Relato

CIUDAD SITIADA

Por , en 2 de marzo de 2005

La segunda imagen que acude a Lis al despertar es una pequeña habitación. Carente de muebles, vacía y desnuda a excepción de una voraz chimenea que se ha tragado estanterías, libros y demás cual horrible bestia infernal se tratase. Y un colchón en el suelo, a poca distancia, lo suficientemente cerca de la chimenea para recibir su calor, lo suficientemente lejos para no dañar a una niña, en realidad un bebe, que se pasa la mayor parte del día sumergida en sueños, tapada con mantas. Tal vez soñando con su añorada cuna de madera que sirvió de tributo a la insaciable bestia, entre cuyos dientes se agita una anaranjada lengua. A lo mejor por eso ya no llora, por temor a llamar la atención de la anaranjada lengua. O a lo mejor ya no llora porque no tiene fuerzas.
De vez en cuando una triste figura entra en la habitación. Alimenta a su feroz mascota y echa una ojeada a la pequeña. La arropa lo mejor que puede, evitando ahogarla con las mantas, y menea la cabeza con pena, al contemplar el rostro pálido y macilento, carente de expresión que antaño, (no mucho tiempo según patrones objetivos, una eternidad según la triste figura), fuera un rostro redondeado y pleno de color, de ojos grandes y vivaces. Los ojos aun son grandes, mas de lo normal incluso, pero ya no queda ninguna vivacidad en ellos.
Luego la triste figura se queda cerca de la pequeña y le canta, o mejor dicho, le murmura una canción de cuna. Después la figura se incorpora y se arrastra con dificultad a la puerta, y sale de la diminuta habitación.
Entonces Lis Lloraba. Lloraba por su anciana madre condenada a ver día tras día como su nieta se perdía entre las sombras. Condenada a temer por la vida de su hija, que tenía que salir a buscar comida para los tres. Condenada a llorar por si misma por tener que arrastrarse a buscar algo que quemar. Algo con lo que alimentar a la mascota de la casa. Para mantener la precaria vida del bebe.
Finalmente Lis se levanta, en contra de sus deseos de volver a dormir y no despertar jamás. Aparta brazos y piernas a su alrededor. La mayoría siguen durmiendo. Lis no repara en la pequeña de pelo zanahoria, que llora en un rincón porque esperaba despertar en su casa, y se encuentra, otra vez, durmiendo entre extraños, en el suelo de un portal de un ruinoso bloque de pisos. Lis no lo sabe, pero la pequeña ha perdido a sus padres. Despertó un día entre escombros. Su habitación ya no estaba, su casa tampoco. Sus padres si que estaban, medio enterrados, pero no lo suficiente para que ella no los viera. No tiene más familia, no encuentra ningún conocido, y hace días que no consigue ningún vale de comida. Es una niña y esta sola. Pero Lis no lo sabe, e ignora a la pequeña y sus sollozos, no por maldad ni crueldad, sino porque ni siquiera se ha dado cuenta de su existencia. Bastante tiene con su propia cruz. Bastante tiene con sus propias desgracias para soportar las ajenas.

Lis sale a la helada oscuridad que precede al amanecer. Todavía es de noche, pero a lo lejos, entre las laberínticas callejuelas, una suave penumbra comienza a deslizarse lentamente, arrastrándose como un sigilosos animal, descubriendo a su paso nuevos cadáveres, saludando cada vez a menos gente.
Lis camina con cuidado de no pisar ninguna placa de hielo para no resbalar. Las calles están vacías, como cualquier otro día normal. Pero ahora muchas de las ventanas y puertas están abiertas, pues nadie hay dentro. Un edificio derrumbado, un mortal silencio y algún cuerpo sin vida dan testimonio de que las cosas no son como siempre.
Lis se acerca a una rígida figura en el suelo, tirada como un trapo sucio arrojado en un rincón. Es, o mejor dicho, fue, una persona, un hombre, de unos cuarenta años. Esta tumbado de espaldas. Su mejilla derecha descansa contra la placa de hielo que cubre la acera. Lis se agacha a tocarlo y al empujarlo descubre que esta pegado al suelo. En su rostro hay una expresión de sorpresa. Su frente todavía conserva la mortal herida que sacó a luz, literalmente, todos sus pensamientos e ideas. Lis aparta la mirada, cansada de la vista, pero no asqueada. Ha visto cosas peores en las últimas semanas. Observa con indiferencia el muslo del cadáver, parcialmente mutilado. Lis imagina el pobre hombre, atacado por alguien, quien sabe porqué oscuro motivo, y asesinado en aquella callejuela. Luego un hambriento perro acercándose a aquel suculento muslo para saciar su hambre. Todo esto poco después de ser asesinado, pues pronto la carne se congelaría y no podría ser mordida. Lis se levanta y continua caminando, dejando atrás el trozo de carne congelado con forma de persona. Ignorando una vocecilla en su interior que le grita una y otra vez que ya no quedan perros en la ciudad, ni gatos, ni nada comestible. Pues han sido sacrificados por sus dueños, para los cuales comer se había convertido en una obsesión por pura necesidad. Gentes que eran capaces de hacer y de comer cualquier cosa… todo por sobrevivir. Debieron ser las ratas, se dijo a sí misma. Una rata de mas de metro y medio de altura y capaz de manejar un cuchillo, dijo la voz de su interior. Curioso que nunca se hubiera sabido de tan monstruosa criatura.

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