Cena y Lectura
Estaba encantada con el modo en que se estaba desarrollando el día. Mario la había llevado al concierto de la cantante alemana que, en cierto modo, había propiciado que hubiesen llegado a hablarse primero y a intimar después. Se habían conocido en una tienda de discos de importación de Santander, donde ella asistía a un curso de verano en la Magdalena. Acabaron tomando copas por unos bares recónditos, muy alejados del concurrido glamour de la zona del Sardinero. ‘Detesto la popularidad’, le había confesado Mario, quien el año anterior había sorprendido con una novela que le llevó a ser finalista del Nacional de Literatura.
Era apenas la cuarta cita y toda ellas se habían desarrollado envueltas en un arrebatador clima clandestino que no hacía más que aumentar su atracción por él. Se veían en sitios donde la prensa local no pudiera acceder a sorprenderles en ningún tipo de actitud romántica. ‘No soy ningún famoso interesante pero no quiero darles la oportunidad de convertirme en ello. Quiero seguir pudiendo pasear por donde me apetezca, con quien me apetezca sin que me asalte nadie ni para fotografiarme, ni para que le firme nada, ni siquiera para elogiarme’, le aclaró en la segunda cita, caminando por el empedrado de las calles de Santillana.

