No tuve mas remedio que casarme por lo civil y luego por la Iglesia lo que me llevó a pagar dos banquetes de boda. La conocí por casualidad mientras atendía a los clientes en una barra. Ella iba medio desnuda dándo cabriolas mientras una legión de fans masculinos aplaudían borrachos su pericia pero sobre todo su plasticidad y su sensualidad intelectual.
Después de conocerla mas profundamente en el viejo Motel de la Gasolinera, me enamoré de ella como un colegial a punto de descubrir que los granos de acné no son producto de suspender en Matemáticas. Ella se enamoró de mi VISA y así fuimos felices hasta que un maldito día de primavera el ginecólogo descubrió que estaba embarazada y que por eso vomitaba cada vez que comíamos frijoles con hamburguesa. Lógicamente le cambió la dieta alimenticia y le suprimió los frijoles.
La naturaleza es sabia, solo le da desgracias a quien ya está acostumbrado a ellas, pero sobre todo a quien no puede pagarlas.
Durante la época del embarazo descubrí que los cuerpos de las mujeres son inestables y problemáticos. – A que me ves guapa?, era su pregunta predilecta. Claro, claro. Mentía yo mirando una revista de motos.
El niño apareció sin avisar y con una sorpresa debajo del brazo. Era negro como el carbón. La enfermera que lo llevaba en brazos me miró un par de veces de la cabeza a los pies y luego sonrió la muy hija de puta. Todo el malestar que sentía quedó aclarado el día que me enseñó el album familiar. Tenía un bisabuelo negro que fue esclavizado para recolectar algodón desde África hasta que la lepra lo liberó de este Mundo.
En el club donde la había conocido no la echaban de menos, lo supe por la carta de despido sin recomendaciones que recibió el día que salió del Hospital. El niño parecía cada vez mas sano, justo todo lo contrario que mi tarjeta VISA.
Ella parecía feliz de volver a comer frijoles y yo contento de verla engordar aún mas. El médico le dio el alta la misma mañana que me entregó la baja por depresión. No sabe usted lo que corre un niño negro, le dije. Me miró como se mira a un racista de mierda y me deseó suerte.
Después de tres meses de discusiones y de un gatillazo, se plantó en el mármol de la cocina obligándome a ver sus manos agrietadas por la lejía y sus uñas vacías de todo color. Y me dijo con cierto tono apocalíptico: vivimos en pecado!. Y tuve que casarme.
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1 Comentario en “Como llegué a casarme”
Es un relato que pasa a diario en la vida real, desde los tiempos de ADAN y EVA.
ME GUSTO, LO FELICITO!
HASTA PRONTO.