Con la mirada del toro…

5 de Septiembre, 2007

La vida es una sucesión de grises aunque la veamos en colores…

Cuando era chico me encantaba ver televisión (en ese entonces en blanco y negro). Veía todas las “pelis” que se cruzaban por mis ojos, pero como comprenderán, las que más me encantaban eran las de acción y dentro de ellas, las de vaqueros. Recuerdo que ellas versaban sobre las aventuras de un muchacho bueno que luchaba contra los villanos de turno.

Era destacable ver en todas las películas como caracterizaban al héroe, con sombrero claro y a los villanos con sombrero oscuro (que en la pantalla de TV aparecían como blanco y negro respectivamente). Además del sombrero, contrastaba el aspecto general, límpido del bueno vs. desalineado del malo; aunque algunas veces el villano más malo o el jefe de ellos vestía de forma impoluta, pero eso sí… De negro.
Esta caracterización de los personajes me hacía más fácil reconocer a los “buenos” de los “malos”. En dichas películas no había términos medios, o se estaba de un lado o del otro, salvando alguna rara excepción…

No recuerdo que edad tendría (ocho ó nueve años), pero resultó que estando viviendo en Venezuela, llegaron mis abuelos maternos de visita de la Argentina. En esa oportunidad, aprovechó mi abuelo a enseñarme a jugar al ajedrez.
Desde entonces él fue mi más difícil rival, ya que terminamos conociéndonos tan bien que era imposible planificar estrategia alguna.

De regreso en la Argentina me regaló su libro de aprendizaje. Era de Emmanuel Lasker, un antiguo campeón de ajedrez. En él aprendí nuevas aperturas y finales, pero ante mi abuelo no me sirvieron de nada.
Con la separación de mis padres, él sustituyó en gran parte la figura paterna, necesaria en mi adolescencia.
Su ideología política (era marxista) caló tan hondo en mí, que intenté seguir sus pasos y aun perdura su huella en mis pensamientos políticos y humanos.
Él predicaba el comunismo con el ejemplo. Era sencillo, respetuoso y para mí – pese a que por su origen social humilde había sido un autodidacta –era la persona más sabia que había conocido por largos años.

Volviendo al ajedrez, recuerdo que era la lucha constante entre dos facciones. Cada pieza tenía su función dependiendo de su posición relativa en el tablero, pero no dejaban de estar claramente divididas en dos bandos…Las blancas y las negras. Si bien en este caso no había “buenos” y “malos” salvo por el hecho de que las blancas siempre jugaban primero, lo cual no les garantizaba que siempre ganaran.
En este entretenimiento comparaba ilusoriamente a mi abuelo con las blancas…

Dicen que los toros, al igual que otros animales, no distinguen los colores, que solo ven tonalidades de gris y que lo que los mueve a atacar al torero no es el color rojo de su capa, sino el movimiento de esta.
Sea cierto o no, si llevamos este ejemplo a la vida cotidiana, veremos que el ser humano no puede ser catalogado en blancos y negros (buenos y malos), sino que son una mezcla de ambos. Que dependiendo de las circunstancias pueden aflorar sentimientos de bondad como de maldad. Que todo depende de las condiciones de borde (en léxico matemático).

Una persona buena puede tener raptos de maldad y viceversa. Mientras existan límites a dicha maldad se puede hablar de personas “normales”.
Si bien a nivel emocional, en ambientes reducidos (entorno familiar, amigos, etc.) ese nivel de maldad “normal”, por bajo que sea, tiene una incidencia enorme en su entorno. El ejemplo más claro es el castigo irascible de un padre a un hijo o una discusión acalorada de enamorados, sin que ello signifique que algunas de las partes sea “mala” por naturaleza.
A nivel macro-social, la maldad se mide por otros valores y leyes globales que no siempre van de acuerdo a nuestra ideología. Como tampoco los métodos que se emplean para reprimirla.
Debemos entonces ver al hombre con vista de toros. Saber apreciar sus virtudes y desechar o tolerar sus defectos ya que son parte de su condición humana.
Pero a sabiendas de que dichos defectos existen, debemos estar prevenidos y en caso que afloren, saber valorarlos de acuerdo a nuestro propio criterio moral, aplicando en cada caso particular la reacción que nuestra conducta crea pertinente…

La vida es una sucesión de grises aunque la veamos en colores…

de Rafael A. Hernández

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