Relato

CIUDAD SITIADA

Por , en 2 de marzo de 2005

Unos gritos se escuchan interrumpiendo sus pensamientos. Gritos en contraste con el sepulcral silencio de la gente que hace cola. Con dificultad Lis ve como un hombre es arrastrado por dos soldados mientras grita palabras incomprensibles, hasta uno de los oscuros callejones. Luego se oye una detonación que hace encoger a todos los presentes, varias veces, pues el sonido retumba por la vacía ciudad y parece bailar sobre sus cabezas una burlesca danza como si estuviera eligiendo a su próxima víctima. Luego los dos soldados vuelven, esta vez solos.
Supuso que el ajusticiado se lo merecía. Métodos crueles para tiempos duros. Tal vez había intentado falsificar sus vales de comida, quitándole así el pan a alguno de los demás. A lo mejor había intentado robar a alguna mujer indefensa en la cola. A lo mejor incluso era un espía, uno de los bárbaros que tanto se esforzaban por destruir la ciudad. Aunque a Lis le pareció que el ajusticiado tenía tan mal aspecto como ellos, pero claro, todos sabían que fuera no se vivía muy cómodamente. A lo mejor sencillamente cogía uno de cada diez, pongamos por ejemplo, y se les aplicaba la justicia pertinente, porque el pan no llegaba para todos y eso no podía ser. Y la justicia es implacable, igual para todos, ricos y pobres, feos y hermosos, inocentes y culpables…
Lis sujeta con fuerza los cuatro cupones de comida dentro del bolsillo del abrigo. Uno era de su marido, cuya existencia había sido dispersada una fría mañana, cuando una bomba fue a caer prácticamente a sus pies, como una fiel mascota. Lis vio como la saludaba y la llamaba, e instantes después, tras un corto silbido viniendo Dios sabe de donde, se convirtió en una bola de fuego, dispersándolo en el aire, arrojándola al suelo. Luego Lis se dirigió al cráter hecho por la bomba, donde momentos antes había estado su marido, y se coloco justo en el centro, aún caliente, pues seguían cayendo bombas y el centro de una bomba ya caída era el lugar mas seguro hasta que todo pasara. Y allí se quedó acurrucada, llorando y con la boca abierta para que las explosiones no le reventaran los tímpanos, sin creerse que se hubiera convertido en viuda.
Dios sabe que Lis quería a su marido, pero para lo que hacía en vida mas le valía haber muerto, así sus cupones servirían para alimentar al resto de la familia. Ni quiso ir al frente a defender la ciudad, ni se encargaba de buscar comida, solo se quedaba ahí, mirando al vacío y meneando la cabeza. Sollozando a menudo cuando miraba a la niña. Si el no estaba presente Lis no podía reclamar nuevos vales, pero de todas maneras Lis estaba convencida de que no habría mas repartimientos. Que harían después es algo en lo que no pensaba… Su madre tampoco duraría mucho, pero seguramente viviría lo suficiente para acabar con sus vales, siempre fue de esa manera, y en cuanto a la pequeña, si su marido no se hubiese empeñado, nunca la hubieran tenido, pues Lis no quería tener un hijo estando el mundo como estaba, ¡así que toda la culpa era de ellos!. ¡Estaba harta de tener que encargarse de todo!. Lo único que quería era echarse en un rincón y dejar pasar el tiempo a ver si se solucionaban las cosas.
Lis se dio cuenta de que estaba sollozando. Una niña, cogida de la mano de su madre la miraba con los ojos muy abiertos. Lis la miro con mala cara. La culpa era de esos malditos niños. Si no fueran por ellos los padres podrían dejarse morir en cualquier rincón.
El tiempo seguía pasando. La cola avanzaba, aunque había que ser muy paciente y observador para notarlo. Lis ya podía ver la mesa plegable, descolorida y vieja donde se intercambiaban vales por comida. Era una mesa demasiado insignificante para el papel que desempeñaba. Detrás, custodiado por dos soldados se encontraba un carro grande con comida, aunque no lo suficiente grande en su opinión para toda la gente que allí se encontraba.

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