Todavía cree escuchar un llanto. Más débil aun, casi tapado por el crujido de la casa al quemarse. Proviene de sus espaldas. Se levanta y entra en la casa. Tal vez encuentre comida allí. Abandonada por sus dueños. El largo pasillo termina en una escalera que sube hasta el primer piso. Reuniendo sus ultimas fuerzas Lis consigue subir por la escalera ayudada penosamente por la barra de hierro. Se encuentra arriba. Las llamas salen de una habitación del fondo, el fuego esta comenzando a extenderse por el pasillo y pronto atacara el resto de la casa. El humo llena el pasillo. Lis se tapa la boca y la nariz con la blusa para no ahogarse. En el pasillo, tirado en el suelo se encuentra un bulto. A gatas para evitar lo peor de la humareda Lis se acerca hasta el bulto, compuesto por uno más grande y otro más pequeño. Los llantos provienen del bulto pequeño. Lis agarra por un extremo al bulto pequeño y comienza a arrastrarlo por el suelo para alejarse de las llamas. Le hecha una ojeada rápida al bulto grande. Una persona muerta. Una mujer mayor, aunque con las dificultades que han pasado en esta ciudad Lis también parece bastante mayor. La mujer yace tendida en el suelo. Lis no sabe de que ha muerto. Pero su color pálido y sus ojos abiertos le dicen que lo esta. Ni siquiera se le pasa por la cabeza sacar de allí a la mujer. Pesa demasiado para sus débiles fuerzas. Lis coge al bulto pequeño como si fuera un objeto y lo lleva a la planta baja. Coge una bolsa de plástico arrojada en el suelo y mete al bulto pequeño en ella. Y entonces descarga la barra de hierro contra la bolsa de plástico. Una vez, y dos, y otra y otra. Hasta que ya no se escucha ningún llanto. Tan solo el crujir y el silbido de la bestia que crece en el piso superior. Lis busca la cocina y lleva al bulto hasta ella. Necesita un cuchillo grande, algo para despedazar las partes más comestibles. Poco entiende Lis de charcutería, pero supone que las partes musculosas y blandas son las adecuadas. No piensa en lo que esta haciendo. Tan solo actúa. Sabe que después de esto podrá comer, y su familia también pero antes ha de cortarlo todo en trozos no identificables. Encuentra un cuchillo grande, parecido a un machete y dos cuchillos más pequeños. Los deposita en la mesa al lado del bulto. Aun tiene tiempo antes de que las llamas de arriba sean un peligro. Y de todas maneras esto es algo que tiene que hacer lo antes posible. Lis se dirige hacia la calle para respirar un poco de aire antes del trabajo. Su vista esta nublada. Sus manos tiemblan y sus rodillas también. Sabe que corre el riesgo de perder una mano si intenta hacerlo ahora. No se fija en la casa, todas las casas son iguales. Ni en los bonitos cuadros sin marcho que penden de las paredes agarrados con chinchetas. Pero al pasar por delante de una habitación un repentino impulso le hace entrar en ella. Esta vacía, a excepción de unas mantas arrojadas en un rincón y un montón de objetos insensibles tirados en el otro extremo. Entre ellos una vieja televisión con la pantalla destrozada. De color rojo. Le llama la atención porque ella tiene otra parecida. Era una afición de la gente de la ciudad. Guardar viejos trastos electrónicos inservibles incluso para vender como curiosidad a la gente del yermo. Se agacha delante del televisor y coge una foto, sin marco también, que yace junto al televisor. Es un parque. De césped verde, cielo azul, nubes blancas. La foto esta vieja, pero los colores perdidos en un pasado desaparecido la hacen brillar. Tres personas fueron inmortalizadas. Una pareja, joven e ingenua mira al objetivo acompaña de una mujer mayor que ellos. Y Lis cae al suelo con los ojos anegados, porque antes de que su mundo desaparezca tras las lágrimas Lis repara en la mirada triste del hombre, en la mirada seria de cejas fruncidas de la mujer mayor Lis se contempla así misma unos años mas jóvenes, antes de la guerra, antes del fin del mundo, cuando aun era un ser humano y su padre les hizo una foto a la pareja recién casada y a su madre.
Por David Cifre García.

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