Cailida

–Vamos, es por aquí. Cuidado, no vayas a caerte.
– ¡Uy! Esto está un poco empinado.
–Espera, que paso yo delante, ¡pero no vayas a caerte encima mío!
–Eso intentaré. –sonrió ella.
–Ay primita, no debería haberte traído.
–Oh, no digas eso. –dijo ella descendiendo lentamente. –Me encantan las excursiones por el bosque.
–Lo sé, por eso te he traído. –afirmó él llegando abajo y volviéndose para ayudarla a bajar.
– ¡Ay! No me des esos tirones.
–Venga mujer, que ya estás abajo. Además mira, ya hemos llegado a la fuente. Vamos a descansar, antes de que termine de anochecer.
– ¡Ah, sí! ¡Por fin! –celebró ella sentándose en un banco de piedra al lado del agua que manaba. Se descalzó y puso los pies el remojo. Bajo la sombra de un pino, él se sentó a su lado.
–Mira Nabila, esta es la fuente de Cailida.
– ¿Quién es Cailida?


–Bueno, más bien era. Es una leyenda. Pero la historia empieza con Byly. Ella era una mujer como cualquier otra que vivía en la época medieval. Vivía con su marido y sus cuatro hijos. El pueblo dónde vivía, pasó una mala época. Sequías y luego, vinieron inundaciones. En esa época, lo único que se les ocurrió fue buscar la causa en las brujas. Decían que las había y las buscaron. Por cualquier cosa, detenían a mujeres inocentes y las quemaban en enormes hogueras. Finalmente, Byly también fue detenida. Dijeron que ella había causado el mal, que lo había traído de fuera, pues era extranjera. Su marido y sus hijos, no pudieron hacer otra cosa que resignarse, pues sino, ellos también serían acusados. Sin embargo, antes de que fuera sacrificada, su marido se deslizó en plena noche hasta el calabozo dónde ella estaba retenida. Pudo liberarla sin que nadie se diera cuenta y huyeron. Byly le dijo que debía volver, pues si no lo acusarían a él y que alguien debía de cuidar de los hijos. Byly dijo que huiría ella sola, pero su marido no iba a permitir algo así, pues podían encontrarla con facilidad. Y en cierto modo, así fue. Mientras marido y mujer buscaban una solución, apareció el verdugo del pueblo. Iba vestido con sus ropas cubriéndolo enteramente, cómo solía llevarlas cada vez que se disponía a hacer su trabajo. Pero estaba solo, con la cabeza al descubierto y vieron que se trataba de una hermosa mujer de cabellos pelirrojos y ondulados. Byly ahogó un rito, pero la mujer se cernió sobre ella. Su marido intentó liberarla, pero la verduga sustrajo un objeto punzante de su falda y, cuando se dio cuenta, el marido vio en el suelo, el cuerpo tendido y sin vida de Byly. Se volvió y arremetió contra la mujer a la que pudo alcanzar con facilidad. Ella intentó defenderse, pero él, que ya sabía lo que se proponía, le agarró la mano y le arrebató el objeto. La atacó con él y la arrojó a la fuente, la misma que está aquí enfrente de nosotros. La mujer no pudo salir y se ahogo, pero antes de terminar de sumergirse, prometió que todo aquel que se acercara a la fuente y fuera hijo de un asesino, moriría allí ahogado, pues ella aparecería de entre las aguas para llevarse a quien fuese.
– ¡Vaya! –exclamó Nabila. – ¿Y por qué hijos de un asesino?
–Porque a ella la mató un hombre. Y era ella la que mataba a la gente y nadie podía matar a alguien cómo ella.
–Uf! Vaya historia, pero bueno, sólo mueren los que tienen un padre asesino, así que no debemos preocuparnos.
–No, nosotros no, pero he escuchado otras leyendas que dicen, que si han muerto algunas personas y todas coinciden en que tenían padres que habían cometido algún crimen. Aunque cómo es lógico, no demasiadas.
–Vaya leyendas. Menos mal que esas cosas no son ciertas.
–Claro que no, Nabila. Bueno, ¿seguimos con la excursión? Ya sólo nos queda el camino de vuelta, pues ya casi es de noche. Será mejor que encienda la linterna.
–Sí, espera que yo voy a sacar la mía. –dijo Nabila rebuscando entre su mochila. Su primo, que ya se había adelantado unos cuantos pasos y estaba a espaldas de ella, se paró a esperarla mientras también buscaba la suya.
–Vaya, ¡creo que me la he dejado! –exclamó mientras oía como Nabila sacaba los pies del agua. La esperó mientras él seguía rebuscando por si no había mirado bien, pero finalmente desistió. –No la tengo Nabila. Espero que hayas traído la tuya. ¿La tienes? –preguntó cerrando su mochila. Nadie respondió. – ¿Nabila? –preguntó volviéndose. Tras él, ni siquiera había la mochila de Nabila. – ¡Nabila! –gritó, pero nadie respondió. Él se acercó instintivamente a la fuente. Miró hacia las tranquilas aguas pensativo. Después, miró a su alrededor, ya casi oscuro. Volvió a mirar la fuente iluminada por la luz de la luna. Alzó la mirada hacía ella y se abalanzó hacia delante.