaciones eran escasas. Las cuestiones nublaban su mente. Al parecer todos los humanos murieron; todas las obras de arte se esfumaron; todos los animales quedaron perdidos. Toda su mente se deshilachaba en la desesperación; comenzó a gritar. Desencajado y neurótico, lucho con todas sus fuerzas contra esa imagen de destrucción. Intentó golpear con su cabeza el cristal, pero no fue capaz ni de acercarse. Peleó contra los demonios de muertes anónimas, y los demonios de todo lo que antes era cercano a él. Perdió todo. Ni siquiera podía suicidarse, ¿Qué le queda por hacer? .Simplemente nada, sólo dejo de retorcerse al encontrarse agotado, y se quedó observando como la tierra se convertía en polvo, poco a poco; continente por continente. Luego de un rato de luchar por algo ya perdido, se calmó.
Relajando su cuello, se apoyó en la colchoneta y cerró sus ojos. Agudizó el oído, quería escuchar el chispeo de las máquinas destrozadas, por más que sea un ruido perturbante, era mejor que escuchar su respiración alterada e irregular. Se enfocó en el exterior, escuchaba el chispeo intermitente de los circuitos deshilachados; un zumbido que provenía de alguna parte; y el incesante choque de dos bloques de acero sólido. Se detuvo en este sonido; los bloques chocaban otra vez; luego del choque un ruido esforzado parecía alejar un bloque de otro, preparando a ambos para otra colisión; otra vez acudía a sus odio el tintineante sonido a acero; como la primera vez, algo obligaba a eso dos bloques a separarse, parecían correrse uno independientemente del otro. Por el tiempo entre la separación y el choque, no había mucho. Su mente fue profanada por la imagen de una puerta de madera, pero no era una puerta de una hoja, era una puerta de roble de dos hojas. Abrió los ojos y llegó a la conclusión de que tenía la misma distancia que una puerta de dos hojas. Dio forma, de puerta doble, a ese sonido. Seguramente era mucho más avanzada que la conocida por él, pero seguía siendo una puerta. Al parecer, la manada de elefantes también había destrozado el funcionamiento de la puerta, ya que se abría y se cerraba estúpidamente como la boca de un pez. Al tener sus ojos abiertos, los sonidos de su alrededor se apagaban, podía ver las chispas volando por el cuarto de piso liso, pero no escuchaba el sonido que producía aquella escena. Era como ver una película de cine mudo en blanco y negro (a causa del vidrio polarizado).
Entre todos los sonidos que permanecían mudos, uno se destacó notablemente, una explosión que hizo agitar con fuerza su cuerpo en zigzag. Los huesos de sus muñecas tronaron con fuerza al hacer presión contra la pulsera; el dolor acudió inmediatamente; una turbulencia tremenda hacía que sus extremidades sufrieran lesiones constantes. Todo el exterior era aún mas caótico que antes, los elefantes no se cansaron, y vinieron por más, creando en las maquinas destrozos de significación mayúscula; sin previo aviso; desatando un estruendo tremendo, un tubo de enorme magnitud golpeo la capsula, rompiendo el vidrio polarizado en miles de pedazos; la gran cañería se detuvo sobre su cabeza, a unos tres metros del cráneo. Sus ojos se fueron llenando de pavor, cuando el gran tubo empezó a oscilar como un péndulo y a descender, más; y más; y más. Sus ojos se cerraron con fuerza, pequeñas gotas en la comisura de sus párpados nacían; hasta que la turbulencia se detuvo, la cañería se detuvo, y sus ojos, llenos de lágrimas, empezaron a abrirse. El aire que respiró estaba viciado por el humo que lanzaban las maquinarias, no podía respirar como acostumbraba, tampoco podía taparse la nariz con las manos, simulaba estar desafiando a la muerte en algún truco de escapismo, como lo hacia el gran Houdini en su patria. Ojala tuviera la misma habilidad, se decía el infortunado. Él iba a morir por ese humo. Sentía como sus alvéolos perecían en fila rápidamente, por lo tóxico que era ese endemoniado veneno gaseoso.
Miró el suelo que lo sorprendió al despertar, aquel piso liso que en un principio era inmaculadamente frío, ahora presidía heridas a causa de la explosión. Los mecanismos modernos ya eran chatarra, la tierra era polvo, hace ya mucho que lo era. Su cápsula estaba destruída, por este motivo logró ver la puerta entre abierta. Girando hasta el límite su cabeza, pudo localizarla en su lado derecho. Sin ningún movimiento dejó su tarea de obligar a los bloques de acero a producir el choque, para poder después, separarlos; su cansancio pintaba la fachada de lo obsoleto, ya no servía para nada, todo lo que se encontraba allí, era igual que nada, no tenía ya utilidad; y él tampoco, lo sabía muy bien, desde que sus esperanzas se fulminaron al ver su mundo destruído. Su existencia, ya no servia para nada.
El humo lo asfixió, su garganta se cerró y sus ojos se marchitaron, su cuerpo también lo hizo; la masa que hasta ahora estaba presa en una cápsula por el infortunio, se convirtió en polvo. No lo provocó el humo, su muerte fue reacción de ello, pero la desaparición de su existencia como cuerpo, no lo era; lo que produjo una pila de polvo, fueron sus doscientos años. El futuro es cruel, para los antiguos huesos, prisioneros de la ciencia del dos mil ciento cincuenta.