A esa niña

9 de Enero, 2008

Hoy caminé furtivamente tras mi madre que con pasos seguros asía firmemente de la mano izquierda a la niña que fui. Las alcancé cuando bajaban las escalerillas que enlazaba con la calle Gandul, justo enfrente de la casa dónde vivíamos. Mi madre vestía sencillamente pero elegante dentro de la humildad en la que vivíamos. Llevaba medias de color carne y unos zapatos de medio tacón negros, porque mi madre, conocedora de su belleza, era muy presumida, Yo, uniforme tableado azul marino sobre camisa blanca, zapatos “gorilas” negros y calcetines negros. En mi mano derecha una pequeña maletita de plástico marrón con cremallera que yo balanceaba nerviosamente (dentro guardaba una pizarra negra y un pizarrín de “manteca”). Era el 27 de septiembre de 1960 y recién había cumplido 4 años. Y también era mi primer día de colegio.

Siempre he llevado ese día colgado en mi corazón y sus vivencias grabadas a fuego en mi alma de niña, Y también siempre he sentido un atisbo de duda de si era realidad o ficción lo que yo creía haber sentido en ese para mí brumoso día.
Por eso ahora, en mi vida actual y ya de adulta he querido regresar al pasado y comprobar por mi misma que de verdad había en los recuerdos que causaron tanto dolor en mi interior.
Y por eso ahora caminaba medio escondida y como una malhechora tras ellas dos: tras de mi madre y tras de mí.
Tan sólo tres días antes mi madre me tomó de la cintura y me sentó en la mesa de madera con cajón y hule de plástico que teníamos en la cocina (seguramente para que nuestras caras llegaran a la misma altura) y me hizo partícipe de algo que ella creía una buena noticia que me haría ilusión y que para mí, y muy al contrario, fue lo mismo que si me anunciara que el patíbulo me esperaba: “Dentro de tres días comenzarás a ir al colegio”. Esas palabras sonaron en mí como una sentencia de muerte. “¿Y tú estarás conmigo Mami?” “No hija, al colegio solo van las niñas para aprender a leer y a escribir”. Yo comencé a llorar desconsoladamente. En aquella etapa de mi vida tenía que compartir cariño con una hermana 19 meses menor que yo que necesitaba todos los cuidados (como si yo no los necesitara también) y como ella era la más pequeña toda la dedicación del tiempo de mis padres y mi abuela era para ella ( o al menos así lo percibía yo y por supuesto no lo aceptaba), lo que había provocado en mi unos celos tremendos hasta el punto de no querer soltar casi en ningún momento del día el pico del delantal que solía usar mi madre para faenar en la casa. Y para colmo ahora me decía que tenía que separarme de ella la mayor parte de las horas del día. “No quiero ir Mami”. Y comencé a llorar desconsoladamente mientras miraba los cuadros verdes y amarillos del mantel. Recuerdo que ella me daba besos e intentaba convencerme de que allí haría muchas amiguitas nuevas y que las monjas me enseñarían a rezar y a cantar unas canciones muy bonitas de Dios, pero yo no quería nada de eso. Yo no quería separarme de ella y menos aún dejar el campo libre a la usurpadora de mi hermana.

Mientras caminaba tras ellas observaba a mi madre. Que guapa era la condenada, y que cuerpo tan derecho y erguido; casi tenía tipo de modelo. Y también me observaba a mí, que a pesar de mi corta edad intentaba disimular mis sentimientos para que no me delataran pero que aún a mi pesar no podía evitar modelar la boca en un puchero contenido.
Al llegar a la altura de la plaza de abastos mi madre se paró a intercambiar unas palabras con una conocida y le contó orgullosa como me llevaba al colegio el primer día. Al colegio de las monjas (algo prohibitivo entonces dado su alto precio pero que nos lo podíamos permitir porque mi madrina corría con todos los gastos, aunque en honor a la verdad solo salió al paso del primer trimestre; el resto tuvo que salir del escaso bolsillo de mis padres). A las palabras de la señora que nos encontramos tuve que esforzarme en sacar una sonrisa. Ya he dicho antes que no quería exteriorizar mis sentimientos. Eso es algo que aún hoy conservo. Me avergüenzo transmitir a los demás lo que siento.

Observando a mi yo infantil en ese para mí fatídico día sentí un dolor punzante y hondo por esa niña tan pequeña, tan indefensa que ya comenzaba a experimentar los momentos duros de su corta existencia y que posiblemente y como a todos los mortales, la acompañarían en más de una ocasión en su vida.

Una vez llegamos a la callejuela de las monjas (llamada así porque allí estaba la puerta de entrada al colegio) Yo veía como esa niña que fui se iba poniendo cada vez más nerviosa, más en tensión. Y cuando se abrieron las puertas y todos los niños corrieron para entrar y a mi madre le prohibieron la entrada, ya no pude contener más esa bola que crecía dentro de mí y rompí en sollozos desconsolados y desgarradores: “por favor Mami, por favor, no me dejes solita, no te vayas, que yo me voy a acordar mucho de ti”.
Mi madre se puso en cuclillas y me abrazó y me besó prometiéndome que sería sólo por poco tiempo y que en breve volvería a recogerme. Entonces hice algo totalmente prohibido: interferí en la historia. Aparté suavemente a mi madre para inclinarme yo sobre la niña que fui y acunarla en mis brazos; la abracé con todas mis fuerzas para atenazarle la confianza en sí misma; sequé sus (mis) lágrimas con mis manos y besé sus húmedas mejillas. Yo sé que ella intuyó todo mi amor y consiguió sacar de sus labios una tímida sonrisa. La tranquilidad volvía a estar en ella.
Ella supo quien era yo. Y yo supe que había hecho lo que tenía que hacer.

“Para todos esos niños que sienten la angustia de la separación el primer día de clase.”

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