Canon sobre el préstamo de libros

29 de Agosto, 2007

Supe que leía a escondidas en cuanto cruzamos algunas palabras al hilo de mi pequeña compra. Fue a última hora de la tarde, entre el rumor de los cierres. Después me contó que aunque a media mañana sale siempre que puede a tomar un café, son las dos horas del almuerzo las que le permiten leer un poco. Su auténtico vicio. Como bien dice, no se comprende que ahora que casi todo el mundo sabe leer interese tan poco la lectura. A unos porque van en manadas y leer es placer solitario, a otros porque no tienen tiempo de perder el tiempo.

No, no se comprende que la afición en masa a la lectura vaya quedando circunscrita al ámbito de la letra pequeña cuando el engaño viene siempre de mano de la palabra ignorada. Quizá por eso ni ella ni yo veamos con buenos ojos la imposición de ningún canon sobre el préstamo de libros en un país en el que, incluso sin tener que pagar, apenas se lee.

Puede que en otros lugares del mundo se lo puedan permitir, pero aquí aún existe una mayoría que asocia con lo pedante el paseo con libro bajo el brazo, una mayoría para la que leer es algo que se hacía en el colegio para cubrir expediente. Para ella, como para mí misma, lo que cada libro guarda es una invitación, un regalo, una oportunidad, un viaje: otras maneras de afrontar la vida.
Y el canon, ahora, un obstáculo más para que aumente el número de los que se vayan acercando a todo eso haciendo de la lectura un hábito generalizado.

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