Relato

CIUDAD SITIADA

Por , en 2 de marzo de 2005

Lis se balancea apoyándose primero en un pie, luego en el otro. De vez en cuando se pone de puntillas, intentando atisbar entre docenas de cabezas la mesa de reparto. Lo único que ve son soldados armados, con pétreas caras. Como si la noche pasada se les hubiesen quedado congeladas después de un enfado.
Se encuentra en una plaza, bastante grande, duro lago de baldosas donde desembocan numerosas callejuelas. Todavía recuerda, como si de un sueño se tratase, el mercadillo que ponían los sábados muchos años atrás, antes de la catástrofe, incluso durante algún tiempo después. Antes del colapso de los gobiernos, antes de que todo terminara y comenzara el principio del fin. Exposiciones chillonas y coloridas de toda clase de cosas, olivas, frutas, pequeños juguetes de plástico, y ¡relojes y radios!. Todos esos objetos mágicos que por entonces le parecían tan necesarios.
También recuerda el pequeño proyector que se ponía en esta misma plaza por las fiestas, y los grupos de música, y los actores ambulantes, y la guerra de tomates, y la farinada, que consistía en una guerra de harina, y las torres humanas, y tantas otras cosas ya perdidas en la niebla del pasado.
¿Fue una guerra?, ¿Fue un meteorito?, ¿La contaminación?, ¿Una nueva era glacial?, Lis no tiene ganas de recordar. Primero se perdió el sol, esa luz amarilla que le daba vida a las cosas, ese cielo azul de esponjosas nubes deslizándose suavemente, el color verde en cosas vivas, todo desapareció y vivieron permanentemente en un invierno que duraba y duraba, con mayor o menor intensidad, pero siempre presente. Luego el colapso de la economía, nunca pensó que todo fuera tan frágil, que el bienestar de un país, de un lugar, dependiera tanto del bienestar del resto del mundo. Después la perdida de las comunicaciones y transportes. De nuevo ese lugar que antes se llegaba en tres horas volvía a estar a días de viaje. Con ello se fueron los gobiernos. En muchos lugares se formo la autoridad en torno de ciudades, pueblos, barrios incluso. Uno a uno fueron cayendo, fracasando, por causas aleatorias, por causas internas, o por causas externas.
Era demasiado bonito pensar que ellos podrían aislarse del resto del mundo en su cálida ciudad, con combustible suficiente, con bonitos cachivaches tecnológicos para intercambiar, con un reducto de civilización guardado en una burbuja para ellos solos. Se olvidaban de las famélicas hordas, de la violencia desatada sin control, de las personas sin escrúpulos, de las gentes sin esperanza y sin nada que perder que les rodeaban. El yermo lo llamaban, a todo eso de ciudad hacia fuera. Se resistieron a aceptar que todo había terminado, pensaron que el barco seguía flotando y así se mantendría, solo porque la música aún sonaba y tapaba los gritos de los que se estaban ahogando.

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