Lis camina por una callejuela estrecha. Camina con cuidado, pues aunque el avance de la mañana no ha conseguido eliminar la escarcha que cubre el suelo y las paredes, si ha conseguido derretir la capa superficial, y ahora esta todo más resbaladizo. Una niebla fría se ha levantado y en esta pequeña callejuela parece vivir a gusto, entre estrechas paredes, reptando entre ellas y deslizándose sobre el suelo, como una serpiente avanzando entre matorrales. Lis se pregunta de donde ha surgido la niebla, pensaba que solo se producía en verano, que tenía que ver con el calor… parece fuera de lugar. Ya no se ve el cielo, la temperatura ha bajado aun más, y la poca luz que había ha desaparecido. La única luz que queda parece surgir de la misma niebla. Delante suyo, a pocos metros, una sombra caída surge de la niebla. Lis se acerca lentamente. Unos ojos sin vida la miran desde el suelo, una mueca que parece reírse de ella por unos instantes debido a juegos de luces provocados por la niebla la saludan. Junto al cadáver, para su sorpresa, un enorme pan redondo esta tirado en el suelo. Lis se agacha a recogerlo y un agudo dolor en el pulgar le deja con la mano temblando y de rodillas. Sin atreverse a mover la mano derecha coge el pan con la izquierda. Esta blando y mojado, al cogerlo un chorro de agua cae. Parece mas una esponja. Pero es mas de lo que podía esperar. A caballo regalado… quítale el envoltorio decían en su juventud. Lis mira al cadáver y menea la cabeza. El muerto tiene el cuello torcido. Ni siquiera fue asesinado por su comida. Seguramente corría confiado por la callejuela cuando resbaló y se rompió el cuello. Se lo merecía por estúpido. Lis da las gracias a la traicionera niebla que le ha obsequiado con tan maravilloso presente. Y aun en el suelo, la niebla comienza a aclararse, la luz comienza a volver, y a través de jirones de niebla Lis ve el cielo gris y oscuro aparecer sobre ella. Se gira y ve como la niebla avanza por la callejuela, alejándose de ella lentamente, como un animal reptante. Lis sonríe, es como si la niebla hubiese pasado por allí en ese justo instante para cazar al hombre y ofrecérselo a ella. Lis toca la cara del fallecido, y comprueba, sin sorpresa que el cuerpo aún esta caliente. Hace poco que ha muerto. “¡Gracias!”. Grita Lis hacia la niebla que se aleja, y una demente risa avanza tras el etéreo animal, la risa de Lis, que calla al instante asustada de sí misma.

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