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	<title>Leer Gratis &#187; Marcelo Ferrando Castro</title>
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	<description>Espacio dedicado a los autores noveles que desean publicar en Internet su obra y así ponerla a disposición de cientos de lectores. Anímate y envíanos tu obra!</description>
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		<title>La Noche-mala del Diablo, de Leopoldo Alas</title>
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		<pubDate>Sun, 30 May 2010 22:00:41 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Marcelo Ferrando Castro</dc:creator>
				<category><![CDATA[Clásicos]]></category>
		<category><![CDATA[cuentos de alas]]></category>
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		<category><![CDATA[leopoldo alas]]></category>

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		<description><![CDATA[Viajaba de incógnito Su Majestad in inferis, despojada la frente de los cuernos de fuego que son su corona, y con el rabo entre piernas, enroscado a un muslo bajo la túnica de su disfraz, para esconder así todo atributo de su poder maldito. Viajaba por el haz de la tierra y recorría a la [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Viajaba de incógnito Su Majestad in inferis, despojada la frente de los cuernos de fuego que son su corona, y con el rabo entre piernas, enroscado a un muslo bajo la túnica de su disfraz, para esconder así todo atributo de su poder maldito.</p>
<p>Viajaba por el haz de la tierra y recorría a la sazón el Imperio Romano, en cuya grandeza confiaba para que le preparase por la fuerza y la humillación de las almas el dominio del mundo, que era suyo, según demostraban, con árboles genealógicos y una especie de leyes Sálicas, los abogados del infierno.</p>
<p>Había llegado a la Judea romana, atravesando el Gran mar como si fuera un vado; sobre las olas las plantas de Luzbel dejaban huellas de humo y chirridos del agua que quedaba hirviendo a su paso. Tomó tierra en Ascalon, y subiendo hacia el Norte por la playa estéril y desierta, antigua patria de los Filisteos, pasó, al ponerse el sol, cerca de Arimatea y de Lidda; más al llegar la noche, fría, helada, las estrellas que brillaban, y temblaban, muchas de ellas, con particular brillo y temblor, le dieron cierto miedo supersticioso; y como un ave a quien el viento, que cambia, empuja hacia donde va su ímpetu; o como nave que la tempestad envuelve, Lucifer se sintió impelido hacia Oriente, o mejor, hacia el Sudeste, camino de Emmaús, y allá fue, remontando la corriente de un flaco riachuelo.</p>
<p><span id="more-2553"></span></p>
<p>A cada paso la noche le daba más miedo. Era clara, serena; mas, por lo mismo, temblaba el Diablo, porque cada astro era un ojo y un grito; todos le miraban y maldecían, cantando a su modo con su luz la gloria del Señor. Y además, en el ambiente sentía Satán ráfagas misteriosas, vibraciones sobrenaturales, y como aprensión de voces ocultas, de divina alegría, estremecimientos nerviosos del aire y del éter; la vida magnética del planeta se exaltaba; el Diablo se ahogaba en aquella atmósfera en que, como una tormenta, parecía próximo a estallar el prodigio. Tal como las altas nubes abaten a veces el vuelo y ruedan sobre las montañas y descienden a beber en las aguas de los valles, al demonio le parecía que aquella noche, el cielo, el de los ángeles, se había humillado y se cernía al ras de tierra; y las nieblas del río y las lejanías azuladas del horizonte le parecían legiones disfrazadas de querubines. Dejó atrás Emmaús, y guiado por instinto superior a su voluntad, siguió caminando al Sudeste, dejando a la izquierda a Jerusalén, cuyas murallas le parecieron de fuego. Llegó cerca de una majada de pastores que velaban y guardaban la vigilia de la noche sobre su ganado. No se acercó a su hoguera, ocultándose en las sombras a que no llegaban los reflejos inquietos de las llamaradas. Mas de pronto, la hoguera empezó a palidecer cual si llegara el día y la luz del sol ofuscase el vigor de su lumbre; los pastores miraron en torno y creyeron que de repente al aurora aparecía por todos los confines del cielo, y se acercaba a ellos con sus tintes de rosa. No era la aurora; eran las alas del ángel del Señor que vibraban con santa alegría, y al sacudir el aire creaban la luz. Temblaron los pastores sobrecogidos, postráronse en tierra, y ocultaban el rostro entre las manos, mientras el diablo clavaba dientes y garras en la tierra, como raíces de una planta maldita.</p>
<p>Lucifer oyó el confuso rumor de las palabras del Ángel, que sonaban desde lo alto como suave música escondida en los pliegues del aire; pero no comprendió lo que decía a los pastores la aparición celeste. No entendió que les decía: «No temáis, porque vengo a daros noticias de gozo, que lo será para todo el mundo. Os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador que es Cristo el Señor.</p>
<p>«He aquí las señas: hallaréis al niño envuelto en pañales, echado en un pesebre».</p>
<p>Nada de esto oyó Satanás distintamente, pero sí vio que sus aprensiones de antes se cuajaban en realidad; porque de repente, como de una emboscada, salieron de las ondas del aire legiones de ángeles, una multitud de los ejércitos celestiales que alababan a Dios y decían: «Gloria en las alturas a Dios, y en la tierra paz, buena voluntad para los hombres».</p>
<p>Mas todo pasó como un sueño, volvieron a brillar la hoguera abajo y las estrellas arriba&#8230; pero el demonio daba diente con diente. Se acordó del Paraíso, del delito de Adán, de la promesa de Dios. ¡Iba a nacer el Unigénito! Dios iba a cumplir su palabra. Su infinito amor entregaba al Hijo a la crueldad y ceguera de los hombres.</p>
<p>Escondido en su propia sombra, que simulaba la de un nubarrón, Lucifer siguió a los pastores, que cual iluminados dejaron la majada y se encaminaron a Betlehem.</p>
<p>Y llegaron al mesón en que José y María se albergaban, y allí les dijeron que la casa estaba llena y que se habían acomodado José y María en el lugar más humilde de la posada: entraron y vieron al niño acostado en un pesebre.</p>
<p>Y mientras los pastores adoraban al Niño Dios, el Diablo, en forma de murciélago, entraba y salía en el corral humilde, lleno de envidia del amor de Dios. Pero empezaron a entrar y salir también ángeles menudos, de los coros del cielo, los modelos de Murillo, y como tropezaban sus alas con las del murciélago infernal, y se espantaban y huían, Lucifer se alejó de la cuna del Redentor y salió a la soledad de la noche, a la triste helada, tan ensimismado, que al volver, en lo oscuro, a su figura natural, no se acordó de despojarse de sus alas de murciélago, las cuales le fueron creciendo en proporción a su tamaño. Parecían capa angulosa de piel repugnante y como viva; y por instinto, para librarse del relente, el Demonio, meditabundo, se embozó en las alas.</p>
<p>-¡Oh, noche! -pensaba-. ¡Qué noche! Después del trance de la batalla celestial perdida; después de la primera noche en las tinieblas del abismo, esta es la más terrible de mi vida inmortal.</p>
<p>Y la envidia de la caridad le mordía el alma, que como era de ángel, aunque caído, conservaba en el mal, en la impotencia para el bien, todas las delicadezas de percepción y gusto de su prístina condición seráfica. El diablo sabe mucho, y sabe que lo más grande, lo más noble, no es la hermosura corporal, ni el poder, ni el ingenio, ni la fortuna; que lo más grande es el amor, la abnegación. Y así, no le envidiaba a Dios sus dominios sobre la infinidad del firmamento estrellado, su sabiduría, la belleza de sus obras creadas para su gloria: envidiábale aquel amor infinito que entregaba a los dolores de la carne la naturaleza divina, y hacía del Verbo un Hombre para comunicar con los míseros mortales.</p>
<p>La imaginación profética, su mayor tormento, presentaba a Lucifer, envuelto en sus alas de murciélago, el espectáculo del mundo a partir de aquella noche terrible que los pueblos llamarían Noche-buena.</p>
<p>¡Dios penetraba en los espíritus rebeldes; el Cristo iba a reinar en las almas y en las sociedades que parecían más refractarias a su ley! Primero el humilde señorío de unos cuantos judíos pobres, ignorantes; después la atracción misteriosa ejercida sobre el mundo pagano distraído, más frívolo que pervertido en el fondo; la conversión de pueblos bárbaros, el dominio por la fe, por la esperanza, por la caridad; reino ideal, sin espada. Y el demonio sonreía con amarga complacencia imaginando lo que seguía: la cruz-cetro, el báculo-hoz, que al enganchar a la oveja descarriada le hace sangrar con el filo: el poder temporal, el imperio ortodoxo; después el Papado-Imperio, la fuerza ciega creyéndose cristiana; la Cruz sirviendo de pared a los edictos imperiales; pasquines del Estado pegados al sublime leño; sentencias de muerte clavadas allí donde se leyó INRI. Sonreía el diablo, pero no muy contento, porque bien veía que aquello duraba poco&#8230; poco en comparación de la multitud de los siglos futuros&#8230; ¡Otra vez el reinado espiritual!&#8230; Resurrección de aquellos esplendores pasajeros del siglo XIII, del Evangelio nuevo; el mundo civilizado, de vida compleja, de cultura intensa y extendida por todas las regiones, viniendo a ser, sencillamente, una gran cofradía, que se pudiera llamar o Confederación Universal o La Orden Tercera. Francisco de Asís eternamente de moda. La frase evangélica: «Siempre habrá pobres entre vosotros&#8230;» explicada, no por la miseria material, no por el egoísmo que acapara, sino por la constante imitación de San Francisco.</p>
<p>Los pueblos más lejanos y más extraños a la civilización cristiana, dejando sus ídolos, sus libros sagrados, para copiar, primero, a la Europa y a la América laicas, profanas, sus Estados, sus armamentos, sus leyes frívolas de formalidad política, sus artes, su industria&#8230; y después imitar su conversión, el fondo íntimo de la esencia de su cultura, el fondo cristiano. Todos los pueblos cristianos. El mundo entero viendo con nueva claridad y fuerza el profanado sentido de aquellas palabras: «Las puertas del infierno no prevalecerán contra Ella&#8230;».</p>
<p>«¡Oh, sí! -pensaba Lucifer llorando-. ¡Qué idea la de Dios! Hacerse hombre&#8230; Y hacerse hombre en la sangre del Hijo&#8230; Ser Hijo de Dios, nacer en un pesebre, predicar diciendo: Padre nuestro que estás en los cielos&#8230; danos el pan de cada día&#8230; Hágase tu voluntad&#8230; Todos somos hermanos; Dios, Padre de todos; perdonad las injurias; dadlo todo a los pobres y seguidme&#8230; Tener la cruz&#8230; y morir en ella&#8230; perdonando&#8230; ¡Inolvidable! ¡Inolvidable!&#8230;</p>
<p>»En cambio&#8230; yo&#8230; -seguía pensando Lucifer- me voy haciendo viejo; dentro de poco será cada día para mí un siglo; mis años caducos no serán respetables, seré el anciano chocho, sin grave dignidad, de que se burla el vulgo y que persiguen los pilletes, no el venerable patriarca que guía un pueblo; seré después algo menos que eso: una abstracción, un fantasma metafísico, un lugar común de la retórica; bueno para metáforas&#8230; ¡Ay! yo no me comunico con el mundo; en mis apariciones jamás dejo mi prerrogativa diabólica, mi inviolabilidad de espíritu; tengo miedo a hacerme carne que los hombres puedan atormentar&#8230; El egoísmo estéril no me deja reproducirme&#8230; Yo no tengo Verbo, yo no tengo Hijo&#8230; Yo me inutilizaré, me haré despreciable, llegaré a verme paralítico, en un rincón del infierno, sin poder mostrarme al mundo&#8230; y mi Hijo no ocupará mi puesto. ¡El gran rey de los Abismos no tiene heredero!&#8230;».</p>
<p>Y como seguía sintiendo, a lo lejos los estremecimientos de alegría del Universo en la Noche-buena; aquellas señas que se hacían las estrellas, guiñándose, en la inteligencia del sublime secreto como diciéndose unas a otras: «¡Lo que acaba de suceder! Allá abajo, donde quiera, en un rincón de la Vía Láctea&#8230; ¡ha nacido Dios!». Como los ángeles insistían en revolotear sobre Betlehem, y el cielo seguía, como niebla baja, cerrazón divina, a ras de tierra, mezclados el Empíreo y la Judea, Lucifer, a quien la envidia desgarraba las inmortales entrañas del espíritu sutil, hizo un supremo esfuerzo de voluntad, quiso violentar su egoísmo y pensó: «¡Yo también quiero encarnar, yo también quiero tener un hijo, yo también quiero mi Noche buena!&#8230;».</p>
<p>Pero ¿en quién engendrar al Hijo del Demonio? ¿Cómo perpetuar el mal en forma humana, en algo que dure siempre sobre la tierra, y haga de mi naturaleza cosa viva, tangible, imperecedera, inolvidable! -Y abriendo las alas de murciélago, que eran ahora inmensas, y se extendieron hasta el horizonte, ocultó en aquella oscuridad las estrellas; la noche se hizo tenebrosa. Y, con la voz del trueno, Satanás declaró su deseo a las tinieblas; propuso a la Noche la cópula infernal de que debía nacer el Satán-Hombre, la humanidad diabólica.</p>
<p>Mas, infeliz en todo, su imaginación profética le hizo ver por adelantado el cuadro de sus inútiles esfuerzos, el constante fracaso de sus pruritos de amor diabólico, el aborto sin fin de sus conatos de paternidad maldita. ¡Terrible suerte! Antes de emprender las hazañas de su imposible triunfo, ver y saber los desengaños infalibles. ¡Ver muertos los hijos primero de engendrarlos!</p>
<p>Y vio que de la Noche tendría por hijos al Miedo, la Superstición, que porque es ciega se toma por la Fe; nacerían el Error sentimental, la Ciencia apasionada, es decir, falsa; el Ergotismo hueco, la Hipótesis loca, la Humildad fingida, que rinde la virtud de la Razón a la Autoridad, y hace esclavo del orgullo inconsciente a la Conciencia. Mas todos estos hijos, pálidos, como nacidos en cuevas frías, oscuras, iban muriendo poco a poco; raza de microbios que la luz del Sol aniquilaba.</p>
<p>Lucifer, ya que a Dios no podía, quiso imitar a Júpiter y tomar mil formas para seducir a sus Europas, y Ledas y Alcmenas; y de meretrices, cortesanas, malas vestales y reinas corrompidas, tuvo hijos bastardos que le vivían poco; todos flacos, débiles, contrahechos. Tuvo por concubinas la Duda, la Locura, la Tiranía, la Hipocresía, la Intolerancia, la Vanidad, y le nacieron hijos que se llamaban el Pesimismo, el Orgullo, el Terror, el Fanatismo. Todos vivían hambrientos, devorando el bien del mundo que trituraban en sus fauces, que eran los estragos; pero en vano, porque poco a poco se iban muriendo&#8230; Hasta hizo tálamo el demonio del pórtico de la Iglesia; pero ni la Inquisición, ni la Ignorancia, ni la Monarquía absoluta, ni la Pseudo-Escolástica, le dieron el Hijo que buscaba, el inmortal, porque todos perecían. Al fin, en la Civilización creyó haber engendrado lo que buscaba, sorprendiéndola dormida; de aquella unión forzada nació el Materialismo, sensual, frívolo, egoísta&#8230; pero murió a manos de los hijos legítimos de aquella madre casta, y Satán vio que el mundo volvía a Jesús cuando parecía llegada la hora del diablo.</p>
<p>¡Padre infeliz! Después de siglos y siglos de constantes afanes por dejar descendencia, ¡rodeado de sombras, de recuerdos de prole infinita desaparecida, muerta, llorando en vejez estéril! Así pudo verse Lucifer en aquella imagen de lo futuro que su fantasía atormentada le presentó en el fondo tenebroso de la noche, en cuyo seno quiso engendrar su primogénito nacido para morir. Él, inmortal, no podía dar la inmortalidad a lo que engendraba&#8230; Cada año un hijo&#8230; cada año un muerto.</p>
<p>Todas las Noches-Buenas, Jesús nacía en un pesebre, y los pastores le veían entre las manos puras de María, que le envolvían en pañales&#8230;</p>
<p>Y a la misma hora, en la soledad de la noche fría, el diablo enterraba en los abismos el hijo suyo, muerto de helado, envuelto en un sudario hecho de nieve, de la nieve que nace de los besos sin amor del padre maldito que no puede amar; y como engendra sin cariño, sin espíritu de abnegación, de sacrificio, sólo engendra para la muerte eterna.</p>
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		<title>En la droguería, de Leopoldo Alas</title>
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		<pubDate>Fri, 28 May 2010 09:00:32 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Marcelo Ferrando Castro</dc:creator>
				<category><![CDATA[Clásicos]]></category>
		<category><![CDATA[cuentos de alas]]></category>
		<category><![CDATA[cuentos de leopoldo alas]]></category>
		<category><![CDATA[leopoldo alas]]></category>

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		<description><![CDATA[El pobre Bernardo, carpintero de aldea, a fuerza de trabajo, esmero, noble ambición, había ido afinando, afinando la labor; y D. Benito el droguero, ricacho de la capital, a quien Bernardo conocía por haber trabajado para él en una casa de campo, le ofreció nada menos que emplearle, con algo más de jornal, poco, en [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>El pobre Bernardo, carpintero de aldea, a fuerza de trabajo, esmero, noble ambición, había ido afinando, afinando la labor; y D. Benito el droguero, ricacho de la capital, a quien Bernardo conocía por haber trabajado para él en una casa de campo, le ofreció nada menos que emplearle, con algo más de jornal, poco, en la ciudad, bajo la dirección de un maestro, en las delicadezas de la estantería y artesonado de la droguería nueva que D. Benito iba a abrir en la Plaza Mayor, con asombro de todo el pueblo y ganancia segura para él, que estaba convencido de que iría siempre viento en popa. Bernardo, en la aldea, aun con tanto afán, ganaba apenas lo indispensable para que no se muriesen de hambre los cinco hijos que le había dejado su Petra, y aquella queridísima y muy anciana madre suya, siempre enferma, que necesitaba tantas cosas y que le consumía la mitad del jornal misérrimo.</p>
<p>Su madre era una carga, pero él la adoraba; sin ella la negrura de su viudez le parecería mucho más lóbrega, tristísima.</p>
<p>Bernardo, con el cebo del aumento de jornal, no vaciló en dejar el campo y tomar casa en un barrio de obreros de la ciudad, malsano, miserable.</p>
<p><span id="more-2551"></span></p>
<p>-Por lo demás, -decía-, de los aires puros de la aldea me río yo; mis hijos están siempre enfermuchos, pálidos; viven entre estiércol, comen de mala manera y el aire no engorda a nadie. Mi madre, metida siempre en su cueva, lo mismo se ahogará en un rincón de una casucha de la ciudad que en su rincón de la choza en que vivimos.</p>
<p>Tenía razón. Y se fue a la ciudad. Pero en la aldea no conocía una terrible necesidad que en el pueblo echaron de ver él y su madre, por imitación, por el mal ejemplo: el médico y sus recetas. Los demás obreros del barrio tenían, por módico estipendio, asistencia facultativa y ciertas medicinas, gracias a una Sociedad de socorros mutuos. En el campo, cada año, o antes si había peligro de muerte, veían al médico del Concejo que recetaba chocolate.</p>
<p>Ramona, la madre, con aquel refinamiento de la asistencia médica, empezó a acariciar una esperanza loca, de puro lujo: la de sanar, o mejorar algo a lo menos, gracias a dar el pulso a palpar y enseñarle la lengua al doctor, y gracias, sobre todo, a los jarabes de la botica. Bernardo llegó a participar de la ilusión y de la pasión de su madre. Soñó con curarla a fuerza de médicos y cosas de la botica. El doctor, chapado a la antigua, era muy amigo de firmar recetas; no era de estos que curan con higiene y buenos consejos. Creía en la farmacopea, y era además aristócrata en materia médica; es decir, que las medicinas caras, para ricos, le parecían superiores, infalibles. Metía en casa de los pobres el infierno de la ambición; el anhelo de aplacar el dolor con los remedios que a los ricos les costaban un dineral.</p>
<p>El tal Galeno, después de recetar, limitándose los cortos alcances que la Sociedad le permitía, respiraba recio, con cierta lástima desdeñosa, y daba a entender bien claramente que aquello podía ser la carabina de Ambrosio: que la verdadera salud estaba en tal y cual tratamiento, que costaba un dineral; pues entraban en él viajes, cambios de aire, baños, duchas, aparatos para respirar, para sentarse, para todo, brebajes reconstituyentes muy caros y de eso muy prolongado&#8230; en fin, el paraíso inasequible del enfermo sin posibles&#8230;</p>
<p>Bernardo tenía el alma obscurecida, atenaceada por una sorda cólera contra los ricos que se curaban a fuerza de dinero; entre los suspiros, las quejas y sugestiones de su madre, y aquella constante tentación de las palabras del médico que le enseñaba el cielo de la salud de su madre&#8230; allá, en el abismo inabordable, le habían cambiado el humor y las ideas; ya no era un trabajador resignado, sino un esclavo del jornal, que oía pálido y rencoroso las predicaciones del socialismo que en derredor suyo vagaban como rumor de avispas en conjura. No envidiaba los palacios, los coches, las galas; envidiaba los baños, los aparatos, las medicinas caras. Ahí estaba la injusticia: en que unos, por ricos, se curaran, y los pobres, por pobres, no.</p>
<p>Para echar más leña al fuego, vino la amistad con el droguero D. Benito. Terminada la obra de los lujosos anaqueles, abierta solemnemente al público la nueva tienda, conforme a los últimos adelantos, de manera que, según frase que corrió mucho, nada tenía que envidiar al mejor establecimiento de París, en su clase. Bernardo tomó la costumbre de pasar algún rato, después del trabajo en la droguería, conversando con los dependientes de D. Benito y con el mismo D. Benito. Bernardo se creía un poco partícipe de la gloria de aquel gran palacio de la salud puesto que había trabajado en toda la obra de ebanistería. Además, le atraían los cacharros, aquella luciente porcelana con letreros de oro, que encerraba, como en urnas sagradas, el misterio de la salud, a precios fabulosos, imposibles para un jornalero.</p>
<p>Ante los escaparates, Bernardo se extasiaba. Admiraba, primero, una especie de Apolo, de barro barnizado, que sonreía frente a la plaza, tras los cristales, rodeado de vendas, como una momia egipcia, con un brazo en cabestrillo y una pierna rota, sujeta por artísticos rodrigones ortopédicos. Admiraba las grandes esponjas, que curaban con chorros de agua; los aparatos de goma, para cien usos, para mil comodidades de los enfermos; los frascos transparentes, llenos de píldoras que costaban caras, como perlas; las botellas elegantes, aristocráticas, bien lacradas y envueltas en vistosos papeles, como damas abrigadas con ricos chales; botellas de vinos de los dioses, todos dulzura y fuerza, la salud, la vida en cuatro gotas.</p>
<p>Todo lo admiraba, porque en todo creía; porque el médico de su madre le había hecho supersticioso de la religión de los específicos, de las curas infalibles, pero lentas, carísimas. Y D. Benito, y su gente, por la cuenta que les tenía, y por amor al arte, y por ver al pobre carpintero pasmado ante tanto prodigio, remachaban el clavo describiéndole las curas maravillosas de estas y las otras drogas, del vino tal, de los granos cuál y del extracto X. Pero&#8230; lo de siempre: todo era muy caro, todo exigía perseverancia, uso continuo durante mucho tiempo&#8230;; es decir, todo exigía que Bernardo, para curar a su madre con aquellos portentos, gastase en un mes lo que ganaba en un año&#8230;</p>
<p>Y el infeliz se contentaba con mirar, palpar a veces, tomar en peso paquetes, frascos, botellas, etc., etcétera&#8230; y suspirar y resignarse. Su pobre madre no curaría; porque él podía comprarle, con gran sacrificio, la medicina cara una vez, dos veces&#8230; pero luego, ¿qué? El mal vendría más fiero y el dinero se habría acabado y hasta el crédito&#8230; y&#8230; imposible, imposible.</p>
<p>La prueba de que todo aquello era para ricos, muy caro, estaba en lo rico que se había hecho don Benito; tenía ya millones&#8230; Era un trato: él daba la salud y a él le pesaban en oro&#8230; los que podían.</p>
<p>Una tarde vio Bernardo entrar en la droguería a un anciano que parecía un difunto; un difunto de muy mal humor, con un ceño que era mueca de condenado; encorvado, como si estuviese herido por una maldición del cielo, con la respiración anhelante, irregular, los pómulos salientes, los ojos brillantes y angustiosos de modo siniestro. Vestía traje de muy buen corte, de riquísimo paño, pero muy descuidadamente. Entró sin saludar, se sentó en un sillón que solía ocupar D. Benito, y al momento le rodearon, con grandes muestras de respeto, todos los dependientes.</p>
<p>A poco se presentó el amo, gorra en mano, y haciendo reverencias.</p>
<p>-¡Oh, D. Romualdo! Cuánta honra&#8230; después de siglos&#8230;</p>
<p>-Perdona, Benito; pero si vengo por aquí de tarde en tarde es&#8230; porque&#8230; ya sabes que todo esto me revienta. Si tuvieras tienda de juguetes no faltaría una tarde&#8230; de las pocas que el condenado mal me deja salir de casa. Pero estas porquerías (y señalaba a los cacharros de los anaqueles) me repugnan&#8230; ¡Qué farsa! ¡Los médicos! ¡Mal rayo! Cada receta un pecado mortal&#8230;</p>
<p>D. Benito y los suyos sonrieron; no osaron contradecir al D. Romualdo, que parecía un muerto muy bien vestido.</p>
<p>Por la conversación que siguió, fue Bernardo enterándose de cosas que le vino muy bien saber.</p>
<p>D. Romualdo era el primer ricachón del pueblo, protector illo tempore de D. Benito; enfermo crónico, desesperado, sin resignación, furioso, con un achaque por cada millón, inútil para curar sus males. Muchos años hacía, también aquel millonario había creído, como el jornalero Bernardo, en el misterioso prestigio de la medicina infalible, en el don de salud de la receta cara; con vanidad, con orgullo, casi contento con tener que poner a prueba el poder mágico del dinero, creyendo que hasta alcanzaba a dar vida, energía, buenas carnes y buen humor, el Fúcar aquel había derrochado miles y miles en toda clase de locuras y lujos terapéuticos; conocía mejor, y por cara experiencia, las termas célebres de uno y otro país que el famoso Montaigne, tan perito en aguas saludables; no había aparato costoso, útil para sus males, que él no hubiera ensayado; en elixires, extractos y vinos nutritivos había empleado caudales&#8230; y al cabo, viejo, desengañado, hasta con remordimientos por haber creído y predicado tanto aquella religión de la salud a la fuerza y a costa de oro, confesaba con rabia de condenado la impotencia de la riqueza, la inutilidad de las invenciones humanas para impedir las enfermedades necesarias y la muerte.</p>
<p>De tarde en tarde, y como por el placer de ir a insultar a las engañosas drogas, en su casa, cara a cara, se presentaba D. Romualdo en la lujosa tienda de D. Benito, donde tanto gasto había hecho, donde ya no gastaba ni un real. Su tema era repetir a su antiguo protegido:</p>
<p>-¿Por qué no te deshaces de toda esta farsa, de toda esta porquería, y pones almacén de juguetes? No es menos serio y es más sincero; así no se engaña a nadie: venderías los cañones, los sables de mentirijillas por lo que son; no dirías: esto es de verdad, sino, es broma.</p>
<p>Notó Bernardo que allí nadie se atrevía a contradecir aquel dogma de la inutilidad de drogas y recetas, caras o baratas; todos decían amén a los desprecios del ricacho; nadie le proponía tal o cual específico para ninguno de los infinitos dolores de que se quejaba. En cambio, se tomaban muy en serio las últimas esperanzas de curación que D. Romualdo ponía: 1.º en un apóstol que acababa de llegar al pueblo y curaba con agua de la fuente y falsos latines&#8230; y 2.º en un viaje a Lourdes.</p>
<p>Cuando se marchó D. Romualdo de la droguería, lanzando furiosas miradas de ira y de desprecio a estantes y escaparates, Bernardo, que no había dicho palabra, se levantó, dio las buenas tardes y salió a la calle. Respiró con fuerza.</p>
<p>Se fue a dar un paseo hacia las afueras, al campo. Ya obscurecía. Las estrellas le dijeron algo de igualdad en lo inmenso, de igualdad en la pequeñez de la miseria humana. Su madre no sanaba&#8230; porque hay que morir&#8230;, no por pobre&#8230; D. Romualdo no sanaba tampoco&#8230; El dinero&#8230; las medicinas caras&#8230; ilusiones. Todos iguales, pensaba, todos nada. Y, entre triste y satisfecho, sentía un consuelo.</p>
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		<title>En el tren (Alas), de Leopoldo Alas</title>
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		<pubDate>Wed, 26 May 2010 09:00:21 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Marcelo Ferrando Castro</dc:creator>
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		<description><![CDATA[El duque del Pergamino, marqués de Numancia, conde de Peñasarriba, consejero de ferrocarriles de vía ancha y de vía estrecha, ex ministro de Estado y de Ultramar&#8230; está que bufa y coge el cielo&#8230; raso del coche de primera con las manos; y a su juicio tiene razón que le sobra. Figúrense ustedes que él [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>El duque del Pergamino, marqués de Numancia, conde de Peñasarriba, consejero de ferrocarriles de vía ancha y de vía estrecha, ex ministro de Estado y de Ultramar&#8230; está que bufa y coge el cielo&#8230; raso del coche de primera con las manos; y a su juicio tiene razón que le sobra. Figúrense ustedes que él viene desde Madrid solo, tumbado cuan largo es en un reservado, con que ha tenido que contentarse, porque no hubo a su disposición, por torpeza de los empleados, ni coche-cama, ni cosa parecida. Y ahora, a lo mejor del sueño, a media noche, en mitad de Castilla, le abren la puerta de su departamento y le piden mil perdones&#8230; porque tiene que admitir la compañía de dos viajeros nada menos: una señora enlutada, cubierta con un velo espeso, y un teniente de artillería. ¡De ninguna manera! No hay cortesía que valga; el noble español es muy inglés cuando viaja y no se anda con miramientos medioevales: defiende el home de su reservado poco menos que con el sport que ha aprendido en Eton, en Inglaterra, el noble duque castellano, estudiante inglés.</p>
<p>¡Un consejero, un senador, un duque, un ex-ministro, consentir que entren dos desconocidos en su coche, después de haber consentido en prescindir de una berlina-cama, a que tiene derecho! ¡Imposible! ¡Allí no entra una mosca!</p>
<p><span id="more-2549"></span></p>
<p>La dama de luto, avergonzada, confusa, procura desaparecer, buscar refugio en cualquier furgón donde pueda haber perros más finos&#8230; pero el teniente de artillería le cierra el paso ocupando la salida, y con mucha tranquilidad y finura defiende su derecho, el de ambos.</p>
<p>-Caballero, no niego el derecho de usted a reclamar contra los descuidos de la Compañía&#8230; pero yo, y por lo visto esta señora también, tengo billete de primera; todos los demás coches de esta clase vienen llenos; en esta estación no hay modo de aumentar el servicio&#8230; aquí hay asientos de sobra, y aquí nos metemos.</p>
<p>El jefe de la estación apoya con timidez la pretensión del teniente; el duque se crece, el jefe cede&#8230; y el artillero llama a un cabo de la Guardia civil, que, enterado del caso, aplica la ley marcial al reglamento de ferrocarriles, y decreta que la viuda (él la hace viuda) y su teniente se queden en el reservado del duque, sin perjuicio de que éste se llame a engaño ante quien corresponda.</p>
<p>Pergamino protesta; pero acaba por calmarse y hasta por ofrecer un magnífico puro al militar, del cual acaba de saber, accidentalmente, que va en el expreso a incorporarse a su regimiento, que se embarca para Cuba.</p>
<p>-¿Con que va usted a Ultramar a defender la integridad de la patria?</p>
<p>-Sí señor, en el último sorteo me ha tocado el chinazo.</p>
<p>-¿Cómo chinazo?</p>
<p>-Dejo a mi madre y a mi mujer enfermas y dejo dos niños de menos de cinco años.</p>
<p>-Bien, sí; es lamentable&#8230; ¡Pero la patria, el país, la bandera!</p>
<p>-Ya lo creo, señor duque. Eso es lo primero. Por eso voy. Pero siento separarme de lo segundo. Y usted, señor duque, ¿a dónde bueno?</p>
<p>-Phs&#8230; por de pronto a Biarritz, después al Norte de Francia&#8230; pero todo eso está muy visto; pasaré el Canal y repartiré el mes de Agosto y de Septiembre entre la isla de Wight, Cowes, Ventnor, Ryde y Osborn&#8230;</p>
<p>La dama del luto y del velo, ocupa silenciosa un rincón del reservado. El duque no repara en ella. Después de repasar un periódico, reanuda la conversación con el artillero, que es de pocas palabras.</p>
<p>-Aquello está muy malo. Cuando yo, allá en mi novatada de ministro, admití la cartera de Ultramar, por vía de aprendizaje, me convencí de que tenemos que aplicar el cauterio a la administración ultramarina, si ha de salvarse aquello.</p>
<p>-Y usted ¿no pudo aplicarlo?</p>
<p>-No tuve tiempo. Pasé a Estado, por mis méritos y servicios. Y además&#8230; ¡hay tantos compromisos! Oh, pero la insensata rebelión no prevalecerá; nuestros héroes defienden aquello como leones; mire usted que es magnífica la muerte del general Zutano&#8230; víctima de su arrojo en la acción de Tal&#8230; Zutano y otro valiente, un capitán&#8230; el capitán&#8230; no sé cuántos, perecieron allí con el mismo valor y el mismo patriotismo que los más renombrados mártires de la guerra. Zutano y el otro, el capitán aquél, merecen estatuas; letras de oro en una lápida del Congreso&#8230; Pero de todas maneras, aquello está muy malo&#8230; No tenemos una administración&#8230; Conque ¿usted se queda aquí para tomar el tren que le lleve a Santander? Pues ea; buena suerte, muchos laureles y pocos balazos&#8230; Y si quiere usted algo por acá&#8230; ya sabe usted, mi teniente, durante el verano, isla de Wight, Cowes, Ryde, Ventnor y Osborn&#8230;</p>
<p>El duque y la dama del luto y el velo quedan solos en el reservado. El ex-ministro procura, con discreción relativa, entablar conversación.</p>
<p>La dama contesta con monosílabos, y a veces con señas.</p>
<p>El de Pergamino, despechado, se aburre. En una estación, la enlutada mira con impaciencia por la ventanilla.</p>
<p>-¡Aquí, aquí! -grita de pronto-; Fernando, Adela, aquí&#8230;</p>
<p>Una pareja, también de luto, entra en el reservado: la enlutada del coche los abraza, sobre el pecho de la otra mujer llora, sofocando los sollozos.</p>
<p>El tren sigue su viaje. Despedida, abrazos otra vez, llanto&#8230;</p>
<p>Quedaron de nuevo solos la dama y el duque.</p>
<p>Pergamino, muerto de impaciencia, se aventura en el terreno de las posibles indiscreciones. Quiere saber a toda costa el origen de aquellas penas, la causa de aquel luto&#8230; Y obtiene fría, seca, irónica, entre lágrimas, esta breve respuesta:</p>
<p>-Soy la viuda del otro&#8230; del capitán Fernández.</p>
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		<title>El torso, de Leopoldo Alas</title>
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		<pubDate>Sun, 23 May 2010 09:00:43 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Marcelo Ferrando Castro</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>El duque de Candelario tenía media provincia por suya; y no iba muy descaminado, porque a sus cotos redondos no se les veía el fin, y ejércitos de labradores le pagaban renta. Mucho había heredado de sus ilustres ascendientes; pero él también había adquirido no poco, y nadie podía decir que de mala manera y sin servir a la patria: era en su vejez, que casi se podía llamar florida por lo bien que en cosas que habían de dar fruto la empleaba, y por la lozana alegría de su humor y la constancia de sus fuerzas y alientos, era, digo, un agricultor de grandes vuelos, inteligente, activo, desinteresado con el pobre; pero atento a la legítima ganancia; y así se enriquecía más y más, ayudaba a los que le rodeaban a ganar la vida, y a quien le sacaba el jugo era a la tierra.</p>
<p>Si de este modo servía ahora a la patria, antes le había dado algo que valía más; su sangre y el continuo peligro de la vida; había sido bravo militar, llegando a general, y en todos los grados de su carrera había tenido ocasión de probar el valor en verdaderas hazañas. Aún más que por todo esto, le estimaban en su tierra por lo llano, alegre y franco del carácter. No se diga que despreciaba sus pergaminos, pero tenía la democracia del trato, como rasgo capital, en la sangre; y por algo le llamaban el duque de los abrazos. En los membrudos remos, como él decía, que no desdeñaban las armas del trabajo del campo, estrechaba con sincera hermandad a los humildes aldeanos, que adoraban en él y le acompañaban en su vida sana, activa, de cazador y labrador y buen camarada en honestas francachelas.</p>
<p><span id="more-2547"></span></p>
<p>Vivía casi siempre en el campo, en un gran palacio, con aspecto de castillo feudal, donde el más aristocrático señorío se mostraba por todas partes.</p>
<p>El amo inspiraba confianza en cuanto se le veía; su regia mansión, situada en medio de sus dominios, rodeada de bosques, imponía frío respeto.</p>
<p>Pero mientras D. Juan Candelario, duque de Candelario, vivió, venció él a todos a la tradicional reserva, a la etiqueta linajuda, al aspecto imponente y aristocrático de su casa; y lo que era más arduo, venció la sorda oposición de su digna esposa, tan noble como él, no menos buena, pero de gustos menos democráticos, menos expansiva en el trato de los inferiores. El duque, burla burlando, tenía voluntad de hierro, y donde estaba él no mandaba marinero. Así era su gran palacio casa de todos, porque él lo quería, y hacíase tratar como un labrador más rico que los otros, pero no de otra madera.</p>
<p>Tenía sólo un hijo, que, en cuanto fue posible, su madre se apresuró a enviar a Inglaterra a que se educara en Eton, después en Oxford y después en la escuela del gran mundo inglés. No se opuso el duque, porque le pareció racional que su heredero recibiese la sólida instrucción y las lecciones de vida de gran señor que allá lejos sabía él que se adquirían; pero esto no le impidió suspirar cuando advirtió que su Diego se había entregado a ideas, hábitos y tendencias que distaban mucho de aquella sencillez castellana que para D. Juan era educación y naturaleza.</p>
<p>Su hijo se parecía más a la duquesa que al duque mismo, y la educación que este llamaba estirada, correcta y fría, ponía el sello a las diferencias que lamentaba. Pero no se quejó. Cada cual sería a su manera. A él, ni Diego, ni nadie le sacaría ya de su paso; pero el sucesor, que fuera como Dios tuviese dispuesto; dejaba a los demás la libertad, que él para sí había reclamado, de vivir a su modo. Ahora sí; mientras el duque viejo existiese, su casa, pusiera el señorito el gesto que pusiera, seguiría marchando como siempre.</p>
<p>Diego, en efecto, sentía invencible repugnancia ante aquellas costumbres de su padre. Él, que había tenido criados estudiantes, que desde el colegio había aprendido a medir las distancias que la realidad establece entre las clases diferentes, por necesidad, veía hasta una hipocresía, o por lo menos una ilusión ridícula, de mal gusto, en aquella aparente igualdad del trato, que no pasaba de la superficie, que no podía llegar al fondo. Todo esto, pensaba, es una comedia grotesca, que a nosotros nos molesta y a los pobres aldeanos los humillaría, si fueran de más fina epidermis.</p>
<p>Con lo que menos transigía, con lo que estaba a matar, era con la confianza dichosa, extendida a las relaciones de los amos y de la servidumbre. Aquí lo grotesco y lo incómodo rayaban en tormento.</p>
<p>-Es preferible -decía D. Diego a su madre en secreto- servirse a sí propio a ser por otros servido de esta manera; un criado que no es una máquina respetuosa, un autómata perfecto, es la mayor impertinencia que puede haber en un hogar. Siempre he distinguido a los verdaderos nobles de los improvisados y de los personajes plebeyos, por la servidumbre. La de estos últimos suele ser descuidada en el vestir, incorrecta en las ceremonias del trato, y todo ello sin que su señor, tal vez déspota, note semejantes distancias, que pregonan su humilde origen. El criado adivina al señor verdadero, y aunque en su servicio tenga que soportar más severa disciplina, en él está más satisfecho, tomando más en serio su oficio.</p>
<p>Casi odio contra su querido padre sentía don Diego, al ver cómo trataba al duque Ramón, su antiguo compañero de glorias y fatigas, un héroe de la clase de tropa, y ahora jardinero y un poco mayordomo, y claramente favorito del amo. Diego era el ídolo de Ramón; antes de marchar el chico a Inglaterra, a las nodrizas y al ayo había disputado el veterano el cariño, los cuidados del rapaz, que, cuando no estaba sobre su rodilla sana, estaba sobre su pata de palo, y si no sobre sus hombros, apretándole las orejas como los ijares a un caballo. Con la ausencia, el cariño del jardinero no se enfrió, se idealizó, cuando volvió el señorito tieso, pulquérrimo, frío, con aires de gran señor, que hasta en el menor gesto muestra la sangre privilegiada. Ramón convirtió de repente la mitad de su cariño en respeto; si antes le quería como a un ídolo familiar, ahora le temía como a un dios, con temor amoroso, reconociendo la suprema justicia de aquella desigualdad que se le señalaba. Si con el amo viejo era confianzudo, era por cumplir una consigna; porque así se lo había ordenado implícitamente; por lo demás, él tenía el respeto a la sangre donde el señorito la nobleza, en el fondo de la conciencia. Bueno se hubiera puesto el duque si Ramón le hubiese venido con remilgos y etiquetas. Verdad era que poco a poco aquellas relaciones de hermandad, aquella vida de camaradas, las había ido tomando como cosa de la naturaleza; y como todo lo que él decía o hacía estaba bien para el amo, y como su celo por el interés de la casa era de corazón, apasionado, y esto lo estimaba el duque más que un tesoro, Ramón se dejaba llevar por aquella plácida pendiente. Aun en presencia del duque joven continuó tratando al viejo con la franqueza igualitaria de siempre; porque ¡ay de él y de todos si el amo hubiera advertido que allí que allí se desobedecía a nueva voluntad, a gustos nuevos!</p>
<p>-En muriendo yo -había dicho una vez don Juan- que te cuelguen de un árbol, o que te pongan una casaca verde, si quieren; pero mientras yo viva&#8230;¡lo de siempre!</p>
<p>Pasaron años; Diego vivió lejos de su padre, a lo gran señor, en el mundo; se casó con una duquesa, y no volvió al palacio de Candelario hasta que murió su madre. Estuvo allí poco tiempo. Lo bastante para convencerse que el duque llenaría el vacío que dejaba su mujer, en lo posible, con la influencia de Ramón. Sin malas artes, sin astucia, sin ambición, por su inteligencia, su energía y su celo, el jardinero había invadido todas las funciones de mando. El duque, muy postrado, decía:</p>
<p>-Él es mis pies y mis manos&#8230; y eso que no tiene ni manos, ni pies.</p>
<p>En efecto; el veterano, que había dejado una pierna en la guerra, había dejado después, poco hacía, en un tejado del palacio, un brazo, con ocasión de apagar un incendio. No importaba; con lo que le quedaba, Ramón lo dirigía todo, lo vigilaba todo.</p>
<p>Diego, al verle de tal modo lisiado, le puso un mote que hizo sonreír a su esposa la duquesa, poco amiga también de aquellas confianzas de los criados; le llamó el Torso, porque apenas le quedaba más que el tronco, y ese, viejo y arrugado, aunque fuerte como una encina.</p>
<p>Poco antes de morir, el duque llamó a su hijo a su lado. El pobre viejo, rendido ya en el lecho en que iba a expirar, no sentía ahora la energía que en otro tiempo le hizo ser dueño absoluto de su casa. A los pocos días de llegar don Diego, Ramón, ya caduco también, tuvo que entregar el poder; el señorito muy amado, que no dejaba de quererle a él, pero a distancia, le hizo entender bien claramente que se había equivocado si creía que aquel trato familiar de amos y criados que don Juan había impuesto, era ley natural del mundo; el verdadero respeto, la verdadera lealtad a los amos, consistía en otra cosa; en saber guardar la decorosa distancia que hay de clase a clase.</p>
<p>En adelante, puesto que por desgracia don Juan ya no dirigiría nunca la casa, todo cambiaría; cada cual volvería a su sitio; él, Ramón, pues era jardinero, volvería a sus jardines, viviría allá arriba, en el Pabellón de la Glorieta, que estaba en un altozano, a lo último del parque.</p>
<p>Ramón no se lo hizo decir dos veces. «Amo nuevo, vida nueva». Era un perro fiel: mientras se había querido caricias, confianza, había sido cariñoso, confianzudo; había dormido a los pies de su amo, dándole el calor de su afecto&#8230; ahora se le mandaba a la puerta, a vigilar desde fuera como buen mastín&#8230; pues afuera, al Pabellón de la Glorieta; al destierro.</p>
<p>Y allá se fue, humilde, algo avergonzado de haber tomado en serio su papel de mayordomo y favorito.</p>
<p>Don Juan notó el cambio, pero ya no tenía humor ni fuerzas para protestar. Además, él abdicaba de buen grado: era natural que su hijo quisiera empezar a ejercer el mando; él mismo le animaba a ello para darse el gusto de ver reinar al heredero, orgullo y gloria de su padre. «Diego es un gran señor, se decía don Juan; yo, a lo sumo, habré sido un gran aldeano».</p>
<p>Y murió don Juan, y el cambio iniciado se acentuó y acabó por ser completo. Aquellos dominios, metidos en el riñón de España, parecían ahora una de esas mansiones de los landlords que nos describe y pinta The Graphic de vez en cuando; allí todo era inglés; todo, como diría don Juan, tieso, correcto, frío. Mayordomo hubo, pero no fue Ramón; los criados fueron autómatas con aquella casaca verde de que el difunto duque se burlaba; hubo en el palacio siempre convidados; pero no eran los labradores del contorno, sino señores muy serios poco llanos también.</p>
<p>Ramón apenas salía de su pabellón de allí arriba al extremo del parque; se dio por confinado, sobre todo desde que se le advirtió que su cargo de jardinero sería en adelante honorario, si bien seguiría cobrando su sueldo, pero sin ejercicio de funciones. Don Diego atendería a su vejez con todos los cuidados que merecía. No le faltaría más que la confianza de antaño. No se quejó; cambió de vida; fue el más respetuoso, el más estirado, el menos comunicativo de la servidumbre. Aceptó su suerte, y sin vergüenza comió agradecido el pan que se le daba por los servicios de toda una vida. Sin embargo, en un rincón de la huerta trabajaba lo que podía, casi siempre solo.</p>
<p>Los duques iban y venían; vivían en Candelario parte del verano y todo el otoño. En toda la temporada Ramón veía a su don Diego del alma dos o tres veces. Llegaban a él, como rumores lejanos, ecos de las borrascas domésticas, ecos conducidos por aquellos criados de librea verde, tan tiesos, tan finos, tan respetuosos. Ramón sentía lágrimas en los ojos cuando oía aquellos chismes de lacayos, en que las tragedias domésticas se tomaban como sainetes por la servidumbre, que se vengaba así, a escondidas, de su humillación constante&#8230; «El señorito no era feliz!» pensaba en sus soledades en el Pabellón de la Glorieta. ¡Pero Dios le librara de decirle una palabra de consuelo!</p>
<p>Una tarde le vio acercarse a la Glorieta, solo, taciturno, con el terrible ceño fruncido. Ramón estaba sentado en un banco rústico, descansando de la faena, para él cada día más fatigosa de regar las legumbres. Pasó el duque a su lado, cabizbajo; Ramón se puso en pie, en el pie que tenía, y llevó la mano única a la frente para hacer el ademán de descubrirse, aunque no traía nada en la cabeza. El duque le vio; le miró con repentina dulzura; le puso una mano sobre el hombro; pero al notar que al criado, al Torso, se le llenaban los ojos de agua y de preguntas, y temiendo que rompiera a hablar como no debía, en vez de permitirle preguntar por las penas del amo, le dejó frío con un gesto, y le dijo:</p>
<p>-¿Qué tal ese reuma?</p>
<p>-El médico dice que acabaré por perder el uso de este otro brazo -y con el muñón del que le faltaba procuraba señalar el que tenía-. Y yo creo que lleva razón el médico, porque me pesa como un plomo. Pero lo peor no es eso: es que la pierna&#8230; mía se empeña en pedir el canuto, y no hay otra en la reserva.</p>
<p>-Ya sabes que nunca te faltará nada.</p>
<p>Y el señorito, el que un día jugaba saltando sobre aquella pierna que a Ramón se le moría, cansada de trabajar sola, siguió adelante, hundida el alma otra vez en sus pesadumbres, y la cabeza inclinada hacia la tierra de sus dominios, que no les daba una respuesta a las dudas infamantes de sus airados celos, a las sospechas de su honor.</p>
<p>Después de cien borrascas de la vida, el duque, solo, separado de su duquesa, cuya perfidia supo de modo cierto; sin hijos, sin amor a nada del mundo, sin amigos verdaderos, como la mayor parte de los hombres, se retiró a sus dominios de Candelario, como al abrigo de una ensenada en una isla desierta. No era un puerto familiar donde le aguardaran los suyos; era un abrigo en tierra inhospitalaria. El mundo era ya para él la isla desierta; en Candelario vivía con hombre de cariño, de fe, de ilusiones; pero sin luchar con las olas. En calma terrible; de cementerio. Pero también entre cementerios, el afecto escoge. En su palacio había la corrección de siempre; los criados, siempre de verde, saludaban inclinándose hasta el suelo; el servicio era solícito, esmerado; nada faltaba al duque; su cuerpo era servido como por las manos volanderas de los castillos encantados. Pero le sobraba una cosa: la discreción absoluta de su gente; los criados, según antigua costumbre, por disciplinaria tradición, miraban en el duque al ser superior, feliz y sin flaquezas, por decreto divino, por privilegio de la sangre y la grandeza; suponer al amo necesitado de consuelo, de ayuda, pidiendo y solicitando, con la mirada a lo menos, amparo, calor del corazón, era absurdo, una irreverencia. Ningún criado de aquellos, ni el más sinceramente fiel, creía que entraba en el cuadro de sus obligaciones tener lástima del señor, pararse a pensar en qué podía estar triste en aquella soledad espantosa.</p>
<p>En cuanto a los campesinos dependientes de la casa, ya hacía muchos años que habían olvidado el camino del palacio, a lo menos el de las habitaciones del amo. El duque nuevo era una abstracción para ellos; su señorío un concepto de derecho, no un poder representado en una forma conocida.</p>
<p>Don Diego envejecía de dolor, de hastío, de soledad; a solas con su grandeza, se sentía como un rey Midas del linaje y de la etiqueta: todo lo que tocaba se le convertía en frío respeto.</p>
<p>La debilidad de sus achaques, que empezaron pronto, le tenía nervioso; empezó a aborrecer a sus siervos voluntarios, porque no adivinaban lo que ahora necesitaba, que era afecto, trato humano, pero no de humanidad humillada, servil. Llegó a hacer la corte a sus palaciegos; a procurar, de modo indirecto, adulándolos, como podía, sin abdicar, sonsacarles algo más que el servicio exacto, cumplido con ceremoniosa perfección. Fue en vano; nadie sospechaba lo que quería. Estaba entre muebles y semovientes: no entre hombres. Los árboles del Parque, inclinados, a su paso, por la brisa, le saludaban; lo mismo hacían los criados; pasaba el amo y se inclinaban como los árboles.</p>
<p>Cerca del anochecer, cierto día, el duque llegó hasta el extremo del Parque; alzó la cabeza al verse junto al pabellón solitario de la Glorieta. Allí dentro, como enterrado en vida, estaba Ramón, que no acababa de morir; olvidado de todos menos de un mozalbete encargado de su servicio. El veterano había ido perdiendo terreno, pero no quería abandonar la casa de que había sido perro fiel; no quería morir. El señorito no le visitaba nunca. Pasaba el día sentado en un sofá de paja, haciendo solitarios con naipes viejos, sobre una mesa de mármol, con grandes esfuerzos de la mano única que movía apenas, para la cual cada naipe, sobado y lleno de dobleces, pesaba como una losa. La pierna de carne se había hecho de palo también; no se movía. Los ojos eran centellas, pero los oídos tapias: todo le sonaba a Ramón a ruido del bosque que tenía a la espalda. Como no oía, apenas quería hablar, para no decírselo él todo. Además, casi nunca tenía con quién.</p>
<p>Le dominaba una idea. «¿Qué haría, cómo lo pasaría el señorito allá abajo?».</p>
<p>Don Diego vaciló&#8230; pero no pudo contenerse. El alma le hizo dar unos pasos más y penetrar en la triste vivienda del desterrado, del confinado, del enterrado en vida, del tronco arrinconado, como mueble vetusto y noble; del Torso de carne y hueso.</p>
<p>El Torso, al ver al amo frente a sí, quiso incorporarse, pero no pudo. Levantó un poco la mano, que no llegó a la cabeza. Saludó con ponerse rojo de respeto y de dicha. ¡Qué santo orgullo el suyo! ¡El señorito venía a verle a su sepulcro!</p>
<p>El duque le puso la mano sobre el hombro; se sentó a su lado en el sofá de paja.</p>
<p>-¿Qué solitario es ese? -preguntó por señas.</p>
<p>-El de los reyes.</p>
<p>-¿Te lo enseñó mi padre? -volvió a decir don Diego también con gestos, señalando con la mano, que sacudió dos veces, allá hacia las nubes, hacia los cielos&#8230;</p>
<p>-Sí; el señor duque -contestó Ramón, moviendo el muñón del brazo perdido, también hacia arriba.</p>
<p>-El señor duque&#8230; que de Dios goza -repitió el Torso, que no pudo contener dos lágrimas pobres, muy delgadas.</p>
<p>Y el amo tampoco pudo, ni tal vez quiso reprimirse; y, dejando caer la cabeza sobre el hombro de Ramón, abrazando al Torso, lloró en silencio, en abundancia, como idólatra que se reconcilia con su fetiche, y le cuenta al tronco inerte, dios de los lares, las penas íntimas que no le importan al mundo.</p>
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		<title>El sustituto, de Leopoldo Alas</title>
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		<pubDate>Sat, 22 May 2010 09:00:25 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Marcelo Ferrando Castro</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Mordiéndose las uñas de la mano izquierda, vicio en él muy viejo e indigno de quien aseguraba al público que tenía un plectro, y acababa de escribir en una hoja de blanquísimo papel: Quiero cantar, por reprimir el llanto, tu gloria, oh patria, al verte en la agonía&#8230; digo, que mordiéndose las uñas, Eleuterio Miranda, [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Mordiéndose las uñas de la mano izquierda, vicio en él muy viejo e indigno de quien aseguraba al público que tenía un plectro, y acababa de escribir en una hoja de blanquísimo papel:</p>
<p>Quiero cantar, por reprimir el llanto,<br />
tu gloria, oh patria, al verte en la agonía&#8230;</p>
<p>digo, que mordiéndose las uñas, Eleuterio Miranda, el mejor poeta del partido judicial en que radicaba su musa, meditaba malhumorado y a punto de romper, no la lira, que no la tenía, valga la verdad, sino la pluma de ave con que estaba escribiendo una oda o elegía (según saliera), de encargo.</p>
<p>Era el caso que estaba la patria en un grandísimo apuro, o a lo menos así se lo habían hecho creer a los del pueblo de Miranda; y lo más escogido del lugar, con el alcalde a la cabeza, habían venido a suplicar a Eleuterio que, para solemnizar una fiesta patriótica, cuyo producto líquido se aplicaría a los gastos de la guerra, les escribiese unos versos bastante largos, todo lo retumbantes que le fuera posible, y en los cuales se hablara de Otumba, de Pavía&#8230; y otros generales ilustres, como había dicho el síndico.</p>
<p><span id="more-2545"></span></p>
<p>Aunque Eleuterio no fuese un Tirteo ni un Píndaro, que no lo era, tampoco era manco en achaques de malicia y de buen sentido, y bien comprendía cuán ridículo resultaba, en el fondo, aquello de contribuir a salvar la patria, dado que en efecto zozobrase, con endecasílabos y heptasílabos más o menos parecidos a los de Quintana.</p>
<p>Si en otros tiempos, cuando él tenía dieciséis años no había estado en Madrid ni era suscritor del Fígaro de París, había sido, en efecto, poeta épico, y había cantado a la patria y los intereses morales y políticos, ahora ya era muy otro y no creía en la epopeya ni demás clases del género objetivo; no creía más que en la poesía íntima&#8230; y en la prosa de la vida. Por esta, por la prosa de los garbanzos, se decidía a pulsar la lira pindárica; porque tenía echado el ojo a la secretaría del Ayuntamiento, y le convenía estar bien con los regidores que le pedían que cantase. Considerando lo cual, volvió a morderse las uñas y a repasar lo de</p>
<p>Quiero cantar, por reprimir el llanto,<br />
tu gloria, oh patria, al verte en la agonía&#8230;</p>
<p>Y otra vez se detuvo, no por dificultades técnicas, pues lo que le sobraban a él eran consonantes en anto y en ía; se detuvo porque de repente le asaltó una idea en forma de recuerdo, que no tardó en convertirse en agudo remordimiento. Ello era que más adelante, al final que ya tenía tramado, pensaba exclamar, como remate de la oda, algo por el estilo:</p>
<p>Mas ¡ay! que temerario,<br />
en vano quise levantar el vuelo,<br />
por llegar al santuario<br />
del patrio amor, en la región del cielo.<br />
Mas, si no pudo tanto<br />
mi débil voz, mi pobre fantasía,<br />
corra mi sangre, como corre el llanto,<br />
en holocausto de la patria mía.<br />
¡Guerra! no más arguyo&#8230;<br />
el plectro no me deis, dadme una espada:<br />
si mi vida te doy, no te doy nada,<br />
patria, que no sea tuyo;<br />
porque al darte mi sangre derramada,<br />
el ser que te debí te restituyo.</p>
<p>Y cuando iba a quedarse muy satisfecho, a pesar del asonante de santuario y tanto, que algo le molestaba, sintió de repente, como un silbido dentro del cerebro, una voz que gritó: ¡Ramón!</p>
<p>Y tuvo Eleuterio que levantarse y empezar a pasearse por su despacho; y al pasar enfrente de un espejo notó que se había puesto muy colorado.</p>
<p>-¡Maldito Ramón! Es decir&#8230; maldito, no, ¡pobre! Al revés, era un bendito.</p>
<p>Un bendito&#8230; y un valiente. Valiente&#8230; gallina&#8230; Pues Gallina le llamaban en el pueblo por su timidez; pero resultaba una, gallina valiente; como lo son todas cuando tienen cría y defienden a sus polluelos.</p>
<p>Ramón no tenía polluelos; al contrario, el polluelo era él; pero la que se moría de frío y de hambre era su madre, una pobre vieja que no tenía ya ni luz bastante en los ojos para seguir trabajando y dándoles a sus hijos el pan de cada día.</p>
<p>La madre de Ramón, viuda, llevaba en arrendamiento cierta humilde heredad de que era propietario don Pedro Miranda, padre de Eleuterio. La infeliz no pagaba la renta. ¡Qué había de pagar si no tenía con qué! Años y años se le iban echando encima con una deuda, para ella enorme. Don Pedro se aguantaba; pero al fin, como los tiempos estaban malos para todos, la contribución baldaba a chicos y grandes; un día se cargó de razón, como él dijo, y se plantó, y aseguró que ni Cristo había pasado de la cruz ni él de allí; de otro modo, que María Pendones tenía que pagar las rentas atrasadas o&#8230; dejar la finca. «O las rentas o el desahucio». A esto lo llamaba disyuntiva don Pedro, y María el acabose, el fin del mundo, la muerte suya y de sus hijos, que eran cuatro, Ramón el mayor.</p>
<p>Pero en esto le tocó la suerte, a Eleuterio, el hijo único de don Pedro, el mimo de su padre y de toda la familia, porque era un estuche que hasta tenía la gracia de escribir en los periódicos de la corte, privilegio de que no disfrutaba ningún otro menor de edad en el pueblo. Como no mandaban entonces los del partido de Miranda, sino sus enemigos, ni en el Ayuntamiento ni en la Diputación provincial hubo manera de declarar a Eleuterio inútil para el servicio de las armas, pues lo de poeta lírico no era exención suficiente; y el único remedio era pagar un dineral para librar al chico. Pero los tiempos eran malos; dinero contante y sonante, Dios lo diera; mas ¡oh idea feliz!</p>
<p>«El chico de la Pendones, el mayor&#8230; ¡justo!». Y don Pedro cambió la disyuntiva de marras y dijo: o el desahucio o pagarme las rentas atrasadas yendo Ramón a servir al rey en lugar de Eleuterio. Y dicho y hecho. La viuda de Pendones lloró, suplicó de rodillas; al llegar el momento terrible de la despedida prefería el desahucio, quedarse en la calle con sus cuatro hijos, pero con los cuatro a su lado, ni uno menos. Pero Ramón, la gallina, el enclenque sietemesino, alternando entre las tercianas y el reumatismo, tuvo energía por la primera vez de su vida, y a escondidas de su madre, se vendió, liquidó con don Pedro, y el precio de su sacrificio sirvió para pagar las rentas atrasadas y la corriente. Y tan caro supo venderse, que aún pudo sacar algunas pesetas para dejarle a su madre el pan de algunos meses&#8230; y a su novia, Pepa de Rosalía, un guardapelo que le costó un dineral, porque era nada menos que de plata sobredorada.</p>
<p>¿Para qué quería Pepa el pelo de Ramón, un triste mechón pálido, de hebras delgadísimas de un rubio de ceniza, que estaban vociferando la miseria fisiológica del sietemesino de la Pendones? Ahí verán ustedes. Misterios del amor. Y no lo querría Pepa por el interés. No se sabe por qué le quería. Acaso por fiel, por constante, por sincero, por humilde, por bueno. Ello era que, con escándalo de los buenos mozos del pueblo, la gallarda Pepa de Rosalía y Ramón la gallina eran novios. Pero tuvieron que separarse. Él se fue al servicio: a ella le quedó el guardapelo, y de tarde en tarde fue recibiendo cartas de puño y letra de algún cabo, porque Ramón no sabía escribir, se valía de amanuense, pocas veces gratuito, y firmaba con una cruz.</p>
<p>Este era el Ramón que se le atravesó entre ceja y ceja al mejor lírico de su pueblo al fraguar el final de su elegía u oda a la patria. Y el remordimiento, en forma de sarcasmo, le sugirió esta idea: «No te apures, hombre; así como D. Quijote concluía las estrofas de cierta poesía a Dulcinea, añadiendo el pie quebrado del Toboso, por escrúpulos de veracidad, así tú puedes poner una nota a tus ofrecimientos líricos de sangre derramada, diciendo, verbigracia:</p>
<p>Patria, la sangre que ofrecerte quiero,<br />
en lugar de los cantos de mi lira,<br />
no tiene mío más, si bien se mira,<br />
que el haberme costado mi dinero.</p>
<p>¡Oh, cruel sarcasmo! ¡Sí, terrible vergüenza! ¡Cantar a la patria mientras el pobre gallina se estaba batiendo como el primero, allá abajo, en tierra de moros, en lugar del señorito!</p>
<p>Rasgó la oda, o elegía, que era lo más decente que, por lo pronto, podía hacer en servicio de la patria. Cuando vinieron el alcalde, el síndico y varios regidores a recoger los versos, pusieron el grito en el cielo al ver que Eleuterio los había dejado en blanco. Hubo alusiones embozadas a lo de la secretaría; y tanto pudo el miedo a perder la esperanza del destino, que el chico de Miranda, tuvo que obligarse a sustituir (terrible vocablo para él) los versos que faltaban con un discurso improvisado de los que él sabía pronunciar tan ricamente como cualquiera. Le llevaron al teatro, donde se celebraba la fiesta patriótica, y habló en efecto; hizo una paráfrasis en prosa, pero en prosa mejor que los versos rotos de la elegía u oda desgarrada. Entusiasmó al público; se llegó a entusiasmar él mismo de veras; en el patético epílogo se le volvió a presentar la figura pálida de Ramón&#8230; y mientras ofrecía, entre vivas y aplausos de la muchedumbre, sellar con su sangre, si la patria la necesitaba, todas aquellas palabras de amor y sacrificio, se juraba a sí propio, por dentro, echar a correr aquella misma noche camino de África, para batirse al lado de Ramón, o como pudiera, en clase de voluntario.</p>
<p>Y lo hizo como lo pensó. Pero al llegar a Málaga para embarcar, supo que entre los heridos que habían llegado de África dos días antes estaba en el hospital un pobre soldado de su pueblo. Tuvo un presentimiento; corrió al hospital, y&#8230; en efecto, vio al pobre Ramón Pendones próximo a la agonía.</p>
<p>Estaba herido, pero levemente. No era eso lo que le mataba, sino lo de siempre: la fiebre. Con la mala vida de campaña, las tercianas se le habían convertido en no sabía qué fuego y qué nieve que le habían consumido hasta dejarle hecho ceniza. Había sido durante un mes largo un héroe de hospital. ¡Lo que había sufrido! ¡Lo mal que había comido, bebido, dormido! ¡Cuánto dolor en torno; qué tristeza fría, qué frío intenso, qué angustia, qué morriña! Y ¿cómo había sido lo de la herida? Pues nada; que una noche, estando de guardia, y con una&#8230; que llamaban desintería que no se podía tener, se había separado un poco de su puesto, así, como&#8230; por decencia por no apestarse a sí mismo después, y allí, acurrucado, en un rayo de luna&#8230; ¡zas! un morito le había visto, al parecer, y, lo dicho ¡zas!&#8230; había hecho blanco. Pero en blando. Total nada; aquello nada. Pero el frío, la fatiga, los sustos, la tristeza, ¡aquello sí!&#8230; y la fiebre, la reina de sus males, le mataba sin remedio.</p>
<p>Y murió Ramón Pendones en brazos del señorito, muy agradecido y recomendándole a su madre, y a su novia.</p>
<p>Y el señorito, más poeta, más creador de lo que él mismo pensaba, pero poeta épico, objetivo, salió de Málaga, pasó el charco y se fue derecho al capitán de Ramón, un bravo de talento, y buen corazón y fantasía, y le dijo:</p>
<p>-Vengo de Málaga; allí ha muerto en el hospital Ramón Pendones, soldado de esta compañía. He pasado el mar para ocupar el puesto del difunto. Hágase usted cuenta que Pendones ha sanado y que yo soy Pendones. Él era mi sustituto, ocupaba mi puesto en las filas y yo quiero ocupar el suyo. Que la madre y la novia de mi pobre sustituto no sepan todavía que ha muerto; que no sepan jamás que ha muerto en un hospital, oscuramente, de tristeza y de fiebre&#8230;</p>
<p>El capitán comprendió a Miranda.</p>
<p>-Corriente -le dijo- por ahora usted será Pendones; pero después, en acabándose la guerra&#8230; ya ve usted&#8230;</p>
<p>-Oh, eso queda de mi cuenta -replicó Eleuterio.</p>
<p>Y desde aquel día Pendones, dado de alta, respondió siempre otra vez a la lista. Los compañeros que notaron el cambio celebraron la idea del señorito, y el secreto del sustituto fue el secreto de la compañía.</p>
<p>Antes de morir, Ramón habla dicho a Eleuterio cómo se comunicaba con su madre y su novia. El mismo cabo que solía escribirle las cartas, escribía ahora las que le dictaba Miranda, que también las firmaba con una cruz; pues no quería escribir él por si reconocían la letra en el pueblo.</p>
<p>-Pero todo eso -preguntaba el cabo amanuense- ¿para qué les sirve a la madre y a la novia si al fin han de saber&#8230;?</p>
<p>-Deja, deja -respondía Eleuterio ensimismado-. Siempre es un respiro&#8230; Después&#8230; Dios dirá.</p>
<p>La idea de Eleuterio era muy sencilla, y el modo de ponerla en práctica lo fue mucho más. Quería pagar a Ramón la vida que había dado en su lugar; quería ser sustituto del sustituto y dejar a los seres queridos de Ramón una buena herencia de fama, de gloria y algo de provecho.</p>
<p>Y, en efecto, estuvo acechando la ocasión de portarse como un héroe, pero como mi héroe de veras. Murió matando una porción de moros, salvando una bandera, suspendiendo una retirada y convirtiéndola, con su glorioso ejemplo, en una victoria esplendorosa.</p>
<p>No en vano era, además de valiente, poeta, y más poeta épico de lo que él pensaba: sus recuerdos de la Iliada del Ramayana, de la Eneida, de Los Lusiadas, de la Araucana, del Bernardo, etcétera, etc., llenaron su fantasía para inspirarle un bell morir. Hasta para ser héroe, artista, dramático, se necesita imaginación. Murió, no como había muerto el pobre Ramón en su casa, sino con distinción, con elegancia; su muerte fue sonada; no pudo ser un héroe anónimo; y, aunque simple soldado, su hazaña y gloriosos fin llamaron la atención y excitaron el entusiasmo de todo el ejército; el general en jefe le consagró públicos y solemnes elogios; se le ascendió después de muerto; su nombre figuró en letras grandes en todos los periódicos, diciendo: «Un héroe: Ramón Pendones»; y para su madre hubo el producto de una cruz póstuma, pensionada, que la ayudó, de por vida a pagar la renta a don Pedro Miranda, cuyo único hijo, por cierto, había muerto también, probablemente en la guerra, según barruntaban los del pueblo, pero sin que se supiera cómo ni dónde.</p>
<p>Cuando el capitán, años después, en secreto siempre, refería a sus íntimos la historia, solían muchos decir:</p>
<p>«La abnegación de Eleuterio fue exagerada. No estaba obligado a tanto. Al fin, el otro era sustituto; pagado estaba y voluntariamente había hecho el trato».</p>
<p>Era verdad. Eleuterio fue exagerado. Pero no hay que olvidar que era poeta; y si la mayor parte de los señoritos que pagan soldado, un soldado que muera en la guerra, no hacen lo que Miranda, es porque poetas hay pocos, y la mayor parte de los señoritos son prosistas.</p>
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		<title>El sombrero del cura, de Leopoldo Alas</title>
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		<pubDate>Fri, 21 May 2010 09:00:32 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Marcelo Ferrando Castro</dc:creator>
				<category><![CDATA[Clásicos]]></category>
		<category><![CDATA[cuentos de alas]]></category>
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		<category><![CDATA[leopoldo alas]]></category>

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		<description><![CDATA[El señor obispo de la diócesis, por razones muy dignas de respeto, prohibió, hace algunos años, que el clero rural anduviera por prados y callejas, costas y montañas, luciendo el levitón de anchos faldones y el sombrero de copa alta, demasiado alta muchas veces. Hoy todos los curas de mi verde Erín, de mi católica [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>El señor obispo de la diócesis, por razones muy dignas de respeto, prohibió, hace algunos años, que el clero rural anduviera por prados y callejas, costas y montañas, luciendo el levitón de anchos faldones y el sombrero de copa alta, demasiado alta muchas veces. Hoy todos los curas de mi verde Erín, de mi católica y pintoresca Asturias, usan traje talar, sombrero de teja, de alas sueltas y cortas; y, a fuerza de humildad y con prodigios de obediencia, consiguen montar a caballo con sotana o balandrán, sin hacer la triste figura y sortear las espinas de los setos, sin dejar entre las zarzas jirones del paño negro.</p>
<p>Pero en los tiempos a que me refiero, no lejanos, el cura de la aldea ordinariamente parecía un caballero particular vestido de luto, con alzacuello de seda o de abalorios menudos y con levita y chistera, de remotísima moda las más veces.</p>
<p><span id="more-2543"></span></p>
<p>El diputado Morales, cacique desde Madrid de una gran porción del territorio del Norte, lo menos, del que abarca dos o tres arciprestazgos, pasa los veranos en su magnífica posesión de la Matiella, en lo más alto de una colina cercana al mar. Desde el palacio, que así lo llaman los aldeanos, de los Morales se ve el cabo de Peñas, que avanza sobre el Cantábrico con gallardía escultórica; y del otro lado, al Oriente, se domina la costa accidentada, verde y alegre, hasta el cabo del Olivo. Y por la parte de tierra asisten los pasmados ojos, por un momento, a la sesión permanente que, en augusto conclave, celebran, por siglos de siglos, los gigantes de Asturias, de las Asturias de piedra: el Sueve, los Picos de Europa, el Aramo&#8230;, y tantas otras moles venerables que el buen hijo de esta patria llega a conocer y amar como a sacras imágenes de un augusto misterioso abolengo geológico&#8230; De barro somos, y no es mucho pensar con respeto y cariño en la tierra, abuela&#8230;</p>
<p>Pero Morales no pensaba en eso ni se paraba a contemplar el gran paisaje (panorama le llamaba él constantemente) que se podía admirar desde la Matiella. Sabía Morales que aquellas vistas valían mucho dinero, que por un capricho un indiano poderoso, o un banquero arrogante darían muchos miles de duros, encima de lo que por sí valía la quinta, nada más que por pagar las vistas soberbias&#8230;, que tampoco se pararían a contemplar banqueros soberbios ni soberbios indianos.</p>
<p>-Mire usted, mire usted qué panorama -decía Morales a cualquier huésped de la Matiella, y apuntaba con el dedo al horizonte, mientras él le miraba al amigo la cadena del reloj, los guantes o la corbata.</p>
<p>Para el cacique de la Matiella, diputado por juro de heredad, la Naturaleza, es decir, el campo, no era más que un marco para hacer resaltar el lujo de verano.</p>
<p>A sus ojos, mucho más tenían que admirar las porquerías de escayola con que él había adornado la quinta que el Sueve y Peña Mayor, que él confundía vilmente.</p>
<p>Sí; la Naturaleza era un buen mareo para sus vanidades veraniegas&#8230;, pero había que pulirlo, dorarlo&#8230;, echarle arena y cal hidráulica. La arena era su manía. Aborrecía los senderos en que se ve la tierra que se pisa. Senda sin arena, para Morales, era vergonzosa desnudez. Le encantaba también el pérfido engaño del cemento, que parece piedra, y oportune ataque inportune, el cacique interrumpía la vida lozana de aquellos verdores con obras de cal hidráulica.</p>
<p>Otro adorno de sus dominios era&#8230; el clero rural: los párrocos, coadjutores, ecónomes y capellanes sueltos de aquellos contornos.</p>
<p>Morales, naturalmente, creía en Dios, o, mejor, en la necesidad de inventarlo; un Dios personal, por supuesto, especie de freno automático para contener las pasiones de la multitud y conservar las venerandas instituciones&#8230; el papel en alza, cuando convenía. La impiedad le parecía a Morales una falta de respeto al jefe del Gobierno. Era, pues, muy propio de un conservador incondicional rodearse de toda la clerecía de aquellos arciprestazgos, de que él venía a ser el brazo secular por mediación de alcaldes, jueces municipales, etc., etc.</p>
<p>Sí, quería el freno religioso, el triunfo de la Iglesia&#8230;, pero con el concordato. Daba mucha importancia a las regalías. Le encantaba una Iglesia que fuese como la religión romana antigua, la de los paganos, una rueda de la administración pública&#8230; Miraba, dígase todo, en el fondo&#8230;, muy en el fondo&#8230;; dudaba&#8230;, creía que el progreso&#8230;; en fin, él había leído un artículo en que se extractaba la doctrina de Taine&#8230;, y&#8230; se atenía a los hechos. Quería el dogma para evitar que el mundo volviera a la barbarie; guardaba muchas consideraciones, a los señores curas&#8230;; pero&#8230;, ¡estaban tan atrasados!&#8230; ¡Aquella Teología! ¡Aquellos sombreros! El verdadero Dios de Morales, sin saberlo él, era una diosa: la moda. La moda en todo. En la ropa, en el arte, en las enfermedades, en los barbarismos y en la filosofía. ¡Y aquel respetable clero que se reunía en la Matiella vestía de una manera!&#8230; Morales era muy amigo de repetir que él, gracias al progreso, sabía más qué Aristóteles. Excuso decir que sabía mucho menos. También sabía más que Santo Tomás. Se reía, en el seno de la confianza, de la forma silogística. Aborrecía la rima en el verso; quería que las casas fueran de hierro, y filosofaba a lo jónico, moderno, asegurando que todo era electricidad.</p>
<p>Llamaba neurastenia a todo lo que excedía de los alcances de su mísero espíritu, y creía bajo su palabra a la gente nueva cada vez que ésta le anunciaba que todo lo conocido caducaba, y que estaba para brotar el nuevo genio, el de la gran generación. A pesar de todo, era conservador en política, porque no había otra manera de conservar el distrito y la influencia de todos aquellos Ayuntamientos del contorno. ¡Pero, en el fondo, era él lo más avanzado, lo más modernista!&#8230; Y todo esto le venía de su real y espontánea afición, el último figurín, en materia de trapos. En fin: el gran villano, cuando hablaba a solas con su mujer, ¡llamaba cursi al cura de la Matiella!</p>
<p>Era un sacerdote alto, moreno, de cara larga, no mucho, bien proporcionadas facciones, dientes limpios y sanos, labios frescos, cuello fuerte, buen torso, pierna larga, majestuoso sin afectación en los andares, pulcro y sencillo en el vestir. También usaba levita larga, pero no mucho; y el sombrero&#8230;</p>
<p>-¡Verán ustedes qué sombrero! -nos dijo Morales una tarde de agosto, en que tomábamos café en la glorieta central del parque de la Matiella.</p>
<p>Un criado acababa de anunciar al señor cura de la parroquia.</p>
<p>Morales y el cura, por cosquillas de Morales y dignidad del párroco, habían estado sin verse dos o tres años; pero le había convenido al cacique una reconciliación, y el clérigo se había apresurado a admitirla, por caridad y espíritu sinceramente humilde. La tarde anterior, Morales había visitado al cura, le había invitado a tomar café al día siguiente, y él no tenía sobre la cabeza más que un humildísimo gorro negro.</p>
<p>-¡Verán ustedes qué sombrero! -repitió Morales, pensando en la chistera que usaba el cura tres o cuatro años antes.</p>
<p>No recordaba el sombrero, sino la impresión que a él le había hecho; no recordaba, sino que era de modelo antiquísimo, de figura antediluviana&#8230;</p>
<p>Por un sendero en zig-zag, de resplandeciente arena amarillenta, se fue acercando una figura negra, esbelta. Veinte ojos fisgones, seis de ellos de mujer, ojos de gente madrileña, se habían clavado en el buen clérigo, y parecía que le estaban examinando de la ciencia de andar por un parque de gente rica como se debe. Largo era el examen, porque larga era la distancia; pero el cura no se daba gran prisa a abreviar el trance, que para él, por lo visto, no era amargo ni siquiera molesto. Casi todos estábamos cubiertos, porque en aquellas alturas soplaba con fuerza el Noroeste, y cubierto venía el cura. Al llegar a la glorieta, echó mano al sombrero, hizo muy airosa cortesía y se volvió a cubrir. Puestos en pie nosotros, imitamos su gesto.</p>
<p>¿Y&#8230; el sombrero? ¿El sombrero del señor cura?</p>
<p>El sombrero del señor cura no tenía nada de particular. No, era nuevo, sin duda, pero estaba limpio y sin abolladuras; el pelo teníalo bastante bien conservado, y no nos pareció ni demasiado alto ni demasiado bajo, ni de alas sobrado anchas, ni muy estrechas; y la forma de la copa ni demasiado curva nos pareció, ni de cilindro desairado ni de tronco de cono; era un sombrero de copa alta, aproximadamente como los que nosotros habíamos dejado en casa.</p>
<p>Todos nos volvíamos hacia Morales, como pidiéndole cuentas de aquella decepción.</p>
<p>Morales se encogió de hombros.</p>
<p>Mientras el cura saludaba particularmente al amo de la casa, un pollo de Madrid, gente nueva, preguntó a Morales en voz baja:</p>
<p>-Pero, ¿es el mismo?</p>
<p>-¡Eso sí; el mismo!</p>
<p>-Sin duda&#8230;, como no le he visto en tres años&#8230;, y entonces era tan diferente la moda&#8230;</p>
<p>-Eso es -me atreví yo a decir-. El tiempo ha hecho otra vez de moda al sombrero antediluviano del señor cura.</p>
<p>Morales, el pollo «gente nueva», y algunos otros se turbaron un poco por efecto de mis palabras.</p>
<p>-¿Por qué?</p>
<p>-Ya nos lo explicará con la mayor inocencia el señor cura de la Matiella, el del sombrero.</p>
<p>Gracias a los buenos puros, los buenos licores y al calor y la gracia de la conversación, se fue animando la gente, y a poco de haber entrado, en el corro el cura de la Matiella ya le tratábamos como a conocido antiguo; y él, seguro de haber parecido simpático, hablaba con gran soltura, alegre, sin dejar de medir las palabras, aunque salían abundantes y espontáneas.</p>
<p>-¡El progreso, el progreso! -decía el señor cura-. Yo también creo en el progreso&#8230;, pero no como ustedes, que ven en él un ídolo, un fetiche, que tiene por símbolo una línea recta. El progreso no es un dios, y es una curva sinuosa. Vean ustedes este sombrero y, al decir esto, colocó el sombrero que tanto habíamos mirado sobre sus rodillas-. Vean ustedes; este sombrero me ha enseñado a mí mucho acerca del cambio de las cosas. Nuestro ilustre diputado el señor Morales, a cuya salud bebo esta copita, cree que en cuestión de ropa, de música, de jardinería, de filosofía y hasta de teología, lo mejor es la última moda, y que debemos andar siempre a la última. Yo creo que lo mejor es lo racional, lo prudente, que unas veces está de moda y otras no.</p>
<p>Yo he leído un poquillo, poco; y recuerdo que Descartes, en el Discurso del método, dice, sobre poco más o menos, algo como esto: que lo mejor es colocarse en el medio, a igual distancia de los extremos, porque aunque la verdad esté en un extremo, a él se irá más pronto desde el medio que desde el otro extremo.</p>
<p>Cuando compré este sombrero, hace muchísimos año, lo escogí a mi gusto. El sombrerero me puso delante otros muchos que eran de moda, diciéndome: «Ése que usted escoge ya no se lleva.» «Pues me lo llevo yo», repuse. Entonces se estilaban las chisteras con alas muy recortadas y pegaditas a la copa, que era muy alta. Mi sombrero, éste, tenía las alas algo anchas, para que diesen un poco de sombra al rostro y no dejaran desairada la copa por desproporción. Pero, claro, comparadas aquellas alas con las de moda, parecían anchísimas, y la copa regular, muy baja al lado de las que estaban en uso. Pero yo salía tan contento con mi compra en la cabeza, tranquila la conciencia, porque sabía que llevaba una prenda útil para su empleo y de proporciones regulares. Mas los caballeros y señoras con que tuve que tratar en la ciudad no lo veían como yo, porque, sin duda, encontraban anticuado aquel inocente pedazo de fieltro.</p>
<p>Pasaron años; volví a la ciudad con mi sombrero, y también noté que llamaba la atención. Cuando fui a plancharlo, el sombrerero me explicó el motivo: la copa era escandalosa por lo alta, y las alas ridículas por lo estrechas&#8230; El sombrero de moda era de anchísimas alas y de copa tan baja, que no era digna de una verdadera canoa. Valga la verdad, hasta los chiquillos se reían, más o menos disimuladamente, de este pobre veterano (dando golpecitos sobre el sombrero), que les parecía una torre de Babel.</p>
<p>Pero las modas pasan, y mi sombrero dura; así que, después de algún tiempo, volví a la ciudad, y noté que la bimba de este cura no llamaba la atención; por casualidad, y por poco tiempo, la moda coincidió con mi gusto, sobre poco más o menos; los sombreros de copa de los caballeros que veía pasar junto a mí eran de tamaño y figura del mío.</p>
<p>Volví a planchar el vejete este, y al sombrerero no se le ocurrió proponerme que lo reformara. Estaba bien. Aquella forma era la corriente. Como las rechiflas de antaño no me habían dado frío, no me daba calor esto de andar a la moda por una temporada, de pelos arriba. Yo seguí contento con mi vetusta cobertura, no porque fuese de moda, sino porque era útil, conforme con su destino y las leyes constantes de la proporción. Otra vez volvió a estar mi sombrero anticuado, y volví yo a no incomodarme por eso. En el presente momento histórico, como dicen en el Congreso, mi chapeau vuelve a ser como los que se usan, ¿no es así, caballeros? Vuelve a la moda&#8230;, pero no me alegro; como no me dará pena que la moda se separe de mí.</p>
<p>Larga pausa.</p>
<p>-Pues lo que digo del sombrero, lo digo de la cabeza&#8230; y del corazón. Cuando escogí estado, cuando seguí mi vocación, cuando me aferré a mis ideas, a mi fe y a mis amores cristianos&#8230; no estaban de moda, no, la religión, la fe, ni el cristianismo. Ahora parece que entre la gente de más aristocrático pensamiento soplan aires místicos, o que así llaman, yo algo he leído de eso, y no todo me olió a farsa, aunque sí mucho. Bien venidos sean esos nuevos cristianos, si vienen solos, es decir, si no vienen con el diablo de la hipocresía o de la vanidad. Me temo, sin embargo, que esa ola favorable pasará; que la barca, que ustedes saben, seguirá luchando con las tempestades del mundo&#8230; Como quiera que sea, yo siempre tendré sabido que para Dios no hay evoluciones ni progresos; su gloria es eterna&#8230;, et nunc et semper. Perseguidos o respetados, nosotros siempre lo mismo.</p>
<p>Y, poniéndose en pie, terminó diciendo:</p>
<p>-Quien ve mi sombrero, me ve a mí. Según mi razón, escogí este chisme; según mi fe y mi conciencia, seguí la bandera de Jesús, y aunque hay muchas cosas que cambian y mejoran, no pueden variar las condiciones principales que debe tener un sombrero de copa alta, ni puede haber moda que eclipse la gloria de Cristo. ¡Ay del que le siga mirando si muchos o pocos le acompañan! A la moda, señores, en conclusión, le pasa lo que a la Academia, según la célebre sentencia de un crítico agudo: la moda es también una autoridad&#8230; cuando tiene razón.</p>
<p>Hubo un momento de silencio.</p>
<p>El amo de la casa se atrevió a romperlo, exclamando:</p>
<p>-Usted saca el Cristo, señor cura, eso no vale. Dejemos las cosas de tejas arriba; en este bajo mundo&#8230;</p>
<p>-¿Negará usted que la evolución es una ley universal demostrada hasta la sociedad?</p>
<p>-El devenir.</p>
<p>-Hégel&#8230;</p>
<p>-Darwin&#8230;</p>
<p>-Spencer&#8230;</p>
<p>Mientras aquellos señores abrumaban al pobre cura de la Matiella con alardes de erudición filosófica de segunda o tercera mano, queriendo imponerle como leyes racionales las preocupaciones del propio psitacismo, yo le estaba agradeciendo al buen clérigo, en el fondo del alma, aquella lección sencilla y edificante, que venía a sancionar mis pesares más íntimos y mi conducta en la modesta cátedra, donde años y años llevo diciendo a mis queridos discípulos que procuren ser buenos ante todo, y además, y si tienen tiempo, que procuren encontrar por el camino que parece más racional, menos expuesto a engaños, una ciencia que yo no tengo y que, por lo mismo, no puedo en señarles.</p>
<p>Hace tres lustros, yo me presenté en mi cátedra con un sombrero que no estaba de moda; tenía, es claro, buen cuidado de explicar siempre, porque en punto a filosofía, hay que atender poco a los sombreros que llevan los demás; pero con todo, por conciencia, también advertía siempre que lo corriente entonces no era pensar así.</p>
<p>El positivismo (¡y qué positivismo el que llega a las masas de los ateneos, academias, cátedras, foros, congresos, clubs, anfiteatros y laboratorios!) era en aquellos días aquí en España la última palabra.</p>
<p>Yo combatía con toda la fuerza de mi convicción las teorías capitales del positivismo, sin negar sus méritos, sus servicios, sus verdades particulares, ni el genio ni el talento de tales o cuales positivistas.</p>
<p>Era yo joven, y parecía en cátedra un viejo, un rezagado.</p>
<p>Pasaron años&#8230;, y mi sombrero, como el del cura de la Matiella, está por esos mundos del pensamiento, de moda; a la última&#8230; ¿Por qué no decirlo a los discípulos? Se lo digo con cierta satisfacción contenida, hasta algo melancólica.</p>
<p>Mis ideas son novísimas, mi tendencia la de los jóvenes maestros de Europa y América&#8230;; pero yo no parezco un joven, porque voy siendo viejo de veras.</p>
<p>Y como para el viejo, aunque no sea perro, no hay tus tus, sin que deje de halagarme el ver en autores flamantes confirmadas mis opiniones, no siento por ello demasiado calor.</p>
<p>Y, como el cura de la Matiella, aunque pase la moda de mi sombrero, pienso conservarlo hasta que me muera&#8230;, y acaso después. Et nunc et semper.</p>
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		<title>El señor Isla, de Leopoldo Alas</title>
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		<pubDate>Thu, 20 May 2010 09:00:03 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Marcelo Ferrando Castro</dc:creator>
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		<description><![CDATA[¡Quién lo vio y quién lo ve! En otro tiempo creía en Dios, en el prójimo, en las leyes de la Historia providencialmente regida, en el arte; creía en la ciencia, en la eficacia de la actividad, en los resultados milagrosos del espíritu de asociación&#8230; Estaba delgado, la grasa se la consumía el ir y [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>¡Quién lo vio y quién lo ve! En otro tiempo creía en Dios, en el prójimo, en las leyes de la Historia providencialmente regida, en el arte; creía en la ciencia, en la eficacia de la actividad, en los resultados milagrosos del espíritu de asociación&#8230;</p>
<p>Estaba delgado, la grasa se la consumía el ir y venir, el estar en todo.</p>
<p>Era de la comisión de esto y de lo otro, bullía en el salón de sesiones del Congreso, en las cervecerías donde se hace y se deshace literatura, en los saloncillos de los teatros, en las librerías; escribía en varios periódicos y revistas, publicaba libros&#8230; y por fin, hasta estrenó una comedia sociológica en que ponía la organización actual del mundo civil y económico de oro y azul en preciosas redondillas, que Dios y él sabían el trabajo que le costaban. El que no conociese al Isla de entonces, podía creer, a juzgar por las redondillas de su comedia, que era un hombre que estaba desesperado y tragaba mucha hiel; que era un Proudhon próximo a tirarse de cabeza en el estanque grande del Retiro, o en el Manzanares, a la primera avenida; pero ¡quia! Por aquellos días, sobre todo después que le aplaudieron las redondillas incendiarias, estaba isla muy satisfecho, amaba todo, creía en la justicia social, de que no encontraban trazas los personajes de la comedia.</p>
<p><span id="more-2541"></span></p>
<p>Había que verle sonriente, repartiendo apretones de manos entre cómicos, diputados, periodistas, músicos y danzantes; y más era de admirar y envidiar por su alegría, cuando pisaba las tablas entre damas y galanes para recibir los aplausos de aquella sociedad, de quien decía poco antes uno de los personajes:</p>
<p>Sociedad en lucha fiera<br />
contra mí desde el nacer,<br />
nada te quiero deber&#8230;<br />
ni el ser; ¡déjame que muera!</p>
<p>No era pesimista y demagogo más que en tres actos y en verso, porque vestía bien aquello de venir al teatro a combatir las preocupaciones reinantes y reivindicar derechos no sabía él a punto fijo de quién, pero vamos, de alguien que debía de padecer hambre y sed de justicia. Y allí estaba él, Isla, para aplacar la sed y el hambre de aquellos desgraciados, que no conocía, con escenas de relumbrón, golpes de efecto, monólogos filosóficos y de palenque en la última quintilla.</p>
<p>Sí, conciencia, en vano lucho<br />
en esta fiera batalla;<br />
tú eres necia, el mundo ducho&#8230;<br />
Me vencerá la canalla<br />
si te escucho&#8230; ¡no te escucho!</p>
<p>Y cobraba los derechos de autor de reparaciones sociales, salvaba los fueros de la justicia, recibía parabienes y vivía feliz.</p>
<p>Estaba en todas partes, todo le interesaba; el suceso del día, fuera religioso, económico, científico, político, artístico&#8230; o de toros y loterías, le impresionaba tanto, que siempre parecía que iba con él la cosa.</p>
<p>Había quien juraba haberle visto en una boda el mismo día y a la misma hora en que otros le habían hablado en un entierro.</p>
<p>Pero, amigo; poco a poco la gente empezó a cansarse de tanto ver, oír, oler y palpar al señor Isla. Los periódicos y las revistas le traspapelaban los artículos. Los editores buscaban disculpas para no admitirle los libros. En círculos literarios y políticos, en tertulias y cafés, iba siendo uno de tantos, de los que son coro por mucho que alboroten y aunque se las echen de originales&#8230; ¡Malo, malo, malo! Isla empezó a sospechar si tendrían razón los personajes de su comedia, que tantas perrerías decían de la sociedad.</p>
<p>Por si acaso, escribió un drama en que el pesimismo ya se tiraba a las paredes, de puro desesperado. El drama no era ni mejor ni peor que la comedia. Pero había pasado tiempo; el público había visto otras cosas&#8230; en fin, ya no hacían efecto las redondillas con dinamita. El drama en cuanto pasó; pasó&#8230; en silencio.</p>
<p>Al año siguiente se presentó Isla otra vez en la escena; venía con una alta comedia llena de amarga ironía, con personajes misteriosos, que hablaban con una concisión sibilítica que ponía los pelos de punta. Cada galán podía llamarse Apocalipsis.</p>
<p>Y la alta comedia, desde su altura, cayó al foso.</p>
<p>Y lo mismo sucedió a otra que vino dos años después. En vano en esta los personajes que hablaban prosa florida, poética, veían algún rayo de luz; el público no quiso apreciar aquellas esperanzas de salvación social en lo que valían.</p>
<p>Mientras las comedias se le iban haciendo a Isla más alegres, menos pesimistas, a él se le iba agriando el carácter. No con redondillas, pero sí con interjecciones, muy redondas también, se quejaba el poeta de su suerte, y del mal gusto reinante, y de la frívola y mudable sociedad. Él envejecía, se anticuaba, se repetía; la sociedad no; y ¡claro! no se entendían.</p>
<p>Por esto, para vengarse, para insultar al mundo, tomó casa en las afueras, muy lejos, donde no llegaba siquiera el tranvía.</p>
<p>Y en aquella Tebaida, donde todavía costaba no pocos reales el pie cuadrado de terreno, entre solares que no tardaría en invadir y llenar de piedra, teja y madera la pícara sociedad, el señor Isla (que iba engordando, engordando, para aislar su corazón y su espíritu del mundo ambiente), despreciaba al universo y se acostaba muy temprano.</p>
<p>Se acostaba muy temprano para protestar a su manera contra las novísimas tendencias del teatro que no contaban para nada con él, con el antiguo Juvenal sociológico en tres actos y en verso.</p>
<p>No perdonaba ocasión de hacer saber al mundo literario que él, Isla, se acostaba con las gallinas, juzgando una decadencia criminal y deletérea el trasnochar y ahogarse en la atmósfera infecta de los teatros.</p>
<p>-¡El teatro! -decía-; ¡puf! género falso, antihigiénico, enfermizo, artificial, pueril&#8230; ¡La naturaleza, dadme la naturaleza! y extendía los brazos hacia los solares en venta.</p>
<p>Gozaba cuando le venían a pedir un pensamiento para un álbum dedicado a una eminencia, o una firma para otro homenaje cualquiera, o una interview respecto de algún asunto de actualidad&#8230; gozaba negándose rotundamente a echar una rúbrica ni decir palabra. ¡Su opinión! Él no tenía opinión sobre aquellas fruslerías. Que todo estaba perdido, que le dejasen en paz; esa era su opinión.</p>
<p>Prohibía que su nombre sonase para nada en ninguna parte. Lo único que hubiera visto con buenos ojos, hubiera sido que la Gaceta publicase todos los días, junto al parte oficial de la salud de los reyes esta noticia: «El señor Isla se acostó anoche a las ocho y cuarto; de modo que cuando se levantaba el telón en los teatros, ya estaba él durmiendo».</p>
<p>En una ocasión un periódico, en la lista de los literatos que habían acompañado al cementerio el cadáver de cierto escritor insigne, puso el nombre del señor Isla.</p>
<p>¡Qué indignación la suya! Estuvo a punto de publicar un comunicado protestando; pero lo dejó por no exhibirse.</p>
<p>No se enteraba jamás de los ministerios que subían y bajaban, ni de las catástrofes nacionales, ni de los grandes triunfos del arte. Leía libros extranjeros y siempre antiguos. A él que no le hablasen de la actualidad.</p>
<p>Aspiraba a una especie de nirvana en que se desvanecía todo&#8230; menos el señor Isla, con su gran panza actual, sus recuerdos, sus memorias que estaba escribiendo, su teatro satírico-sociológico en tres actos y en verso.</p>
<p>Creía vivir en plena vida natural, sencilla. Plantaba, en un huerto de prosperidad imposible, árboles frutales, flores, legumbres&#8230; y después no volvía a pensar en ellos, y se olvidaba del sitio en que los había enterrado.</p>
<p>-¡Oh, la naturaleza! ¡la naturaleza! -exclamaba mirando a los solares tristes, pardos, con ojos cargados de aburrimiento y de bilis.</p>
<p>Y la cabeza se le cubría de canas, y el alma de escamas y de espinas.</p>
<p>Creía ser un filósofo práctico; un San pablo del desierto&#8230;</p>
<p>Que no sabía ir dejando el puesto; ir marchándose. Quería parar el tiempo y llenar todo el espacio.</p>
<p>Se empeñaba en ser isla para tomarse, a solas, por continente.</p>
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		<title>El oso mayor, de Leopoldo Alas</title>
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		<pubDate>Wed, 19 May 2010 09:00:41 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Marcelo Ferrando Castro</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Servando Guardiola dejó caer el libro, una novela francesa, sobre el embozo de la cama; apoyó bien la nuca en la almohada, estiró los brazos con delicia de dilettante de la pereza&#8230; y bostezó, sin hastío, sin sueño -acababa de dormir diez horas-, sin hambre -acababa de tomar chocolate-; saboreando el bostezo, poniendo en él [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Servando Guardiola dejó caer el libro, una novela francesa, sobre el embozo de la cama; apoyó bien la nuca en la almohada, estiró los brazos con delicia de dilettante de la pereza&#8230; y bostezó, sin hastío, sin sueño -acababa de dormir diez horas-, sin hambre -acababa de tomar chocolate-; saboreando el bostezo, poniendo en él algo de oración al dios de la galbana, que alguno ha de tener.</p>
<p>Dejaba caer el libro para continuar deleitándose con las propias ideas y las queridas familiares imágenes, mucho más interesantes que la lectura que le había sugerido, por comparación, mil recuerdos, mil reflexiones.</p>
<p>Se sentía superior al libro, con una inadvertida complacencia.</p>
<p>Era el volumen pequeño, elegante, coquetón, de un autor joven, de moda, de los pervertidos, jefe de escuela, un jeune maître próximo ya a la Academia y que iba cansándose de su especialidad, el amor con quintas esencias y lo quería convertir en extraña filosofía austera, de austeridad falsa, llena de inquietud y sobresalto.</p>
<p><span id="more-2539"></span></p>
<p>Todavía aquel poeta del vicio parisiense, que tantas depravaciones eróticas había pintado, casi inventado, continuaba en esta reciente obra, por tesón de escuela, por costumbre, acaso por espíritu mercantil, buscando nuevos espasmos del placer; pero lo hacía con evidente disgusto ya, cansado de repetirse, empleando por rutina, ahora, las frases gráficas, fuertes, audaces, que en otro tiempo habían sido el triunfo principal de su estilo nervioso.</p>
<p>Todo aquello le sabía a puchero de enfermo a Servando, gran lector ahora de clásicos, que estaba descubriendo la historia en los autores célebres antiguos, aquellos de que todos hablan y que en nuestro tiempo casi nadie los tiene para leer. Él sí, los leía, los saboreaba; ¡qué de cosas decían que no habían hecho constar los comentaristas más minuciosos!</p>
<p>¡Qué mayor novedad que leer de veras a uno de esos maestros antiguos!</p>
<p>Y en cuanto a las novedades de caprichosa y misteriosa voluptuosidad que el autor francés encontraba a cada paso en ciertos antros del vicio de la gran capital, ¡qué poca admiración le causaban a Guardiola, que algo conocía y todo lo demás del género lo daba por visto y condenado en nombre, no ya de la moral, del buen sentido estético y hasta del mero egoísmo sensual y utilitario!</p>
<p>Le halagaba, sin darse él cuenta, el verse tan fuera y por encima de todo snobismo concupiscente; y esto, sin pretender perfecciones morales de que, ¡ay!, sabía él, definitivamente, que estaba muy lejos.</p>
<p>Había vivido bastante en Madrid, en Sevilla; conocía por experiencia la vida poco edificante del París menos original acaso, el del vicio&#8230; y conocía además el gran mundo de las concupiscencias intelectuales, las grandes farsas de la pseudofilosofía, de la ciencia preocupada por unos cuantos postulados ilegítimos, y soberbia en sus deleznables conclusiones.</p>
<p>Pero estaba lejos de ser un escéptico, ni de la vida, ni de la ciencia. Le repugnaba la clasificación de los sistemas en pesimistas y optimistas, y le placía ver de qué grotesca manera el telégrafo y la prensa van deshaciendo el sentido de estas palabras, optimismo, pesimismo, que jamás debieron servir para clasificar ni calificar filosofías.</p>
<p>Y pensaba Servando aquella mañana fría, húmeda, de cielo gris, para él tibia, seca, de cielo de plata, entre el calor de las sábanas, con la chimenea encendida en el próximo gabinete, pensaba que era necia pretensión la de aquellos autores de las populosas capitales empeñados en pasmar al mundo, a la provincia con la perversión febril de las acumulaciones del rebaño humano en los grandes centros.</p>
<p>¿Qué hacía París, que no hubieran hecho Babilonia, Antioquía, Síbaris, Roma y tantas otras ilustres corruptoras de la antigüedad remota?</p>
<p>¡Provinciano! Él se sentía profundamente provinciano. Ni corte, ni cortijo; quería su ciudad adormecida, con yerba en algunas calles, con resonancias en los atrios solitarios, con paseos por las largas carreteras, orladas de álamos&#8230; sin gente.</p>
<p>Allá, a lo lejos, se distinguen dos, tres, cuatro puntos&#8230; se mueven, avanzan, se acercan&#8230; ¿será ella? ¿Quién era ella?&#8230; Una mujer; la mujer, cualquiera; pero toda una mujer; respetable, idealizada&#8230; la manzana de ceniza, tal vez, que&#8230; no se monda.</p>
<p>El amor era eso&#8230; hacer el oso. ¡Siempre el oso! Nada más que eso. Es claro que, en la juventud primera, Servando había amado con fuerza, creyendo; idealizando siempre, pero deseando, esperando. Pero con aquello no había que contar&#8230; Aquellos paraísos perdidos no aguardaban redención; no volvían. Eso es, pasa, no vuelve&#8230; Hasta acordarse de ello hace daño. A otra cosa. Los ojos, los ojos a distancia. No había más.</p>
<p>El oso, el verdadero, el tenaz, es provinciano. Sin saber por qué a punto fijo, Servando comprendía el amor del oso provinciano, sin mañana, porque mañana es como hoy, sin finalidad, como el arte, según Kant, el fin sin fin, le comparaba a los cánticos del coro de los canónigos en la catedral.</p>
<p>Aquel alabar a Dios por costumbre, por deber, por oficio, sin arrebatos líricos, con respeto, con más somnolencia que misticismo, se parecía al oso eterno, a que él se consagraba en la calle, en el paseo, en el teatro, en el baile. Los canónigos alaban a Dios sin acordarse de la recíproca; no esperan, por lo regular, ninguna recompensa sobrenatural por la justa corte que hacen al Señor.</p>
<p>Tampoco Servando esperaba nada de la mujer a quien miraba de lejos con una constancia que sólo tiene el vacío.</p>
<p>En su pueblo, en su vieja y aburrida ciudad querida, mansión propicia para filósofos previamente desencantados, había notado Guardiola que mucha clase de relaciones sociales se parecían a las del oso por la falta de comunicación oral o escrita entre personas y personas.</p>
<p>Años y años veía él ciertos convecinos a quienes no trataba, porque no había habido ocasión para ello, ni deseo de lograrla; los veía todos, todos los días; sabía su vida entera, sus costumbres, sus gustos; eran para él imágenes familiares, que le cansaban por lo repetidas, y que, no obstante, contribuían a la plácida sensación de bienestar local que sólo en su pueblo satisfacía.</p>
<p>Se estimaban sin decírselo, sin saberlo, él y aquellos desconocidos que conocía como a hermanos; y sin embargo, jamás cruzó palabra ni un saludo. No había ocasión.</p>
<p>A lo mejor una gacetilla anunciaba la grave enfermedad de aquel señor a quien, en efecto, Servando había notado un poco alicaído&#8230; Al obscurecer, una campanilla; el Viático. A veces Guardiola llevaba el Señor al enfermo&#8230; ¡Uno menos! Moría aquel convecino a quien jamás había hablado&#8230; Y dejaba un vacío. Y así otros, y otros. Y parecía nada, y sin embargo, la tristeza, la soledad que iba encontrando en el teatro, en los paseos solemnes de los días de fiesta no era causada exclusivamente por la edad que se le echaba encima; también contribuía a aislarle aquella ausencia de los desconocidos familiares, con quien no había hablado nunca.</p>
<p>¿Y las desconocidas? ¡Los osos, sin palabras y que duraban años y años! ¡Cuántos ideales de aquellos había visto Servando envejecer!</p>
<p>Había amado ya a cuatro o cinco generaciones. Ahora idealizaba las nietas de sus Beatrices de los quince años. Con una indiferencia perfectamente natural y espontánea, lanzaba al olvido los ideales que se hicieron viejos. No había crueldad ni inconstancia en este proceder, porque ya se ha dicho que el oso era una finalidad sin fin.</p>
<p>Ni había que sacarle consecuencias de las que suelen pedir los demás amores, los utilitarios. Ni matrimonio, ni logro, ni celos, ni perfidia, ni cansancio, ni hastío&#8230; El oso no acababa hasta que llegaba la imposibilidad fisiológica de darle un parecido con el amor. Además los osos antes de hacerse del todo viejos, sabían desaparecer. Casi todos se convertían en madres honradas que salían poco de casa y sólo pensaban en los hijos. Cada primavera traía su juventud y ¡quién se acordaba de las hojas de otoño!</p>
<p>El amor así era compatible con toda clase de ocupaciones y preocupaciones. Servando había sido una porción de cosas, dándoles importancia, y sin dejar de hacer el oso de aquella manera. Político, algo beato, casado, viudo&#8230;, todo eso había sido y nada de ello tenía que ver con el oso; cosa aparte.</p>
<p>Cuando le empezó a salir la pata de gallo, llevaba diez o doce años de mirar a una marquesita muy mona, muy lánguida, casada con un cacique terrible del partido liberal.</p>
<p>La había conocido cuando ella, niña todavía, jugaba al aro, y a saltar la cuerda en el paseo principal. Desde entonces empezó a mirarla como a todas. Y ella a él, como a todos.</p>
<p>El oso en estos pueblos aburridos es propiedad ideal de la comunidad, casi, casi corre con él el Ayuntamiento. Todas miran a todos, y viceversa.</p>
<p>La marquesita pálida, interesante, esbelta, era un alma de Dios; fiel a su esposo, como era respetuosa con su madre; se había casado porque sí, y hacía el oso lo mismo, porque lo veía hacer al mundo entero. Ponía los ojos a lo místico, en el cielo&#8230; o en el cielo raso, según el lugar, y dejaba caer de repente la mirada sobre el varón puesto enfrente; que era muchas veces, en muchas partes, Guardiola.</p>
<p>No se habían hablado diez veces en la vida; unas temporadas se saludaban y otras no. ¡Y qué de historia común! ¡Qué relaciones tan largas las suyas! A veces, en el teatro, mal alumbrado -con poca gente-, no tenía ella más oso que él, ni él más oso que ella&#8230; Y, ¡cosa rara!, esas noches se aburrían de lo lindo, bostezaban, y se miraban mucho menos!</p>
<p>Faltaba la competencia, la animación, ¡qué sé yo! En cambio, los días alegres, los de gran función, las miradas se buscaban con afán, se aprovechaban del bullicio, de la multitud que pasaba por delante, entre ojos y ojos, para hablar más claros, más insinuantes&#8230; pero total, relámpagos. Nubes de verano en lo más frío del invierno.</p>
<p>Una noche, al retirarse Servando, oyó tocar a administrar en la parroquia vecina. Era para la marquesita. Una fiebre puerperal, cosa de días. Servando cogió un cirio y siguió al cortejo religioso. Quería estar muy triste, muy triste, y no podía; no sabía.</p>
<p>Aquel ideal de tantos años, que acaso era el último, tan familiar, tan escogido&#8230; se desvanecía también; y Servando tenía que confesarse que había sentido más la muerte de cierto primo carnal, que sentía la de la marquesita.</p>
<p>Murió aquella bendita y elegante señora, y Servando estuvo un mes sin ir al paseo, ni al teatro. Pero por culto que rendía a la sinceridad, pasado el mes volvió al paseo y al teatro. ¡El vacío existía! Sí. ¡Grande! En aquella platea solitaria de la marquesita había un agujero negro&#8230; El diablo de la metafísica no le dejaba a Guardiola entregarse a la desesperación con tan plausible motivo.</p>
<p>Vivir es ir muriendo todos los días, dicen muchos poetas, sin recordar que ya lo había dicho Séneca, y no había sido el primero. Pero ¿y qué? Claro que vivir es cambiar; y cambiar es eso; ahora uno y mañana otro; hoy por ti; mañana por mí.</p>
<p>Guardiola se murió también. Y no muy viejo. De un catarro mal curado. Fue al purgatorio, como era de esperar. La marquesita también había estado allí; pero ya había subido al cielo. Bien lo merecía, aunque sólo fuera por haber estado casada con un cacique.</p>
<p>Al cabo de los años mil, también Servando ascendió en el escalafón lo suficiente para llegar a la gloria eterna. Había estado mucho más tiempo purgando culpas que la marquesita; pero no por los osos, que en esto, allá se iban, y pesaban poco en la balanza de la Justicia; pero él había sido filósofo y ella no. Y por eso.</p>
<p>Sabido es que en la corte celestial está todo como lo dispuso Miguel Ángel, maestro de ceremonias. Cristo a la diestra de Dios Padre, y cada cual como corresponde y es de derecho. Después de arcángeles y serafines, tronos y dominaciones, ángeles, santos patriarcas, doctores, etc., etc., viene la gente menuda; y entre la gente menuda se vio, y no esperaba otra cosa, Servando. Los asientos están en largas filas paralelas. Los hombres a un lado, las mujeres a otro. Pero se ven, se ven, cuando las nubes de incienso no son demasiado espesas, los hombres y las mujeres.</p>
<p>Durante muchos millones de años, Servando no atendió más que a gozar de la felicidad eterna, que le correspondía. Pero tantos siglos de siglos -secula saeculorum- fueron pasando, que al fin, al fin (es decir, al fin no, porque aquello no tiene fin) Servando&#8230; se puso a reparar en el mujerío que tenía enfrente.</p>
<p>No se podía hablar con los demás una palabra, pero esto no le importaba a él, que ya venía acostumbrado a tal silencio desde la vida en su pueblo. En una ocasión en que el humo era menos denso se le figuró ver&#8230; ¡no había duda! ¡Era la marquesita! La tenía enfrente. Ella le había visto a él mucho antes.</p>
<p>Al principio (muchos millones de millones de años) no se atrevieron a mirarse&#8230; pero&#8230; al cabo de ese pedazo de eternidad, la marquesita clavó los ojos en el cielo del cielo&#8230; y los dejó caer, como solía en su pueblo, sobre el buen Guardiola.</p>
<p>No tenían otra cosa que hacer&#8230; y se entregaron a su costumbre favorita; a mirarse de lejos, sin un gesto, como si no fueran más que ojos, y no unos completos bienaventurados.</p>
<p>Se disponían a pasar la eternidad haciéndose el oso. Y se lo hicieron, siglos de siglos&#8230;</p>
<p>Pero se enteró la policía celestial. Aquello no estaba bien. Era cosa inocente, pero más propia que del cielo, del limbo. Pero como del cielo ya no se les podía echar, ni era la cosa para tanto&#8230;, los trasladaron al cielo&#8230; estrellado.</p>
<p>Y la marquesita y Servando Guardiola pasaron a ser entre estrellas telescópicas, dos muy juntas enfrente de otras dos muy juntas, formando entre todas un grupo, una constelación que, cuando se descubra, se llamará&#8230; el oso mayor.</p>
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		<title>El número uno, de Leopoldo Alas</title>
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		<pubDate>Tue, 18 May 2010 09:00:03 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Marcelo Ferrando Castro</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Como planta de estufa criaron a Primitivo Protocolo sus bondadosos padres. Bien lo necesitaba el chiquillo, que era enclenque; a cada soplo de aire contestaba con un constipado, y era siempre la primera víctima, el primer caso, el nominativo de todas las epidemias que los microbios, agentes de Herodes, traían sobre la tropa menuda de [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Como planta de estufa criaron a Primitivo Protocolo sus bondadosos padres. Bien lo necesitaba el chiquillo, que era enclenque; a cada soplo de aire contestaba con un constipado, y era siempre la primera víctima, el primer caso, el nominativo de todas las epidemias que los microbios, agentes de Herodes, traían sobre la tropa menuda de la ciudad. Era el niño seco, delgaducho, encogido de hombros, de color de aceituna; un museo de sarampión, viruelas, escarlatina, ictericia, catarros, bronquitis, diarreas; y vivía malamente gracias al jarabe de rábano yodado y a la Emulsión Scott. Parecía su cuerpo la cuarta plana de un periódico; era un anuncio todo él de cuantos específicos se han hecho célebres.</p>
<p>Y con todo, se notaba en el renacuajo un apego a la existencia, un afán de arraigar en este pícaro mundo, que le daba una extraña energía en medio de sus flaquezas; y prueba de la eficacia de esta nerviosa obstinación se veía en que siempre se estaba muriendo, pero nunca se moría, y volvía a pelechar, relativamente, en cuanto le dejaba un mal y antes de caer en otro. ¡Con la décima parte de sus lacerías cualquiera hubiera muerto diez veces, y, caso de subsistir, habría presentado la dimisión de una existencia tan disputada y costosa!</p>
<p><span id="more-2537"></span></p>
<p>Pero lo mismo Primitivo que sus padres se empeñaban en que tan débil caña había de resistir a todos los vendavales, y resistía a costa de sudores, cuidados, sustos y dinero.</p>
<p>D. Remigio, el padre, no concebía que el mundo sobreviviera a su chiquitín; y habiendo tantas cosas buenas, sanas, florecientes sobre la tierra, creía que el plan divino sólo se cumpliría bien si llegaba a edad proyecta aquel miserable saquito de pellejos y huesos de gorrión, donde unas cuantas moléculas se habían reunido de mala gana a formar pobres tejidos que estaban rabiando por descomponerse e irse a otra parte con la música de su oxígeno, hidrógeno, nitrógeno, carbono y demás ingredientes.</p>
<p>Aún en las enfermedades más fuertes, le quedaba a Primitivo la expresión de aquella voluntad firme de no morirse, en los ojos negros, brillantes, que lo miraban todo como tomando posesión de ello, usufructuándolo, acaparándolo.</p>
<p>Si el excesivo anhelo de vivir a toda costa era género de concupiscencia, no había en la creación animalejo más concupiscente que aquel miserable comino que le parecía un diamante al señor Protocolo.</p>
<p>Por lo mismo era más lamentable el espectáculo del continuo peligro, de la amenaza eterna de que todo aquel armazón diminuto y débil se descuajaringase y se lo llevase pateta de un soplo.</p>
<p>Si las carnes lucidas no venían ni aun con los mejores bocados, ni con los reconstituyentes más acreditados, después de las más francas convalecencias, ni el chiquillo estiraba mucho en la cama; lo que le crecía de un modo extraordinario a cada fiebre y a cada indigestión y a cada bronquitis era lo que llamaba su padre el talento: una agudísima inteligencia para entender y retener toda materia discursiva de la que podía existir en el ambiente moral de lugares comunes en que iba corriendo su azarosa existencia.</p>
<p>Pero D. Remigio, en vez de asustarse ante aquella alarmante precocidad, procuraba ejercicio y alimento para ella. Así, en vez de tener Primitivo que discurrir por su cuenta aquella porción de sórdidas matemáticas que descubrió Pascal, a quien su padre ocultaba los libros que las enseñaban, pudo ahorrarse este trabajo, porque Protocolo le rodeó la cama en que se moría más que vivía, de cuantos libros técnicos, mapas, aparatos fueron necesarios para que el prodigio aprendiera lo que no sabía ninguno de su edad.</p>
<p>Así es, que cuando Primitivo abandonaba el lecho y podía asistir a la escuela, primero, y a los estudios del Instituto y preparatorios después, contaba sus viajes al aula por triunfos y por catarros. Siempre volvía malo y cargado de laureles.</p>
<p>En la escuela era rey de Roma, y cada poco tiempo traía un celemín de medallas y de diplomas de honor. Ni él ni su padre se cansaban de tanto galardón, de tanto ostensible testimonio de una abrumadora superioridad sobre el resto de los mortales.</p>
<p>Disfrutaban padre e hijo de tales premios con la glotonería del gastrónomo goloso y tragaldabas. Vivían en perpetuo hartazgo de vanagloria.</p>
<p>Por desgracia, en el sistema de enseñanza corriente no faltaban elementos para satisfacer esta pícara vanidad, pues lo general era convertir la noble emulación en una encarnizada lucha por la existencia del orgullo y el egoísmo. Se medía el valor intelectual por la pícara medida de las comparaciones odiosas y enemigas de toda humildad y caridad. Cuando el chico entró en cierto colegio vio el cielo abierto, pues allí tomaba aires de heroísmo aquella riña de gallos de la aplicación y el mérito: los que sabían más, eran capitanes generales, caudillos, Aquiles y Cides&#8230; Primitivo, a quien tumbaba el vuelo de un pájaro, era siempre el Napoleón de aquellas campañas, en que no había balas, pero sí algo no menos peligroso, pues había mortales asechanzas contra la salud de aquellas criaturas, a quien el amor propio&#8230; y el odio al mérito ajeno obligaban a trabajar quince y más horas diarias.</p>
<p>De allí salió bien aleccionado el mocosuelo ilustre para emprender los estudios más graves de la Academia, que le había de dar el título facultativo, objeto inmediato de su carrera.</p>
<p>Ya se sabía: Primitivo, como en la escuela, como en el colegio de segunda enseñanza, en la Academia siempre el primero: si había notas, sobresaliente y premio; si había escalafón, el número uno.</p>
<p>En casa de Protocolo no se concebía mayor desgracia que la que hubiera caído sobre aquel hogar si una vez sola Primito hubiera descendido al número dos. ¡Horror! Ni pensarlo.</p>
<p>Y el diablo del chico, según se iba haciendo mozalbete, como si le probasen mejor las raíces cuadradas y los logaritmos, que el rábano y el hígado de bacalao, iba echando&#8230; así, una especie de cecina que podía pasar por carne fresca. Seguía amarillento y verdoso y seco&#8230; pero algo había medrado, y ya pasaba meses y meses sin una mala pulmonía.</p>
<p>Tenía una fama de sabio, que valía por la de los siete de Grecia, entre toda la juventud víctima de la politécnica emulación.</p>
<p>Por supuesto que la sabiduría de Protocolo-Lepijo se limitaba, voluntariamente, a los libros de texto y sus afines; pues el chico despreciaba todo lo que no conocía; y así, por ejemplo, tenía por imbéciles e ignorantes a todos los literatos y juristas, porque los primeros no necesitan una carrera, y los otros la solían ganar muy holgadamente. Sólo porque no había rigor en los exámenes, tenía el derecho por una pamplina; y así de lo demás. Ignoraba tan profundamente lo que no había estudiado de modo perfecto, que no sospechaba apenas su existencia; de dolido deducía que todo se lo sabía él.</p>
<p>Llegó a ser en él segunda naturaleza aquello de ver en sí el número uno. Hasta cuando la debilidad le hacía soñar esa extraña pluralidad del yo, esa alarmante anarquía de la conciencia en que parece que cada centro misterioso de la vida sacude el yugo de cierta heguemonía cerebral: hasta en esas disparatadas visiones en que se convertía en muchos Primitivos, seguía siendo el primero en todos ellos: sí, todos aquellos Primitivos interiores eran números unos. Por supuesto, Primitivo salió de la Academia con el número uno de la promoción, y esta ventaja la llevó al escalafón del cuerpo.</p>
<p>Pero ¡ay, amigo! que él creía que el mundo era otra especie de escalafón, en que ocupaba el primer lugar el muchacho que más matemáticas, conformes o no con Euclides, sabía y podía explicar en un periquete.</p>
<p>Su idea era que nadie le pondría el pie delante: ¡era el número uno de la Academia en que se hilaba más delgado!</p>
<p>Empezó a notar. Con gran asombro y grandísimo disgusto, que la sociedad no le admiraba demasiado.</p>
<p>Ya el jefe de la oficina le trataba con una superioridad que le mortificaba y le parecía injusta; pues el jefe, en su promoción, había sido de los últimos.</p>
<p>La segunda persona que le trató con menos consideración de la que él creía merecer fue una muchacha rubia, muy guapa, a quien se declaró en un baile, y que le dio calabazas, con el frívolo pretexto de que ya había dado el sí a un oficial del Gobierno civil que no había pasado de bachiller en artes, pero que era más alto, de mejor color que Protocolo, y que pesaba lo menos veinte kilos más que él.</p>
<p>De estoa disgustos fue teniendo muchos. Asistía a los teatros, y veía que sacaban a las tablas para aturdirlos a palmadas a músicos y danzantes, tenores, poetas, hasta oradores; pero a nadie se le ocurría pedir que saliera el número uno de la promoción de Primitivo. A él, tan matemático, no se le ocurría jamás hacer un cálculo muy sencillo, que se fundara, por ejemplo en los siguientes datos:</p>
<p>En su misma Academia había cada año un número uno que salía de ella con esta supremacía; la Academia contaba, sin hablar de los muertos, lo menos con treinta o cuarenta números unos ni más ni menos que él. Por aquí ya iba entrando en el coro general.</p>
<p>Había en el país (y no se hable del extranjero) muchas Academias con sendos números unos para cada promoción. Aquí había que multiplicar cuarenta por veinte lo menos.</p>
<p>Había otras muchas carreras que, sin llamarse Academias ni numerara el mérito de los alumnos como cuartos de fonda, también tenían sus gallitos; es decir, sus números unos correspondientes. Y aquí ya no se sabía cuánto había que multiplicar por cuánto.</p>
<p>Fuera de las carreras, en la industria, en las profesiones libres, y en la escuela del mundo, había multitud de actividades a que acudían muchos jóvenes en noble emulación, y en que los más listos y aprovechados eran también el número uno correlativo.</p>
<p>Y aquí ya Primitivo pasaba a perderse en una verdadera multitud de números unos. Y además&#8230; no todo era en la vida la inteligencia, la aplicación en la enseñanza, en el arte. quedaban los números unos, infinitos, de la fortuna, que solían pasar delante: los números unos de la energía, de la audacia, del favor, de la gracia, de la malicia, de la desfachatez, de la hermosura física, de la moral, del amor, del crimen, de la salud, de la diligencia, de la oportunidad, de la casualidad&#8230; ¡de tantas cosas! Y toda esta proporción considerable de la humanidad era tanto como el pobre Primitivo; todos eran los primeros de algo, los adocenadísimos números unos de cualquier miseria humana.</p>
<p>Pero estas cuentas no se las echaba el chico de Protocolo, que si bien había mejorado algo de salud al acabar la carrera y dejarse de empollar tanto, no mejoró de color, porque todos los desengaños que le daba el mundo se convertían en bilis.</p>
<p>Quería que la vida, la ancha vida, la compleja, la misteriosa vida, fuese como una especie de regatas o carreras de primeros lugares, de números unos, en que todo se rigiera por un reglamento de recompensas análogo al que usaban los Padres Jesuitas para tales casos, o al que regía en la Academia. Y como no era así, el orgullo, la bilis y la poca salud hicieron del carácter de Protocolo una materia&#8230; moral&#8230; así como viscosa&#8230; amarillenta&#8230; un veneno asqueroso. La envidia, por musa del chiste, le sirvió para crear cierta fama de gracioso, de satírico, y para ganarse una porción considerable de bofetadas, desaires, sustos y más graves contratiempos.</p>
<p>En su espíritu no podía buscar consuelo para tantos desengaños, porque allí no había nada vago, poético, misterioso, ideal, religioso. Todo era allí positivo; todo estaba cuadriculado, ordenado, numerado. Todo era para él número uno, y el que venga detrás que arree.</p>
<p>Y como aquella salud a media asta que gastaba el infeliz era cosa ficticia, al llegar la edad en que otros empiezan a echar panza y a tomar las buenas carnes y el aspecto con que han de llegar a la vejez, Primitivo, comido por el despecho, los desengaños y la bilis, empezó a descomponerse, a encogerse y doblarse, a convertirse en una raíz cuadrada de su propia personilla.</p>
<p>Y así desapareció del mundo. Los periódicos dijeron que había muerto tísico; pero ello fue que una tarde de mucho calor el número uno se evaporó en una podredumbre que era una peste. Como su padre ya había muerto antes, Primitivo se fue de este planeta sin que nadie le llorase. ¡Cómo habían de llorarle el número dos, ni el tres, ni le cuatro, ni el último, a quienes había despreciado tanto!</p>
<p>Y le faltaba la imagen más negra.</p>
<p>La otra vida.</p>
<p>Cuando allá le pidieron sus títulos para la gloria, para el premio a que aspiraba, se encontró con que lo del número uno de la promoción era poco más que un papel mojado.</p>
<p>Y como Primito se impacientase, le dijeron:</p>
<p>-Vea usted, vea usted los que tienen que pasar delante de usted.</p>
<p>Y fueron pasando delante a ocupar en la gloria en el escalafón de Dios, mejor puesto que Protocolo, infinidad de corderos y ovejas del rebaño humano que jamás habían sido el número uno de nada en la lucha por la existencia. Fueron pasando, sí, aquellos humildes borregos que se habían dejado trasquilar con paciencia; los pobres, los humildes, los santos, los mártires, los sencillos. La mayor parte de aquellos bienaventurados no sabían leer. Contar, ni uno solo. Y allí eran la aristocracia.</p>
<p>Después pasó la clase media de la virtud&#8230; y, con sudor de congoja, Protocolo empezó a calcular que la índole de méritos que él alegaba allí era de las últimas en el aprecio de quien repartía recompensas&#8230; ¡Qué vulgo revulgo, santo Dios, era en la gloria el número uno de la Academia!</p>
<p>Y pasaban, pasaban gentes anónimas sin numeración, sin factura, bultos extraviados en los azarosos viajes del tren de la vida&#8230;</p>
<p>¡Y él, Primitivo Protocolo, con su etiqueta en regla, su número uno en la factura, allí olvidado en el andén, sin que una mano caritativa le metiera entre los bultos amontonados en el furgón de cola&#8230;!</p>
<p>Y así está todavía, esperando vez; esperando, como hay que esperar en el cuento de las cabras de Sancho&#8230;</p>
<p>Pasará, llegará a pasar, porque la bondad de Dios es infinita&#8230; pero ¡Dios sabe cuándo será llamado al festín de la caridad&#8230; el número uno!</p>
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		<title>El hombre de los estrenos, de Leopoldo Alas</title>
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		<pubDate>Mon, 17 May 2010 09:00:45 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Marcelo Ferrando Castro</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Yo le conocí una vez que mudé de fonda, que, como diría D. Juan Ruiz de Alarcón: «Sólo es mudar de dolor». Entré en el comedor a las doce del día, y me vi solo. Habían almorzado ya todos los huéspedes, menos uno, cuyo cubierto, intacto, estaba enfrente del mío. A las doce y cuarto [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Yo le conocí una vez que mudé de fonda, que, como diría D. Juan Ruiz de Alarcón:</p>
<p>«Sólo es mudar de dolor».</p>
<p>Entré en el comedor a las doce del día, y me vi solo.</p>
<p>Habían almorzado ya todos los huéspedes, menos uno, cuyo cubierto, intacto, estaba enfrente del mío.</p>
<p>A las doce y cuarto entró un caballero robusto, alto, blanco, de grandes ojos azules claros, con traje flamante, si bien de corte mediano, pechera reluciente, bigote engomado. Parecía un elegante de provincia.</p>
<p>Me saludó con una cabezada, y con voz sonora, rimbombante, gritó, mientras daba una palmadita discreta:</p>
<p>-¡Perico, fritos!</p>
<p>Pedía huevos fritos, según colegí del contexto, o sea de los huevos que aparecieron acto continuo, fritos efectivamente.</p>
<p><span id="more-2534"></span></p>
<p>El caballero, a quien sin más misterio llamaré desde ahora D. Remigio, pues este era su nombre, D. Remigio Comella, para que se sepa todo, colocó a su lado, a la derecha, sobre el terso mantel, cinco periódicos, uno sobre otro. Desenvolvió el primero, después de hacer igual operación con la servilleta, que puso sobre las rodillas no sin meter una punta por un resquicio del chaleco de piqué blanco. Paseó una mirada de águila&#8230; del Retiro por la plana primera del papel impreso, que olía así como a petróleo; dio la vuelta a la hoja con desdén, miró todas las columnas de la segunda plana de arriba a abajo, y al llegar a la tercera, respiró satisfecho; me miró a mí casi sonriendo, dobló otra vez el periódico a su modo y se abismó en la lectura de aquellas letras borrosas, que apestaban.</p>
<p>Por cada bocado de pan mojado en la yema de huevo leía media plana. Terminó su lectura, cogió otro periódico y volvió a las andadas. Al llegar a la plana tercera, siempre doblaba el papel y me miraba a mí como aquel que está reventando por decir algo. Así leyó todos los periódicos. ¡Y los huevos, fríos, sin acabar de cumplir su misión sobre la tierra!</p>
<p>Yo soy muy aprensivo, sin que esto sea pretender bosquejar mi biografía, soy muy aprensivo; y por aquel tiempo escribía en los periódicos de Madrid revistas de teatro, que Dios me haya perdonado. Aquellos huevos fríos se me estaban indigestando a mí. ¿Dónde hay cosa más contraria a la higiene que comer y andar, es decir, comer y leer al mismo tiempo? Yo, que tengo el estómago un poco averiado -olviden ustedes este dato en cuanto quieran- y que ya por la época a que me refiero estimaba mucho más la salud que el veredicto del público ilustrado y el fallo de la crítica en la prensa periódica, estaba sintiendo las náuseas que debiera sentir aquel señor que devoraba párrafos incorrectos en vez de almorzar como Dios manda. Dos o tres veces estuve tentado a recitar aquello de</p>
<p>«Bebiendo un perro en el Nilo,<br />
al mismo tiempo corría.<br />
-Bebe quieto -le decía<br />
un taimado cocodrilo».</p>
<p>Pero es claro que contuve mi deseo. No temía yo hacer el papel de cocodrilo inocente, pero al desconocido no le gustaría el de perro. Más adelante, cuando fuimos amigos íntimos, de esos que se insultan, le llamé muchas veces animal, y él a mí crítico apasionado, que era, en su opinión, el mayor improperio. Pero entonces todavía no teníamos confianza. No habíamos cambiado ni una palabra.</p>
<p>Yo conocí por la topografía de los periódicos, que el otro leía las revistas de teatros. La noche anterior había habido un estreno. Demasiado lo sabía yo, que no me había acostado hasta los dos por cumplir mi deber, mal pagado, de llamar majadero en buenas palabras al autor del drama.</p>
<p>Entre los periódicos que se tragó mi comensal estaba el mío. Fue el último que leyó. Mi revista le hizo torcer el gesto varias veces y convertir las cejas en acentos circunflejos. Y de vez en cuando me miraba a mí, distraído, como consultándome, como preguntando qué me parecía aquello que estaba leyendo él.</p>
<p>Un incidente del servicio nos obligó a cambiar algunas palabras; él las enganchó en otras relativas ya a la prensa, y yo aproveché la ocasión para decirle -o reventaba- que se le habían enfriado los huevos y que era malo leer y comer. No sé si fue indiscreción, pero se lo dije.</p>
<p>Él, agradecido, empezó a abrirme su corazón y me preguntó si había visto «el drama de anoche».</p>
<p>Dije que sí. -Qué tal me parecía. -Muy bien -respondí-; así deben ser los dramas. -Lo mismo opinaba él, y se le antojaba que algunos críticos eran sobrado exigentes.</p>
<p>-En el drama de anoche hay moralidad, hay verosimilitud, hay exposición, enlace y desenlace imprevisto. ¿Qué más querrán estos periodistas?</p>
<p>Sin embargo, me confesó que él no podía pasar sin leer todo, absolutamente todo lo que decía la prensa acerca de un drama al día siguiente del estreno; leía, comparaba, juzgaba; no había mayor placer.</p>
<p>-¿Es usted literato? -le pregunté.</p>
<p>-No, señor; soy de Cuenca. He venido en alzada, quiero decir, me han traído ante el Tribunal Supremo; vengo a ver si consigo, a fuerza de recomendaciones, que se haga justicia, que casen una sentencia; y al mismo tiempo pienso asistir a la boda de un hermano de mi mujer, empleado en Hacienda.</p>
<p>-Todo es casar.</p>
<p>-¡Ja, ja, ja! Eso es. No está mal. Eso es&#8230; casación&#8230; casamiento&#8230; perfectamente&#8230; Equívoco o juego de palabras&#8230; ¿Usted escribe?</p>
<p>Vacilé un momento; pero como no estoy acostumbrado a mentir, así Dios me salve, respondí al cabo:</p>
<p>-Sí, señor&#8230; por cobrar&#8230; Y como no sé hacer otra cosa&#8230; No, y eso&#8230; lo hago mal, pero es lo único que puedo hacer&#8230;</p>
<p>Me embrollé en mis alardes de modestia. Quería yo decir que escribía sin ilusiones, y que cualquier otro oficio sería más difícil para mí.</p>
<p>-¿Es V. escritor festivo? -preguntó el comensal abriendo mucho los ojos, creo que dispuesto a soltar una carcajada si yo decía que sí.</p>
<p>-¿Festivo?&#8230; No, señor; por mi desgracia soy escritor de todos los días&#8230;</p>
<p>-¡Ja, ja, ja! Muy bien, juega V. muy bien con el vocablo&#8230;</p>
<p>-Crea V. que es sin querer.</p>
<p>-Yo he querido decir si era V. autor satírico&#8230; humorístico&#8230; vamos&#8230;</p>
<p>-Sí; ya sé, ya sé. Pues diré a V. Según caen las pesas. Cuando hay que llamar tonto a un escritor, sería muy feo decírselo con seriedad; entonces soy satírico o humorístico, como V. quiera.</p>
<p>-¿Es V. crítico según eso?</p>
<p>-Algunos amigos de la prensa me lo han llamado, pero yo no puedo asegurárselo a V.; pero crea V. que si lo soy es sin intención. Y V., ¿cómo tiene esa afición al teatro y a la crítica viviendo en Cuenca, donde no creo yo que la escena&#8230;?</p>
<p>-Diré a V., yo vivo y no vivo en Cuenca. Quiero decir, que vengo a Madrid muy a menudo y paso aquí grandes temporadas. A veces traigo a mi mujer.</p>
<p>-¿Tiene V. niños?</p>
<p>-Cuatro. El mayor es así&#8230; (una vara).</p>
<p>-¿Y la señora es también aficionada?&#8230;</p>
<p>-A la Dulce Alianza y a los pastelillos del Suizo. Pero si la llevo en coche, va al teatro también. A los estrenos no me gusta llevarla. Ya ve V., siempre hay exposición.</p>
<p>-¿Exposición?&#8230;</p>
<p>-Claro&#8230; con esto del naturalismo y el idealismo, y lo de si el teatro moraliza o no&#8230; yo he tenido ya tres lances y varias bofetadas. Mire V., aquí para entre nosotros (bajando la voz para que no le oiga Perico), tengo pensado trasladarme a Madrid. Cuenca se me cae encima. Allí no saben lo que es arte. No se discute nada. Si casamos la sentencia y se casa mi cuñado&#8230; es lo más probable que cojamos los trastos y nos vengamos aquí todos. El suegro de mi cuñado es persona de buenas aldabas, y yo&#8230; creo que, sin alabarme, en Contribuciones soy un espada. He rematado los consumos una vez en Cuenca. Me arruiné y arruiné a mi mujer; pero práctica no me falta&#8230; En fin, que me casen el pleito y que se case Ángel, y Dios dirá.</p>
<p>El Sr. Comella había comido ya los huevos fritos, unos langostinos a la vinagreta y un bisté, rociándolo todo con Burdeos de su uso particular. Estaba colorado, se limpiaba los bigotes a cada trago y se incorporaba muchas veces para hablarme.</p>
<p>-Mire V., no tengo inconveniente en decir a usted todo esto, porque me ha inspirado confianza desde el primer momento, y basta que sea V. crítico&#8230;</p>
<p>-Le advierto a V. que además soy doctor en Derecho civil y canónico, y tengo algunas tierras&#8230; aunque pocas&#8230;</p>
<p>-Bien; eso no importa&#8230;</p>
<p>-Se lo digo a V. por lo de la confianza.</p>
<p>Me levanté; Comella hizo lo mismo; me tendió la mano derecha y me ofreció los objetos siguientes:</p>
<p>Él.</p>
<p>Su mujer.</p>
<p>Los cuatro niños.</p>
<p>Una casa, una choza, en la calle *** núm.***, en Cuenca.</p>
<p>Alguna renta consolidada.</p>
<p>Y una fábrica de papel si se casaba la sentencia de marras.</p>
<p>Yo no le ofrecí a él más que mi humilde persona.</p>
<p>Ocho días después no me lo podía quitar de encima. Iba conmigo a la redacción, al Bilis-Club, en la Cervecería Escocesa (no sé si irá todavía), y siempre que yo tenía dos butacas para un teatro, una era suya sin remedio. Él me obsequiaba a mí tanto, me pagaba tantos cafés, tanta cerveza, tantas cosas, por más que yo protestaba, y hasta me enfurecía, que no había manera de desairarle. Había que pagarle con algo. Yo, billetes de Banco no los tenía; le daba billetes de teatro. Le pagaba con tifus, según la jerga corriente, sus numerosas atenciones. Así como a otros les da un poco de vergüenza presenciar gratis las comedias, a Remigio (le quito el don por la confianza que ya teníamos) a Remigio le gustaba mucho; se daba tono, y no paraba hasta que se lo hacía entender a los circunstantes. Estar ocupando las butacas del Tal o la Cual&#8230; ¡qué honor!, ¡si lo supieran en Cuenca!</p>
<p>Con una semana de anticipación se enteraba de la noche en que había un estreno.</p>
<p>Él iba a la redacción a buscar las butacas. Si el autor del drama en capilla era tan amable que me regalaba los billetes, el orgullo de Remigio rayaba en insoportable. Se sentaba en la butaca, molestando sin ninguna consideración al vecino, «mísero mortal, que ni conocería al autor probablemente, y habría pagado un dineral por sentarse allí».</p>
<p>Antes de tratarme era enemigo de Echegaray. Me confesó que era de los que gritaron «¡Fuera!» la noche del estreno de Mar sin orillas. También me confesó que cuando iba al teatro por su dinero no tenía criterio fijo; solía arrimarse disimuladamente a los grupos de críticos que disputaban; y si había entusiasmo en la sala y en los pasillos, se metía en medio del corro a que acudía, sin disimulo.</p>
<p>-Más de una vez me vi rodeado, sin saber cómo, de Revilla, Bofill, Cañete, Picón, Llana, Bremón, Alfonso y otros muchos, a ninguno de los cuales tenía el honor de tratar. Pero todos me tomaban por amigo de los demás, y como yo era el único que no hablaba, todos se dirigían a mí. Francamente, esto me ponía loco de orgullo. ¡Qué lástima no conocer a cualquiera de aquellos señores para hacerle presentarme a los demás!</p>
<p>-Por regla general -continuaba Remigio- yo prefería el teatro moral y optimista. Cuando un padre rico, v. gr., perdonaba a su hijo la calaverada de haberse casado con una pobre honrada, y todo se volvía contento y bromitas inocentes en el escenario, a mí se me caían lágrimas así, y lloraba y reía; y salía del teatro diciendo: «Esto edifica».</p>
<p>Pero semejantes ideas, contra las cuales esgrimía yo entonces mi pluma en los periódicos, fueron pronto ridículas a los ojos de mi amigo el de Cuenca.</p>
<p>Era yo -y sigo siendo, aunque más prudente- muy entusiástico partidario del teatro de Echegaray; y mi buen Remigio, sea porque creía pagarme así las butacas, o por conciencia, se convirtió en un defensor temerario e imprudentísimo de mis aficiones.</p>
<p>Y tan allá fue en lo de sostener que el teatro de Fulano era ñoño, y el de Zutano inverosímil, y el de Mengano inocente, que al fin juzgó que yo era tibio, y luchaba por su cuenta en los pasillos. Mientras estábamos en las butacas, yo procuraba contenerle&#8230; y buena falta le hacía.</p>
<p>Se levantaba el telón. Ya empezaba Remigio a batirse, a comprometerse; él, un padre con cuatro hijos.</p>
<p>-¡Chis!, ¡chitón!, ¡silencio!, ¡esas toses! -gritaba, y clavaba unos ojos insultantes en un pacífico espectador que buscaba su butaca inútilmente cerca de las nuestras.</p>
<p>-¡Silencio!, ¡dejar oír!</p>
<p>-Caballero, busco mi sitio.</p>
<p>-No es aquí.</p>
<p>-Número 7, fila tercera&#8230; mire usted.</p>
<p>-¡Pero de orquesta, señor; pero de orquesta! -gritaba Remigio furioso, con voz apagada.</p>
<p>-¡Chis!, ¡chitón! -le decían a él entonces los vecinos.</p>
<p>-Usted dispense&#8230; -murmuraba el de la orquesta.</p>
<p>¡Qué había de dispensar Remigio!</p>
<p>-¡Valiente animal! -decía a media voz, casi deseando que lo oyera el otro-. Será un envidioso&#8230;</p>
<p>Y volviéndose a mí, furioso porque había perdido una escena -¿qué ha pasado?, ¿quién es su padre? -me preguntaba-. Entéreme usted en dos palabras.</p>
<p>Y yo, con gran paciencia, me ponía a enterarle, aunque sin poder decirle quién era el padre, porque tampoco yo lo sabía&#8230;</p>
<p>Remigio ponía la atención en mi relato y los ojos en el escenario, y de repente me interrumpía y me asustaba, gritando como un loco:</p>
<p>-¡Bravooo! ¡Bravooo! -con unas asonancias en la boca que daban miedo. Era que otros entusiastas aplaudían un pensamiento, y Remigio, que no lo había oído, repetía los aplausos como un eco.</p>
<p>-¡Bravooo! ¡Bravooo! -insistía en gritar, y acto continuo, volviéndose a otro espectador, preguntaba:</p>
<p>-¿Qué ha dicho? ¿Qué ha dicho? ¿Por qué hemos aplaudido?</p>
<p>Pero en aquel instante tosían en los palcos y en las butacas de atrás; tosían de buena fe probablemente, pero Remigio se volvía, miraba con descaro, desafiando al mundo entero, comprometiéndose; miraba a los palcos y gritaba:</p>
<p>-¡Esas toses! ¡Silencio!</p>
<p>-¡Que calle él!</p>
<p>Y callaba; pero una frase de Calvo le entusiasmaba inmediatamente, y Remigio se levantaba estrujando los adornos del sombrero de una señora ¡pobre señora!, que tenía delante.</p>
<p>-Señora, V. dispense -tenía yo que decir; porque mi amigo, que ya no se sentaba en todo el acto, lo que se llama sentarse, aplaudía, aplaudía sin cesar; todo, todo era sublime, lo que oía y lo que no oía.</p>
<p>Ya habían llegado los tiempos ominosos en que empezó a ser moda llamar al autor en medio de un acto para aplaudirle alguna ocurrencia, y Remigio era de los primeros en pedir el careo de Echegaray con el público, sobre todo si había habido toses que a él, a Comella se le antojasen maliciosas, o una voz imprudente de ¡fuera! o ¡silencio!</p>
<p>-¿Cómo silencio? ¿Cómo fuera? Ahora verán ustedes&#8230;</p>
<p>-¡No irritarle! -decía yo a los vecinos muerto de vergüenza. Pero ya no era tiempo.</p>
<p>-¡El autor! ¡Ahora mismo el autor! ¡Él solo, que salga él solo! ¡Fuera Calvo, fuera Vico! ¡Fuera el apuntador! ¡El autor solo!&#8230;</p>
<p>Terminado el primer acto, Remigio se proponía sacar al poeta cinco o seis o veinte veces, y le sacaba. Cuando por la ley de la inercia el público seguía aplaudiendo y llamando al poeta, Comella salía a los pasillos. La felpa del sombrero, que él se había puesto al revés, estaba erizada como símbolo del entusiasmo y del cabello de Remigio. Claro que no era por tal cosa, sino porque, distraído, Comella había peinado a contra pelo su chistera, como él decía, mientras oía extático los versos de Echegaray.</p>
<p>En los pasillos y en el foyer era ella. Remigio ya no callaba cuando los críticos se dirigían a él; es más, se dirigía él a los críticos, y los trataba con una confianza inmotivada.</p>
<p>Los críticos le conocían todos por las disputas de los estrenos. Ya no le creían amigo de un colega, sino crítico lui-même. Citaba a Shakespeare, y a Sardou, y a San Sardou, como un condenado.</p>
<p>«¡Para él no había ídolos!».</p>
<p>Gritaba como un energúmeno.</p>
<p>«En el teatro no debía haber moralidad. ¡Abajo el teatro casero! ¡Abajo la moral en el teatro!».</p>
<p>«En último caso, él, Remigio, estaba dispuesto a batirse por sus creencias artísticas».</p>
<p>Volvía a la butaca. Ya tenía echado el ojo a dos o tres enemigos del autor; ya sabía dónde se sentaban.</p>
<p>Comenzaba otro acto. Había lucha.</p>
<p>Un espectador decía:</p>
<p>-¡Chisss!</p>
<p>-¡Animal! -vociferaba mi hombre, mi energúmeno.</p>
<p>-¡Silencio!</p>
<p>-¡Fuera!, ¡a la cárcel!, ¡envidiosos!&#8230;</p>
<p>Si el otro, allá lejos, insistía en no encontrar aquello bueno, Remigio, que no podía sufrir más (llamaba él sufrir a lo que había hecho), se ponía en pie, y volviéndose del lado de su enemigo, decía más alto:</p>
<p>-¡Calle la cábala! ¡Será algún cesante!&#8230; ¡Que calle ese cesante! ¡Le habrá dejado cesante Echegaray!</p>
<p>-¡Fuera ese! -decían los de atrás.</p>
<p>-¡No me da la gana!</p>
<p>Las señoras le miraban con miedo; algunas, jóvenes, con cierta curiosidad benévola; aunque todas se inclinaban a creer que estaba algo loco.</p>
<p>Al salir del teatro yo tenía que taparle bien, sobre todo, la boca. Sudaba a mares. Su sombrero sudaba también, con todos los pelos tiesos. Nos metíamos en un coche; si no, pulmonía segura para Remigio.</p>
<p>Llegábamos a casa. Se acostaba. A la mañana siguiente se presentaba en mi cuarto con cercos morados en los ojos, y pálido.</p>
<p>No había podido dormir en paz. Había soñado que se había batido con Fernanflor, el cual le había cortado las narices con una pluma.</p>
<p>Y añadía:</p>
<p>-Vea V. lo que son los sueños; porque precisamente el Sr. Fernanflor esquivó una disputa que yo le proponía.</p>
<p>-Le tendrá a V. miedo.</p>
<p>-Probablemente. Verá V. cómo fue. Tenía él que pasar por donde yo estaba, entre dos butacas.</p>
<p>-«¿Me permite V.?» -me dijo, muy fino.</p>
<p>Yo, antes de permitirle, le pregunté:</p>
<p>-«¿Qué le parece a V.?, ¿qué opina V.?».</p>
<p>Calló Remigio.</p>
<p>-¿Y qué contestó Fernanflor? -pregunté yo después de un rato.</p>
<p>-Nada&#8230; subterfugios.</p>
<p>-Usted dijo: «¿Qué opina V.?» y él, ¿qué contestó?</p>
<p>-¿Él? «Opino&#8230; que me deje usted pasar».</p>
<p>Pasó tiempo. Remigio Comella fue y vino de Madrid a Cuenca, de Cuenca a Madrid cinco o seis veces, y tras el último viaje, se presentó en la fonda con su mujer y los chicos.</p>
<p>Buscó casa; un piso tercero en la calle de Ferraz, a lo último, cerca del Guadarrama. Allá se fue, no sin despedirse con abrazos de todos sus amigos de la fonda.</p>
<p>-Lo que V. sentirá ahora -le decía un senador vitalicio, que la estaba entregando por culpa de la gota- lo que V. sentirá ahora será no poder frecuentar tanto los teatros.</p>
<p>-¿Por qué? ¿Por qué he de perder yo una sola función?</p>
<p>-Hombre, como se va V. tan lejos&#8230;</p>
<p>-¡Bah!, eso no importa. ¿Y el tranvía? Y en último caso tengo buenas piernas. Mire V., más fácil es venir a los estrenos desde la calle de Ferraz que desde Cuenca&#8230; y sin embargo&#8230;</p>
<p>Ya no me acompañaba Remigio ni al café, ni al teatro. Nos veíamos pocas veces. Yo le creía muy ocupado con negocios. Pero, por supuesto, a los estrenos no faltaba.</p>
<p>Ya no le entusiasmaba Echegaray.</p>
<p>Dejaba hacer, dejaba pasar, como los economistas.</p>
<p>Le vi muy preocupado, y le pregunté una noche:</p>
<p>-Oye (nos tuteábamos ya; fue una exigencia suya) ¿qué te pasa? ¿Te ha salido mal lo del pleito?</p>
<p>-¿Qué pleito?</p>
<p>-Aquella sentencia&#8230; la que te traía a Madrid, ¿la casaron o no?</p>
<p>-¡Qué la habían de casar, hombre!&#8230; es decir, si la casaron, demasiado que la casaron&#8230;</p>
<p>-Pues entonces estás de enhorabuena.</p>
<p>-¡Qué he de estar!, ¡quita allá! Figúrate que yo lo había entendido al revés. Yo creía que casar una sentencia era conformarse con ella. La Audiencia había sentenciado a mi favor; yo manejé mis influencias, pidiendo que casaran la sentencia&#8230; y la casaron. Cuando fui a dar las gracias a los magistrados, me enteré de que me habían arruinado. Casar, casar&#8230; una sentencia&#8230; yo creía que era como en las comedias, arreglarlo todo a pedir de boca. Pero esos curiales todo lo entienden al revés. Casar una sentencia no es decir que está bien, que se aprueba, como yo creía.</p>
<p>-De modo que por eso andas cabizbajo&#8230; tristón&#8230;</p>
<p>-¿Por eso? Chico, poco me conoces. Tengo yo más ánimos&#8230;</p>
<p>-¿Y entonces? ¿Es que no se casó tu cuñado?</p>
<p>-Ese sí que no se casó; de modo que he quedado sin recomendación, sin destino&#8230;</p>
<p>-¡Ah, vamos! Ahora me explico tu melancolía.</p>
<p>-¡Quita allá, hombre! ¿Por no ser presupuestívoro había de estar yo triste? No faltaba más. ¿Qué son los empleados? Sanguijuelas&#8230; lacayos&#8230; Yo no me ahogo en tan poca agua&#8230; ¡Empleado! ¿Quién puede servir aquí? ¡Si en este país no hay Gobiernos!&#8230;</p>
<p>-Y entonces, ¿por qué diablos andas preocupado, tristón?&#8230;</p>
<p>-¿Que por qué? ¿Y tú que eres crítico me lo preguntas? ¿Te parece a ti que esto es teatro ni nada? No tenemos autores, no tenemos actores, no tenemos público, no tenemos sentido común&#8230; Esto no es teatro&#8230; Y vosotros no sois críticos. Se acabó el teatro; eso tengo.</p>
<p>Y dio media vuelta y se fue.</p>
<p>Le encontré otra noche en el Español.</p>
<p>Se paseaba en el foyer con unos caballeros a quienes yo no conocía, pero con los cuales le había visto ya varias veces.</p>
<p>Me acerqué a él, le pregunté primero qué noticias tenía del drama (había estreno, claro).</p>
<p>-¡Psh! -y escupió con desprecio-. Como todos. ¿Qué se ha de esperar de un idealista como Sánchez? (el autor). Mucho lirismo, mucho hablar del honor y del deber&#8230; pero ¿verdad?, ni pizca&#8230; Es como los demás. El teatro agoniza. Mejor diré; ya ha muerto. ¿Y los actores?</p>
<p>Me le habían vuelto naturalista. No sabía yo quién, pero me le habían vuelto. Debían de haber sido aquellos señores taciturnos y mal vestidos que le acompañaban.</p>
<p>-Oye -le pregunté-, y en vista de que no hay teatro, de que ha muerto el teatro, y de que te casaron la sentencia y no se te casó el pariente, ¿no piensas volverte a Cuenca?</p>
<p>-¿A Cuenca? No, hombre, no. Vete tú. ¿Quién se mete en una provincia? Aquí no hay teatro, es claro; pero en Cuenca menos. Además, de un día a otro puede haber una revolución.</p>
<p>-No lo creo, nadie se mueve.</p>
<p>-Una revolución en el teatro, hombre. Yo me río de la política. En la política no andan más que medianías. Yo hablo del teatro siempre.</p>
<p>-¿Y quién va a hacer esa revolución, y qué va a hacer esa revolución?</p>
<p>-¿Qué va a hacer? Pues no dejar títere con cabeza. ¿Te parece a ti que esos caracteres son caracteres? ¿Que ese lenguaje es lenguaje?&#8230; Y en cuanto a quién va a hacer la revolución&#8230; pues, ¿quién sabe?&#8230; Tal vez el que menos se piense&#8230;</p>
<p>Nos interrumpió el timbre. Empezaba el primer acto.</p>
<p>Después del final de la comedia:</p>
<p>Remigio, con el sombrero puesto a guisa de solideo (el sombrero ya no tiene erizada la felpa), sujeta a un idealista muy bien vestido y perfumado, por las solapas de la levita.</p>
<p>El idealista se defiende como puede, y procura salvar la gardenia del ojal que amenazan los dedazos de Comella.</p>
<p>-Pero, ¿qué aplaude usted ahí, santo varón? (Y sacude al idealista como si pudiera dar peras). ¿Aplaude usted los caracteres? No puede ser, porque esos personajes son de cartón.</p>
<p>-¿Cómo de cartón?</p>
<p>-Sí, señor; de cartón (sin soltar), de cartón-piedra, si usted quiere, pero al fin cartón. Son unos personajes que dan ganas de tirar al blanco.</p>
<p>(Estoy seguro de que Remigio hubiera fusilado a los actores sin remordimiento; hasta tal punto estaba convencido de aquella teoría del cartón de los personajes idealistas).</p>
<p>Y continuaba mi amigo:</p>
<p>-¡Si se le ven los hilos!</p>
<p>-¿Qué hilos?</p>
<p>-Los alambres; los hilos de que están colgados esos polichinelas&#8230; Vamos a ver: a usted cuando le pisan un callo o le seducen a su mujer&#8230;</p>
<p>-¡Caballero, mi mujer&#8230;!</p>
<p>-Bueno, su señora&#8230;</p>
<p>-No, si no es eso; es que la hipótesis&#8230;</p>
<p>-Bueno, pues la hipótesis&#8230; en fin, cuando se la birlan a usted ¡caramba! (echaba fuego naturalista por los ojos) cuando se la birlan o le pisan el callo de que dejo hecho mérito, ¿prorrumpe usted en décimas calderonianas, ni se acuerda para nada de que hay fango en la tierra y de que el crimen es un lodazal? Responda usted sí o no.</p>
<p>-Pero, hombre, el arte&#8230; el teatro&#8230;</p>
<p>-¿Es natural que en una situación apurada de la vida nos pongamos a escoger las palabras y a buscar consonantes y vocablos de tantas o cuantas sílabas?</p>
<p>-Y diga usted, y usted dispense -contestó el idealista, salvando al fin la gardenia del ojal y librándose de las manos al natural de Remigio-; y diga usted, y cuando usted suelta un taco, porque le pisan un callo, un par de blasfemias en prosa porque le pisan la mujer (como usted diría), ¿le pagan a usted tres o cuatro duros todos los presentes por la gracia y se la mandan repetir?</p>
<p>-No, señor; pero ya sé a dónde va usted&#8230;</p>
<p>-Pues claro; voy a que para oír ternos secos y hablar como usted habla ahora conmigo, nadie querrá pagar su dinero. ¿No dice usted que todo el mundo habla en prosa? Pues por eso queremos que el poeta nos hable en verso en la escena. ¿Que cuesta trabajo escoger las palabras, buscar los consonantes y la medida? Pues que cueste, mejor. ¿No se le pagan al autor sus derechos? ¡Pues que los sude! Lo dice la Biblia: ganarás el pan con el sudor de tu rostro&#8230;</p>
<p>-¡Bravo!, ¡bravo! -gritan los del corro.</p>
<p>Remigio, antes de retirarse, vencido, pero no humillado, en compañía de sus siniestros nuevos amigos, me preguntó al oído:</p>
<p>-¿Te parece que debo desafiar a ese hombre?</p>
<p>Cada vez marchaba peor el teatro en concepto de Remigio, que se iba haciendo un desaseado. Ya no era un elegante de provincia. Era un Adán de Madrid. No pensaba en su mujer, ni en sus hijos, ni en peinarse. No pensaba más que en la realidad.</p>
<p>Había que llevar la realidad al teatro; lo demás era perder el tiempo.</p>
<p>-Yo autor -decía- primero me dejaba quemar que consentir que se representara una obra mía en esos escenarios tan pequeños. ¿Qué realidad de carne y hueso puede desarrollarse en esas cuatro tablas?</p>
<p>-¿De modo que, según tú, debiera representarse en la plaza de toros?</p>
<p>-Pues claro. Y otra cosa. Quieren que una acción verosímil se desenvuelva en tres actos y en tres horas. Pasemos por eso de que haya acción, aunque no debe haberla; pero ¿cómo ha de suceder cosa importante en tan poco tiempo?</p>
<p>-¿Pues cuánto tiempo pedirías tú?</p>
<p>-¡Yo! Todo el que hiciese falta. Y el público, si se preciaba de ilustrado, se aguantaría en su sitio. ¿Hacían falta cuarenta días con sus cuarenta noches, como cuando lo del Diluvio? Pues eso. Allí se estarían los espectadores, en sesión permanente, todo el tiempo necesario, o sea novecientas sesenta horas. Lo demás es gana de divertirse, profanar el arte. El teatro ha de ser así, o no tiene razón de ser.</p>
<p>-Pero, dime, ¿quién iba a ser el innovador?</p>
<p>Remigio encogió los hombros. Sonrió con misterio, como hacen en las novelas idealistas. (Por cierto que si él lo hubiera sabido no hubiera sonreído así).</p>
<p>Y se fue.</p>
<p>-Éste algo trama -me quedé pensando.</p>
<p>El hombre de los estrenos suele tener mal fin: acaba muchas veces (no todas) por echar su cuarto a espadas, su cana al aire&#8230; por escribir él el drama de sus sueños. No todos, no todos, repito, acaban así; pero&#8230; el corazón me daba que Remigio se proponía restaurar el teatro Español, haciéndole pasar al mundo, a la realidad, como él gritaba furioso al hablar de sus locuras.</p>
<p>Lo que yo temía.</p>
<p>Remigio acabó por ahí, por reformador del teatro. No cabe negar que en su obra, que me leyó (para eso son los amigos), hacía entrar el mundo, todo el mundo, en el escenario.</p>
<p>Le llevó aquello (lo llamaba siempre así; no era drama, ni comedia, ni nada representable; era&#8230; aquello), lo llevó a un empresario que había contratado muchas veces compañías extranjeras y que tenía sus ribetes de realista.</p>
<p>El empresario le dijo:</p>
<p>-Amigo, eso está perfectamente; ahí entra toda la creación, punto más, punto menos; cada cual habla el lenguaje que le es propio; pasa por la escena todo el mundo; pero por lo mismo, por lo mismo que en esa obra entra el mundo entero&#8230; su obra de usted no puede entrar en mi teatro; no cabe. Ya ve usted, el contenido no puede contener el continente&#8230; Esto no es disculpa de empresario; son habas contadas.</p>
<p>Remigio, muy a su pesar, se avino a reducir el cuadro.</p>
<p>Ya cabía aquello en el escenario.</p>
<p>Pero hubo otro inconveniente.</p>
<p>Él me refería así, casi llorando, su nueva desgracia:</p>
<p>-En mi obra pasa un acto en una alcantarilla, y el empresario se niega a presentar esa especie de catacumbas urbanas.</p>
<p>-Pero ¿por qué? Yo he visto una zarzuela idealista en que hay un escalo y salen a escena las alcantarillas&#8230;</p>
<p>-No, si por eso ya pasa él. Alcantarillas como las de esa zarzuela las admite el empresario.</p>
<p>-¿Entonces&#8230;?</p>
<p>-Soy yo quien no puede admitirlas. Me lo prohíbe mi dignidad, mi credo artístico. Esa zarzuela, tú lo has dicho, era idealista. Alcantarillas idealistas también las consiente mi hombre; pero yo&#8230;</p>
<p>-¿Pero tú&#8230;?</p>
<p>-Ya ves; yo necesito que haya&#8230; olor local.</p>
<p>Así se volvió loco mi amigo Remigio Comella, que como él decía, hubiera sido un buen empleado en Contribuciones, a&#8230; a no haber estrenos en el mundo.</p>
<p>Oviedo, 1884.</p>
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