Cena y Lectura

3 de Marzo, 2005

- ¿Bromeas? -le cortó Nuria divertida -. Ahora me dirás que esta copa estaba envenenada y que abajo tienes una especie de laboratorio macabro lleno de aparatos horribles donde almacenas mujeres tiesas como faisanes o como zorros de esos que hay en los recibidores de algunas casas.

- Exacto -concedió Mario absolutamente serio-. En unos minutos empezarás a sentir una gran opresión en el estómago y no será debida a la excelsa cena que te he servido. ¿Sigo leyendo? Supongo que querrás conocer el final del cuento antes de morir.

- Me estás tomando el pelo, eso lo has escrito hoy para gastarme una broma. Si ni siquiera me gusta el champán, ¿y si llego a rechazarlo?… aunque reconozco que éste está sabroso. ¿Y qué me dices de mi desaparición? La policía investigaría, acabarían por dar contigo.

- ¿Estás segura? -la miró con picardía-. Piensa un poco. Yo soy de Santander, tú vives en un pueblo de Burgos, estamos en una casa a cinco kilómetros de la población más cercana. Siempre nos hemos visto en sitios que nada tienen que ver con los de nuestro lugar de residencia. Hoy mismo hemos estado en Bilbao, la cita anterior fue en Castro… ¿Quién nos podría relacionar?

Nuria empezaba a inquietarse, aunque lo cierto es que su estómago estaba perfectamente e incluso hubiese tomado otra copa si no fuese por el miedo que le daba achisparse. Él la observaba tranquilo, con una sonrisa ahora maliciosa y la carpeta enroscada a modo de canuto en las manos.

- ¿Has leído mis novelas, no es cierto? –continuó-. ¿Te has fijado en las solapas? ¿Has visto alguna foto en ellas? ¿Podrías asegurar ahora mismo que yo soy Mario Arroyo? -inquirió con calma de torturador nazi-. Tomó su copa y la apuró, chasqueando la lengua con deleite, Nuria observaba la copa vacía-. No temas por mí, es sólo champán, recuerda que las he llenado en la cocina, no me has visto verter el veneno sólo en la tuya, querida.

- Basta ya de esta broma, Mario, me estás poniendo nerviosa con esta actitud -protestó ella intentando levantarse para atajar su nerviosismo con un paseo. Pero una punzada en el vientre se lo impidió. Se dobló sobre sí misma, mirándole de soslayo. Advirtió sus ojos clavados en ella, parecían estar diciéndole ‘mira, ya empieza a actuar’. El miedo la paralizaba ya.
Desenrolló el cuento y buscó el punto en que ella le había interrumpido. Sus retortijones se producían al tiempo que Mario los iba leyendo, aumentando la frecuencia y el dolor. Era como caminar por un eco interminable, asfixiante. Su perfecta dicción, sin sobresaltos, la martirizaba. Él la observó por encima de las hojas pero no se detuvo.

- ‘…el escritor siguió leyendo imperturbablemente mientras ella se retorcía sin poder hablar, sin poder gritar, aunque hubiese sido inútil en aquella soledad de campo. Acabó rodando por la hermosa alfombra artesanal, paralizándose por momentos, hasta que cesó el dolor de pronto para irse apagando lenta, casi agradablemente, justo en el momento en que su abominable anfitrión acababa el relato con lo que creyó entender que era la pregunta ‘¿te ha gustado?’

Por José Carlos Molina Mateos


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