”Anoche vi a Delmira”

16 de Octubre, 2007

Esto es un trabajo que me mandaron hacer sobre literatura y me pareció (personalmente) lo bastante bueno como para publicarlo y así recibir opiniones. Trata sobre la gran escritora Delmira Agustini… es un poquito largo, pero créanme que vale la pena leerlo.
Espero que les guste. Desde ya, muchas gracias.

Caminaba tranquila por la larga calle Dieciocho de Julio, luego me senté en un banco. Era un atardecer triste del mes de marzo, despacio caían las hojas de los árboles, las calles se veían marrones. El sol se ocultaba tras las ramas, casi desnudas, de los árboles. La calle estaba solitaria, no se veía a nadie en varias cuadras. Mientras miraba serena caer el sol y aparecer las estrellas en el cielo aún claro, dejaba volar mis sentimientos y desaparecía todo aquello en lo que no quería pensar.
Allí me quedé un rato como esperando algo, no sé que. Había salido de casa temprano y aún no encontraba lo que había ido a buscar.
Ya casi a oscuras decidí volver. La calle estaba en penumbras y daba una sensación de soledad, de nostalgia. Se sentía, en el viento suelto del otoño, un aroma a nada, a vacío. Las hojas armaban un coro de susurros mientras se levantaban livianas ante el suave soplo del viento. Entonces me detuve en la calle oscura, paralizada, con los ojos fijos. Unos metros más adelante una figura de sobretodo negro caminaba pacífica por la calle desierta. Sus tacones rojos resonaban sobre los adoquines grises y húmedos de aquel empedrado. Su mirada perdida, inexpresiva mostraba una mente profunda y un mar de pensamientos por el que navegaba la mujer.

Estaba no muy lejos de mí y ni siquiera se detuvo a observar quien, además de ella, salía ese día a refrescar la mente. Ni siquiera movió sus ojos, seguía empeñada en mirar a los lejos; o al menos era la sensación que daba, era como si quisiera ir más allá de los árboles, y de las casas, más allá de las callecitas de Montevideo. Entonces, la vi más de cerca y descubrí en su rostro un rostro conocido. Delmira Agustini caminaba esa noche por las calles poco alumbradas de la ciudad.
Al mirar sus ojos descubrí un océano de aguas claras, entre verde y azul; ojos intensos, profundos, en los cuales fluía un fuego secreto. Caminaba con sencillez y delicadeza, su figura espigada y liviana se recortaba en la sombra. Su cabello parecía ir al son de sus pasos y bailaba en el viento, contrastando con el gris de las casas que salían al paso.
Rubia y maravillosa caminaba secretamente respirando el fresco aire de la noche oscura. Parecía un ángel de negro, que dejaba ver bajo su sobretodo una prenda tan roja como sus labios color carmín.
Melancólica y profunda tal cual sus poemas; poemas sensuales y espirituales de aquellos que quedan guardados en el alma y te enseñan a escuchar el corazón, penetrando en lo profundo de los sentimientos, del lector y del escritor. Poemas que te dejan conocer tus propios rincones y te identifican con aquella frase que ilustra de manera perfecta aquel sentimiento que tantas veces buscamos plasmar en la escritura pero que pocas veces conseguimos. Así aquella mujer de impresionante inteligencia e imaginación caminaba por las calles, tal vez descubriendo los sentimientos que aparecen en sus poemas.
Magnífica su belleza, parecía flotar y hacía juego con las estrellas de la noche otoñal.
Y entonces desperté de aquel ensueño en el que me había adentrado al ver aquellos ojos puros y melancólicos. Quien sabe que secreto oscuro guardaban. Seguí mi camino, miré hacía atrás y la vi, alejándose despacio con paso lento pero delicado. Mostrándose bella y esbelta ante aquella ciudad que muchas veces le dio la espalda.
Sola, totalmente sola se iba… y me dejaba. Me dejaba pensando cubierta de su perfume que seguramente había llegado a cada una de las casas de dieciocho, en una atmósfera de serena e inquietante sensación.
Nunca imagine aquel encuentro; muchas veces vine a caminar, pero nunca la encontré ni tampoco la buscaba. Hacía mucho tiempo que no se la veía por las calles del Montevideo joven. Quizás saldría a recordar momentos. Quien sabe cuantas cosas habría, aquella princesa de la poesía, vivido aquí, y cuantas de ellas influirían en sus obras… seguramente todas.
Y es así como después de aquel encuentro imprevisto quede respirando intriga. ¿Quién alguna vez podrá descifrar aquel encanto que guardan sus ojos?. ¿Quién sería el inspirador de la sensual locura que encierran sus poemas?. El amor loco de un sueño de mujer cruza los ojos de la tierna niña que algún día fue Delmira.
Y ya no se veía. Había pasado a mi lado como un alma sin cuerpo, si como transparente pasara inadvertida. Como si quisiera mezclarse con la naturaleza y camuflarse en ella. Era imposible que existiera alguien parecido a ella. Que tuviera aquellos ojos inconfundibles e impenetrables. Que tuviera pies de cristal y belleza de flor.
A pesar de todos mis pensamientos solo había pasado una hora de la caída del sol, y aunque era tarde no lo era tanto, pero aún así ya era hora de regresar, demasiado tiempo afuera y el fresco aire ya se empezaba a sentir mucho más. Y caminando como fui regresé, pero mucho más llena que antes y con la dichosa duda de sí era eso lo que tanto esperaba. Es increíble, pensaba camino a casa, lo que la presencia de una única persona puede hacer. Y ahora, después de varias horas del verla, la recuerdo. Caminando, a paso lento, sencilla, profunda, tal como lo hacía en su mundo cuando aún vivía.

María Victoria Grassi

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