A LOS GEMIDOS DE UN AMOR CACHARRERO
Cubre con besos, la piel de las corneas del porfío pistilo, que anhela tu carne; agravia con caricias desbocadas a las dunas y moja tus labios resecos, en la boca del cañón que se pondrá en carne viva, durante la ultrajadora batalla; hasta abrir boquetes en las murallas, que permitan el asalto al patio de armas y reducir a la rendición incondicional, a la soberbia infame de tu desprecio. Cuando se encabrita el amor, el dulce de la sangre se transforma en borbotones de sal; después de los asaltos en cada batalla, te siento más muerta que exhausta. El clavel abierto y mojado con saliva por el fuego, como un loto desflorado por una tormenta tropical descuajadota; insensible y sorda, a los gemidos del gozo o al eco que brota, desde lo más profundo del Bosque de las Bellas Noches.
La naturaleza es insobornable, irracional e insensata, cuando la sangre se embriaga con un tonel de ron y una copita de pólvora, como los piratas antes de asaltar las cubiertas o de embestir una nave y tomar por asalto las riquezas y todo el botín servible de su abordaje, incluyendo el corazón de algunas doncellas.
Las batallas amorosas no siempre son disparatadas, a pesar de lo alocadas; muchas por lo descabelladas, se tornan absurdas e incomprensibles, para quienes observan detrás de los burladeros y no tienen acceso, a las escenas de los combates que se libran bajo las sábanas. El amor debe fluir como el tiempo o las estaciones; siempre elegirá a la lanza, como arma para la batalla gladiadora. Los pensamientos de los enamorados, siempre serán belicosos; capaces de desencuadernar, a la cordura más radical; de desbaratar sin piedad, vidas felices o casi perfectas; de deshacer juramentos o de arruinar muchos sueños o vidas, sin medir los alcances de su maldad intromitoria. El amor es un delicioso vino espumoso, que nos conduce pian pian hacia una deliciosa muerte; con un alcahuete paso de tortuga y oportunos lambetazos, por las partes más íntimas del cuerpo; con dulzura benévola y sin premiosidad, hasta que la liberalidad facilita una pródiga entrega; una renuncia total y de ciudad abierta, que concede todo tipo de libertades o licencias; sin dejar en entrelíneas mojones inoportunos o indiscretos temores, que puedan enramar la magia encantadora de los hechizos o los conjuros blancos o negros de los rezos. El amor es la urdimbre perfecta, de un entretejido cacharrero e íntimo. La cueva siempre absorbe como una esponja, a la saliva fogosa del fuego seductor, hasta borrar al desasosiego del alma y la sed de la carne, con su poderoso poder exorcista. El amor me ha agotado, casi hasta el silencio, por librar desesperadas batallas contra imposibles o emprender algunas perdidas desde el principio; por no valorar por necedad, la importancia de una retirada oportuna y honrosa. Solo las experiencias nos convierten en mariscales del arte de la guerra, para salir bien librados en las batallas amorosas.
Me he anquilosado en la palabra, para no morir desvelado por la tristeza. Podría desdecir hasta que se engarabite el deseo, así como el destino de los ríos es fluir largamente, como el semen cuando se desdobla el varón sobre las sábanas. La muerte ideal podría ser, enmarañado entre las piernas de una hembra enamorada, penetrada hasta el umbral de sus permisivos entre sí, sin abandonar la incursión en el vestíbulo íntimo, por temor a la estrechez de la gruta o a ese delicioso dolor que quema, cuando el holocausto lo preside: ¡el gran amor de nuestras vidas!. Quiero que crujas, como la madera reseca al fuego; que se te agote la vida, hasta que quedes reducida y sumergida, en la levedad profunda de esos sueños, que te conducen de la mano de algunas hadas, hasta lo más profundo del espíritu de los bosques.
Es imposible ignorar al palpitar fogoso de las ingles, ese borbotear ígneo de las palomas como murciélagos de fuego. Con besos trasformé al tulipán, en el símbolo de tu cueva íntima; para deshelar con besos del pensamiento, al frío ártico de tu carne, para que te pudieras resbalar sin miedos, entre la piedad de mis brazos.
Héctor “El Perro Vagabundo” Cediel
2008-02-29

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Comentarios de “A los gemidos de un amor cacharrero, de Héctor Cediel”
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